jueves, 11 de octubre de 2007

PABLO PEUSNER. "Acerca de la anticipación en la clínica psicoanalítica lacaniana con niños(Volver al futuro)" (FARP, 24/9/07)


Silvia Migdalek
Voy a presentar a un psicoanalista y amigo, a quien conozco desde hace muchos años. Ha escrito y publicado dos libros que he tenido el honor de presentar en cada ocasión. Uno se llama El sufrimiento de los niños y el otro se llama Fundamentos de la clínica psicoanalítica lacaniana con niños. Libros de los que recomiendo su lectura para quienes estén interesados en la problemática que hace a la clínica con niños. Y además hoy particularmente quiero presentarlo como el editor de Letra Viva. Es decir que ha sido el editor –para la Editorial Letra Viva- de un libro que acaba de salir a la venta.. Es un libro que hemos publicado con establecimiento de los textos por parte de algunos integrantes del Foro. Nos sentimos muy orgullosos por haber logrado el cometido con la publicación de ese libro, del que desde ya recomiendo su lectura. Es un conjunto de conferencias y de seminarios que Colette Soler dictara aquí en Buenos Aires a lo largo de los últimos años. Creo que el primero arranca en el ’94. De modo que, desde ya, es una doble celebración: la aparición del libro y la presencia de Pablo entre nosotros. Los dejo para que escuchen lo que tiene para decir.

Pablo Peusner
En principio buenas noches y muchísimas gracias a Silvia por la presentación, a Cristina Toro por la invitación. Para mí aparte de un orgullo es una alegría por estar aquí esta noche con ustedes trabajando. La verdad es que no tenía un contacto cercano con el Foro hasta el proyecto del libro de Colette Soler, lo que me permitió en algunos casos conocer a algunos de ustedes y trabajar un poco más cerca. Y es por eso que la invitación tiene un valor agregado para mí hoy.
Y para presentarme, y de paso confesarles un poco cómo es mi posición, me gustaría presentarme con palabras de otro. Hace cierto tiempo tuve ocasión de leer un libro de Umberto Eco. El libro se llama Sobre literatura. En ese libro Umberto Eco respondía a una solicitud que le habían hecho desde una publicación europea importante, desde la que le preguntaban cómo escribía. Umberto Eco respondió por escrito con un texto que se llama Cómo escribo. Y en ese texto cuenta la siguiente anécdota.
“Cuando discutí mi tesis de licenciatura sobre el problema estético en Santo Tomás de Aquino me llamó la atención la objeción del segundo jurado [ Este hombre le dijo a Umberto Eco] «En sustancia usted ha puesto en escena las distintas fases de su búsqueda como si se tratara de un reportaje, anotando incluso las pistas falsas y las hipótesis que luego ha descartado. Pero el estudioso maduro, en cambio, anota estas experiencias para devolverle al público en la redacción final sólo las conclusiones». [Y Umberto Eco dice:] Yo reconocí que mi tesis era exactamente como él decía pero no lo sentía como un límite. Es más, fue precisamente entonces cuando me convencí de que todas las investigaciones hay que contarlas de esa manera. Y eso creo haber hecho con todas mis obras de ensayo”.
Me gusta mucho esta cita porque es exactamente, en palabras de otro, el modo en que a mí me gusta trabajar.
No les voy a ofrecer el resultado final de una investigación sino que les voy a proponer el backstage de mi investigación. Cuando digo “el backstage” lo que quiero decir es que probablemente no haya grandes conclusiones, tampoco haya grandes descubrimientos ni grandes sorpresas. Sí me comprometo a contarles –casi paso a paso– cómo fue que ocurrió mi encuentro con el problema del que quiero conversar esta noche con ustedes.
Hace apenas un rato yo estaba en la ciudad de La Plata, tratando de llegar lo más rápido posible aquí, y me llamó un amigo por teléfono. Mi amigo me llamó para preguntarme si iría hoy a la noche a ver un partido de fútbol que disputaba nuestro equipo, del que ambos somos simpatizantes. Cuando le dije que no podría porque tenía estar aquí, haciendo esta intervención, él –que es profesor de educación física y que ignora absolutamente los arcanos del psicoanálisis– me preguntó acerca de qué iba a hablar. Le respondí que iba a hablar acerca de la anticipación en la clínica con niños. Y me dijo “Ah, ¿vas a hablar de la anticipación? Entonces, te voy a contar un chiste”. Si ustedes me permiten me gustaría contarles el chiste.
Resulta que un fotógrafo de la Nacional Geographic se interna en la selva junto a una larga fila de muchachos de color... negro, los cuales cargaban todo el equipaje a los fines del trabajo fotográfico. Y parece que el primero de estos muchachos venía pateando un objeto durante buena parte del recorrido, hasta que –en determinado momento– lo levanta y descubre con cierta sorpresa que se trataba de la lámpara de Aladino. Bueno, luego de frotar la lámpara aparece un genio que –al ver que se trataba de muchas personas–ofrece concederles un deseo a cada uno. Entonces, el primero de los muchachos deja el paquete y pide al genio transformarse en blanco. El genio por supuesto que le concede el deseo y el muchacho comienza a saltar y a bailar de alegría. Cuando el genio se dirige al segundo de los muchachos le vuelve a preguntar cuál es su deseo, y el segundo de los muchachos obviamente arroja el equipaje y le dice “yo también quiero ser blanco”. El genio le concede su deseo y, al descubrirse con la piel blanca, el muchacho se pone a cantar y a bailar de alegría. Esta escena se repite. Pero cuando va más o menos por el quinto de los muchachos, el hombre blanco, el fotógrafo que está al final de la fila, comienza a reír acaloradamente. El genio prosigue con todo el trámite, todos los muchachos negros piden el mismo deseo: transformarse en blanco. Y el blanco que estaba al final de la fila ya se moría prácticamente de risa cuando el genio lo enfrenta y le dice: “Oh, amo, ¿cuál es tu deseo?”. Y el blanco lo mira y con una sonrisa cara le dice: “Mi deseo es que todos estos muchachos vuelvan a ser negros”.
Me parece que, como bien sabemos, este chiste, al menos intuitiva y jocosamente, dice algo del tema acerca del cual voy a reflexionar con ustedes...
Y puesto que me han invitado a hablar de ciertos problemas referidos a la clínica con niños, me gustaría contarles un poco cuál es mi posición respecto del modo en que los analistas, en general, se colocan frente a la clínica con niños. En mi último libro, aquel que Silvia tuvo la gentileza de presentar y que se ocupa de los que di en llamar “Los Fundamentos de la clínica psicoanalítica lacaniana con niños”, escribí cierta impresión que tengo: y es que me parece que, en ocasiones, los analistas de niños escasean y que es difícil encontrarlos. Y así es que muchos analistas cuando son interrogados acerca de si se ocupan o no de recibir niños en consulta, responden con la lógica del caldero agujereado de Freud. Algunos de ellos rápidamente dicen: “No, yo no estoy formado como para atender niños, la formación en clínica de niños en la universidad es un área optativa”. Y si uno sigue la conversación con cierta paciencia, apenas poco después el mismo interlocutor podrá decirles: “Bueno, en realidad yo tengo un problema con los niños, soy yo el que tiene un límite, no me gustan mucho, me siento incómodo, me resulta complicado”. Y si acaso la conversación llega hasta el final, es probable que se encuentren con un... “No, no, no. Lo que pasa es que el psicoanálisis con niños no existe, es imposible”.
Entonces, haciéndole frente a esta lógica, yo propongo desde siempre, desde que me encontré con los problemas de clínica con niños, que sería deseable para los psicoanalistas iniciarse en la práctica clínica como analistas de niños. ¿Por qué digo esto? Porque me parece que la clínica de niños exige reflexión, exige revisión de ciertos conceptos que, en ocasiones, en la clínica con pacientes adultos pasan de largo y son rápidamente olvidados.
Les voy a proponer un ejemplo muy sencillo: la noción de sujeto. Es tan frecuente un historial o un caso clínico presentado a partir de la cláusula “un sujeto de treinta y cinco años asiste a la consulta...”. Esto favorece mucho confundir al sujeto con la persona que nos consulta. Ahora bien, esta cuestión es mucho más complicada en la clínica de niños porque, como ustedes saben, están los padres que también hablan del problema, está el niño, pero también en ocasiones está la nota de la maestra o el diagnóstico escrito de la psicopedagoga, y entonces intentar establecer cuál es el sujeto se torna una tarea imprescindible.
Por otra parte, mientras que en la clínica con pacientes adultos uno puede confundir rápidamente el pedido de quien nos consulta con cierta demanda, en la clínica con niños esto es mucho más difícil. Incluso hasta es mucho más difícil hablar de “demanda de análisis”, porque por lo general, cuando se nos consulta por niños lo que nos presentan es una demanda de adaptación. Puede tratarse de la adaptación a alguna norma etaria que no se ha cumplido o que se ha adelantado, otras veces se trata de la adaptación a ciertas pautas de conducta, y en ocasiones está en juego la adaptación a cierto formato particular que tenga la familia. Por eso insisto en que para poder hablar de “demanda de análisis” o de “demanda” en el caso de un niño, hace falta todo un trabajo que muchas veces –y aún aunque seamos analistas advertidos del problema- cuando trabajamos con adultos nos pasan de largo.
Por otra parte, también me gusta siempre –a modo de presentación– recordar cómo proponía Lacan el lugar que la formación para los psicoanalistas de niños debía ocupar dentro de la institución psicoanalítica. Y este es un problema que Lacan comenzó a trabajar tempranamente, porque desde antes de la escisión del ’53 ya se estaba discutiendo “el reglamento y la doctrina” para la Comisión de Enseñanza de la SPP, y las propuestas para el Instituto de Psicoanálisis. Y, si me permiten, me gustaría leer dos breves citas en las que Lacan aborda el problema, puesto que me parecen muy ilustrativas acerca del lugar que la formación en clínica con niños debe ocupar en la institución. En el Reglamento y Doctrina de la Comisión de Enseñanza que Lacan propone en 1949 dice lo siguiente: “Estamos lejos de la época en que el psicoanálisis de niños parecía exigir tan solo una formación abreviada. Muy por el contrario exige la más completa integración de los datos analíticos, tanto por la flexibilidad técnica que requiere como por lo problemas que plantean los modos de comunicación propios del niño”. Me da la impresión de que antes del ’49 se tendía a considerar que la formación en clínica con niños era un campo de estudio menos importante –o al menos, al que se le dedicaba menos espacio– que a la formación en la clínica de pacientes adultos. Sin embargo, Lacan afirma que esa formación debe ser mucho más completa puesto que el encuentro clínico con los niños exige “flexibilidad técnica”. Y todos aquellos de ustedes que alguna vez hayan enfrentado a un niño en la consulta saben bien que hay que charlar, hay que dibujar, hay que jugar, hay que modelar con plastilina, hay que jugar a la pelota, hay que jugar con la computadora, hay que ver películas... Y esto sin ninguna duda supone que la posición de quien esté decidido a trabajar desde este lugar debe ser una posición flexible, hay que estar dispuesto, hace falta una disposición especial. Y, por otra parte, los modos de comunicación de los niños son bien distintos a los de modos de comunicación de las personas que llamamos adultos.
Sigo con la cita: “El candidato a la especialización infantil del análisis no sólo debe dominar para someterlas a su propósito analítico toda clase de disciplinas psicológicas exógenas...”. Esto me gusta mucho porque es como si Lacan dijera que “hay que saber psicología”. Pero hay que saber psicología para someter ese saber al psicoanálisis. Y, en ese sentido, es que no hay ningún problema en estudiar neurofisiología, las teorías de la inteligencia, las diversas corrientes que existen para leer los dibujos de los niños y tantas otras cosas, pero siempre y cuando uno esté dispuesto a someter esos saberes a la disciplina psicoanalítica.
El párrafo que estoy citando continúa afirmando que al analista de niños “se le solicitan sin cesar invenciones técnicas e instrumentales [o sea, hay que inventar] que hacen de los seminarios de control así como de los grupos de estudio de psicoanálisis infantil la frontera móvil de la clínica psicoanalítica”. He señalado el valor que tiene este modo de presentar al psicoanálsis con niños como “la frontera”. Algunos dicen que soy fronterizo justamente por eso. Me gusta pensar que trabajando en la frontera puede ocurrir lo que Lacan “anticipaba” en el año ’53 diciendo que “sin duda esta es la frontera [otra vez usa el mismo término] donde se ofrece al análisis lo más desconocido por conquistar...”.
A mí me entusiasma pensar que reflexionando y trabajando cuestiones relativas al psicoanálisis con niños podríamos llegar a extender la frontera móvil del psicoanálisis y abarcar problemas que de otra manera no alcanzaríamos: y un poco a la manera de los conquistadores, podríamos integrar a nuestro campo nuevos modos de sufrimiento y generar nuevos abordajes para lo que hace ya algunos años llamé “el sufrimiento de los niños”. Todo eso, trabajando desde la frontera.
Les propongo que estas ideas, un poco sueltas aunque todas apuntando en la misma dirección, conforman el marco de lo que quiero contarles hoy. Y, como les dije que pensaba trabajar con ustedes contándoles el backstage de mi encuentro con el problema que nos reúne hoy aquí, quizás convenga decir algunas palabras acerca de cómo fue que alguna vez se me ocurrió ponerme a reflexionar sobre el tema de la anticipación en la clínica psicoanalítica lacaniana con niños. Para eso tengo que contarles una pequeña anécdota que incluye otra anécdota no tan pequeña. En el año 2005 estaba yo rastreando información y estudiando un poco el caso del pequeño Hans –un tópico habitual entre quienes trabajamos con niños–, para lo que estaba revisando ciertas entradas del Diccionario de Psicoanálisis de Elisabeth Roudinesco y Michel Plon, particularmente la entrada correspondiente a “Herbert Graf”, que es el nombre real del pequeño Hans. En esa entrada los autores citan un artículo del padre de Hans, que se llamaba Max Graf, titulado Reminiscencias del profesor Sigmund Freud, donde aparecía un dato que a mí me produjo muchísima inquietud. El problema fue que la fuente bibliográfica que estaba consignada en el diccionario era una revista francesa, la revista “Tel Quel”, que me resultó imposible de conseguir. Entonces puse a circular este dato entre ciertos colegas que sé que son inquietos y que se mueven con habilidad entre nuestra nutrida bibliografía, hasta que uno de ellos me contó que el mismo dato –que todavía no les conté– estaba consignado por el Emilio Rodrigué en su biografía de Freud, aunque remitido a un número del Psychoanalytic Quarterly que estaba en inglés y que, supuso, iba a ser mucho más fácil de conseguir. Entonces raudamente corrí hacia la biblioteca de la APA, pedí la revista, la fotocopié, traduje el artículo y lo colgué de Internet porque no se puede hacer más que eso en una época tan complicada de derechos de autor... Pero ahora, les quiero contar cuál fue el dato que encontré.
En el texto en cuestión Max Graf cuenta cómo era Freud, cómo era relacionarse y convivir en aquellos años con él. En medio del relato, que les recomiendo leer porque es sencillamente maravilloso, cuenta lo siguiente: “Freud tenía un papel entusiasta en todos los acontecimientos familiares de mi casa”. (Quiero hacer una nota a pie de página: Freud había sido el analista de la mamá de Hans, Olga König, que era una famosa actriz de esa época. Y es curioso pero, a pesar de ser el analista de Olga, Freud participaba de los eventos familiares de la familia Graf). Sigue Max Graf: “A pesar de ser yo un hombre joven y Freud de edad avanzada, y sus cabellos maravillosamente negros comenzaban a encanecer, en ocasión del tercer cumpleaños de mi hijo Freud le trajo de regalo un caballo de balanceo, que por sí mismo llevó hasta arriba por los cuatro tramos de escalera que conducían a mi casa”.
Cuando leí esto no podía creer lo que estaba leyendo. Me agarró un ataque porque, y no creo que haga falta que les lea la cita del historial, en el texto de Freud dice que las primeras comunicaciones sobre Hans fueron recibidas por él cuando el niño aún no tenía tres años. Es decir que un poco antes de los tres años Hans ya estaba algo angustiado, investigaba el hace-pipí... y entonces llega el tercer cumpleaños, Freud le regala un caballo y Hans arma toda su fobia a partir de un asunto vinculado con caballos.
Automáticamente recordé que en el Seminario 4, Lacan inventa –como le gustaba hacer– que Hans había tomado el caballo de una ilustración de un libro. No sé si se acuerdan, pero dice que Hans tenía un librito donde estaba el dibujo de la cajita rosa de la que la cigüeña sacaba a los niños y que al fondo –como en un último plano–, aparecía un caballo al que le estaban poniendo una herradura. Sin embargo, me animo a desautorizar esta idea de Lacan, porque me parece que tenemos motivos bastante serios para pensar que el caballo había salido de otro lado...
Me parecía que esto exigía ser teorizado de alguna forma, me parecía que esto podía permitirnos realizar algunas elaboraciones acerca del problema del significante de la transferencia. Me sonaba raro que Freud dos años después, cuando se entrevista con Hans y su padre el 30 de Marzo de 1908, diga: “No sé si el jovencito se acordaba de mí”. ¡¿Cómo no se va a acordar de usted si usted le regaló un caballo y el nene armó una fobia con caballos?! Como si fuera poco, Freud afirma que el panorama que Hans planteaba en ese momento no podía explicarse con los datos que se tenían hasta ese momento. ¡¿Pero cómo no va a poder explicarse considerando el dato que, parece, Freud prefirió olvidar?! Me da la impresión de que tenemos aquí un efecto similar al del chiste que les conté recién. Porque a partir de la aparición de este artículo de Max Graf –que yo supongo que en general no es conocido, yo nunca había sentido hablar de esto en todos estos años– se produce sin ninguna duda un efecto de resignificación. Pero, sin embargo, cuando Freud regala el caballo me parece que se produce un efecto de anticipación, que aparentemente nadie –ni siquiera el propio Freud– pudo leer.
En el brevísimo texto de presentación que escribí para la reunión de hoy, dice que “propongo revisar nuestra concepción teórica de la anticipación para que el dispositivo de presencia de padres/parientes deje de ser un real de la clínica psicoanalítica lacaniana con niños”. Noten ustedes que apliqué la lógica del significante: “anticipación” por un lado, y por el otro, “presencia de padres/parientes” (después les voy a contar por qué hay una barra entre “padres” y “parientes”). Y soy absolutamente conciente de que cuando escribí “anticipación significante” estaba retomando algo que a mí me parece ser un olvido de los psicoanalistas. Nosotros vivimos en el mundo del après-coup, vivimos en el mundo de la resignificación, pero frecuentemente nos olvidamos de la anticipación, es un matiz que está descuidado. Yo me preguntaba por qué está descuidado este aspecto tan importante. Me resulta llamativo ya que todo esto proviene y se deduce de un término alemán que Freud utilizó mucho: Nachträglich.
Pienso que puede tratarse de un efecto propio del obstáculo lingüístico, debido a que nosotros, los psicoanalistas lacanianos, estamos formados a partir de la lectura lacaniana –o sea, en francés– de Freud. Y, tengo la hipótesis de que el Nachträglich freudiano se desplazó hacia la forma francesa après-coup.
En esta línea, me llaman la atención varias cosas. Conviene recordar que Lacan en Posición del inconciente se jacta de haber sido el primero en destacar el valor de ese Nachträglich, y por eso no creo que sea un problema generado por el mismo Lacan quien, por otra parte, leía bastante en alemán. Segundo: es notable que el mismo Freud, cada vez que escribía Nachträglich lo ponía en itálicas en los textos originales. Y tercero, también me llama la atención que en la traducción de José Luis Etcheverry (a la que llamamos por el nombre de la editorial Amorrortu y sin lugar a dudas es la más técnica de las traducciones con las que trabajamos), el mismo Etcheverry dejó indicado el término en alemán 97 veces en 62 de los 244 textos que conforman las Obras Completas de Freud. Es curioso: el término aparece en el 25% de los textos y, más allá de la traducción, o sea traduzca lo que Etcheverry traduzca, deja indicado el término en alemán.
No sé si hay alguien hoy aquí, en el auditorio que sepa alemán como para asistirme en lo que seguirá... Les confieso que no sé nada de alemán... Sin embargo (liber enim librum aperit...) sí sabía que existía un libro que se llama Diccionario de los términos alemanes de Freud, un diccionario excelente publicado por la Editorial Lumen de Buenos Aires en el año 2001. El libro fue publicado originariamente en Brasil en el ’96, su autor es brasilero y se presenta como un estudioso del psicoanálisis, a partir de un trabajo muy interesante. Les quiero leer la fundamentación del diccionario. Dice así: “Este diccionario busca sacar partido de la condición de extranjero del lector de habla hispánica frente al texto alemán”. Es increíble porque uno siempre tiende a pensar que está en desventaja cuando lee un texto en otra lengua, pero sin embargo este autor propone que tenemos una ventaja en tanto somo lectores extranjeros de Freud. “En lugar de intentar traer, a través de la traducción, títulos germánicos hacia el español este diccionario se propone aproximar al lector a los términos alemanes”. Me parece que queda clara la propuesta: este hombre quiere hacernos sentir cómo se usa el término en alemán y no tanto discutir los problemas propios de la traducción. Sigue: “Liberados de la tarea de optar por una palabra equivalente en español [algo que por otra parte Lacan hizo muchas veces en relación al francés: hay términos de Freud que Lacan directamente trabajó en alemán] este diccionario se dedica a introducir al lector en el universo de las connotaciones y de los significados de los términos alemanes de más difícil traducción. Porque mientras que el lector extranjero está en desventaja en el estudio del texto freudiano, el lector alemán a veces ni siquiera se da cuenta de las palabras que le parecen de lo más natural”.
Entonces, solicitando vuestra indulgencia a esta hora, les voy a proponer una rapidísima pasada por este diccionario para ver qué quiere decir realmente Nachträglich en alemán, cómo lo usaba supuestamente Freud. El prefijo Nach- corresponde a las preposiciones ‘para’, ‘hacia’, y también se puede entender como ‘en dirección a’. También vale como ‘después’. Por lo general, indica movimientos hacia adelante, en dirección hacia alguien o hacia alguna meta. También puede indicar repetición, agregado posterior o revisión. La raíz del verbo tragen es trag, indica ‘cargar’, ‘llevar’ o ‘portar’. Y el adjetivo, que es Nachträglich, admite una doble lectura. Puede indicar que el sujeto continúa cargando el evento hasta hoy, es decir, cierta tensión hacia adelante, cierta tensión hacia el futuro. Y segundo, también puede indicar que el sujeto vuelve al pasado a encontrarse con el evento. O, lo que es equivalente, que el sujeto trae el evento del pasado hacia el presente. Es decir, lo futuriza.
Me llamó mucho la atención encontrarme con esto. El diccionario tiene varios niveles, el último nivel consiste en una comparación entre el término en alemán y la supuesta traducción canónica, que es “posterioridad”. Y dice así, cito: “En español ‘posterioridad’ evoca la idea de un distanciamiento temporal del sujeto respecto del hecho. A partir de la distancia tomada reconsidera, entonces, el significado de este evento. Pero en alemán Nachträglich enfoca la permanencia de la conexión entre el ahora y aquel momento, manteniéndose ambos interligados. Puede transportar hacia el pasado una nueva visión o bien puede traerse el evento antiguo del pasado para el presente y agregarle algo actualizándolo. Al traducirse Nachträglich por ‘posterioridad’ se pierde la noción de retorno al evento y la idea de permanencia del evento, tanto como la referencia a un continuo proceso elaborativo de maduración, resignificación”.
Creo que evidentemente se nota la diferencia entre hablar del efecto “a posteriori” o après-coup y el Nachträglich freudiano. El mejor ejemplo de uso del Nachträglich freudiano que pude encontrar –lo citaré sólo para ilustrarlo–, es una escena que ustedes conocen muy bien: es la forma en que Freud cuenta la amenaza de castración en El esquema del psicoanálisis. Mientras que habitualmente venía planteando que se producía primero la amenaza y luego la visión –lo que implicaba que la visión podía resignificar a la amenaza–, en El esquema del psicoanálisis deja caer esta perspectiva temporal. Escuchen cómo lo dice. Primero sitúa la amenaza, y luego afirma asombrosamente: “Esta amenaza produce efectos si antes [hasta ahí igual que siempre] o después se cumple otra condición. Pero si a raíz de esta amenaza puede recordar la visión de unos genitales femeninos [aquí sí se trataría de la resignificación] o poco después le ocurre verlos...”. Bueno, no hace falta que siga con la cita, todos saben cómo termina. Es curioso pero parece que Freud contara en este párrafo con la lógica del significante...
En resumen: no creo que el problema lo haya producido Lacan. Creo que en una lectura, o mejor dicho, en una comprensión rápida del problema temporal, el Nachträglich se desplazó hacia el après-coup y este lo reemplazó, siendo que desde el punto de vista de la connotación el recubrimiento de uno por otro es sólo parcial y contribuye a perder una parte del significado original.

Quisiera retomar mi argumento central. Les decía que había optado por la lógica significante para organizar las ideas que quería compartir hoy con ustedes porque, por un lado, propuse la “anticipación” y, por otro “la presencia de padres/parientes” en la clínica con niños. Y soy conciente de que este segundo tema es la pesadilla absoluta de los analistas de niños. Casi no hay libros que trabajen este problema. No hay nadie que orgánicamente se haya decidido a hacer un desarrollo riguroso y sistemático sobre el asunto. Encontré solamente un libro titulado El lugar de los padres en el psicoanálisis de niños (fue publicado en la década del ’90). Se trata de una recopilación de artículos y no todos ellos están firmados por psicoanalistas lacanianos. Sí tenemos dos o tres artículos firmados por psicoanalistas lacanianos de pura cepa desparramados en los viejos libros de recopilaciones de la editorial Manantial pero no se trata de desarrollos sistemáticos sino, como en casi todos los casos, algún recorte clínico que no hace más que ofrecer alguna definición ostensiva del problema. Puedo decirlo más sencillo: sólo encontré analistas que cuentan lo que hicieron en un caso, algo que sin duda es necesario, pero no suficiente. Prácticamente no hay elaboración teórica, no hay conceptualización sobre este tema... Quizás una de las principales causas sea que a la hora de enfrentar el problema desde el sesgo teórico el recurso al Lacan dixit no puede utilizarse. No hay ninguna cita, ni siquiera una, que podamos tomar como referencia o apoyatura en el corpus lacaniano. Si nos queremos mantener muy a la letra de Lacan no encontramos nada. Y si comenzamos a inventar y a formalizar nuevos conceptos o nuevas ideas, siempre corremos el riesgo de alejarnos demasiado y abandonar absolutamente la referencia a su obra.
Sin embargo, en esos pocos textos que pude encontrar se repite una frase que me llama mucho la atención, y es que la presencia de padres en la clínica psicoanalítica con niños es un efecto inevitable –dicen los autores– de la dependencia real de los niños respecto de sus padres, entendiendo esa dependencia en términos de dependencia biológica.
No acuerdo en absoluto con este planteo. De hecho, en el texto de presentación de esta reunión, yo afirmaba que proponía hablarles de “la anticipación” para que la presencia de padres/parientes deje de ser un real de la clínica psicoanalítica. Pregunto: la dependencia de los niños respecto de los padres, ¿hay que entenderla en términos de dependencia biológica? (permítanme decir que esta pregunta tiene un valor particular en un momento de la historia del psicoanálisis en que desde la biología, y específicamente desde las neurociencias, nos están atacando enfurecidamente).
Les leo una breve cita de uno de los trabajos de los que hablaba anteriormente: “La presencia de padres surge de la dependencia real que el niño mantiene con ellos. Dicha dependencia debe entenderse en términos biológicos”.
Si bien Lacan no dijo nada de la presencia de padres, sí realizó un planteo acerca de cómo entender la dependencia. Encontrarán la referencia en un texto muy temprano –es un escrito del año ’50, presentado en colaboración con Michel Cénac–: es la Introducción teórica a las funciones del psicoanálisis en criminología. Lacan dice lo siguiente: “La realidad de la miseria fisiológica propia de los primeros meses de la vida del hombre acerca de la que hemos insistido, expresa la dependencia genérica, en efecto, del hombre con respecto al medio humano. Ahora bien, que esa dependencia pueda presentarse como significante en el individuo en un estadío increíblemente precoz de su desarrollo, no es éste un hecho ante el cual deba el psicoanalista retroceder”. Todos ustedes conocen seguramente la consigna lacaniana de no retroceder ante la psicosis, pero no sé cuántos de ustedes conocían hasta este momento la consigna de no retroceder ante los niños.
Seamos claros: los niños efectivamente mantienen una dependencia biológica respecto de los padres, es genérica, y negarla sería un tanto necio. Ahora bien, a los fines del trabajo analítico esa dependencia, ya desde un estadio increíblemente precoz del desarrollo, puede ser entendida en términos significantes. Lo cual, me parece a mí, habilita una especie de “antibiología lacaniana”. Si la dependencia en el psicoanálisis puede considerarse desde un estadio increíblemente precoz como dependencia significante entonces, en el trabajo con los padres de un niño, podemos prescindir del lazo biológico. Y de hecho, todo el problema de las nuevas configuraciones familiares, todo el problema de la familia en desorden, todo el problema de la familia ensamblada e incluso todo el problema de la adopción, desaparece como un problema específico. Si consideramos a la dependencia en términos significantes –y creo que es exactamente esa la posición de Lacan–, entonces el llamado de la sangre deja de funcionar y, como dicen muchos psicoanalistas lacanianos, no hay niño que no sea adoptado.
Deberíamos pensar seriamente que para los sujetos humanos hablantes, engendrar, reproducirse y parir, no necesariamente supone hablar de “padres” y “madres”. Yo he verificado un problema frecuente en las traducciones españolas de Lacan: y es que a menudo, allí donde Lacan dice o escribe les parents, se traduce directamente “los padres”. Es cierto que en el francés coloquial les parents son ‘los padres’, pero también son ‘los parientes’. Aquellos de ustedes que se dediquen al trabajo clínico con niños, seguramente habrán tenido la ocasión de recibir en el consultorio a la nueva pareja del padre o a la nueva pareja de la madre con las que –quizás– el niño convive, y verificar que es posible trabajar con ellos perfectamente. No hace falta que les diga que esta lógicoa se aplica y resuelve cierta supuesta especificidad –que considero falsa– para los casos de niños adoptados...
Este es el motivo por el cual he propuesto hablar de “presencia de padres/parientes” en los casos de clínica psicoanalítica lacaniana con niños. Para mí, esta idea hace a la política del psicoanálisis con niños: la dependencia es significante. (No sé si han estudiado el problema, pero en el Indoeuropeo estas diferencias ya estaban presentes. La lengua recogía la diferencia entre el pater y estaba el atta, o entre el fráter y el adelfo. Y alguna vez, reflexionando sobre estas cosas, yo me preguntaba por qué mis hijos le dicen “tío” a mis amigos más cercanos. Así llegué a preguntarme: ¿quién es más hermano mío: mi hermano de sangre o aquellos a quienes mis hijos llaman “tío”?).
Les decía que esa dependencia es significante, y por lo tanto debe ser establecida por el analista mediante una operación de lectura, puesto que ahí sí entra en juego cierta particularidad de la situación familiar. Esa dependencia debe ser establecida en un trabajo previo a aceptar a cualquier niño como paciente en el consultorio. Yo soy de los que piensan que el hecho de recibir una consulta por la situación de un niño, no justifica creer de entrada que ese niño será finalmente el paciente. Personalmente, hago un trabajo previo. Prefiero llamarlo “previo” para no utilizar el término “preliminar” que es freudiano y connota algunas otras cuestiones. Ese trabajo previo me permitirá hacer advenir el anudamiento particular de la dependencia significante para esa estructura familiar. Esta estructura familiar tuvo varios nombres en la obra de Lacan. A mí el que más me gusta es “constelación familiar”. Lacan dice que habla de la “constelación familiar” en el mismo sentido que de la constelación hablan los astrólogos. Yo sigo esa indicación casi a la letra. Porque si a partir de las constelaciones los astrólogos pueden predecir el futuro –aunque después de Newton esto se ponga algo más difícil de aceptar–, quizás haya algo de la anticipación en el modo en que Lacan propone considerar a la constelación familiar. Y así como en una carta natal los astrólogos establecen el estado relativo de los astros al momento del nacimiento de una persona, también nosotros podríamos llegar a establecer el estado de las cadenas significantes que determinaron cierto lugar al que el nuevo sujeto humano hablante vino a parar. Y quizás, desde allí, podamos anticipar ciertos efectos. He aquí otro valor posible para justificar la presencia de los padres/parientes en el consultorio.
A partir de ese trabajo de construcción o de lectura se puede proponer cierto dispositivo. Y ese dispositivo que vamos a proponer incluirá –primero– la cláusula de si aceptamos o no al niño como paciente. En el caso de aceptarlo también incluirá otra cláusula acerca de cómo será el trabajo con los padres. Así es que estoy proponiendo que la presencia de padres/parientes en los casos de clínica psicoanalítica lacaniana con niños surge a partir de un dispositivo, no es un real.
Hace algunos días trabajando en supervisión, un joven analista me contó la siguiente situación: él recibió el llamado de una señora en carácter de madre de una niña sobre la que se planteaba la consulta. Llamaba para pedirle la primera entrevista. Ahora bien, esta señora, por teléfono le preguntó: “Licenciado, ¿la primera vez tengo que ir yo o, directamente, mando a la nena?”. La respuesta del analista fue: “Como usted prefiera, señora”.
Yo creo que esa no es la mejor posición para un analista, me parece que eso es ceder la dirección de la cura. Y entonces quisiera recordarles un pequeño párrafo de La dirección de la cura que viene en mi ayuda para tratar de demostrar por qué el analista tiene que haber reflexionado sobre estos problemas, para poder tener bien en claro y bien en cuenta cómo proponer un dispositivo. Cito: “El psicoanalista sin duda dirige la cura. Y la dirección de la cura consiste, en primer lugar, en hacer aplicar por el sujeto la regla analítica, o sea, las directivas cuya presencia no podría desconocerse en el principio de lo que se llama la situación analítica bajo el pretexto de que el sujeto las aplicaría en el mejor de los casos sin pensar en ellas”. Noten el matiz fuerte al utilizar el término “directivas”. Colette Soler lo dice maravillosamente en la conferencia que se llama El anticapitalismo del acto analítico que está en el libro nuevo, cuando habla de cierta “violencia a la entrada”. Son directivas, el analista dirige cómo se va a formular la situación analítica. Pero escuchen cómo se plantean las directivas: “Estas directivas son planteadas bajo la forma de consignas en una comunicación inicial [de entrada uno plantea y “baja” consignas], de las que pueden sostenerse que hasta en las inflexiones de su enunciado servirán de vehículo a la doctrina que sobre ellas se ha hecho el analista en el punto de consecuencia a que han llegado para él”. “Las inflexiones del enunciado” quiere decir si nos tiembla la voz cuando las decimos, si balbuceamos, si tenemos dudas... Dice Lacan que en esas inflexiones se vehiculiza –primero– la doctrina que el analista se ha hecho del problema. O sea, si lo estudió o no lo estudió. Si uno no estudió el problema no va a estar en condiciones de situar esas consignas como corresponde. Y segundo, lo más fuerte, es afirmar que hasta en esas inflexiones se verificará el punto de consecuencia a que han devenido para él, o sea cómo fue atravesado él mismo por esas consignas en su propio análisis.
Se trata sin ninguna duda de un dispositivo. Lacan habló muchas veces de “dispositivo” pero nunca de “dispositivo analítico”. Les voy a dar algunos ejemplos. El “esquema óptico” es nombrado como dispositivo, los “cuatro discursos” son nombrados como dispositivo, el “seminario cerrado” es nombrado como dispositivo, los grafos de la red alfa, beta, gama y delta también son nombrados como dispositivos. Algunas máquinas que Lacan inventaba mientras iba dando el seminario también son nombradas como dispositivo, incluso el pase es un dispositivo, pero Lacan nunca dijo “dispositivo analítico”. Considero que el gran autor que introdujo al dispositivo en el discurso es Michel Foucault, creo que nadie se opondría a esta afirmación. Busqué alguna definición de “dispositivo” en Foucault para ver si nos servía para sostener este dispositivo de presencia de padres/parientes. Foucault dice que el dispositivo es una red, y a nosotros, “red” nos queda muy cercano a red significante, a “conjunto de consignas”, como dice Lacan. Y es una red que está formada por discursos, instituciones, decisiones reglamentarias, enunciados científicos, proposiciones enunciadas y no enunciadas. El rasgo fundamental de Foucault es que un dispositivo siempre está inscripto en un juego de poder, algo que coincide con este problema de la violencia del que hablaba Colette Soler en la conferencia que les cité.
Entonces, si contamos con un dispositivo y ese dispositivo es una red, si es un conjunto de consignas, estamos lejos de considerar que se trata de un real. ¿Qué temporalidad le podemos asignar a una red? Yo no sé cómo responden ustedes al problema, pero, como se trata de una red, yo trabajo con los padres/parientes a partir de una “frecuencia fija”. Trabajar con frecuencia fija quiere decir que cuando propongo el dispositivo de trabajo, así como establezco una frecuencia fija con el niño (pongamos, una vez por semana), hago lo mismo con los padres/parientes: puede ser que también les proponga trabajar semanalmente, o puede ser quincenalmente o mensualmente (siempre tengo en cuenta las posibilidades horarias, económicas, etc).
Pero la frecuencia es fija. ¿Saben cuál es el primer efecto que he observado a veces? Si están presentes, por ejemplo, el padre y la madre del niño, cuando digo “voy a ver al nene los martes y a ustedes los jueves”, ella le pega un codazo a él y le dice “viste que nosotros también...”. Es muy interesante encontrarse con eso. Aquí queda lo suficientemente claro –creo–, que proponiendo esta consigna elimino absolutamente la idea de que el sujeto es el niño. Aquí convendría recordar brevemente el valor del término sujet (en francés) y ‘sujeto’ (en español). En español ‘sujeto’ es una persona de la que no queremos decir el nombre, una persona innominada, ya sea porque no lo sabemos o porque no lo queremos decir (de hecho cuando estamos hablando de alguien que no queremos nombrar porque lo odiamos decimos “de ese sujeto mejor no hablar”). O sea que en nuestra lengua, de entrada, ‘sujeto’ es ‘persona’. Recién en la tercera acepción, el diccionario de la Real Academia plantea la siguiente definición: “asunto acerca del cual se habla o se escribe”. Este orden se invierte en francés, donde sujet tiene varios valores antes de referirse a la persona. Entonces, la lengua de Lacan, privilegia los valores de ‘tema’, ‘asunto’, ‘motivo repetitivo’ y otros, para el término sujet. (Tengan en cuenta aquí que, por lo general, los traductores de Lacan al español han resuelto el problema traduciendo sujet por ‘sujeto’. Obviamente, resolvieron “su” problema de traductores, pero nos generaron un gran obstáculo a la hora de estudiar). Me interesa que quede claro que al hablar de ‘sujeto’ hacemos referencia a su valor bidimensional y no tridimensional, no se trata de un sujeto que coincida con persona alguna.
Hecha esta aclaración, mi propuesta de utilizar casi la misma frecuencia para ver al niño y a sus padres/parientes, disuelve la presión que genera la idea de que el niño es el sujeto. Y también produce cierto efecto temporal, porque trabajando de esta manera evitamos encontrarnos con los padres/parientes de nuestros pacientes sólo cuando hay alguna crisis. Se verifica con cierta facilidad que si uno no apuesta a la presencia fija, los padres/parientes aparecen en el consultorio con ocasión de alguna crisis: un escándalo en la escuela, un golpe, una lastimadura. En tales casos, uno siempre llega tarde... y lo único que se puede hacer es resignificar lo que pasó. Siendo así, es muy difícil anticipar algunas cosas. Quiero ilustrar este “anticipar algunas cosas” con un ejemplo. ¿Notaron que cuando uno tiene el auto chocado, comienza a ver cuántos autos chocados hay? ¿Vieron que cuando una mujer está embarazada, comienza a darse cuenta de cuántas embarazadas hay? La anticipación tiene esa lógica, cuando uno habla de determinadas cosas, luego las comienza a ver. En ese sentido, el dispositivo planteado con frecuencia fija, favorece que no siempre lleguemos tarde, y que en ocasiones advenga cierta particularidad del encontrarse con eso de lo que ya se había hablado.
A su vez –y tal como se deduce del trabajo que Lacan hace en la Introducción al Seminario sobre la Carta Robada con todos los signos en las redes y el repartitorio, las tablas, etcétera–, poder anticipar algunas cuestiones genera ciertos imposibles. Pienso que en esa red de frecuencia fija, cuando se puede hablar de determinadas cosas, se generan ciertos límites a lo que puede aparecer después. Por otra parte, esto colabora mucho con la reconsideración del tan deseado “efecto sorpresa”. Yo noto que a los psicoanalistas les encanta, disfrutan enormemente cuando se produce la sorpresa. Y es cierto que ya desde Freud y también con Lacan la sorpresa supone cierta dimensión del inconciente, Lacan lo articula con el “yo no pienso”. Ahora bien, a mí siempre me sorprendió la estructura de la sorpresa, porque la estructura de la sorpresa siempre está anticipada. Les doy el mejor ejemplo que encontré. ¿Vieron la película Sexto Sentido? La gran sorpresa de la película es que el protagonista está muerto y que, como decía Freud, él no sabía que estaba muerto. La película dispara un enorme efecto sorpresa porque aquello de lo que nos enteramos al final está dicho –en este caso “mostrado”– desde el principio y, entonces, ya lo sabíamos aunque quizás no sabíamos que lo sabíamos. ¿Recuerdan lo que pasa en la primera escena de la película? Se trata de un psicólogo que, en la primera escena llega a su casa luego de recibir un premio, y recibe un disparo a quemarropa de un muchachito algo alterado que –parece– había sido paciente suyo en alguna institución psiquiátrica. Ahora bien, luego de eso... digo, de un disparo a quemarropa... ¿cómo puede ser que la gran sorpresa sea que el protagonista estaba muerto? Si no les alcanza con este dato, unos quince minutos después, el niño que coprotagoniza la película, le dice al psicólogo: “veo gente muerta”. Otra vez, ¿el gran golpe de la película es que el psicólogo está muerto? Todos los desencuentros que tiene con su esposa... ¿acaso no se explican por el mismo hecho? Es sorprendente justamente por eso, porque ya lo sabíamos. Uno no se sorprende de lo que no sabía, uno se sorprende de lo que ya sabía y no sabía que sabía: es la estructura del inconciente.
Bueno yo tendría algunas cosas más para decir pero prefiero interrumpir aquí para que podamos conversar un poco y recibir vuestras impresiones.


Alicia Donghi
Adhiero en un montón de cosas, (…) también adhiero en relación a la fórmula de la frecuencia fija, en el sentido no solamente de que los niños exigen rutinas: hay algo de la estructura de la constitución de un niño que tiene que ver con esto de cierta rutina.
Lo que te quería preguntar es sobre esta cuestión que comentaste cuando contaste la anécdota de la supervisión, en el sentido de que quizás hay algo de lo preliminar, en el sentido de que quizás uno tiene que tomarse el tiempo de lo preliminar para que después se pueda constituir la red o el marco de lo que ahí va a acontecer. A veces esto de “dónde está la demanda”. Si una madre dice “¿voy con mi hijo o no voy con mi hijo?”, también puede ser una vacilación respecto del niño como verdad parental o el niño como síntoma de la madre. Ahí me parece que la directiva puede no dejar que el campo se ordene de acuerdo a determinadas significaciones, justamente para poder armar la red…

Pablo Peusner
Fue una anécdota que surgió en la espontaneidad del relato. Tengo que seguir contando la supervisión un poco más. A mi me complica lo siguiente, me complica cuando yo le pregunto al analista en cuestión por qué contestó eso y él me dice: “no sé”. Porque yo acuerdo contigo en el sentido de que conviene tener un margen para la maniobra del “caso por caso”, que es fundamental. Pero quiero aclarar que para mí el “caso por casi” constituye la excepción, siempre. No sé si todos van a compartir conmigo esta posición y hasta quizás me traiga problemas esta noche: para mí el “caso por caso” no es la norma, sino la excepción. Yo propongo para todos los casos un comienzo a partir de la anticipación de la presencia de padres/parientes, después habrá tiempo para escuchar la demanda y para ver de qué lado viene, pero prefiero que de mi lado no se transmita una vacilación respecto de quién dirige.

Comentario de un participante
No necesariamente la pregunta está hecha a un psicoanalista, a lo mejor es al licenciado que es psicólogo, tampoco es que hay una elaboración previa por parte de quien hace la consulta…

Pablo Peusner
Me parece que habitualmente las personas que no participan de nuestro pequeño mundillo –porque ninguno de nosotros, en el caso en que llevara un hijo al analista tendría alguna duda de cómo se inicia eso– asocian la clínica psicoanalítica con otras clínicas, como por ejemplo la clínica médica. Yo he tenido la ocasión de recibir a los padres de un niño y que en esa primera entrevista el padre me pidiera mi currículum...

Cristina Toro
A mi me parece, Pablo, que vos planteas que lo de la anticipación planteado de esta manera como algo que te ha funcionado a vos.
A mí me ha pasado que alguien llegue al consultorio y me diga “¿me tengo que acostar en el diván?” y todavía no me había dicho ni el nombre. Ahí nadie dudaría en decir “no”. Entonces me parece que hay algo que estás aportando vos, que es resultado de una práctica.

Pablo Peusner
Permitime agregar que en lo referente a la clínica con adultos hay un funcionamiento del dispositivo mucho más claro, me atrevería a decir “más universal”. Creo que nadie aceptaría que un paciente en la primera entrevista se acostara en un diván. Mi propuesta es que convendría trabajar para construir un dispositivo de presencia de padres/parientes acorde a la política de la clínica psicoanalítica lacaniana con niños. Lo que noto es que los analistas trabajan como los bomberos –ni siquiera de policía, porque a veces la policía llega antes, es un milagro pero a veces pasa– pero los bomberos nunca llegan antes. Siempre tiene que haber fuego primero...

Silvia Migdalek
A mí me interesa conversar un poco acerca de esta idea de la anticipación, que me parece muy interesante para pensar cómo jugar un poco con la función de la anticipación. Entiendo que hay un modo de pensar la anticipación de la que hababas –que me parece importante– que tiene que ver con las premisas, eso que acentuabas de las consecuencias que ha tenido para cada uno, no sólo en su formación, sino en su propio análisis, lo que se constituye como premisas. Entonces si se trata de eso lo que se anticipa, o lo que a uno se le puede anticipar –tanto en la clínica con niños, como en la clínica con adultos– hay algo que me parece interesante en relación a este punto de trabajar ciertos temas que aparecen como temas que en apariencia son técnicos, pero que no lo son porque siempre la anécdota esconde alguna estructura. Incluso en esa anécdota que contabas de Max Graf y Juanito, digamos esto de que Freud le hubiera regalado el caballito... Uno podría decir que eso tiene valor anticipatorio. ¿Vos pensás que eso podría haber sido tomado por Freud en su valor anticipatorio?
Y la otra cuestión para ahondar un poco más en el tema de la anticipación es una cuestión que Freud trabaja... La anticipación por supuesto no es sin la retroacción y la retroacción no es sin el trauma. Entonces en Freud hay una idea acerca de la cuestión de la retroacción del trauma. Es alrededor de esos primeros textos donde él por primera vez sitúa la cuestión del Nachträglich que, como bien recordabas, Lacan dice haber sido uno de los primeros en sacarlo a luz en Posición del inconciente. Entonces, es alrededor de la cuestión de lo traumático, pero ¿qué valor tendría la anticipación en el trauma? ¿Cómo conectás el Nachträglich con la anticipación? Porque para Freud lo que se anticipa ahí es cierto traumatismo de la sexualidad que siempre llega tarde. Vos decís que en la clínica con niños los padres no deberían ser el real de la clínica, ¿para eso pensás en un dispositivo que permita domeñar algo o correr de lugar, el real de la clínica con niños? Son preguntas que se me armaron mientras te escuchaba.

Pablo Peusner
Voy a tratar de contestarte todo junto. Hay un momento en el que me parece que Lacan hace un movimiento. Todos conocemos este dibujo –que es la célula elemental del grafo, pero también el modelo básico de la relación entre los significantes–; hay otro modo de escribirlo, que es este: el bucle.


En el Seminario 5 Lacan habla de “la anticipación de la serie significante y al mismo tiempo su retroacción...”. Porque cuando trabajamos con la célula elemental del grafo nos da la impresión de que un vector es la anticipación y el otro vector es la retroacción (es una lectura correcta, por otra parte). Sin embargo, a mí me da la impresión de que amparándome en esta otra forma de escribirlo, la anticipación y la retroacción se pueden ubicar en el punto donde el bucle se cierra, lo que genera una temporalidad muy extraña, que es la temporalidad “que se abre cuando se cierra”. Es decir, es una manera de pensar y condensar la anticipación con la retroacción, porque vuelve sobre sí mismo, con la aparición de un real en el medio, todo en un solo vector. De esa manera, y puesto que el punto nodal que está representado es el punto de la repetición, quizás se podría explicar algo del trauma, con la repetición y con la aparición del real nuevo que se produce allí.
Si volvemos a mi tema, es fundamental para poder leer esta segunda forma de escritura, que lo real no sean los padres, porque si no te encontrás todo el tiempo con un retorno de eso desde afuera. Cuando vos crees que estás trabajando con tu paciente, que está todo en marcha y que vas en una dirección, se te aparecen intempestivamente los padres porque se pelearon, porque tuvieron un problema y es inevitable considerar que eso viene desde afuera de la red. Creo que es mucho más práctico como para poder trabajarlo, tenerlo desde el inicio incluido en la misma red.

Laura Salinas
No recuerdo bien si es en la Conferencia 34 donde Freud alerta sobre la transferencia que el niño tiene con sus padres. No sé como pensar esto con el tema de la anticipación, no sé si tomás en cuenta esta advertencia de Freud de que la transferencia del niño es con los padres…

Pablo Peusner
Absolutamente la tomo en cuenta desde la relectura de Lacan. Hay motivos para pensar, con Lacan, que el niño establece una neurosis de transferencia espontánea con los padres. Lacan lo dice en el Seminario 5, algo así como que es una de las primeras posiciones del Otro respecto del niño, que “el Otro sabe todo de sus pensamientos”. Ahora, lo que se verifica con poco margen de error, es que cuando un niño llega a la consulta esa neurosis de transferencia explotó, se disolvió, y que el saber está más del lado del niño que de los padres. Los padres se presentan sin saber qué hacer con eso, “no sabemos que hacer, no sabemos cómo tratarlo, no sabemos cómo manejarlo”, y suponen que cualquier manifestación que se pueda considerar sintomática en realidad es un mensaje cifrado, es decir que oculta un cierto saber que ellos no están en condiciones de descifrar. Y lo ocurre es algo así como una cesión de lugar, para que nosotros intentemos hacer una maniobra respecto de transferir ese saber hacia otra posición.

Agustina Denari
Pensaba en distintas ventajas que puede tener plantear en la clínica con niños la frecuencia fija con los padres. Cuando uno recibe a los padres y al niño, una de las cosas que pasa es que los padres le dicen es “él tiene el problema”, está el tema de las etiquetas, porque que las escuelas ayudan muchísimo a etiquetar a los chicos. Por otro lado, también pensaba en esto de que “el chico es el problema” –así lo señala la escuela–... Digo, hay mucho de los padres que de eso no saben ni quieren saber mucho más, como que te tiran al chico en el consultorio. Dicen: “¿ah yo tengo que venir?, ¿cómo?, ¿yo qué tengo que ver con eso?, esto le pasa a él.” Hay un trabajo muy fuerte en relación a qué tienen que ver ellos con lo que le pasa al chico, a mí por lo menos es lo que más me cuesta. Que haya una pregunta de qué tienen que ver ellos con lo que le pasa al chico. Pero por otro lado, en esta misma línea, como la mayoría de las veces te tiran al chico, también veo tu propuesta como algo difícil de lograr sin que no salgan corriendo.

Pablo Peusner
Es un riesgo que hay que estar dispuesto a correr...

Agustina Denari
Sí, son las condiciones, digamos, el analista también pone condiciones para trabajar. Pero a mí por lo menos es algo que me cuesta bastante que los padres confíen en hablar, que quieran hablar de su historia. La mayoría dice “¿qué tiene que ver esto con lo que le pasa al chico?”.

Pablo Peusner
Solamente dejame contarte un pequeño truco. Un truco que funciona –total es un dispositivo– es citarlos solos, separados, y pedirle a la mamá que hable del papá (anunciarle, anticiparle que “yo la voy a convocar a usted para que venga, pero le voy a pedir que hablemos de su marido”), y cuando venga él hacer lo mismo, pedirle que hable de su mujer.

Gabriel Lombardi
Es una pregunta en relación a la distinción que hacías entre sujeto y personas o niños... Si no entiendo mal estás planteando que un niño en algún momento introduce algo que interroga a los padres, que produce un efecto de que el saber queda de su lado, ellos a lo mejor no quieren saber nada –como planteaba Agustina– con la pregunta que ese síntoma plantea, pero evidentemente en el dispositivo que estás proponiendo algo de la subjetividad en algún momento puede recaer sobre los padres. Entonces la pregunta sería: ¿no se define el sujeto sino que va rotando? ¿Cómo pensar la noción de sujeto?
Por otro lado pienso en relación al dispositivo analítico... El dispositivo como lazo social. Este dispositivo que estás planteando me parece novedoso para retomar algunas cuestiones que plantea Lacan en relación al acto psicoanalítico.

Pablo Peusner
Tenemos diversas definiciones y diversos sesgos para pensar al sujeto en la vastísima obra de Lacan. Yo tiendo a plantear que en clínica con niños el sujeto es un asunto que involucra a varias personas –y a propósito digo “persona”, para que quede claro que “persona” es un término discreto– y que cada persona aporta desde una posición discursiva diferente algo sobre ese asunto, y entonces se trata de que el analista decida. Yo hice un juego de palabras hace unos años que dio origen a un libro que se llamó El sufrimiento de los niños. El juego que proponía era que en ese “sufrimiento de los niños”, el genitivo se puede leer como que “los niños sufren” o como que “alguien sufre de los niños”. Entonces lo que sostengo es que en ese trabajo previo, en ese estudio que uno hace del asunto familiar del que se habla desde distintas posiciones, el analista tiene que tomar una decisión y asignar un cuerpo respecto del cual eso se va a sintomatizar. No siempre es el del niño. Aunque nos ofertemos en la ciudad como analistas de niños, yo no me considero especialista, sí me oferto como analista de niños pero me parece que no se puede considerar per se el hecho de que porque nos consultan por un niño, el análisis sea con el niño.

Gabriel Lombardi
En ese sentido, la oposición que estás planteando, ¿sería entre sujeto y persona o estás hablando de cuerpo?

Pablo Peusner
No, yo decía “persona” para diferenciar bien la cuestión. Concretamente, yo propondría que el sujeto es el asunto.

Silvia Migdalek
El sujeto como el tema, el asunto

Pablo Peusner
Sí, exactamente, como un asunto bidimensional pensado con una lógica significante. Y ese asunto, una vez establecido, hacerlo articular, hacerlo embragar –como diría Lacan– con uno para que la situación analítica se reduzca como –vos decías– a dos cuerpos.

Gabriel Lombardi
“A lo sumo dos”, dice Lacan, no más de dos, no hay psicoanálisis de a tres.

Pablo Peusner
Estoy de acuerdo. Mi planteo exige entender que se trata de un punto de llegada, que hay que hacer un trabajo para llegar a aceptar esa posición, para decir: “sí, es acá con el niño, este es el asunto y es con este niño”.

Gabriel Lombardi
Me parece interesantísimo lo que has planteado. Por ejemplo, uno de los temas sobre los que he estado reflexionando en función del tema del tiempo, articulado con los dos momentos del trauma, y algunas resonancias a Heidegger.

Pablo Peusner
Es un tema muy interesante el del tiempo... Cuando propuse la cuestión me gustó esto de Volver al Futuro, porque lo que continuaría luego de mi exposición, sería revisar el problema del “futuro anterior”, o sea, cómo operaría el futuro anterior en relación al establecimiento de ese sujeto. Porque el futuro anterior es el tiempo del sujeto. Pero bueno, lo dejamos para la próxima...

Cristina Toro
Bueno, a mí se me había ocurrido que en las Dos notas sobre el niño una de las primeras cosas que dice Lacan es que el niño es un síntoma de los padres, por lo cual esta cuestión del dónde está el sujeto hasta que lo ubiquemos...

Alicia Donghi
Me acuerdo de una situación que me pareció muy interesante sobre todo en relación al tema de la frecuencia fija, que me resultó sorprendente en este estilo de “ya lo sabía”... Freud decía “las resistencias siempre son de los padres”, en el sentido de que el niño es el síntoma de los padres. Te quería preguntar si hay resistencia del lado del niño propiamente dichas.

Pablo Peusner
Bueno, la idea de que los padres encarnan la resistencia es de Freud y quien más se la discutió fue Melanie Klein. En el libro que publiqué el año pasado, dediqué muchas clases a teorizar algo que llamo el “lenguaje infantil” por diferencia del “lenguaje adulto”. Es un invento, en realidad es un modo de leer algo que la clínica oferta. A mí me parece que más allá de ser niño o adulto, y más allá de ser niño o padre, aquel que hable con lenguaje infantil no podría nunca resistir, y que la resistencia se presenta a partir de la inclusión en el discurso del triple principio lógico de Aristóteles. Yo propuse que la instancia yoica, lo que nosotros conocemos como el yo, en realidad es un sistema de afirmaciones y negaciones, como dice Lacan, pero estructurado a partir del triple principio lógico de Aristóteles. Entonces cualquiera que hable con ese precepto, resiste, mientras que cualquiera que hable por fuera de eso se analiza. Si hay analista, mejor.