lunes 30 de julio de 2007
VACACIONES DE INVIERNO!!!!
Hasta la vuelta
PP.
Pablo Peusner. "Acerca de la presencia de padres en la clínica psicoanalítica lacaniana con niños".
Buenas noches, es un gusto estar hoy aquí con ustedes —supongo que tienen alguna relación respecto de la clínica de niños. Y digo esto porque, en una pequeña investigación que vengo realizando, les pregunto a los psicoanalistas si atenden niños y habitualmente obtengo respuestas que me hacen recordar el apólogo del “caldero agujereado” de Freud.
¿Se acuerdan de esa historia? Bueno, hay dos paisanos, uno le presta al otro una olla, y cuando el segundo se la devuelve, resulta que la olla tenía un agujero. Entonces, el primero le dice: “Abraham, la olla tiene un agujero”. Y su amigo le dice: “En realidad no está agujereada la olla”. Y entonces sigue la discusión. Y al rato Abraham confiesa: “Bueno, en realidad, cuando vos me la prestaste, ya estaba agujereada”. Sigue la discusión. Y al rato, la discusión termina cuando el dueño de la olla recibe como última respuesta: “¡Si vos no me prestaste ninguna olla!”.
Vean ustedes que el estilo de razonamiento y de argumentación puede ser válido, a condición de que cada respuesta se diera en forma individual. Si ustedes hacen la secuencia de las tres, es un problema, porque las tres producen oposiciones entre sí.
Cuando yo les pregunto a los analistas si atienden niños, la primera respuesta que me dan es: “Y, no, la verdad es que yo no atiendo niños, porque no estoy muy formado; en la facultad era optativa, y yo no estudié mucho de eso”. Y uno sigue charlando, y al rato te dicen: “No, mirá, en realidad, yo tengo un problema personal con los pibes, a mí los pibes no me gustan, me pudren; chicos ya tengo en casa, no quiero saber nada”. Y si uno sigue discutiendo un poco más, te terminan diciendo: “No, en realidad, lo que pasa es que la clínica de niños no existe”.
Entonces, a partir de esto, la verdad es que a mí me tranquiliza un poco encontrarme con ustedes, porque supongo que ustedes ya pasaron por este problema, y que si uno les pregunta si atienden niños, ustedes dicen: “Sí, atiendo niños, sea lo que eso sea, e implique lo que eso implique”.
Ahora, como ustedes habrán visto, yo en el cartel pedí expresamente que se incluyera que iba a hablar de la presencia de padres en la clínica psicoanalítica lacaniana con niños. ¿Y por qué tan insistente? Bueno, primero y principal, porque es fundamental que nosotros sepamos que se trata de clínica, que el marco en el cual estamos conversando, es un marco clínico. Digo que es importante porque podría ser diagnóstico, podría ser educacional, pero el ámbito que les propongo es el ámbito clínico. Y me parece importante adjetivarlo como psicoanalítico, porque hay distintas clínicas: hay clínica médica, hay clínica psicológica…
Les propongo que sea clínica psicoanalítica, y aparte con un segundo adjetivo, que es lacaniana, porque ustedes saben que hoy en día hay varios tipos de clínica psicoanalítica. Podemos hablar de Freud, podemos hablar de Melanie Klein, si nos gusta podemos hablar hasta de Anna Freud, si queremos podemos seguir hablando y nombrar a Jacques-Alain Miller, Jean Allouch, que son importantes psicoanalistas contemporáneos. Cuando digo lacaniana, lo que estoy proponiendo es que a lo largo y a lo ancho de la vastísima obra de Jacques Lacan, están disponibles todos los elementos para poder llevar adelante un tratamiento clínico, psicoanalítico, con niños. Yo parto de no utilizar a ningún otro autor.
¿Por qué les propongo esto? A mí me parece que respecto del problema de la clínica de niños, es muy difícil ser freudiano. Y les voy a tratar de transmitir la idea de por qué.
Freud, al inicio de su obra, produjo dos operaciones importantísimas, que fueron condición de posibilidad para poder pensar la clínica con niños. Me parece que uno puede entender que la extensión de la sexualidad a los niños –y también a los perversos- que hizo Freud en el segundo de sus Tres ensayos, es una de las condiciones fundamentales para poder pensar la clínica con niños, porque si no hubiera ninguna relación entre un niño y la sexualidad, el psicoanálisis poco tendría para decir allí.
Ustedes saben perfectamente que la maniobra que Freud hizo fue suponer la presencia de la sexualidad en determinadas conductas observables típicas de los niños. Por ejemplo, diferenciar el chupeteo del reflejo de succión, diferenciar el erotismo anal del control esfinteriano, suponer que las preguntas de los chicos están vinculadas a una teorización sexual infantil… Es decir que Freud propuso la sexualidad allí donde antes se veían otras cosas.
Y también hizo una segunda maniobra, que consistió en interrumpir la maduración de la función sexual. Es decir, que todo lo vinculado a la sexualidad no madura, no evoluciona hacia un ideal de genitalidad, sino que su estado perverso polimorfo –que es el estado que Freud detecta en los niños- casi casi coincide con su estado definitivo.
Es decir que a partir de esas dos ideas que Freud propone, comienza a pedirle a su grupo más cercano de colegas psicoanalistas, los primeros psicoanalistas, que le envíen material que le confirme su teoría. El problema, es que en vez de recibir material que le confirmara su teoría, empezó a recibir material de analistas que aplicaban esos saberes a los niños. Y a mí me gusta siempre proponer que Freud recibió su propio mensaje, aunque en forma invertida, desde el lugar del Otro. Y tranquilamente podríamos inscribir en ese lugar del Otro al papá de Hans, a August Aichhorn –el famoso pedagogo vienés- al pastor Oskar Pfister –un pastor protestante que tenía una especie de instituto de menores- a Melanie Klein, a Anna Freud, a Ferenczi –con el caso del “niño gallo”. Es decir, hay toda una serie de personajes muy importantes en la primera generación de analistas que le devuelven a Freud ese mensaje.
Freud les decía: “confirmen la teoría”. Y ellos, en realidad, se la aplicaban a los niños. Y eran notorias las reservas que Freud tenía sobre la posibilidad de aplicación del psicoanálisis a los niños. Eran muy notorias. De hecho, ustedes van a encontrar en varios textos de Freud reservas respecto de la posibilidad de aplicar el psicoanálisis como teoría y como práctica a los niños. Frases del estilo de “el niño es un objeto diverso del adulto; el niño no tolera bien los métodos de la asociación libre; la transferencia en los niños desempeña otro papel, puesto que los progenitores están presentes; en el niño falta aún el desarrollo de instancias psíquicas”... Son todas frases que cito casi de memoria, que ustedes encontrarán en la Conferencia 34, en el prólogo de Freud al libro Juventud descarriada de Aichhorn, que son frases que permiten ubicar claramente que Freud tenía cierta desconfianza, al menos, en aquella época, a la aplicación del saber del psicoanálisis como una práctica de trabajo con niños.
Ahora bien, más allá de lo que ocurrió entre Freud y la primera generación de analistas, después llegó Lacan. Hace un tiempo vi una película muy linda de Elizabeth Roudinesco, con Elizabeth Kapnist, que se llama Lacan, el psicoanálisis reinventado. Me gustó esa forma de presentar a Lacan como el reinventor del psicoanálisis. Porque la vuelta que él le pega es como volver a inventarlo, a partir de otros articuladores, a partir de otros problemas, y teniendo siempre en la mira el texto de Freud.
A partir del trabajo de reinvención que Lacan hace con el psicoanálisis, a mí se me presenta como una idea interesante que los analistas deberían, todos, comenzar a trabajar como analistas atendiendo a niños. Y ahora les voy a proponer por qué.
Lo que les quiero proponer es que si yo pudiera, si de mí dependiera, yo obligaría a todos los que quieren ser psicoanalistas a comenzar atendiendo niños. Me parece que la clínica con niños nos enfrenta a problemas bien manifiestos que la clínica con adultos mantiene ocultos. Uno no los ve. Salvo que haya estudiado mucho, salvo que esté muy orientado, es muy frecuente que al mejor cazador de nosotros se le escape la liebre. Y les voy a proponer al menos tres formas para pensar este problema.
El primer problema es la demanda. Supongan que por el hecho de estar nosotros ofertándonos aquí, en la ciudad de Buenos Aires, como psicoanalistas lacanianos, alguien viniera a pedirnos algo. Es muy frecuente interpretar que lo que nos vienen a pedir es una demanda de análisis. Uno lo escucha todo el tiempo. Más allá de la demanda, se tiende a pensar que las personas, porque visitan a un analista, demandan análisis.
Si ustedes se detienen a pensar un segundo cómo es una demanda de niños, ¿a quién se le ocurriría pensar que los padres del niño, por más psicoanalistas lacanianos que sean, vienen a ver a un analista para demandarle que uno haga análisis con ese niño? ¿Qué nos piden los padres de los pacientes? Yo diría: nos piden adaptación. Es una demanda adaptativa. Nos piden que adaptemos a ese pequeño “monstruo” a las competencias que debería tener en su etapa madurativa. Supongan: si se hace caca, que no se haga; si se hace pis, que no se haga; si se pelea con los chicos, se tratará de una demanda social, que adaptemos al pequeño a tratar de vincularse más y mejor con el otro que lo rodea.
Es raro, por no decirles imposible, encontrar que alguien traiga un niño y diga: “Bueno, traigo al niño para que sea analizado”. Dudo que ni siquiera los psicoanalistas lacanianos pidan eso. Por lo general piden una demanda adaptativa.
Ahora bien, cuando uno recibe un paciente adulto, con lo que se encuentra por lo general, es con que vienen y nos traen algo. Es como si ustedes fueran a la zapatería con una bota y un taco que se les rompió. Entonces, llegan y le ponen al zapatero eso encima del mostrador. Y el tipo lo va a mirar, y le va a decir: “¿Qué quiere que haga yo con esto? Porque yo le puedo pegar el taco, le puedo cambiar el taco, le puedo agarrar la bota, tirársela y hacerle una nueva”. Con lo cual muchas veces, cuando alguien viene a ver a un psicoanalista con un planteo, no está de por sí manifiestamente propuesto qué es lo que me están pidiendo a partir de esto que me traen.
Con las personas grandes, uno tiende a pensar rápidamente, que lo que nos piden con eso que nos traen es análisis, y muchas veces se verifica que no, porque en cuanto empieza a ver algún estilo de efecto analítico, salen corriendo.
El otro problema fundamental que se ve muy bien como problema en la clínica con niños, pero en la de adultos está totalmente oculto, es el problema de la definición del sujeto. Hoy en día es muy frecuente escuchar declaraciones de este estilo –supongan un ateneo o una supervisión: “un sujeto de 32 años asiste a la consulta...” Se dice sujeto por persona. De hecho, el diccionario de la Real Academia Española dice que un sujeto es una persona innominada, es decir, es una persona de la cual uno no sabe o no quiere decir el nombre. Como decir: “Ay, de ese sujeto no me hables”. O como los policías: “Afirmativo, el sujeto…”. O sea, cuando no se sabe el nombre o no se quiere decir el nombre.
Pero el diccionario, por sujeto, también da “asunto o materia sobre el que se habla o se escribe”. Y ese significado, en español lo tenemos muy perdido. Ninguno de nosotros habría dicho: “¿Y cuál es el sujeto de la clase que va a venir a dar Pablo hoy a ALEF?” Nadie hubiera usado esa expresión. Y aunque alguien la hubiese usado, aunque es correcta, nadie la hubiera comprendido.
En francés, que es la lengua de Lacan, en la cual Lacan pensó y produjo toda su obra, sujeto, en el diccionario, por primera definición, tiene: asunto. Y nosotros, que trabajamos mucho con textos de Lacan en español, nos encontramos con el problema de que cuando en francés dice sujet, en español se tradujo en forma directa sujeto. Y no se hizo más que generar un problema, porque el uso de la lengua francesa y el uso de la lengua española no habilitan el mismo uso para el término sujeto. Con lo cual, lo que les propongo, es que usemos esta definición: el sujeto es el asunto o la materia sobre el que se habla o se escribe.
Ahora bien, con un paciente adulto, el sujeto es persona. Pero con un niño, eso se complica. Porque si ustedes me dicen que el niño es el sujeto, yo les digo: “¿Quién es el Otro?”. Ustedes me dicen. “Los padres”. Y yo les digo: “¿Y quién es el analista?” Les falta un lugar. Mientras que si uno puede trabajar con que el sujeto es un asunto, un asunto puede implicar a varias personas. Y en este asunto, que seguramente será un asunto familiar, que será transindividual y estará más allá de los cuerpos discretos de cada uno, en ese asunto quedarán capturados el papá, la mamá, el hermanito… Esto si nosotros trabajamos con una noción de sujeto que no sea la noción de sujeto como una persona de carne y hueso.
Este es un gran problema hoy en día en las clínicas psicoanalíticas. Hay muchas propuestas que lo hacen quedar al sujeto como una persona realmente, mientras que hay otras, que todavía se sostienen, como la de pensar al sujeto como algo de dos dimensiones. No de tres dimensiones, no como un cuerpo, sino más bien como un texto.
Y fíjense que uno tranquilamente podría ponerle de nombre a los casos –vieron cómo se nombra a los casos en los que trabajamos, “caso Ricardo”, “caso Susana”- tal vez podríamos empezar a pensar, siguiendo esta propuesta, en nombrar los casos con el nombre, no de la persona, sino del sujeto. Poner: “el caso de la familia manchada”. Era el caso de una niña que presentaba un cuadro de psoriasis, y en realidad la psoriasis –presentada equívocamente como manchas, en una niña que uno podría llamar inmaculada- como manchas, atravesaba a su generación, a la generación de sus padres y a la generación de sus abuelos. Todos tenían una gran mancha.
Entonces, sería mucho más fácil suponer que, si el sujeto es un asunto, ya no coincide con el niño, sino que el asunto está tensado entre varias posiciones enunciativas. De ese asunto, cada una de las posiciones enunciativas tendrá algo para decir.
De hecho, en ese sentido la clínica de niños es sumamente compleja, porque hay mucho texto para leer. Está el texto de los padres, a veces los padres cuando están separados vienen con su nueva pareja –que, causualmente, es psicoanalista lacaniana, por lo general- y también está el informe del neurólogo, y la notita que mandó la maestra, y quizás de casualidad te llama la psicopedagoga de la escuela. Entonces, hay una proliferación de textos. Y uno dice: ¿Qué hago? ¿Los excluyo? ¿Me los saco de encima? ¿Los tomo? ¿Sirven o no sirven? ¿Importa que haya salido de la boca de la psicopedagoga? Si lo dijo el papá, después, ¿se lo puedo repetir al niño en la sesión? Si lo dijo el niño, ¿conviene que se lo diga al papá o estoy violando el secreto?
Ven todos los problemas si uno trata con cuerpos discretos. Ahora, si uno trata con un asunto del cual participan un montón de personas, la cosa se hace más sencilla, sobre todo porque habría que poder incluir en esto aquella prerrogativa de Lacan de leer al sujeto en tres generaciones. Es una referencia que Lacan da en su “Discurso de clausura a las jornadas sobre la psicosis en el niño”, donde propone que para formar un psicótico hacen falta tres generaciones. Y es muy interesante el planteo porque si uno establece bien lo que le pasa a un paciente, uno puede verificar que lo que le pasa al paciente es lo mismo que pasó en esa y en dos generaciones atrás.
Bueno, de más está decirles que si el sujeto no coincide con ninguna persona, la familia –me voy arrimando de a poquito al problema de la presencia de los padres- la familia, no son papá y mamá biológicos y los hermanitos que están ahí. Es decir, tendríamos que poder dar una vuelta más a ese planteo y poder pensar la familia como la plantea Lacan muy tempranamente, como un complejo familiar. Es decir, como una red de cadenas significantes que involucran ciertos lugares, de la cual participan ciertas personas.
Hoy a la tarde estaba dando un curso sobre presencia de padres en la ciudad de La Plata, y contaba una viñeta personal. Contaba que tengo un hermano, un hermano de sangre, que vive en otro país, con el cual hoy prácticamente no tengo vínculo. Y, sin embargo, tengo una persona amiga que se ha criado conmigo, hemos ido a la escuela juntos, que llega a mi casa, y mi hijo va, lo abraza, y le dice “hola, tío”. ¿Quién es más hermano mío?, me preguntaba hoy en voz alta. ¿Quién es más tío de mi hijo, este amigo mío que es casi un frater, o mi verdadero hermano de sangre? Es una pregunta como para pensar.
Y lo que yo proponía, es que si uno se hace estas preguntas tiene más amplitud para poder leer los fenómenos en la clínica. Uno no se queda tan pegado al precepto biológico que hoy rige; porque hace unos años no era tan fuerte la idea de la determinación del ADN.
Bueno, finalmente, lo último que les quiero proponer acerca de por qué me parece que es mejor atender niños antes que adultos, es el problema de la responsabilidad. A mí no se me escapa que Lacan le dedico cuatro o cinco clases del Seminario 7 al tema de la responsabilidad y a que eso genera problemas. Pero en principio tal vez todos ustedes conozcan la famosa indicación de Lacan de la rectificación subjetiva. Lacan dice que cuando Dora llega a verlo a Freud y le dice “Profesor Freud, mi papá pretende hacer un intercambio swinger con el viejo verde de al lado, y me entrega a mí, que tengo 15 años, para ir a encontrarse con la loca de la mujer de él”, le dice también: “¿Qué va a cambiar usted ahí? Si esto es así”.
Y Freud no dice nada. Lo simpático del caso es que Lacan dice lo que Freud dice, pero en realidad Freud no dice nada en el texto: “Bueno, en estos casos que son los que les traen dolores de cabeza a los analistas, porque todo parece tan bien planteado que parece muy difícil entrar ahí”. Lacan dice que Freud le dice a Dora: “Fíjate qué parte te toca a ti en el desorden del que te quejas”. Algo así como decirle: Bueno, hacéte responsable de eso...
Es una intervención complicada. Ahora bien, ¿quién le puede decir a un niño de cinco años: “Bueno, fijáte qué tenés que ver vos con el divorcio sangriento de tus padres”? Tal vez tenga que ver, pero ¿a quién se le ocurre preguntar? “Fijáte qué tenés que ver vos en el hecho de que tu padre haya tenido un hijo con la mucama”. ¿A alguien se le ocurriría decirle eso a un pibe de cinco, seis, siete, ocho, nueve o diez años? Sería ridículo. Sin embargo, increíblemente, a muchos analistas se les ocurre decirle eso a las personas grandes.
Yo les pregunto: piensen en lo peor de ustedes, pero no me lo digan, por favor. Piensen en lo peor, eso con lo que tropiezan todo el tiempo, eso que se quieren sacar de encima. ¿Soportarían que alguien, una vez o dos por semana, les diga: “Bueno, habrá que ver qué tenés que ver vos en todo eso”?
Bueno, esta es una intervención frecuente de los analistas lacanianos con sus pacientes, proponerles que se hagan responsables de eso que les pasa. Con un adulto, me parece una intervención ridícula. Pero con un niño es mucho más ridícula, y se ve mejor. ¿A quién se le ocurriría hacer esa propuesta?
Como ven, entonces, por el lado de la demanda, por el lado de la definición del sujeto, y por el lado de la propuesta de la responsabilidad, no se ve tan bien en la clínica de adultos como en la clínica de niños. Porque en la clínica de niños hay que establecer cuál es la demanda, mientras que en la clínica con adultos parece que la demanda coincide con lo que el tipo que me viene a ver me está pidiendo. En la clínica con niños hay que establecer al sujeto, porque hay tantas personas que hay que establecerlo, mientras que en la clínica con un adulto, viene un solo tipo, y uno está siempre tentado de decir “El sujeto es este que me vino a ver”. Y en la clínica de la responsabilidad, ustedes vieron lo que pasa cuando uno le dice a un niño de cinco o seis años. “Prometéme que te vas a portar bien en el cumpleaños”. Vieron lo que pasa. El pibe destroza el salón de fiestas.
Entonces, en ese sentido, yo les propongo que la clínica de niños es muy apta para estudiar problemas que en la clínica con adultos están medio velados y hay que hacer mucho esfuerzo para verlos.
Bueno, esto era a modo de presentación solamente. Propuse, entonces, trabajar un poquito acerca de la presencia de padres en la clínica psicoanalítica lacaniana con niños. Les cuento, como les dije hace un rato, que es el tema que yo estoy trabajando este año en un curso anual en la ciudad de La Plata. Les quiero proponer una idea de lo que para mí es central, y me ayudó mucho para poder pensar el problema. Y por ahí, en futuros encuentros, podamos seguir conversando sobre esto.
La semana pasada Adriana me llamó para preguntarme si tenía ganas de sugerirles alguna bibliografía sobre este tema. Lo que yo le decía es que la bibliografía sobre este tema no existe. No hay. En los últimos quince años no ha salido más que un solo libro, que lo traje, después se los muestro, que haga una referencia total, es decir, que todo el libro esté dedicado a este problema. Sí van a encontrar artículos sueltos en distintos libros, esas recopilaciones clásicas de tres o cuatro analistas. Van a encontrar uno o dos artículos, pero no van a encontrar a nadie que haya escrito todo un libro sobre ese tema. Ni siquiera este, porque este también son artículos. Son todos artículos sobre el mismo asunto, y se llama El lugar de los padres en el psicoanálisis de niños. No habla de presencia de padres, no dice qué psicoanálisis –no dice si es freudiano, lacaniano, kleiniano o qué. Pero bueno, es lo único que hay.
Y a mí me parece que realmente es un problema, porque ¿vieron que sobre cualquier tema que ustedes busquen hay libros? Si yo les digo que me digan un libro sobre la transferencia, ustedes conocen uno. Un libro sobre el goce, un libro sobre el cuerpo, un libro sobre lo imaginario… todo el mundo conoce un libro sobre un tema. ¿No les parece mentira que no haya un libro sobre la presencia de padres en la clínica de niños?
Yo a partir de eso diagnostiqué que me parece que hay un problema con ese tema. Es un tema difícil, seguramente –me dije-, es un tema raro, es un tema que es muy complejo de plantear en un libro, de reducir a un libro. Bueno, algo pasa con eso. Y es por eso que dediqué todo este año a teorizar y a discutir sobre eso, y a analizar toda la bibliografía que hay en torno a eso, por poquita que sea.
Ahora bien, lo primero que encontré es esto. Hay una compiladora, que se llama Ana María Sigal de Rosenberg, de Editorial Lugar.
Les decía, entonces, que hablar de presencia de padres arrastra un problema. Si uno quiere ser, como yo propongo, lacaniano, y hablar de la presencia de padres, se va a encontrar con el problema de que Lacan jamás, a lo largo de su enorme obra, habló de presencia de padres. Nunca. En realidad, casi nunca habló de clínica con niños, habló muy poquito, trazó pinceladas. Pero mucho menos de presencia de padres. Ni siquiera existe el significante Presencia de Padres en la obra de Lacan.
Con lo cual no tenemos apoyatura en el Lacan dixit. O sea, yo no puedo citarles una cita de Lacan para decirles “Lacan dijo esto”. No tengo. Probé con varias traducciones, francés, español, con el CD, me escribí con otros psicoanalistas, nadie sabe de dónde salió, ni siquiera. Por qué “presencia de padres”, por qué se utiliza esa forma. Es una forma canónica, todo el mundo usa esa desde hace mucho tiempo. ¿Es un concepto, la presencia de padres? Si es un concepto, ¿quién lo acuñó? ¿En qué sistema de oposiciones conceptuales funciona? ¿Cómo entenderlo?
Pero el principal problema, era que como no era un elemento del corpus lacaniano, había que arriesgarse a hacer el trabajo de elaboración, tal que uno se fuera tan lejos de Lacan como para que se perdiera el espíritu lacaniano, o que uno quedara tan pegado a la letra de Lacan que no pudiera decir nada. Porque como eso no está en Lacan… Entonces, ¿cómo hago para despejar un concepto, o una vía teórica, si es o no un concepto, respecto del cual no tengo apoyatura en la obra de Lacan? ¿Qué hago? ¿Vuelo teóricamente y me desprendo de Lacan o me quedo tan pegado a Lacan que no puedo decir nada?
En realidad, tuve una noche de insomnio antes de decir esto en ese curso, donde la pregunta que se me presentó, se me presentó así: Lacan, ¿lo avalaría? ¿Qué pasaría si yo estuviera hablando acá y estuviera Lacan ahí? ¿Me revolearía alguna cosa, o de alguna forma avalaría que un psicoanalista lacaniano se proponga hacer una cosa así?
Y de repente me acordé de algo. No sé si ustedes conocen la historia institucional de Lacan, un poco, pero en 1953, cuando se produce la primera escisión de la Sociedad Psicoanalítica de París, se produce por la lógica que Lacan propone para organizar el instituto de psicoanálisis. Lacan propuso unos estatutos, Sacha Nacht propuso otros y entraron en disputa. Lacan proponía alentar a la gente joven, que no fueran médicos, un modelo bien humanístico. Nacht proponía a lo vejestorios, que todos tenían que ser médicos, un modelo ultra biológico.
Y, bueno, pasó lo que tenía que pasar: Lacan se fue. Pero antes de irse, él había propuesto los estatutos. Y les quiero leer cómo habla Lacan de los analistas de niños en el año 1949 y en 1953. Son dos frases nada más, escuchen esto:
“Estamos lejos de la época en la que la práctica del psicoanálisis con niños parecía exigir tan sólo una formación abreviada”.
Parece que alguna vez, para ser psicoanalista de niños, había que estudiar menos que para ser psicoanalista de adultos. Pero Lacan dice que estamos lejos de esa época.
“Por el contrario, exige la más completa integración de los datos analíticos, tanto por la flexibilidad técnica que requiere, como por los problemas que plantean los modos de comunicación propios del niño”.
Esto es interesante: requiere máxima flexibilidad técnica, la clínica con niños. Es decir, que a la técnica hay que prácticamente retorcerla por todas partes. Yo publiqué hace unos años un caso clínico en el que por primera vez en la vida me pasó que un niño entró al consultorio y me dijo: “¡Te juego a esto!” Y me dio un CD. Y yo, que había estudiado el juego de Melanie Klein, el fort-da, el juego de Winnicott, el juego de Piaget, era un experto en todo eso. Pero nunca en la vida había estudiado el juego virtual.
“Máxima flexibilidad técnica”. Porque del modo en que atendemos adultos, sentados en el sillón, escondidos detrás, para que no nos miren, pasar a decidir si jugás o no jugás con un pibe al Atomic Bomberman en la computadora, sea lo que eso sea (porque se imaginan que yo no cazo una de eso) es realmente una flexibilidad que impone la clínica con niños, que en la clínica de adultos no está.
“El candidato a la especialidad infantil del análisis, no sólo debe dominar, para someterlos a su propósito analítico, toda clase de disciplinas psicológicas exógenas”.
¿Ustedes dominan toda clase de disciplinas psicológicas exógenas? A ver, por ejemplo, si yo les pregunto: ¿cuál es la diferencia en la estructura de la inteligencia entre una regulación y una agrupación? ¿Cómo se forma un grupo práctico de desplazamiento? ¿Cuándo es esperable que se inhiba el reflejo de succión? ¿Se acuerdan de esas cosas? Lacan dice que el analista debe dominar toda clase de disciplinas psicológicas exógenas, para someterlas a su propósito analítico. No porque vaya a trabajar con eso, sino para someter esos saberes a los propósitos psicoanalíticos que nosotros tenemos.
¿Por qué? Dice:
“Porque se le solicitan sin cesar invenciones técnicas e instrumentales”.
A los psicoanalistas de niños, todo el tiempo se les solicita inventar técnicas e inventar instrumentos. Todo el tiempo.
“Que hacen de los seminarios de estudio de psicoanálisis infantil la frontera móvil de la conquista psicoanalítica”.
Es decir que si el psicoanálisis conquista algo, si hay algo que puede lograr extender una frontera del psicoanálisis para que algo que era interpretado por fuera, ahora quede por dentro, es el psicoanálisis de niños.
Que yo sepa, Lacan nunca usa esta expresión para la clínica con adultos. Lacan nunca dice que la clínica de adultos podría ser una frontera móvil de la clínica psicoanalítica. Sí lo dijo para la clínica con niños. Y por eso los que estamos en la frontera móvil somos todos fronterizos, porque para estar trabajando con niños hay que ser un poco fronterizo. Interpreten ustedes lo que quieran, con eso.
Y hay una pequeña cita más que les quiero proponer, que es de los estatutos del ’53. Lacan propone que…
“El psicoanálisis de niños se reveló, en su valor clínico, como sujeto a incertidumbres cada vez más ricas en problemas a medida que se les concede un interés más ordenado”.
Es decir, que a medida que uno le concede un interés más riguroso, más sistemático, más ordenado, a algún problema, por ejemplo, la presencia de padres, el psicoanálisis de niños se revela como cada vez más rico en problemas.
“Sin duda, esta es la frontera donde se le ofrece al análisis lo más desconocido por conquistar”.
A mí me llamó mucho la atención que Lacan dos veces seguidas en tres años, diga lo mismo. Que es desde el psicoanálisis de niños el lugar donde al psicoanálisis se le ofrece lo más desconocido por conquistar.
Con lo cual, yo creo que si Lacan me estuviera escuchando a mí proponer trabajar con la presencia de padres como lacaniano, que él nunca lo habría dicho, entonces se pondría hasta contento –diría: “ahí hay un loco que se tomó en serio lo que yo dije en el ‘53”-, y por eso me atrevo a intentar dar un paso con ustedes, al menos proponiéndoles el espíritu de mi propuesta.
He notado, mediante cierto relevamiento del campo, es decir, mediante la lectura de todos los artículos que encontré sobre estos problemas –incluido este librito y algunas cosas más- he notado que, por lo general, el tema de la presencia de padres se aborda con dos lógicas que yo considero un poco problemáticas. Las lógicas son las siguientes.
La primera: casi todos los textos que hablan de presencia de padres hablan de presencia de padres a partir de definiciones ostensivas. Es decir, “la presencia de padres es esto:…”, y te invocan un caso, y no dicen nada. ¿Se acuerdan de las definiciones ostensivas de Bertrand Russell? Por ejemplo, si yo quisiera darles una definición ostensiva de un reloj, le diría: “Un reloj es esto” (y mostraría un reloj).
Bueno, ese problema está en los libros. Cualquier texto que ustedes tomen acerca de la presencia de padres, van a encontrar que tienen casos. Y que tenga un caso no quiere decir que esté teorizado, sino que una manera supuesta del autor de querer explicar de qué se trata la presencia de padres es mostrar un caso.
Eso suele conducir a un problema, y es que de por sí no dice nada. Tal vez sea interesantísimo, pero falta la teorización.
Y el otro problema que yo encuentro en cuanto al uso de la presencia de padres, es que acerca de la presencia de padres, todos los textos que leí, proponen el tema en términos de “mi experiencia…”. O sea, son personas que cuentan su experiencia. Yo no sé cómo se llevan ustedes con la experiencia, –me refiero a la experiencia de otros- pero yo, al menos, puedo sugerirles lo siguiente: ¿alguno de ustedes alguna vez caminó sobre el Glaciar Perito Moreno? ¿Alguno de ustedes vio París desde la Torre Eiffel? ¿Sí? ¿De noche? ¿Trajiste una foto? ¿¡No!? ¿Por qué no la trajiste? Si yo traigo una foto de Paris desde la Torre Eiffel, cuando te la muestro, qué es lo primero que me decís? Y, “Esto es una porquería”. Porque hay que estar ahí, no sabés lo que es por una foto.
La experiencia, sobre todo si es de uno, tiene ese punto de cosa intransmisible. Piensen en la experiencia más fuerte que les haya pasado nunca e intenten explicarla. Es complicadísimo. Bueno, estos libros proponen, por lo general, las cosas en esos términos. “Y cité a ambos padres, porque en mi experiencia, en estos momentos convenía hacerlo”.
¿Y ahí que estoy diciendo como argumento? Yo lo que les propongo es que, al menos en psicoanálisis –en otras disciplinas no sé cómo funciona- cuando alguien argumenta por su experiencia nos está haciendo trampa. Uno no puede decir, en una supervisión, por ejemplo: “No, mi experiencia es que el paciente es psicótico”. ¿Por qué? “Por mi experiencia”. Bueno, pero si es por tu experiencia, ¿qué hago yo con tu experiencia? Dale estructura de saber a tu experiencia y transmitíla. Lo que estoy diciendo es: formulalo en argumentos coherentes, rigurosos, transmisibles, para que de tu posición ese argumento pueda llegar a mí, yo pueda discutirlo, ponerlo a prueba en otro lugar, en otras circunstancias y ver si funciona.
Es decir, que sin ninguna duda tenemos una doxa, una doxa de la presencia de padres –se ve bien en los casos, porque muchos textos hablan de la presencia de padres, muchos textos proponen material clínico para ilustrar cosas, pero, en realidad, siempre se quedan a mitad de camino entre lo que están proponiendo y la teorización, y no hay una teorización fuerte sobre este problema.
Y, entonces, cuando no encontré todo esto, en ese momento me detuve, y dije no. Necesito una pregunta para empezar a teorizar este problema. Necesito una pregunta para empezar a pensar. A mí me gusta pensar con preguntas. Y la pregunta que me hice fue la siguiente: la presencia de padres … ¿es un real de la clínica psicoanalítica? Ésa es mi pregunta, y le voy a dedicar el resto del tiempo de nuestro trabajo a decir algo acerca de eso, y les voy a leer alguna cosita más.
Yo creo que de acuerdo a cómo ustedes respondan a esa pregunta, a partir de la respuesta que ustedes den, modifican absolutamente la posición teórica respecto del tema de la presencia de padres.
Entonces, de El lugar de los padres en el psicoanálisis de niños, les voy a leer una línea, de una especie de prócer del psicoanálisis en Argentina, que es Gilou García Reinoso. Ella presenta el libro:
“Este es el libro que presentamos aquí, el que abre el debate y provee testimonios y reflexiones acerca de los interrogantes que plantea en el análisis de niños la dependencia real de los padres. En efecto, los analistas que trabajan con niños se ven confrontados al hecho de la presencia de padres.”
Entonces, ella habla de la dependencia real de los padres –y el uso del genitivo en una frase como estas es un lío, porque ¿quién depende de quién? ¿Los niños dependen de los padres o los padres dependen de los niños? Porque esa frase no queda clara. Pero pongamos buena intención de lectores y supongamos que está hablando de la dependencia real de los niños para con los padres.
Bien, y la otra idea es que el que los padres estén ahí es un hecho. ¿Ustedes están de acuerdo con eso? Porque daría la impresión de que uno puede partir de afirmar que es un hecho la presencia de los padres en la clínica de niños. Y si es un hecho, si es imposible que no esté, si siempre va a estar ahí porque el niño depende en forma real, como dice el texto, de los padres, entonces la presencia de padres es un real de la clínica psicoanalítica.
Y, para contraponer esta idea, para proponerles otra perspectiva del problema, les voy a proponer una cita de Lacan del escrito de Lacan sobre criminología. Lacan tiene un escrito temprano, del ’50, en colaboración con Michel Cénac. Se llama Introducción teórica a las funciones del psicoanálisis en criminología, van a encontrar la cita en la página 128. Dice así:
“La realidad de la miseria fisiológica propia de los primeros meses de la vida del hombre (…) expresa la dependencia genérica del hombre con respecto al medio humano. Que esa dependencia pueda presentarse como significante en el individuo en un estadío increíblemente precoz de su desarrollo, no es éste un hecho ante el cual deba el analista retroceder”.
Está hablando del niño. Ustedes saben que Lacan dice que el hombre nace en una miseria fisiológica, porque nace, y al no tener terminada la mielinización de la corteza cerebral, el niño nace prematuro. Lacan dice que eso expresa la dependencia genérica del hombre a su medio. Pero después dice algo más:
“Que esa dependencia pueda presentarse como significante en el individuo en un estadio increíblemente precoz de su desarrollo…”
¿Qué es lo que supone? Que esa dependencia se presenta como significante. Y si es significante, no es dependencia real. No es alimento y abrigo, sino que es significante.
Tiene la prueba con Spitz, y el síndrome del hospitalismo. Un niño bien alimentado y bien abrigado, si no le hablan, muere. Y Lacan dice que esa dependencia que parece humana –porque efectivamente el cachorro humano nace en una dependencia fisiológica-, que parece real, se presenta en realidad como significante, es por eso que el analista no debe retroceder ante los niños. Todos ustedes conocían la frase de Lacan de “no retroceder ante la psicosis”. Pero esta, que es muy anterior, no la conoce nadie: Lacan había dicho, antes de no retroceder ante la psicosis, no retroceder ante los niños, porque la dependencia que tienen con los padres es significante desde un estadio increíblemente precoz de su desarrollo.
Lacan, al proponer esta idea tan tempranamente agrega un elemento a nuestra pregunta. ¿La presencia de padres es un real de la clínica psicoanalítica? Si es un real la presencia de padres, es un hecho, es indeterminable, siempre está ahí nos guste o no nos guste. No hay mucho que hacer. Ahora, si la dependencia es significante, aún en un estadio increíblemente precoz, y si se trata de cadenas significantes que se organizan de una determinada manera, tal vez el psicoanalista pueda intervenir.
Para esto, lo que hace falta despejar bien es el problema de qué es una familia. Porque pensar que el señor y la señora donadores de material genético para crear un niño, son los padres, en el psicoanálisis, es lo mismo que creer que el tipo que vino a verme al consultorio es el sujeto. O sea, si uno asume que una persona que me viene a ver es el sujeto, si uno comete ese error, entonces desplazar el problema a que el señor y la señora donadores de material genético para crear al niño son los padres tiene absoluta razón de ser.
Yo, lo que propongo, es que ninguna de las dos es cierta. Yo, lo que les propongo, es que papá y mamá deben ser diferenciados claramente del lugar en el complejo familiar que Lacan utiliza para situar a la familia.
Si ustedes leyeron el artículo de enciclopedia francesa de Lacan sobre los complejos familiares, hay uno de esos [no se entiende] que se llama La familia, en la edición prologada por Masotta, de editorial Argonauta. Tengan en cuenta que el título del artículo no es La familia, Lacan nunca habló de la familia. Lacan habló de los complejos familiares. Ese escrito es el segundo escrito de los Autres écrits, se llama Los complejos familiares en la formación del individuo. Lacan no habló de la familia, habló de complejos familiares. Y es más. En los primeros seminarios habló de constelación familiar, y después habló de estructuras elementales de parentesco.
Vean los esfuerzos que Lacan hace para separar a la familia de un hecho biológico. Tanto como el intento que él hace de demostrar la influencia que hay desde el medio familiar hacia cualquiera de sus miembros. Es decir, que nadie es inmune dentro del sistema familiar.
No sólo eso, sino que Lacan plantea, también, que la familia instaura una transmisión generacional hacia las personas. Lacan dice que la familia establece entre las generaciones una continuidad psíquica cuya causalidad es de orden mental. “Orden mental”, en 1938, podríamos entenderlo como “orden significante”.
Y en la famosa Nota sobre el niño, que es un artículo que todo el mundo lee porque es lo único que Lacan escribe sobre el niño, Lacan dice que transmisión familiar es irreductible la, porque por más que la familia cada vez se achique más y más, y por más que nosotros creamos cada vez más que yo soy yo y tú eres tú, mis padres están en la casa de tus padres, igual hay transmisión, y la transmisión es irreductible, no se puede reducir. Siempre se transmite algo. ¿De quién era la deuda que debía pagar de una manera tan delirante el Hombre de las Ratas? Bueno, Lacan dedica bastante espacio a trabajar estos problemas.
Entonces yo voy a proponerles la última idea, que es la idea sobre la cual estoy avanzando en este momento. Es la siguiente: La presencia de padres no es un real de la clínica psicoanalítica. La presencia de padres es un dispositivo que articula con la dirección de la cura. Es decir, que es un artificio simbólico que debe ser dirigido por el psicoanalista.
A mí me parece que tenemos un problema. Y es que no hay política de trabajo para la presencia de padres. La presencia de padres es un artificio simbólico, total y absolutamente artificial; y entiendan por qué digo artificial. Porque a veces la presencia de padres es que los chicos vengan con la abuela, porque los padres se han muerto y vienen con la abuela. Y a veces viene la madre con su nueva pareja, porque el padre se fue a vivir con un travesti a Tanzania. Es decir que uno dice padres, pero no necesariamente son los padres. Quizás en francés sería más fácil, porque uno dice les parents, y eso es “los padres”, pero también es “los parientes”, entonces uno podría hacer esta salvedad.
Pero la presencia de padres es un dispositivo, y uno la tiene que pactar. Cuando pacta los honorarios, y cuando pacta qué días va a venir el niño, tiene que pactar la política de la presencia de padres. Y cuando digo “tiene que pactar la presencia de padres”, quiere decir que hay que arreglar con los padres cuántas veces por mes nos vamos a ver, en qué circunstancias, cuánto van a pagar.
Yo he propuesto la presencia fija de padres en el tratamiento con niños. Yo no cito a los padres. Yo propongo, la primera cita que, si el niño viene todos los martes, los padres vengan un jueves por medio a tal hora. Lo cual produce un efecto muy interesante, porque los padres dicen “¿Y nosotros también? Pero si el problema lo tiene el nene”. “No, viejo, ¿viste que nosotros también tenemos que venir?” le dice ella a él cuando se están yendo. Algo pasa ahí. Es una intervención proponerle a los padres del niño que ellos también tienen que participar con una presencia fija, y no solamente cuando se produce un escándalo.
Entonces, lo que yo noto es que hay como una especie de flojedad al momento de plantear la situación analítica. Lo que los psicólogos llaman encuadre, los psicoanalistas lo llamamos situación analítica. Es un significante que Lacan propone en el escrito La dirección de la cura. Ustedes lo van a encontrar en el capítulo uno, en el apartado dos, donde Lacan dice:
“El psicoanalista seguramente dirige la cura, pero no debe dirigir al paciente.”
Pero la cura sí. Es decir que las coordenadas en las que la cura transcurre deben ser manejadas por el analista. Y dice así:
“La dirección de la cura consiste, en principio, en hacer aplicar por el paciente la regla analítica, o sea, las directivas de las que no se podría desconocer la presencia entre el ciclo y lo que se llama la situación analítica, bajo el pretexto de que el paciente las aplicaría, en el mejor de los casos, sin pensar en eso.”
Es decir, que aunque uno atienda a un psicoanalista lacaniano, que sepa absolutamente todo, hay que decirle que aunque no venga tiene que pagar. Que va a tener que venir todas las semanas, o dos veces por semana, a tal hora. Es decir, que Lacan propone que el analista debe dar las directivas, debe dar consignas para lograr la situación analítica. Yo, lo que propongo, es que en esas consignas, en el caso de niños, debe estar incluida la presencia de padres como consigna.
Y ustedes dirán: “Pero… ¿y el caso por caso?”. El caso por caso es para excepciones. Uno, caso por caso, hace excepciones. Porque si no cada caso nos hace olvidar todo el saber previo del psicoanálisis lacaniano. Caso por caso yo decido si un paciente que faltó, y me va a pagar la sesión, si se la recupera o no se la recupera. Caso por caso yo decido si los padres que tenían que venir todos los jueves, y una semana me llaman para venir el otro viernes porque pasó algo, yo decido si los recibo. Pero es para las excepciones, no es la norma. No se puede fundar una norma en algo que es caso por caso. Es un problema lógico.
Y miren cómo lo plantea Lacan. Dice:
“Estas directivas –para nosotros la presencia de padres, cómo vamos a trabajar la presencia de padres- están planteadas en una comunicación inicial bajo forma de consigna”.
Consigna. O sea, no son para discutir. Son consignas.
“De las cuales, por poco que el analista las comente, se puede sostener que hasta las inflexiones de su enunciado, estas consignas vehiculizarán la doctrina que de ellas se ha hecho el analista al punto de consecuencia al que hayan devenido para él.”
Lacan dice: hasta en las inflexiones del enunciado, hasta en si yo lo digo con voz firme o con voz débil, hasta en eso, en el tono de voz que yo uso, dice Lacan, eso vehiculiza; primero, cuánto estudié el problema que estoy presentando. O sea, si le presté atención teórica, si reflexioné alguna vez acerca de qué significa incluir a los padres en el tratamiento de un niño, si eso es un real o si es un dispositivo simbólico. Y también al punto de consecuencia al que esas ideas hayan devenido para mí, es decir, qué consecuencias de mi análisis personal me favorecen como para plantarme de esa manera para proponer algo.
Bueno, a mí me parece que el problema, para resumirlo y como última idea, es que se ha tendido a entender la presencia de padres como al papá y a la mamá en el consultorio. Se ha reducido a eso, a un fenómeno –yo les diría- casi social. Los papás vienen con los chicos, por lo general, y como vienen, esa es la presencia de padres. Y eso establece una política de trabajo, en relación a eso.
El otro día escuché un caso que comenzaba así. Una señora llama por una nena de trece años. La mamá llama al analista y le dice: “tengo una hija de trece años, que quiero que se analice con usted, ¿cómo es? ¿tengo que ir yo primero o tiene que ir ella primero?”. Y el analista le dice: “Y, no sé… como a usted le parezca mejor”.
Un mes en análisis y el caso se traba porque la madre y la hija se matan a ver quién entra al espacio, se disputan el lugar, la madre quería ser más joven que su hija… Con lo cual, observen ustedes que yo, en la discusión teórica que siguió al caso, lo que proponía era que a mí me parecía que el problema estaba al principio. Que si de entrada se hubiera dejado bien en claro una política de qué lugar iba a tener la madre en ese tratamiento, todo lo que vino después se hubiera podido evitar perfectamente, porque los lugares hubieran estado claros.
[En este caso] no se trabajó con la idea de que la presencia de padres debe ser incluida en las consignas de la dirección de la cura. Porque es un simbólico. No podría, no puede ser jamás un real de la clínica psicoanalítica.
Bueno, voy a interrumpir, y si hay preguntas podemos retomar algunas cosas.
Alumna:- [no se entiende … la respuesta … sobre todo con lo que dijiste al final, de la diferenciación]
Peusner:- Bueno, en principio siempre es un problema presentar en dos líneas un caso. Yo lo que creo es que hay cosas que se ven bien con la lógica del significante, y que si vos tenés las consignas al principio tenés un significante al cual ligar todas esas cosas locas que pasan después.
Les voy a dar un ejemplo más fácil. Supongamos que yo trabajo en una oficina y tengo un compañero que me tiene podrido. Me tiene re podrido. Me apaga la computadora, me pierde los archivos, me tira las carpetas. ¿Es lo mismo si yo un día me levanto y le parto un matafuegos en la cabeza a si previamente yo había hablado con el jefe, y aunque el jefe es un pusilánime imbécil, le dije “Bueno, mire, este muchacho me está haciendo esto hace tanto tiempo, pasa esto, esto y esto, en cualquier momento le voy a romper la cabeza”? Y, el tipo, obviamente, como es un pusilánime, no hace nada, y yo dos meses después le rompo la cabeza con el matafuegos. ¿Es lo mismo? Porque en el primer caso, esto cae como en el vacío. “Y, bueno, flaco, me hubieras dicho que tenías un problema con él antes de partirle la cabeza”. Porque la lógica del significante me permite ligar. Si vamos a hacer una intervención sobre esa rotura de matafuegos en la cabeza tenés un marco respecto del cual organizarte.
En el otro caso, en el que yo contaba, me da la impresión de que si uno hubiera tenido una buena política de presencia –que podría haber sido de presencia o no, porque a lo mejor a los trece años uno podría haberle dicho a la señora: “Mire, señora, yo voy a conocer a su hija, venga usted primero, después viene su hija, y ahí voy a determinar qué política voy a adoptar”, yo, por lo menos hago eso siempre- y uno le hubiera planteado a la señora: “Bueno, la paciente va a ser su hija, usted va a venir una vez cada quince días, o una vez por mes. Cuando la señora empiece a disputar el espacio, uno tendría un punto inicial al cual hacerle la articulación. “Mire que usted se comprometió conmigo a tal cosa, recuérdelo”.
A mí me parece que esas cosas nunca están de más en el mundo de los supuestos. Porque hay tanto psicoanálisis de divulgación en el mundo, que es lo que Lacan mismo propone, que aunque la gente sabe a lo que viene, tal vez convenga decírselo. ¿Cuántas personas que saben perfectamente que él las ama no actúan porque están esperando que lo diga? ¿Vieron como es eso, no? O sea, qué importante que es para nosotros que alguien nos lo diga.
“Es mi cumpleaños y yo no te invité porque es obvio que vas a venir.” “No, yo estoy esperando que vos me invites, esperaba tu llamado para invitarme”. Entonces, en ese sentido digo que no es lo mismo leer con un significante primero bien establecido, porque lo que pasa después se lo puede ligar a él. Ya no es el goce de la madre. Así como se presentó era el goce de la madre. Pero si vos tenés las cosas planteadas en este primer punto, tal vez no sea el goce de la madre. Tal vez haya que pensarlo de otra manera, porque habría que ver que dijo la madre en esa primera entrevista, qué pistas me dio, tal vez tendría algún significante la madre para devolverle a la paciente y hacer este desastre, tal vez nunca hubiera tomado a la hija si hubiera conocido a la madre el primer día. Porque a lo mejor cuando conozco a la madre y me doy cuenta de lo que está pasando, tal vez postergo la inclusión de la hija.
Yo le tengo mucha confianza, creo que resuelve muchos problemas. Igual vieron que problema es cuando uno dice “si hubieras hecho esto…”. Yo no le dije al analista “si hubieras hecho esto”, sólo le dije: “qué macana que acá no se trabajó con política de presencia de padres”. Porque a mí me parece que hay que usarla. Y si no se la teoriza, si no hay teorización sobre la presencia de padres es porque se tiende a pensar que es un real. ¿Cómo vas a teorizar un real? Si los padres son los padres. Y entonces no se utiliza la política esa. No se incluyen las consignas.
Yo pregunto todo el tiempo, ¿cómo hacés con los padres?. “Y, no, cuando hay algún quilombo, cuando vienen”. Así se trabaja. Yo no digo que esté mal, pero digo que se está desaprovechando un recurso. Es como si yo le dijera: ¿jugás con el chico? “No, yo no juego, yo solamente hablo?”. ¿Cuántos años tiene? “Cuatro”. Ah, bueno. Es interesante, hablar con un pibe de cuatro, a mí me encanta, pero te estás perdiendo un recurso valiosísimo. Pasa que es tan valioso el recurso que da pena perdérselo.
Alumna:- [no se entiende]
Peusner:- A mí una madre que me va a traer una chica de trece años sin conocerme me llama la atención. ¿Ustedes llevarían a una chica de trece años a un analista sin verlo primero? A mí me llamó la atención eso. Cuando hay un recurso, y con nosotros en carácter de alguien que sabe qué hacer con determinada cosa, responder “Y, no sé, como a usted le parezca” en el primer contacto, me parece complicado.
Alumna:- [no se entiende]
Peusner:- Sí, pero a mí me parece que la política no te compromete, porque si vos sos un analista y te llaman para preguntarte por una joven de trece años, si te preguntan “¿tiene que ir ella o tengo que ir yo?”, suponiendo que porque tiene trece años está en un borde con la juventud, ¿qué problema hay con que uno diga “No, venga usted primero, así nos conocemos, charlamos”? Yo tengo ese tono. ¿Vieron que Lacan dice “Hasta en las inflexiones del enunciado”?
Alumna:- Bueno, pero lo que pasa es que también no todos los analistas [no se entiende]
Peusner:- Sí, pero la tomo en cuenta cuando viene. Y le digo: “Qué curioso que usted quería mandarme a su hija antes de conocerme”. Pero se lo hago en presencia. Ahí está la presencia. No se lo hago por teléfono. A mí me llama todo la atención de este caso. Me llama la atención también la suposición de la señora de que su hija quizás debía venir sola. Me llama la atención que alguien entregue a su hija así al analista.
Entonces yo no desperdiciaría el recurso de la presencia, y no me parece que sea violento ni nada, porque te está preguntando. Uno sabe cómo conducir ese tren que se va a poner en marcha, y uno es el conductor. No me parece que sea problemático, ahí. Me parece más problemático cuando a la presencia de padres se la deja como una especie de laissez-faire. Como una cosa libre, en la que los tipos van, vienen, desaparecen, seis meses no los ves, una semana te llaman catorce veces, después se van, después vuelven.
Alumna:- [no se entiende]
Peusner:- Es muy buena, la pregunta, planteémosla así. Cuando vos querés saber si un fenómeno es abordable desde el psicoanálisis, lo que te tenés que preguntar es si el fenómeno existe en el mundo animal. Si el fenómeno existe en el mundo animal, entonces no es abordable desde el psicoanálisis, porque no es específicamente humano.
Si yo hablo de la dependencia real de un cachorro humano respecto de sus padres, ¿existe en el mundo animal? Sí. Entonces no es específicamente humano, entonces no es específicamente psicoanalítico. Yo no digo que no haya dependencia real de los niños para con sus padres. Es verdad. Vamos, ninguno de nosotros dejaría a sus hijos chiquitos tirados por ahí. Eso es cierto. Pero lo que digo es que no es operativo en el psicoanálisis tomarlo como un real, abordarlo desde ese foco. Porque es ineliminable, no podés hacer nada. No hay un margen de maniobra. Porque si aparte el padre hubiera fallecido, y la madre estuviera con su nuevo marido, que crió al nene desde los dos años, el tipo no es el padre, si lo tomamos desde lo real. Ese es el problema.
Yo creo que el hecho de que sea simbólico, a mí me da la ocasión , por ejemplo, de decidir citar al padre o a su nueva esposa, a la cual el niño ve los fines de semana. Y también citar a la madre con su nueva pareja, con la cual convive ese nene. Me da margen de maniobra. Si es simbólico, yo pongo y saco, hago maniobras. Si es real no tengo un margen de maniobras. Es un hecho, es así.
Yo, por ejemplo, la semana pasada eliminé de un tratamiento a un padre. No lo cité más. Le dije: “Bueno, muchas gracias por haber acompañado el tratamiento hasta acá, pero a partir de ahora usted no va a venir más.” “¿Por qué?”, me dice el tipo. “Y, porque la verdad que usted ya aportó suficiente, si lo vuelvo a necesitar lo llamo”. Y se fue contento, el tipo. Y entonces seguí el tratamiento con la madre de la nena y su marido, porque determiné que él era el padre de la nena, de acá a la China. Cuando pude establecer que ese tipo era el padre, ya está, me saqué de encima al otro. Eso, si estás trabajando con la familia real, la familia biológica, lo perdés, ¿qué hacés? Me tengo que bancar al tipo en el consultorio. Y el tipo no aportaba nada. Es ese margen que te da cuando es un dispositivo simbólico.
Alumna:- [no se entiende]
Peusner:- ¿Pero qué quiere decir la presencia real?
Alumna:- [no se entiende]
Peusner:- Pará, pero ¿se podría no trabajar? Porque con un paciente adulto se podría no trabajar, y no se trabaja. Ninguno de nosotros cita a los padres de un paciente adulto, salvo que sea una psicosis o una depresión muy severa, si no no se cita a los padres. Pero con los niños ¿te parece que se podría no trabajar?
Alumna:- [no se entiende]
Peusner:- Hablé un montón de tiempo para decir una sola cosa-, lo único que dije hoy aquí, y me voy de acá con la misma pregunta, es: la presencia de padres, ¿es real? Ese es todo el problema. El primero. Yo tengo una respuesta, creo que sé adónde voy. Pero sería interesante ver casos, para ver qué pasó en tal caso cuando se hizo tal cosa y cuando se hizo tal otra.
Alumna:- Justamente la pregunta que te estás haciendo es porque hay un real [no se entiende]
Peusner:- No, pero la pregunta hay que plantearla bien. Yo, lo que plantee como pregunta es: la presencia de padres, -yo no pregunté si es real- ¿es un real de la clínica psicoanalítica? Porque los padres son un real biológico. Pero en las coordenadas de cómo se trabaja en la clínica psicoanalítica, el modo en que los padres intervienen, ¿es una inferencia real? Yo, lo que tiendo a leer, es que en la literatura psicoanalítica la presencia de padres es un real.
Muchas gracias por la atención que me han prestado esta noche. Espero que volvamos a vernos.
[APLAUSOS]
domingo 29 de julio de 2007
Pablo Peusner. "Para leer las crisis subjetivas..." (1992)
Quisiera entrar en la problemática planteada, a través de la función del fantasma en Psicoanálisis. Sabemos que la realidad se estructura desde la posición del sujeto en el Edipo, y también que tal posición no varía a partir de la adquisición de nuevos conocimientos provistos por la investigación. Sin embargo, sabemos también que ciertos momentos fecundos de la ciencia “[...]tienen sus víctimas, de las que nada indica que su destino se inscriba en el mito de Edipo.” [1]
Estos hechos demuestran la posibilidad de dar un paso más allá de la fijeza del fantasma. Paso sin el cual toda la producción de los científicos no haría más que reproducirlo en sus hallazgos a la manera de una Teoría Sexual Infantil. O tal vez consistiría en “buscar aquéllo que ya ha encontrado”[2], velando al verdadero objeto y repitiendo el deseo que es deseo del Otro y que - por lo tanto- pertenece a su campo.
Es claro concluir que se trata éste del dominio de la investigación y que en él la imposibilidad de la estructura fija los límites al trabajo del científico: acumular y transmitir saber.
Sin embargo, el momento del encuentro del sabio con lo real, trastorna el saber adquirido y conmueve por ello al Otro. Cada letra nueva que el científico escriba “puede presentar el riesgo de completar a ese Otro. Ciertamente cada avance científico agrega al Otro un significante nuevo, pero éste permanece incompleto de todos modos”[3].
¿Qué significa este acto de escritura de una letra nueva?
Este acto no coincide con el discurso que lo sostiene, a la vez que excluye al sujeto de su posición en el fantasma. Tampoco permite el acceso a lo real, sino sólo a la escritura de una marca. Lo real es producido con esta marca y, a la vez que es producido, algo queda afuera. Ya no se trata de una representación fantasmática, sino de la escritura de una letra; escritura que excluye - por lo tanto- al sujeto.
Es en este sentido que Lacan acerca la ciencia moderna a la paranoia, para producir más tarde una diferenciación con la ciencia contemporánea, basada ésta en la reintroducción del sujeto en la relación fantasmática con el cuerpo del saber de la ciencia. La inclusión de este cuerpo de saber de la ciencia al fantasma del sujeto, permite asimilar la “crisis subjetiva” al concepto de “vacilación fantasmática”.
Si “la ciencia es un modo de descreimiento de la Cosa”[4], parece entendible que en el encuentro [fallido] del científico con lo real de su objeto, se le imponga el “saber-todo” o la “certidumbre”; que fracturan el “no querer saber nada de la verdad como causa” que sostiene al discurso de la ciencia. El encuentro sin mediación con el cuerpo de saber de la ciencia, llena al científico de certidumbre y - por lo tanto- de angustia.
“Decir que el sujeto sobre el que operamos en Psicoanálisis no puede ser sino el sujeto de la ciencia puede parecer paradoja”[5]- explica Lacan al hablar de aquél que Descartes inaugura y que se llama “cogito”, sujeto fundado como división entre saber y verdad.
El hombre de ciencia está preocupado por producir saber (en el sentido fantasmático que le asigné al principio de este trabajo), por lo tanto sus operaciones no apuntan a poner al desnudo la verdad; puesto que “de la verdad como causa, la ciencia no quiere saber nada. Se reconoce aquí la fórmula que doy a la Verwerfung”[6].
La “crisis subjetiva”, producida por la tuch y la escritura de una marca en lo real, unifica los lugares del saber y la verdad. Tal holofrase del saber y la verdad, es lo que ha llevado a confundir tal vez estas conmociones subjetivas con las psicosis. Sabemos de sus consecuencias insoportables, sin embargo parece injustificado extenderlas hasta las psicosis. Conviene en este punto moderar los términos, para así reconocer que sobrepasar los límites del saber del fantasma, fragiliza al sujeto: “el Otro es modificado, sin regulación del nombre-del-padre. A veces toma la figura del perseguidor, tanto más fácilmente para el matemático cuando el problema se presenta como un juego donde la solución debe existir de manera absoluta, sin compromiso posible con el azar. Este juego se juega frente a un Otro implacable, no barrado, característico de las psicosis”[7]
Tal similitud con el Otro de las psicosis, no parece sin embargo autorizarnos a reducir las “crisis subjetivas” a las psicosis. Recordemos también la frecuencia con que nuestros “sabios locos” de la historia de la ciencia recurrieron a la “Weltanschauung” [8] para restituirse algún lugar como sujetos, luego de las fracturas producto de su conquista de lo real.
Si de algo podemos estar seguros, es que luego de la escritura de alguna letra nueva, los científicos no recortan ya la realidad de la misma manera; y que su acto les ha permitido perder algo del goce que los sujetara al malestar de la cultura, con consecuencias no-sintomáticas.
Como cuenta Isaac Asimov: “[...] los días grandiosos pasaron y en 1692 empezó a fallar esa mente omnicomprensiva. Newton sufrió una crisis nerviosa y vivió retirado durante casi dos años. Para quemar sus inagotables energías mentales se dedicó a la teología y a la alquimia[...] De este modo, malgastó sus luces en la búsqueda de alguna manera de fabricar oro...”[9]
(texto inédito)
[1] Lacan, Jacques- “La ciencia y la verdad” en Escritos II -p.848-Ed.Siglo XXI.
[2] Lacan, Jacques- “El Seminario... ” libro XI”- clase 1-p.15 - Ed. Paidós.
[3] Sylvestre, Daniele y otros - “Ciencia y Psicosis” en Clínica diferencial de la Psicosis - Ed. Manantial -p.258
[4] Ibídem
[5] Lacan, Jacques- “La ciencia y la verdad” en Escritos II -p.835 - Ed. Siglo XXI.
[6] Lacan, Jacques- “La ciencia y la verdad” en Escritos II -p.853- Ed. Siglo XXI.
[7] Sylvestre, Daniele y otros - “Ciencia y Psicosis” en Clínica diferencial de la Psicosis - Ed. Manantial - p.260
[8] Se trata del concepto introducido por Freud en la Conferencia 35 de las “Nuevas Conferencias de Introducción al Psicoanálisis”, titulada “Una concepción del Universo” en AE.XXII pag.146
[9] Asimov, Isaac - “Momentos estelares de la ciencia” Alianza Editorial pag.44
sábado 28 de julio de 2007
Pablo Peusner: "Elementos para una revisión crítica de la rectificación subjetiva"
Buenas noches. Propuse para hoy abordar la «rectificación subjetiva», pero no como noción ni como concepto, sino simplemente como significante. En todo caso, si es o no un concepto será el punto de llegada o las conclusiones que se puedan elaborar a partir del trabajo que quiero proponerles.
Cuando el mes pasado hice la última presentación en mi curso ubiqué el estilo de la presentación a partir de una cita de Umberto Eco que me gustaría repetir porque hay mucha gente aquí que no estuvo en aquella ocasión. Puesto que el espíritu de estos espacios es el de invitar a que todo el mundo participe, multiplicar las voces que se escuchan en nuestro grupo de trabajo, hemos notado últimamente que había como cierta presión por el espacio hacia quienes eran candidatos a tomar la palabra y yo me encontré trabajando un libro de Umberto Eco que se llama: “Sobre la literatura” con una cita muy interesante en donde Eco cuenta cómo fue la crítica que le hicieron cuando fue la presentación y la defensa pública de su tesis de licenciatura. Ahí contó algo con lo cual yo me sentí profundamente cercano, al menos en el estilo que yo intento darle a algunas de las presentaciones. Se las leo muy brevemente, está en el libro “Sobre la literatura”. Es un texto que se llama: “Cómo escribo” y ahí Eco cuenta la siguiente situación:
“Cuando discutí mi tesis de licenciatura sobre el problema estético en Santo Tomás De Aquino me llamó la atención la objeción del segundo ponente: tu has puesto en escena las distintas fases de tu búsqueda, como si se tratara de un reportaje, anotando incluso las pistas falsas y las hipótesis que luego has descartado, pero el estudioso maduro agota estas experiencias pero luego devuelve al público, en la redacción final, sólo las conclusiones.”[i]
Y Eco dice:
“Yo reconocí que mi tesis era exactamente como decía él pero no lo sentía como un límite, es más, fue precisamente entonces cuando me convencí de que todas las investigaciones hay que contarlas de esta manera y eso creo haber hecho con todas mis obras de ensayo.”
A mí me encantó esta cita porque nos quita la presión de tener que ser maduros y sumamente elaborados en el modo en que presentemos nuestras investigaciones. Lo que yo voy a intentar hacer hoy aquí con todos ustedes es solamente problematizar y abrir algunas líneas para favorecer la discusión sobre algo tan extendido como es el significante: «rectificación subjetiva».
En principio, hay algo que aparece tejido en común entre distintos espacios en la sociedad actualmente y es que he notado es que en varios espacios se está trabajando la lógica de «el comienzo», es decir, la lógica de lo que pasa en los comienzos de la experiencia psicoanalítica. En el seminario de “cuestiones clínicas” se han trabajado cuestiones relativas a los inicios del análisis, «entrada en análisis», «demanda de análisis». En el seminario de niños yo vengo trabajando justamente la estructura de «el comienzo», lo que propuse llamar así. Hubo una presentación sobre la demanda de análisis en donde volvimos sobre el argumento de Freud que proponía que, en psicoanálisis, se podían teorizar fundamentalmente las aperturas y los cierres y allí se señalaba en aquella ocasión que, a pesar de que parecía que se podía, nadie las teorizaba, con lo cual, el trabajo que nosotros estamos intentando hacer me parece en ese punto que es bastante subversivo, es decir, es retomar el problema, al menos de las aperturas. En algún momento tendremos que tomar la dirección de empezar a teorizar los cierres.
Entonces, en esta línea, en este ambiente, en este contexto de trabajo acerca de cómo empiezan los análisis, cuando en la primera reunión del seminario de cuestiones clínicas se trabajaba la entrada en el análisis apareció nuevamente en la discusión el problema de la rectificación subjetiva.
Antes de empezar a investigar un poco sobre la rectificación subjetiva, con lo que me encontré es que, en esa exposición se hacía un rastreo bibliográfico bastante extenso de los lugares en donde aparecían los términos. Hoy quisiera una propuesta positiva sobre el asunto, es decir, proponer para el significante en cuestión un uso posible.
Entonces, acerca del significante «rectificación subjetiva» quisiera situar primero cuatro cuestiones: la primera es que consideremos que se trata de un hápax en la obra de Lacan puesto que, al menos hasta dónde yo pude rastrear y no necesariamente con métodos de escaneo sino con método de lectura, me parece que está una sola y única vez bajo ese formato, rectificación subjetiva, en la página 601 de los “écrits” o en la página 581 de los “escritos 2”.
Segundo, les propongo también considerar que, en el mismo texto en el cual aparece este hápax, que es el texto de “La dirección de la cura y los principios de su poder” de 1958, hay una oración de Lacan que pareciera desarrollar este significante, la oración está en la página 589 de los “écrits” y 578 de “escritos 2” en español y dice así, tal cual:
“La rectificación de las relaciones del sujeto con lo real.”
Se tiende a asociar esta oración como un desarrollo posible de lo apretado que está el significante: «rectificación subjetiva».
Tercero, les propongo considerar que Lacan introdujo esta idea de la rectificación subjetiva a partir de dos ejemplos clínicos tomados de la obra de Freud, a saber: el Hombre de las ratas y el caso Dora; obviamente, todo el mundo utiliza como el ejemplo canónico de la rectificación subjetiva la situación que Lacan ubica en el texto de Freud sobre el caso Dora, haciendo caso omiso del trabajo sobre el Hombre de las ratas.
Y, cuarto, les propongo también considerar que Lacan coloca a la rectificación subjetiva como el primer momento de las escansiones en las que se ordena el proceso de la dirección de la cura. Y, al momento en que coloca a la rectificación subjetiva en este primer momento, abre la pregunta por si acaso los problemas de algunos analistas, en el modo en que trabajan con sus pacientes, no estarán relacionados con la inversión del orden que él propone. El orden que él propone es, primero, la rectificación de las relaciones del sujeto con lo real luego la transferencia y luego la interpretación.
Bueno, estos cuatro puntos son los cuatro puntos centrales sobre los cuales yo puedo intentar decir algo. Obviamente, apoyándome en lo que dijo Eco, no voy a ser maduro en mi intervención, haré lo que pueda, hay pistas falsas también, hay caminos sin salida y algunos párrafos que vamos a tener que volver a leer por millonésima vez, al menos para recordar cómo estaban planteados.
Les decía que en la obra escrita de Lacan –y como obra escrita ahora nos podemos referir ya a dos volúmenes: “Los escritos” y los “otros escritos” (aún inéditos en español) -aparece una sola vez. Obviamente, digo yo, el éxito o la aceptación de este significante –porque vieron que es un significante sumamente aceptado, utilizado, muy tenido en cuenta en las discusiones y en las cuestiones clínicas– no puede estar sostenido en el desarrollo que Lacan hizo en el texto de la “Dirección de la cura...” sobre él, puesto que, prácticamente, no tiene desarrollo, es muy escueto, ni siquiera en las repeticiones que Lacan le dedicó porque prácticamente habló más o menos dos veces, –con una buena lectura uno podría pensar que hay un ida y vuelta entre “Intervención sobre la transferencia” y la “Dirección de la cura...”– y, entonces, mi pregunta sigue siendo la misma: ¿por qué tuvo tanto éxito? ¿por qué se le da tanto valor? ¿por qué está tan valorizado en el mercado lingüístico de los analistas lacanianos utilizar este significante para decir tal o cual cosa?
Bueno, mi hipótesis es que el éxito que tuvo fue por uno de los dos ejemplos que Lacan utilizó. El modo en el que Lacan cuenta la situación clínica de Freud con Dora, el modo en que Lacan lee la respuesta que Freud le dijo a Dora pero que Freud nunca escribió en su texto –este es el otro asunto–, el modo en que Lacan construye, a partir de la teoría que Freud pone en el texto, la respuesta que Freud le podría haber dado a Dora a partir de su posición inicial, me parece que encaja fenomenalmente en cierta ideología occidental contemporánea a partir de la cual se piensa el psicoanálisis, en donde el sujeto es una persona, en donde la responsabilidad es un concepto que empieza a tomar parte como los quehaceres de la persona, respecto de los cuales ella debe hacerse cargo y, a su vez, con un modo de considerar a lo real como hechos plenamente ocurridos.
Estos son los usos de los ejemplos que Lacan hace que a mí siempre me hacen preferir que Lacan escriba difícil porque estas cosas no pasan cuando Lacan escribe en difícil o cuando él calcula la entrada difícil, como dice él, a sus propios textos. A veces los ejemplos producen este efecto.
Bueno, ahora bien, este ejemplo que Lacan recorta en la “Dirección de la cura...”, en 1958, ya había sido usado en 1951, en el escrito titulado: “Intervención sobre la transferencia”, es exactamente el mismo, y les voy a proponer que leamos la doble presentación que Lacan hace del ejemplo, son poquitas líneas, yo sé que son ultraconocidas pero vamos a tratar de darle cierta agilidad a esto.
En “Intervención sobre la transferencia”, Lacan presenta el ejemplo de la manera más desarrollada porque, incluso, produce la barbaridad de incluir una cita que es totalmente apócrifa, pero totalmente apócrifa. Cuenta la situación de Dora ante Freud, luego de narrarle la situación esa, tan particular, de intercambio entre ella, la señora K, su padre y el señor K y, entonces, aparentemente ella le dice a Freud, Lacan abre comillas:
“Estos hechos están ahí, proceden de la realidad y no de mí misma. ¿Qué quiere usted cambiar en ellos?” A lo cual Freud responde por:
Una primera inversión dialéctica que no tiene nada que envidiarle al análisis hegeliano de la reivindicación del “alma bella”, aquella que se revela contra el mundo en el nombre de la ley del corazón: “observa, le dice, cuál es tu propia parte en el desorden del que tu te quejas.”[ii]
Y pone la cita y esa cita no existe, Freud jamás le dijo eso a Dora, en todo caso es lo que Lacan supone, de haber leído muy bien a Freud, que Freud le hubiera dicho, es la construcción de la intervención pero no es cita textual porque en el texto no está.
Bueno, en la “Dirección de la cura...” reaparece este ejemplo pero no escrito, les diría así, en primera persona sino que, más bien, en un estilo indirecto y está introducido por, dice así: “otro ejemplo notorio”. Es otro ejemplo notorio porque ya había dado el ejemplo del hombre de las ratas antes.
“Cuando él obliga a Dora a constatar que el gran desorden del mundo de su padre, respecto de cuyos perjuicios ha hecho el objeto de su reclamo, ella hace más que participar ahí y que ella había hecho allí de engranaje y que no hubiera podido proseguirse sin su complacencia.
Yo he subrayado desde hace largo tiempo el procedimiento hegeliano de esa inversión de las posiciones del ‘alma bella’ en cuanto a la realidad que ella acusa. No se trata de manera alguna de adaptarla ahí sino de mostrarle que ella está lo suficientemente bien adaptada puesto que concurre a su fabricación”
Está narrado en estilo indirecto pero es exactamente el mismo ejemplo y para aclarar los ejemplos en ambos textos Lacan hace algunos comentarios que convendría ubicar.
En “Intervención sobre la transferencia” hace muchísimo hincapié en la situación dialéctica de la experiencia analítica. “Intervención sobre la transferencia” está todo construido a partir de una noción dialéctica que es la noción de la dialéctica de Hegel y el texto de Freud sobre Dora se ordena por una serie de desarrollos de verdad y de inversiones dialécticas, eso es muy conocido por todos pero está como muy presente toda la dimensión del diálogo a lo largo del texto, incluso Lacan llega a decir que el diálogo está asegurado por la presencia del analista antes de toda intervención. Tenemos ahí una posición de Lacan temprana respecto de la presencia del analista, algo que después va a retomar en el seminario.
Y, una idea que a mí me parece muy interesante para destacar, hay en ese texto y en el contexto de este ejemplo una definición de “neutralidad analítica”. Lacan propone que esta “neutralidad analítica” toma su sentido de la posición del puro dialéctico, es decir que se trata solamente de un diálogo acerca de ‘por qué tu dices eso’ y, a partir de que ‘tu dices eso’, ‘yo digo esto’ y, ‘por qué si tu dijiste esto y yo dije esto, luego, tu dices lo otro’, es decir, es un intercambio puramente dialéctico.
Del ejemplo que Lacan recorta en el escrito de la “Dirección de la cura...”, Lacan lo que asegura es que:
“En Freud, la rectificación subjetiva, [ahí es dónde aparece el término], es dialéctica, parte de los decires del sujeto y vuelve allí.”
Con lo cual, fíjense que la composición que Lacan propone respecto de este fenómeno de la rectificación subjetiva queda en el terreno de los decires y no de los hechos, parte de los decires y, por su carácter dialéctico, vuelve a los decires, pero no toma contacto con hechos, con hechos que no sean hechos de palabra en todo caso.
Y, más adelante en el mismo escrito, haciendo un desarrollo de la rectificación subjetiva, afirma:
“Se trata de otra cosa que de las relaciones del yo con el mundo.”
Yo considero que siempre se tiende a entenderlo así, que la rectificación subjetiva sí se trata de las relaciones del yo con el mundo, de cómo se relaciona un sujeto, pero un falso sujeto porque es un sujeto entendido como persona, con el mundo entendido como la realidad que no es la realidad psíquica. Lacan lo había aclarado expresamente que no se trataba de eso, para nada.
Para resolver esta secuencia de los dos ejemplos, les propongo es que retomemos el ejemplo original de Freud porque, habitualmente, cuando leemos esto en Lacan, olvidamos lo que Freud escribió y como es divertido, me parece a mí, la experiencia de volver a leer a Freud, les propongo que hagamos la comparación de las traducciones de Amorrortu y de Ballesteros de ese párrafo y les propongo hacer la comparación no por un afán de obsesión estúpida sino porque es increíble la diferencia que presentan ambas versiones.
Empecemos por Ballesteros. A mí, Ballesteros siempre me gusto más porque es el más poético, es el menos preciso en algunos casos pero hay muchas cosas que en Amorrortu están muy condensadas que en Ballesteros, por el afán poético de Don Luis, se pueden leer un poco mejor.
Entonces, Freud dice lo siguiente:
“Cuando en el tratamiento psicoanalítico aparece una serie de ideas correctamente fundamentadas e irreprochables surge también para el médico un momento de perplejidad, pudiendo el paciente tomar cierta ventaja al preguntar: ‘Esto es en su totalidad bien pensado y cierto ¿no le parece? ¿qué quisiera usted cambiar de lo que yo le he contado?”
Esta situación clínica se las regalo, es una cagada total que venga un paciente con una lógica impecable, con una argumentación muy sólida y cuente hechos que parecieran no tener otro arreglo posible ¿ven que Freud, no está hablando de Dora? Este párrafo que estoy leyendo está metido dentro del historial pero en ningún momento está comentando específicamente la situación de Dora.
“No tardamos en observar que tales ideas, inatacables por el análisis, han sido utilizadas por el enfermo para encubrir otras que tratan de escapar a su crítica y a su conciencia.”
Y ahora va a dar una fórmula Freud, miren cómo es, dice así:
“Una serie de reproches contra otros nos hace sospechar la existencia detrás de ella de una serie de reproches de igual contenido contra la propia persona.”
Es increíble que Freud, diga esto.
“Nos bastará entonces referir sucesivamente cada uno de ellos a la persona del enfermo.”
Ahí da la receta. Entonces, cada vez que alguien reproche algo contra otro, en realidad, ese reproche es un autorreproche y, entonces, lo que hay que hacer es invertir eso y volverlo contra la propia persona que los dice ¿ven por qué somos lacanianos? porque ser freudiano es difícil.
“Este modo de defenderse contra un reproche referido a uno mismo, transfiriéndolo a otras personas, muestra algo innegablemente automático y tiene su modelo en la conducta de los niños pequeños que siempre que se les reprocha alguna mentira responden: ‘el mentiroso eres tu’. El adulto respondería intentando subrayar algún defecto real del adversario en lugar de emplear como defensa la repetición del mismo reproche.”
¿Pescan la lógica, no? es decir, si ustedes me dicen a mí: “sos un mentiroso”, yo a cualquiera de ustedes le contestaría: “sí, vos sos un gordo pedorro”, no le contestaría: “no, el mentiroso sos vos”. Un niño pequeño sí, ustedes le dicen a un niño: “estás haciendo trampa” y el pibe, en desmedro de la realidad, olvidando y perdiendo todo contacto con la realidad, contesta: “el que está haciendo trampa sos vos”.
Bueno, Lacan dice:
“En la paranoia se hace manifiesta, como proceso constructor de delirios, esta proyección del reproche sobre otra persona, sin modificación alguna de su contenido y por tanto sin base ninguna real.”
Es decir que el mecanismo este es para los niños y para la paranoia.
Es increíble lo que dice Freud acá, les leo solamente algunas diferencias que presenta la traducción de Amorrortu, por precisa. Bueno, la situación inicial es igual y después dice la fórmula:
“Una serie de reproches dirigidos a otras personas hacen sospechar la existencia de una serie de autorreproches de idéntico contenido, sólo hace falta redargüir cada reproche volviéndolo contra la propia persona que lo dijo.”
Yo es la primera vez en mi vida que leo el verbo “redargüir”, no sé si alguna vez lo leyeron. “Redargüir”, según el diccionario de la Real Academia es: “convertir un argumento contra quien lo produce”.
Con lo cual, la fórmula clínica que Freud propone cuando alguien dirige reproches a otro es que hay que redargüir esos reproches, volviéndolos contra la propia persona de donde han surgido.
Me parece complicado. Es que hay que decirlo, pensemos que a partir de esta idea de Freud, Lacan construyó lo que Freud le dijo a Dora: “Fíjate que parte ocupas en aquel desorden del que te quejas”, o sea, esa frase que Lacan dice que Freud le dijo a Dora no está en el historial, en ningún lado, Lacan la construye a partir de esta fórmula.
[Comentario inaudible, fuera de micrófono]
No sabemos, exactamente cuál es el contenido, la queja de ella es que la negocian, que es una pieza de intercambio y, en realidad, pareciera que lo que Lacan recorta que Freud le dice es que es una pieza de intercambio ella, también, respecto de otro intercambio; o sea, no el intercambio de hombres sino el intercambio de saber respecto de la mujer. Es una construcción.
Por eso digo, es complicado el asunto porque a mí me parece que ni siquiera Lacan podría haber creído que esto es cierto, como fórmula clínica es complicada. Son esas fórmulas clínicas ¿se acuerdan cuando Freud decía, ‘si un paciente se queda callado está pensando en el analista’? Bueno, ‘si un paciente se queja contra otro, en realidad se está quejando contra él mismo’; qué sé yo, yo no lo tomaría muy en serio.
Entonces, lo que Lacan agrega –yo no sé si lo agrega Lacan o se agrega solo– es el hincapié en la responsabilidad del autor del reproche, esto no sé de dónde salió, porque en Freud no está. Freud lo que dice es una maniobra lingüística, argumentativa, redargüir, es decir, tomar el argumento e invertirlo pero en ningún lado habla de que hay que hacer responsable a quien lo dijo de haberlo dicho. Freud no utiliza la categoría de responsabilidad, Lacan tampoco, en realidad, no lo dice explícitamente, ni siquiera está planteado en el texto que sean inconscientes, dice: “que se intentan sustraer de la crítica y de la consciencia” pero ni siquiera serían inconscientes en el modo en que Freud lo cuenta. En el ejemplo de Lacan yo no sé por qué se filtra la responsabilidad, no sé de dónde sale, no sé quién agregó la responsabilidad.
En realidad, esto lo estudié hace bastante tiempo y todas las preguntas que estoy planteándoles son preguntas que tengo hace años. Me acuerdo que aprobé la materia clínica de adultos en la facultad con un escrito sobre este problema, no creo que el analista que era mi docente de esa comisión haya leído lo que yo escribí porque él opina lo contrario de lo que yo estoy diciendo. Y, en aquella época, era un clásico esto: “Introducción al método Psicoanalítico” de Jacques Allain Miller, sigue siendo un clásico, y tiene un capítulo sobre la rectificación subjetiva y quería leerles la definición que da Miller para que la discutamos.
“Lo que Lacan llamaba rectificación subjetiva es pasar del hecho de quejarse de los otros a quejarse de sí mismo.”
(Risas)
Che, un poco más de respeto...
“Siempre tenemos razones para quejarnos de los otros, es un punto de hecho muy refinado, esa entrada del sujeto que dice: ‘no es mi culpa’. Inversamente, el acto analítico consiste en implicar al sujeto en aquello de lo que se queja, implicarlo en las cosas de las cuales se queja. Es un error pensar en el análisis que el inconsciente sea el responsable de las cosas por las cuales alguien sufre, si así fuese, destituiríamos al sujeto de su responsabilidad.
Es de esta manera que son pensadas muchas veces las cosas en el análisis y esto cuando se aprende que las cosas van mal por lo que ocurrió en el pasado, por los padres, por el hermano mayor, la hermana menor y de este modo el sujeto queda desposeído de su estatuto. Pero los analistas saben muy bien que no se trata de eso, al contrario, Lacan llamaba rectificación subjetiva cuando en el análisis el sujeto aprende también su responsabilidad esencial en lo que ocurre, la paradoja es que el lugar de la responsabilidad del sujeto es el mismo que el del inconsciente.”
Ven a dónde lleva el problema, lo que Miller se pregunta es: ¿quién es el responsable de lo que le pasa al sujeto: el inconsciente o el sujeto? pero el problema es que él incluye a la responsabilidad como el eje para discutir esto. Ahora yo pregunto: ¿vale la pena mantener una noción o un concepto o una idea, como la rectificación subjetiva si nos conduce a un impas, como este que Miller descubre, así como maravillado? y que no resuelve en las cien páginas siguientes del libro porque lo volví a leer todo ¿vale la pena usar un concepto así?
No sólo eso sino que lo que empecé a pensar es que es muy probable que por no poder aplicar un modo de pensar la implicación del sujeto en la responsabilidad de lo que le pasa, analistas lacanianos rechacen la posibilidad de analizar niños, no sólo eso sino que hasta podrían rechazar la posibilidad de analizar psicóticos, si quisieran, metiéndose por ese sesgo ¿Cómo se resuelve esto? Me parece que por el lado de la responsabilidad es un atolladero total, no terminamos de saber si la responsabilidad es del inconsciente o del sujeto, yo propongo abandonar totalmente esa vía.
Voy a proponerles mi esbozo de solución que tiene el déficit de ser mía.
Bueno, a mí me parece que se sale por esa frase que, en el escrito de Lacan, parece ser el desarrollo y la definición del hápax, es decir, cuando Lacan dice que la rectificación subjetiva, en realidad, se podría entender como la rectificación de las relaciones del sujeto con lo real. Y, en realidad, todo esto anterior no sirve para nada, lo que yo quiero proponer es lo que viene ahora.
Puesto que hay que cortar el problema por algún lado, yo les voy a proponer que existen al menos dos modos de la relación del sujeto con lo real que Lacan ha trabajado y que les propongo abordar para abrir el problema, solamente dos modos posibles de relación del sujeto con lo real: el lenguaje y la lógica, dos modos posibles.
Y cuando digo que con el lenguaje o con la lógica encontramos modos de establecer relaciones del sujeto con lo real, lo digo bastante confiado porque Lacan propuso fórmulas para establecer esto. Una muy conocida y una no tan conocida que yo introduje hace un tiempo y que a mí, al menos, se me esta transformando en algo muy interesante, cada vez le puedo sacar más jugo.
Para establecer la relación del sujeto con lo real a través del lenguaje, les propongo:
“Que se diga quede olvidado tras lo que se dice en lo que se escucha [o se entiende]”.
Es una frase que está publicada en la primera página de “El Atolondradicho” y que Lacan retomó. La venía escribiendo a lo largo de todo el Seminario 19 en la pizarra pero no la explicaba. En la segunda clase del Seminario 20, que se llama: “A Jakobson”, algo dice. Y dice así:
“Que se diga, queda olvidado tras lo que se dice en lo que se escucha [que también podría traducirse como: ‘en lo que se entiende’]”.
Esa es una, para el lenguaje, y, para la lógica, les propongo:
“En todo analisante hay un alumno de Aristóteles”.
Frase de un textito que recuperamos hace poco que se llama: “El sueño de Aristóteles”, que yo propuse cuando trabajamos el libro de Foucault y no sé si Irene lo estuvo trabajando porque tuvimos una pequeña reunión sobre eso.
Les propongo que lo que hay que rectificar es el hecho de: “que se diga queda olvidado tras lo que se dice en lo que se escucha o lo que se entiende”. Eso sería algo a rectificar puesto que ahí hay algo del orden de las relaciones del sujeto con lo real. Podemos retomar un poquito la idea porque yo pensé que era más conocida pero si no es conocida la retomamos.
Con esa frase, Lacan propone un fenómeno propio de la estructura del lenguaje, no habla de un fenómeno clínico en sí, ni habla de un fenómeno solamente registrable en la experiencia del psicoanálisis o en el campo del psicoanálisis; dice que, universalmente, en cualquier lenguaje, –al menos de los lenguajes que admiten la estructura significante, no me atrevería a afirmar esto para los lenguajes con ideograma, no sé si ahí funciona, me parece que no–, para todos los lenguajes que están estructurados a partir de la lógica del significante, Lacan plantea que cuando se dice algo, cuando se produce un enunciado, al momento de comprender o de escuchar ese enunciado, se olvida el acto enunciativo, es decir, se olvida que alguien ha dicho eso que se ha dicho, lo que para nosotros sería la enunciación.
Con lo cual, de lo que podría tratarse sería de rectificar esa posición, es decir, que ya no importe lo que Dora dice sino que es Dora la que lo está diciendo; no que se haga responsable de lo que dijo sino, que al describir esa situación ridícula de intercambio, tener en cuenta que ella que participa es la que lo está diciendo, esa sería una de las posiciones, una de las propuestas.
La otra es un poquito más complicada. Ustedes se acuerdan la cita de Freud que les leía recién, Freud dice que se suponga el caso de que un paciente venga y explique lo que le pasa de una manera muy argumentada, muy sólida, muy clara. Uno tiende a pensar que la lógica bien argumentada, con la cual alguien puede venir a decir una serie de cosas, es la lógica de Aristóteles; si ya decía Koyrè que nuestro sentido común es aristotélico y que, paradójicamente, nuestro sentido común se articula con el triple principio lógico de Aristóteles, que es el principio de identidad, el de no contradicción y el de tercero excluido.
Al pronunciar Lacan la fórmula de que “en todo analizante hay un alumno de Aristóteles”, podríamos pensar lo siguiente: en el modo lógico, argumentativo, de los pacientes nos encontramos con la prevalencia de este triple principio, que no es el principio con el cual Freud inicialmente y Lacan en la segunda vuelta propusieron leer los fenómenos del lenguaje que considerábamos como el inconsciente.
Alguien me preguntaba el otro día si los niños, en el modo de vinculación al lenguaje, quedaban cautivos de este triple principio, porque era obvio que no, y me decía si era un problema evolutivo, si era porque eran chiquitos, y me parece que no es así, que lo importante a tener en cuenta es que es casi una posición del sujeto –en occidente, al menos, me atrevería a decir que es dónde Aristóteles ha tenido más influencia–, la de exigir la constitución de un sentido común a partir de ese triple principio lógico y que cualquier cosa que quede planteada por fuera de ese triple principio va a sonar raro.
Ustedes saben que Lacan planteo que la lógica era una ciencia de lo real, también está en “El Atolondradicho”, con lo cual, se podría tratar de rectificar que, el modo de acceso del sujeto a lo real por la lógica aristotélica produce y conduce a ciertos impaces que no articulan bien con la lógica del inconsciente. Fundamentalmente, porque la lógica de Aristóteles es tautológica, el triple principio aristotélico es tautológico. Por tautológico lo que quiero decir es que si ustedes toman cualquiera de las tres reglas de Aristóteles y por ejemplo, le asignan a los elementos, a las letritas, a P, valor verdadero y arman las operaciones de identidad, de tercero excluido y de no contradicción, el resultado es siempre verdadero y si le asignan a P: falso y producen las tres operaciones, el resultado siempre es verdadero; con lo cual, es una lógica que siempre da verdadero, en ese sentido son operaciones de tipo tautológicas.
Con lo cual, y esto existe en el mundo, ya se está teorizando hace mucho tiempo, hay nuevos modos lógicos que se basan en la derogación de estos principios. Por ejemplo, la lógica que trabaja sin principio de identidad se llama: lógica no reflexiva, la lógica que trabaja sin principio de contradicción se llama: lógica paraconsistente y la lógica que trabaja sin principio de tercero excluido se llama: lógica paracompleta. Y hay toneladas de material y bibliografía dando vuelta por el mundo acerca de estos nuevos modos lógicos que no son para nada el modo lógico aristotélico. ¿Cómo se podría pensar un pequeño ejemplo de esto?
¿Vieron que los pacientes, cuando están involucrados en situaciones vitales, siempre tienden a pensar la solución en términos de dos soluciones?: “Estoy mal en el laburo, o me quedo y me la banco o renuncio”. Siempre la tendencia del sentido común es a que se presenten en dos posiciones y al presentarse en dos posiciones –y al excluir una tercera posible que no necesariamente tiene que ser la intermedia, podría haber una tercera posición–, lo que se tiende a privilegiar es que en la elección, si una de esas dos posibilidades es la verdadera, obviamente, la otra tendría que ser la falsa, porque es de no contradicción. Y que si las cosas son de una determinada manera tienden a ser de esa determinada manera, es decir que no podrían ser de otra manera. Vieron cuando dicen: “pero, si a mi me violaron, ¿cómo va a cambiar usted eso?”, me violaron, entonces, me violaron, ese hecho es idéntico a si mismo; cuando, en realidad, “me violaron” puede querer decir tantas cosas. La interpretación de eso no tendría por qué ser unívoca, es decir que la identidad de un hecho consigo mismo se pierde cuando el hecho pasa a la lógica del significante.
Bueno, obviamente, intentar reponer el “Que se diga...”, en relación al lenguaje, y el tratar de derogar el triple principio lógico de Aristóteles, en relación a la lógica, es una operación que no se puede aplicar en el tratamiento de niños en la escena con el niño, no digo con los padres, digo en la escena con el niño, y tampoco en la clínica de la psicosis. No se puede aplicar porque aquello que habría que rectificar no opera de entrada. Es decir, “Que se diga quede olvidado tras lo que se dice en lo que se escucha”, eso, en la psicosis no pasa, en los niños tampoco, y los niños no son discípulos de Aristóteles, los psicóticos tampoco, es decir que ahí no tenemos esa salida.
Con lo cual, pareciera, al menos en mi propuesta, que el significante: «rectificación subjetiva» podría aplicarse con este doble criterio solamente a los casos de pacientes, en principio, neuróticos pero, bueno, eso es una consecuencia del corte que yo apliqué al problema y por dónde propongo leerlo.Bueno, yo dejaría aquí para ver si acaso podemos intercambiar un poco.
(texto inédito)
Tengo la impresión de que a pesar de los años transcurridos, sigo pensando igual muchas cosas. Este tema es un escollo habitual en los inicios de los análisis. Ojalá que, aunque no estén de acuerdo con mis argumentos, sirva para que podamos reflexionar. PP
viernes 27 de julio de 2007
Jacques Lacan. "Discurso de clausura de las Jornadas sobre la psicosis en el niño" (1967)

Antes que nada quisiera darle las gracias a Maud Mannoni, a quien le debemos la reunión de estos dos días, y por tanto todo lo que se haya podido desprender de ella (1). Ha tenido éxito en lo que tenía ganas de hacer, gracias a esa extraordinaria generosidad, característica de su persona, y que le ha hecho pagarle a cada cual su esfuerzo con un privilegio: el de traer desde todos los horizontes a cualquiera que pudiese darle respuesta a una cuestión que ella ha hecho suya. Después de lo cual, borrándose ante el objeto, convertía esas cuestiones en preguntas admisibles.
Para partir de ese objeto, y pues está ya bien centrado, quisiera hacerles sentir cuál es su unidad a partir de algunas frases que pronuncié hace unos veinte años, en una reunión convocada por nuestro amigo Henry Ey, del que ya saben ustedes que fue, en el campo psiquiátrico francés, lo que llamaremos un civilizador. Planteó la cuestión de lo que sería la enfermedad mental de una manera que podemos decir que al menos despertó el cuerpo de la psiquiatría a la pregunta, más seria, de lo que ese mismo cuerpo representaba.
Para devolver todo eso a su término más justo, tenía que contradecir el organodinamismo del que Ey se había hecho promotor. Así, sobre el hombre en su ser, me expresé en los términos siguientes: Lejos de que la locura sea el hecho contingente de las fragilidades de su organismo, es la virtualidad permanente de una falla abierta en su esencia. Lejos de que la locura sea un insulto para la libertad, como lo enuncia Henri Ey, es su mas fiel compañera, sigue su movimiento como una sombra. Y el ser del hombre no solo no puede ser comprendido sin la locura, sino que no sería el ser del hombre si no llevase en él la locura como límite de la libertad."
HOMENAJE: "Palabras iniciales", por Roberto Fontanarrosa

Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo.
"Puto el que lee esto", y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento..." Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante. Ese es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado. Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés.No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce o el inútil de Tolstoi. Yo sigo la línea marcada por un grande, Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medio medianos. Pumba y a la lona. Paf... el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo. Carlitos lo decía claramente, con esa forma tan clara que tenía para hablar. "Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos." Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo.El lector no es mi amigo. El lector es alguien que les debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros. Así de simple. Todo lo demás es cartón pintado.
Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado."Puto el que lee esto". Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones.
Es un golpe bajo?, dirá algún crítico amanerado, de esos que gustan de Graham Greene o Kundera, de los que se masturban con Marguerite Yourcenar, de los que leen Paris Review y están suscriptos en Le Monde Diplomatique. ¡Sí, señor! les contesto: es un golpe bajo! Y voy a pegarles uno, cien mil golpes bajos, para que me presten atención de una vez por todas. Hay millones de libros en los estantes, es increíble la cantidad alucinante de pelotudos que escriben hoy por hoy en el mundo y que se suman a los que ya han escrito y escribirán. Y los que han muerto, los cementerios están repletos de literatos.
No se contentan con haber saturado sus épocas con sus cuentos, ensayos y novelas, no. Todos aspiraron a la posteridad, todos querían la gloria inmortal, todos nos dejaron los millones de libros repulsivos, polvorientos, descuajeringados, rotosos, encuadernados en telas apolilladas, con punteras de cuero, que aún joden y joden en los estantes de las librerías.
Nadie decidió, modesto, incinerarse con sus escritos. Decir: "Me voy con rumbo a la quinta del Ñato y me llevo conmigo todo lo que escribía, no los molesto más con mi producción" No. Ahí están los libros de Molière, de Cervantes, de Mallea, de Corín Tellado, jodiendo, rompiendo las pelotas todavía en las mesas de saldos.Sabios eran los faraones que se enterraban con todo lo que tenían: sus perros, sus esposas, sus caballos, sus joyas, sus armas, sus pergaminos llenos de dibujos pelotudos, todo.
Igual ejemplo deberían seguir los escritores cuando emprenden el camino hacia las dos dimensiones, a mirar los rabanitos desde abajo, otra buena frase por cierto."Me voy, me muero, cagué la fruta " ¿podría ser el postrer anhelo? Que entierren conmigo mis escritos, mis apuntes, mis poemas, que total yo no estaré allí cuando alguien los recite en voz alta al final de una cena en los boliches.? Que los quemen, qué tanto. Es lo que voy a hacer yo, téngalo por seguro, señor lector. Millones de libros, entonces, de escritores importantes y sesudos, de mediocres, tontos y banales, de señoras al pedo que decidían escribir sus consejos para cocinar, para hacer punto cruz, para enseñar cómo forrar una lata de bizcochos. Pelotudos mayores que dedicaron toda su vida, toda, al estudio exhaustivo de la vida de los caracoles, de los mamboretás, de los canguros, de los caballos enanos. Pensadores que creyeron que no podían abandonar este mundo sin dejar a las generaciones futuras su mensaje de luz y de esclarecimiento. Mecánicos dentales que supusieron urgente plasmar en un libro el porqué de la vital adhesividad de la pasta para las encías, señoras evolucionadas que pensaron que los niños no podrían llegar a desarrollarse sin leer cómo el gnomo Prilimplín vive en una estrella que cuelga de un sicomoro, historiadores que entienden imprescindible comunicar al mundo que el duque de La Rochefoucauld se hacía lavativas estomacales con agua alcanforada tres veces por día para aflojar el vientre, biólogos que se adentran tenazmente en la insondable vida del gusano de seda peruano, que cuando te descuidás te la agarra con la mano.Allí, a ese mar de palabras, adjetivos, verbos y ditirambos, señores, hay que lanzar el nuevo libro, el nuevo relato, la nueva novela que hemos escrito desde los redaños mismos de nuestros riñones. Allí, a ese interminable mar de volúmenes flacos y gordos, altos y bajos, duros y blandos, hay que arrojar el propio, esperando que sobreviva.
Un naufragio de millones y millones de víctimas, manoteando desesperadamente en el oleaje, tratando de atraer la atención del lector desaprensivo, bobo, tarado, que gira en torno a una mesa de saldos o novedades con paso tardío, distraído, pasando apenas la yema de sus dedos innobles sobre la cubierta de los libros, cautivado aquí y allá por una tapa más luminosa, un título más acertado, una faja más prometedora. Finge. El lector finge. Finge erudición y, quizás, interés. Está atento, si es hombre, a la minita que en la mesa vecina hojea frívolamente el último best-seller, a la señora todavía pulposa que parece abismarse en una novedad de autoayuda. Si es mujer, a la faja con el comentario elogioso del gurú de turno. Si es niño, a la musiquita maricona que despide el libro apenas lo abre con sus deditos de enano.Y el libro está solo, feroz y despiadadamente solo entre los tres millones de libros que compiten con él para venderse. Sabe, con la sabiduría que le da la palabra escrita, que su tiempo es muy corto. Una semana, tal vez. Dos, con suerte. Después, si su reclamo no fue atractivo, si su oferta no resultó seductora, saldrá de la mesa exclusiva de las novedades VIP diríamos, para aterrizar en algún exhibidor alternativo, luego en algún estante olvidado, después en una mesa de saldos y por último, en el húmedo y oscuro depósito de la librería, nicho final para el intento fracasado. "Ya vienen otros", le advierten, vendete bien que ya vienen otros a reemplazarte, a sacarte del lugar, a empujarte hacia el filo de la mesa para que te caigas y te hagas mierda contra el piso alfombrado.No desaparecerá tu libro, sin embargo, no, tenelo por seguro. Sea como fuere, es un símbolo de la cultura, un icono de la erudición, vale por mil alpargatas, tiene mayor peso específico que una empanada, una corbata o una licuadora. Irá, eso sí, con otros millones, al depósito oscuro y maloliente de la librería. No te extrañe incluso que vuelva un día, como el hijo pródigo, a la misma editorial donde lo hicieron. Y quede allí, al igual que esos residuos radioactivos que deben pasar una eternidad bajo tierra, encerrados en cilindros de baquelita, teflón y plastilina para que no contaminen el ambiente, hasta que puedan convertirse en abono para las macetas de las casas solariegas.De última, reaparecerá de nuevo, Lázaro impreso, en la mano de algún boliviano indocumentado, junto a otros dos libros y una birome, como oferta por única vez y en carácter de exclusividad, a bordo de un ómnibus de línea o un tren suburbano, todo por el irrisorio precio de un peso. Entonces, caballeros, no esperen de mí una lucha limpia. No la esperen. Les voy a pegar abajo, mis amigos, debajo del cinturón, justo a los huevos, les voy a meter los dedos en los ojos y les voy a rozar con mi cabeza la herida abierta de la ceja."Puto el que lee esto".John Irving es una mentira, pero al menos no juega a ser repugnante como Bukowski ni atildadamente pederasta como James Baldwin. Y dice algo interesante uno de sus personajes por ahí, creo que en El mundo según Garp: "Por una sola cosa un lector continúa leyendo. Porque quiere saber cómo termina la historia". Buena, John, me gusta eso. Te están contando algo, querido lector, de eso se trata. Tu amigo Chiquito te está contando, por ejemplo en el club, cómo al imbécil de Ernesto le rompieron el culo a patadas cuando se puso pesado con la mujer de Rodríguez. Vos te tenés que ir, porque tenés que trabajar, porque dejaste la comida en el horno, o el auto mal estacionado, o porque tu propia mujer te va a armar un quilombo de órdago si de nuevo llegás tarde como la vez pasada. Pero te quedás, carajo. Te quedás porque si hay algo que tiene de bueno el sorete de Chiquito es que cuenta bien, cuenta como los dioses y ahora te está explicando cómo el boludo de Ernesto le rozaba las tetas a la mujer de Rodríguez cada vez que se inclinaba a servirle vino y él pensaba que Rodríguez no lo veía. No te podés ir a tu casa antes de que Chiquito termine con su relato, entendelo. Mirás el reloj como buen dominado que sos, le pedís a Chiquito que la haga corta, calculás que ya te habrá llevado el auto la grúa, que ya se te habrá carbonizado la comida en el horno, pero te quedás ahí porque querés eso que el maricón de John Irving decía con tanta gracia: querés saber cómo termina la historia, querido, eso querés.Entonces yo, que soy un literato, que he leído a más de un clásico, que he publicado más de tres libros, que escribo desde el fondo mismo de las pelotas, que me desgarro en cada narración, que estudio concienzudamente cómo se describe y cómo se lee, que me he quemado las pestañas releyendo a Ezra Pound, que puedo puntuar de memoria y con los ojos cerrados y en la oscuridad más pura un texto de setenta y ocho mil caracteres, que puedo dictaminar sin vacilación alguna cuándo me enfrento con un sujeto o con un predicado, yo, señores, premio Cinta de Plata 1989 al relato costumbrista, pese a todo, debo compartir cartel francés con cualquier boludo. Mi libro tendrá, como cualquier hijo de vecino, que zambullirse en las mesas de novedades junto a otros millones y millones de pares, junto al tratado ilustrado de cómo cultivar la calabaza y al horóscopo coreano de Sabrina Pérez, junto a las cien advertencias gastronómicas indispensables de Titina della Poronga y las memorias del actor iletrado que no puede hacer la O ni con el culo de un vaso, pero que se las contó a un periodista que le hace las veces de ghost writer. Y no estaré allí yo para ayudarlo, para decirle al lector pelotudo que recorre con su vista las cubiertas con un gesto de desdén obtuso en su carita: "Éste es el libro. Éste es el libro que debe comprar usted para que cambie su vida, caballero, para que se le abra el intelecto como una sandía, para que se ilustre, para que mejore su aliento de origen bucal, estimule su apetito sexual y se encame esta misma noche con esa potra soñada que nunca le ha dado bola".Y allí estará la frase, la que vale, la que pega. El derechazo letal del Negro Monzón en el entrecejo mismo del tano petulante, el trompadón insigne que sacude la cabeza hacia atrás y hacia adelante como perrito de taxi y un montón de gotitas de sudor, de agua y desinfectante que se desprenden del bocho de ese gringo que se cae como si lo hubiese reventado un rayo. "Puto el que lee esto". Aunque después el relato sea un cuentito de burros maricones como el de Platero y yo, con el Angelus que impregna todo de un color malva plañidero. Aunque la novela después sea la historia de un seminarista que vuelve del convento. Aunque el volumen sea después un recetario de cocina que incluya alimentos macrobióticos.No esperen, de mí, ética alguna. Sólo puedo prometerles, como el gran estadista, sangre, sudor y lágrimas en mis escritos. El apetito por más y la ansiedad por saber qué es lo que va a pasar. Porque digo que es puto el que lee esto y lo sostengo. Y paso a contarles por qué lo afirmo, por qué tengo autoridad para decirlo y por qué conozco tanto sobre su intimidad, amigo lector, mucho más de lo que usted nunca hubiese temido imaginar. Sí, a usted le digo. Al que sostiene este libro ahora y aquí, el que está temiendo, en suma, aparecer en el renglón siguiente con nombre y apellido. Nombre y apellido. Con todas las letras y hasta con el apodo. A usted le digo.
¡Gracias a Cristina Toro por el aporte!
jueves 26 de julio de 2007
Entrevista a Jacques Lacan en el diario L'Express: "Claves/llaves del psicoanálisis" (1957)
Lacan dio una entrevista a Madelaine Chapsal para el diario L'Express en 1957. Ella tituló el texto "Clefs pour la psychanalyse". El témino "clef" es tanto 'clave' como 'llave'. El equívoco es oportuno. La entrevista es buena, ella es una excelente entrevistadora: acompaña el ritmo de su entrevistado, no hace preguntas colgadas, está muy atenta a las inflexiones del texto... Destaco especialmente los párrafos dedicados al Hombre de las Ratas, ya que allí puede verse cómo pensaba Lacan el problema del asunto familiar, sin reducirlo nunca a las vicisitudes de una sola persona. La noción de "constelación familiar" está allí presente y el problema de la "fórmula de transformación" -desarrollada en "El mito individual del neurótico..."- está sugerida.En fin, un texto rico en la excelentísima versión de mi amigo Luciano Echagüe.
Como perla, va el facsímil de la portada del diario del 31 de mayo de 1957, nº 310.
Descargar aquí
Excelente versión colombiana del Seminario XII - "Problemas cruciales para el psicoanálisis"

De manera sencilla está a tu disposición la posibilidad de bajar en forma totalmente gratuita a tu computadora el .pdf con la versión completa en español del Seminario XII, en una excelente versión realizada por colegas de Colombia. Ojalá te resulte de utilidad.
miércoles 25 de julio de 2007
Un lindo libro que se viene...
Personalmente, me sorprendió el modo en que Colette Soler insiste en cierto giro de la teoría Lacaniana que ella sitúa en el seminario "Aún". Efectivamente, sabemos que el Seminario XX -y sus correspondencias con el texto "L'Étourdit"- dividen aguas en la teoría. Pero a lo largo del libro todo y con ocasión de hablar de diferentes temas, la referencia insiste y esta vez sí parece no sólo circunscribir una novedad, sino decirla con todas las letras.
Falta poco, muy poco.
"S.I.R: Una apertura que nada dejaba preveer", por Jean-Pierre Dreyfuss (1987)
(Traducción de Pablo Peusner ).
Se trata de intentar responder a la siguiente pregunta: ¿De dónde pudo extraer Lacan S.I.R., tal como lo produce en una conferencia presentada a la Sociedad Francesa de Psicoanálisis, el 8 de julio de 1953?
En principio, he aquí brevemente cómo llegué a esta pregunta. Me encontraba comprometido en un trabajo de reflexión sobre el ejercicio lacaniano del psicoanálisis, más precisamente, sobre el problema de las sesiones cortas o de las sesiones de duración variable (lo que no quiere decir exactamente lo mismo.) Este trabajo, por otra parte, había sido el tema de una exposición, en el mes de marzo pasado, en Estrasburgo, con ocasión de un coloquio titulado “Traducir, Interpretar, Transmitir”.
Lo que justifica este recuerdo es la recurrencia, subrayada más de una vez aquí, del motivo que liga, en ocasiones de forma manifiesta, al progreso doctrinal con el reconocimiento de una dificultad aparecida en el ejercicio del psicoanálisis.
Las complicaciones de Lacan en lo concerniente al modo de su práctica se remontan a los años cincuenta. Y en la Sociedad Psicoanalítica de París, tuvo dos o tres veces la ocasión de discutir su posición con sus colegas, más precisamente ante la instancia de selección de los analistas llamada Comisión de Enseñanza. En cada ocasión Lacan había dicho que se sometería a los standards del análisis vigentes en la época. Pero, creo que aquello en lo que se sostenía su trabajo desde sus inicios y su enseñanza desde el año 1951, tanto como lo que él era, Lacan, le hacían imposible la obediencia a las disposiciones de la Comisión de Enseñanza. Lacan simuló su sometimiento a ellas. Y luego, sabemos bien lo que ocurrió. En junio de 1953, y por otros analistas que Lacan, se fundó la Sociedad Francesa de Psicoanálisis, y el 8 de julio de 1953 Lacan pronuncia su famosa conferencia. Actualmente[2] circulan de ella transcripciones cuya calidad dejan mucho que desear.
Las condiciones en las que tuvo lugar no podían darle sino el carácter de una declaración de política doctrinal. Porque no se trataba en modo alguno de exponer los resultados de una investigación personal, sino más bien de comprometer a los analistas de la nueva Sociedad a trabajar desde ese momento en un cierto sentido. Lo que resulta sorprendente, es el grado de sofisticación con el que Lacan introduce lo que llama los tres registros esenciales de la realidad humana. Y esto no es nada. Digo “sofisticación” porque la formalización está llevada allí hasta un punto que permite el cálculo y que parece anticipar sensiblemente lo que Lacan producirá a continuación, es decir el Informe de Roma -que debe estar preparando para septiembre- y el seminario que comenzará con el año lectivo.
Desde que me topé con esta conferencia de julio de 1953, se me presentó como un trueno en un día soleado -según la expresión consagrada- y dicha impresión me acompañó hasta una época muy reciente. Por otra parte, me pregunté si Lacan no había cedido en ella a algo que podría llamarse la pendiente del cálculo, o sea si no había puesto a prueba, digamos, un modo matematizante [3] del progreso doctrinal que consiste en introducir una formalización y en permitirse hacerse el desentendido de ella. Es por lo que no resistiré en este momento, a la tentación de proponer sobre el tema una aproximación novedosa.
Se plantea, entonces, esos tres registros de la realidad humana: R.S.I (fig. 1) Prefiero emplear una formulación más a la medida de nuestra experiencia, y decir que se trata del marco o de las coordenadas de la experiencia psicoanalítica, a partir de las cuales Lacan va a elaborar y calcular un grafo: el de un análisis, de inicio a fin. Se señalará al pasar la geometría de este esquema: la disposición de S.I.R. evoca seguramente la disposición más habitual de esos tres redondeles de cuerda que Lacan introducirá veinte años más tarde. Entonces, se parte de lo real en dirección hacia lo simbólico -sea “rS” o realizar el símbolo (y no lo simbólico)-. El segundo tiempo va de R hacia I, o sea “rI” o realizar lo imaginario. Y el tercer tiempo, es “iI” o imaginar lo imaginario. Y esto vuelve a empezar de I hacia R para reproducir exactamente la misma figura, la misma sucesión de los tres tiempos.
Sea “iR” imaginar lo real, “iS” imaginar el símbolo, y “sS” simbolizar el símbolo. Como se puede observar, resulta bastante sencillo entrar en esta mecánica.
Finalmente, tercera serie de tres tiempos: “sI”, simbolizar lo imaginario, “sR” simbolizar lo real, y “rR” realizar lo real, novena etapa del análisis. Es allí que se reencuentra “rS”, realizar el símbolo, décima etapa del análisis, idéntica a la primera y punto de partida de un nuevo ciclo. Al cabo de un cierto número de vueltas, se encuentra el fin del análisis. Dejo de lado la significación precisa de cada uno de esos pares de letras. Haciendo hincapié ahí se encontraría que esta conferencia es a la continuación de la enseñanza de Lacan, un poco lo que el “Proyecto” es a la obra de Freud.
Como se puede constatar, hablando propiamente, nada permite distinguir aquí el fin de un ciclo del inicio del siguiente. El término que marca el fin del análisis es “rS”, pero nada permite decir al cabo de cuántas vueltas. Si se admite que le será necesario a Lacan, concretamente, la introducción del objeto a y todo el trabajo de los años 66 a 70 para producir una doctrina consistente del fin de análisis, se verá en esta particularidad del esquema de 1953 la confirmación del hecho de que Lacan no tenía en dicho momento otra doctrina del fin de análisis que la que evocará en el Informe de Roma, sobre el modelo hegeliano del fin de la Historia. En todos los casos es evidente que, en este esquema, cada etapa del análisis se inserta en una serie de tres, y que a su turno, cada serie forma parte de un conjunto de tres. Pero el motivo de una dialéctica de tres tiempos, de los que el último constituye respecto a los anteriores una Aufhebung, podría encontrarse incluso operando en otros recortes de este conjunto.
La pregunta que se plantea entonces, es la de saber si se puede concluir de la dialéctica a la estructura. Imagino que para un hegeliano no habría lugar a dudas sobre esto. Pero en el campo de la experiencia psicoanalítica... ¿puede darse ese paso? Y de todas maneras, si el “rS” sobre el que se termina efectivamente el análisis no fuera exactamente el mismo que aquél del inicio no se trataría de una circularidad real -en el sentido, por ejemplo, en el que Lacan afirmaba que lo real es lo que vuelve siempre al mismo lugar- aunque ocurra en una experiencia de discurso en la que todo no es -y está lejos de serlo- calculable, previsible, soluble.
Cabe señalar también que el reconocimiento de una dialéctica en la cura no es novedoso en Lacan y se pensará en este punto en la metáfora no explicitada de “El tiempo lógico...” (1945) -al que por otra parte se refiere explícitamente en 1953- y en la “Intervención sobre la transferencia” (1951).
La discusión que sigue a la conferencia resulta de pleno interés. Jean Allouch ha tenido ya la ocasión de decir lo esencial sobre ella, recordando que la introducción de S.I.R. tiene por contexto la declinación de la metapsicología y se propone como una salida a la crisis de los fundamentos. Tres asistentes intervendrán de manera especialmente pertinente. Serge Leclaire es quien en principio interpela a Lacan: este ha anunciado tres categorías, pero no ha dicho gran cosa acerca de lo real. ¿Qué es lo real? Siguen luego Wladimir Granoff y, particularmente, Didier Anzieu quien parece captar mejor el alcance subversivo de esta conferencia.
Lacan no responde claramente a la pregunta de Leclaire. Dice que lo real es la totalidad, o bien aquello que se nos escapa. En el contexto en que produce el término, se puede pensar que lo real es la estructura, o incluso el deseo del sujeto. Pero dejemos esto, porque de lo que se trata es de determinar cómo Lacan inventó su ternario. Y bien, Lacan lo dice claramente en su conferencia: lo ha encontrado en Freud, más precisamente en los “Cinco psicoanálisis”. Esto no resulta tan simple: en efecto, Lacan ha encontrado en Freud respuestas que estaban a la altura de sus preguntas aunque, por otra parte, es cierto que su inspiración no es exclusivamente freudiana.
* *
Pasaré a continuación a otra parte de esta exposición, la que podría titularse la polifonía del discurso lacaniano.
El 10 de abril de 1931 Aimée intenta apuñalar a Madame Z. Durante un año y medio, Lacan la verá casi diariamente. El 7 de septiembre de 1932, termina su tesis sobre la psicosis paranoica. Se puede considerar que allí se conjugan un cierto número de influencias que son, enumerándolas sumariamente, la enseñanza de Clérambault, el hábito de una cierta psiquiatría dinámica y la lectura de Freud. ¿Cuándo comenzó Lacan a leer a Freud? O más bien: ¿Cuándo esta lectura comenzó a contar realmente en su trabajo? Obviamente, no se puede responder a tales preguntas. En esas condiciones, he decidido no hacer intervenir cada línea melódica (cf. Figura 2) sino a partir del momento en que cada una de ellas aparecen con su nombre en las publicaciones del Lacan.
He aquí, entonces, una primera línea melódica titulada Aimée, luego una segunda, que lleva el nombre de Freud y que se inicia en 1932, año de la publicación de la tesis de Lacan y año de la traducción por Lacan de un texto de Freud. “Acerca de ciertos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad”. Por otra parte, siempre en 1932, Lacan inicia un análisis con Lowenstein. Las relaciones se degradan rápidamente entre ambos hombres. Una viva rivalidad se instaura entre ellos y el análisis se termina en 1936. Y si Lowenstein no le ha enseñado gran cosa a Lacan en lo referente a lo que le convenía hacer como analista, ciertamente le enseñó mucho acerca de lo que no convenía hacer, como lo testimonian los perdurables ataques de Lacan contra la psicología del Yo. Lowenstein le servirá a Lacan durante mucho tiempo como una referencia antagónica. He aquí una tercera línea melódica.
De 1933 a 1938, Alexandre Koyève -cuarta línea melódica- dicta su curso de introducción a la lectura de Hegel, en la Ècole Pratique des Hautes Etudes.
La quinta línea pertenece a Wallon. Sabemos hoy que Lacan y Wallon se encontraron entre 1928 y 1932. Su libro “Los orígenes del carácter en el niño” fue publicado por primera vez en 1934. La segunda parte de su libro, que es la que nos interesa aquí, reproduce un estudio que había aparecido en el Journal of Psychology de noviembre-diciembre de 1931. La misma fue extraída, como la primera y la tercera, de una serie de cursos dictado en La Sorbonne entre 1929 y 1931. Pero para construir mi esquema, parto siempre de lo que aparece en las publicaciones de Lacan, entonces aquí, parto de 1936, año del Congreso de Marienbad en el que expuso su estadio del espejo. No queda rastro alguno de su intervención. Sin embargo, en 1938, Lacan escribe a pedido de Wallon un artículo para la Enciclopedia Francesa, a ser incluido en el capítulo titulado “La Familia”. El texto ha sido reeditado recientemente por Navarin bajo el título de “Los complejos familiares” y Lacan nos asegura (en su “Acerca de la causalidad psíquica”) que lo esencial de su intervención de Marienbad se encuentra allí. Curiosamente, Lacan cita a Darwin y Bühler, pero no a Wallon. Y cuando más tarde lo citará (dos veces en los Escritos) jamás será en conexión directa con el estadio del espejo.
Es cierto que, hablando propiamente, el estadio del espejo no existe en la obra de Wallon. Sin embargo, el capítulo IV de su libro de 1934 se titula “El cuerpo propio y su imagen exteroceptiva” y la tercera parte de este capítulo lleva por título “El niño ante su propia imagen especular, simbolismo progresivo de las imágenes y su relación con lo real”.
Efectivamente, la nominación para aquello que hoy podríamos llamar el Otro real de la imagen especular no tiene, ni en Darwin ni en Wallon, función en su reconocimiento por el niño. El espejo no es para él sino un “artificio”. Según Wallon, la imagen especular y el Yo -que debe unificarse e identificarse al cuerpo propio- se oponen como un espacio imaginario y un espacio real; correspondiendo uno de ellos al dominio de la sensibilidad exteroceptiva y el otro al dominio de la sensibilidad propioceptiva. Luego, cesando poco a poco de existir por sí misma, la imagen del espejo deviene “puramente simbólica”. Esta mutación simbólica de la imagen especular supone la intervención de un tercer espacio, “más abstracto”, que “sobrepasa” los dos espacios precedentes y depende del desarrollo de una “función simbólica”.
En suma, en Wallon -y para forzar, por la formulación, la aproximación con Lacan- lo real es la sensibilidad propioceptiva, el cuerpo propio y finalmente el Yo; lo imaginario es la sensibilidad exteroceptiva, la imagen especular en tanto que ella parece para el niño dotada de una existencia independiente; y finalmente lo simbólico, es la función gracias a la que se establece una relación fija entre lo real del cuerpo propio o del Yo y la imagen especular. Para Wallon, el Yo no se unifica en la apropiación alienante de la imagen especular, sino más bien en el reconocimiento de su carácter ilusorio (la imagen especular no es el otro) y, podría decirse, en su desinvestidura. Finalmente, las palabras “simbólico, imaginario y real” no nombran un sistema de categorías: al contrario, ellas cualifican funciones psico-fisiológicas. Pero la deuda de Lacan con Wallon es innegable, y podemos preguntarnos qué hubiera perdido al reconocerla.
Volvamos al montaje del esquema (Figura 2). Por grosero que sea, es fácil leer allí las voces que se escuchan en el discurso lacaniano. No digo que Kojève y los otros hablen en él (daría por resultado una cacofonía), sino que se reconoce allí la huella de sus enseñanzas.
Durante la guerra Lacan no publica nada. Ya he citado su artículo titulado “El tiempo lógico...”, que data de 1945. En 1946, Lacan pronuncia su “Acerca de la causalidad psíquica”. Lo menciono porque allí cita el nombre de Heidegger en una época en la que raramente los intelectuales se interesaban por su obra. ¿Qué pudo haber encontrado Lacan en él para producir S.I.R.?
Ciertamente, el préstamo que tomó Lacan de la obra de Heidegger es masivo, ya sea desde el punto de vista temático, desde el punto de vista de un cierto manejo de la lengua, desde el punto de vista del arte de la lectura y del comentario de texto, desde el punto de vista de la función atribuida a la palabra, etc. Pero antes de dar mi respuesta a esta pregunta, me dirigí a uno de nuestros amigos de la otra orilla del Rhin, Hermann Lang -a quien los más antiguos formados en la Escuela Freudiana recuerdan sin duda-, hombre que conoce bien y desde hace largo tiempo la obra de Heidegger. Hermann Lang me ha respondido que le parecía absolutamente pensable que Lacan se hubiera inspirado en Heidegger para inventar S.I.R. Así lo imaginario podría reenviar a lo que Heidegger en “Ser y Tiempo” llama das uneigentliche Dasein. En alemán uneigentlich significa “impropio”, entre otros sentidos figurados. Considerando el espectro semántico de esta palabra en francés se podría, no digo traducir, sino comprender das uneigentliche Dasein en el sentido de la envoltura imaginaria del ser. De igual modo, lo simbólico podría reenviar a lo que Heidegger dice en la misma época acerca de la palabra (die Sprache), como siendo lo que pone al hombre en relación (Beziehung) con su ser. En cuanto a ese ser, Heidegger lo tematiza bajo una forma que recordaría a lo real lacaniano de 1953.
No pongo en discusión esta proximidad entre Heidegger y Lacan, pero no estoy de acuerdo con Hermann Lang. En efecto -y he ahí un señalamiento de alcance general- creo que no hay que ceder a la impresión que produce la experiencia que consiste en utilizar S.I.R. como una grilla de lectura de no importa qué texto, incluso en un sentido material más amplio. En efecto, una tal experiencia resulta casi siempre coronada por el éxito, lo que prueba el valor operatorio de una grilla tal, pero lo que no prueba en forma alguna que el texto sometido a un tratamiento tal contenga cierta cosa que funcione como precursor identificable de S.I.R. Y diría que es lo mismo para todas las aplicaciones -en el sentido matemático del término- de la doctrina psicoanalítica en otros campos. No es así que se la pone a prueba, ya sea freudiana, lacaniana u otra. De esa forma no se hace sino medir lo que para algunos es su fecundidad y, para otros, su reduccionismo simplista.
Se pueden aún realizar otros señalamientos a propósito de los préstamos que Lacan tomó de Heidegger. Antes de la guerra, no se encontraban sino raros estudios sobre Heidegger y traducciones de mínimos fragmentos de todo lo que ya había escrito. Es legítimo pensar que Lacan tuvo conocimiento de esto. Por otra parte, sabemos por el mismo testimonio de Lacan que él no hablaba alemán y que cuando se encontró con Heidegger, ambos hombres prácticamente no se dijeron nada. Sin embargo, Lacan leía el alemán, aunque resulta difícil evaluar qué pudo haber leído Lacan en su texto. Todo el mundo conoce la traducción de “Logos” por Lacan, aparecida en el primer número de la revista “La Psychanalyse”, en 1956. Están presentes en ese texto recursos de los que resulta extraño constatar que Lacan no los explotó. Y, a mi entender, la traducción que realizara Lacan de este texto es mala, tanto desde el punto de vista heideggeriano como desde el punto de vista lacaniano, aunque Lacan se haya hecho ayudar por una traductora de oficio. Parece delicado, entonces, decir qué inspiración encontró Lacan en Heidegger para producir S.I.R, y por mi parte, me veo llevado a creer que no le debe nada en lo referente a este tema.
Prosigamos. En 1947, aparece el libro de Claude Lévi-Strauss, “Las estructuras elementales de parentesco”, y en 1949 se publica “La eficacia simbólica”. Habría algunas cosas divertidas para revisar a propósito de este artículo, pero las paso de largo. Por el lado de Lacan, encontramos “El estadio del espejo”, versión Zurich 1949. Se puede ver, verticalmente sobre el esquema, en qué consiste a grosso modo la polifonía del discurso lacaniano en este año 1949. 1951 es el año de “Intervención sobre la transferencia”: allí retomo el corredor freudiano. Es el inicio de la enseñanza de Lacan en la Société Parisienne de Psychanalyse.
Quisiera mencionar aún dos autores de los que resulta difícil decir a partir de cuándo ellos comienzan verdaderamente a contar para Lacan. Se trata de, por una parte, Ferdinand de Saussure, puesto que la primera edición del “Curso de lingüística general” data de 1915 y, por otra parte, de Alexandre Koyré puesto que Lacan no lo cita sino hasta 1953. Los paso de largo para ir más rápido.
¿Ha recibido la pregunta inicial un principio de respuesta?
La existencia de una comunidad de preocupaciones o de formulaciones permanece abierta a todas las interpretaciones, como lo ha mostrado Michel Schneider en su libro “Voleurs de mots” (Gallimard, 1985). Seguramente Kojève le ha brindado algo del punto de vista de lo real. Y pienso en lo que Philippe Julien escribió en su libro acerca del aporte de Alexandre Koyré, citado por primera vez por Lacan sólo en su “Informe de Roma”. La explicación de lo real por lo imposible, seguramente ha inspirado a Lacan, aunque en la conferencia del 8 de julio de 1953, se trata de la vena hegeliana acerca de lo real. En cuanto a Wallon, como se ha visto, está más próximo de Piaget que de Lacan.
Para decirlo aún más claramente, hallar aquí alguna cosa que evoque al imaginario lacaniano, allí otra que evoque su simbólico y, más allá, algo que nos remita a su real, cada vez en oposición con otro término -explícita o implícitamente-, resulta diferente de la articulación de un ternario.
* *
Retomaría ahora la cuestión de saber qué encontró Lacan en Freud respecto de nuestro punto de vista, considerando la respuesta que el mismo Lacan nos ha dado.
El primer apoyo que Lacan encuentra en Freud es la segunda tópica en la que la ternaridad[4] es manifiesta. Como es sabido -aunque es importante recordarlo- Freud escribe “El Yo y el Ello” porque no llega a franquear ciertas dificultades en su práctica. La doctrina psicoanalítica no estaba en aquel entonces a la altura del análisis de las perversiones y de las psicosis. En un texto de la misma época, “Neurosis y psicosis”, lo dice expresamente: el análisis de los psicóticos no funciona y es necesario, entonces, hacer avances con la doctrina.
De todas formas, hay tendencia a pensar que las estructuras ternarias en Freud datan de 1923, porque se imagina que la primera tópica es binaria. Sin embargo, es la posición que toma Lacan, puesto que en los esquemas L y Z la resistencia al discurso del Otro se presenta unificada bajo la forma del “muro de lo imaginario”. No obstante, el texto freudiano es más tajante. Así en “Lo Inconsciente” (1915), Freud se pregunta si la censura que funciona entre el preconsciente y la consciencia no merecería ser distinguida de la que funciona entre el inconsciente y el preconsciente. Finalmente parece descartar esta eventualidad. Sin embargo, creo que no carecería de interés, respecto de la práctica cotidiana, reabrir la pregunta. Seguramente, no hay dudas de la existencia de un binario antes de 1923: están planteados, por ejemplo, los dos principios del funcionamiento psíquico y la dualidad pulsional, con el vértigo monádico que le procura en 1914 la “Introducción del narcisismo”. Aunque, también hay ternarios, como por ejemplo en el caso de la metapsicología -que no resulta ser más lo que era, a pesar de los esfuerzos de Paul-Laurent Assoun-.
Evoqué hace un rato que el gran giro doctrinal de 1923 le fue impuesto a Freud por las dificultades que encontraba en su práctica. Y bien, es la ocasión de recordar también que con “Pegan a un niño” (1919) Freud introduce un ternario en la génesis del fantasma y en la de las perversiones, y allí sin dudar es posible inferir la estructura de la dialéctica. Se lo constata, la ternaridad de la estructura funciona antes de 1923, pero funciona mejor después de 1923. Es posible decir también que Freud es tentado en ocasiones por estructuras de cuatro términos. Pienso en particular en los artículos de los años 23-24 sobre la neurosis y la psicosis o en el problema de los estados de dependencia del yo en “El Yo y el Ello”.
Así las neurosis de transferencia resultarían de una perturbación de las relaciones del Yo y del Ello, las neurosis narcisistas (es decir, prácticamente la melancolía) de una perturbación de las relaciones del Yo y el Super-yo, y las psicosis de una perturbación de las relaciones del Yo y el mundo exterior. Entonces... ¿cuatro términos y tres estructuras psicopatológicas?
Pero en estos textos Freud no mencionó las perversiones. No obstante se sabe que reformuló la cuestión desde 1919. Para él, existen cuatro estructuras psicopatológicas en ese momento. Sin embargo lo que intenta promover junto con la Verdrängung en las neurosis de transferencia, es la Ichspaltung y la Verleugnung. Nuevamente, un ternario. Y finalmente es hacia una tripartición del campo de la patología mental que se orienta el psicoanálisis freudiano a saber: las neurosis, las psicosis y las perversiones.
En suma, hay que constatar finalmente que fuera de la herencia freudiana no se encuentra en ninguna de las referencias de Lacan nada al alcance de la mano que se corresponda con las tres categorías S.I.R.
* *
Para concluir haré referencia en principio al libro de Elisabeth Roudinesco que acaba de aparecer, el segundo tomo de “La historia del psicoanálisis en Francia”. Me detuve bruscamente, con Christiane Dorner, en la página 298 en la que Elisabeth Roudinesco nos informa hechos del mayor interés. Debo decir que si hubiera yo leído mejor la transcripción de la conferencia del 8 de julio, me habría sorprendido menos. Un analista conocido le confiaba que en su propio análisis la cuestión del padre no había sido convenientemente tratada, a causa de los límites de su propio analista. Por otra parte, este último había “sufrido de su relación con un padre célebre y homosexual”. El interlocutor de Elisabeth Roudinesco había decidido entonces realizar un control con Lacan. Curiosamente, su relación comenzó a la manera de entrevistas preliminares, de suerte que nuestro analista tuvo la ocasión de hablar con Lacan de su problema paternal. En 1950 Lacan le envió, como por azar, un paciente “abandonado por su padre a la edad de cuatro años”, pero el analista en cuestión no llegó a comprender “por qué la cura resultaba invadida de material paterno aunque el padre no existía en la relación”. El analista estaba listo para dejar caer todo cuando Lacan lo invitó a su seminario: allí él hablaba del padre real, del padre simbólico y del padre imaginario. El analista se llama Mustapha Safouan. ¡Qué encadenamiento de coincidencias!
Tomé entonces mi pluma para preguntarle de qué se trataba efectivamente la enseñanza de Lacan, puesto que había yo partido de la idea de que nada permitía prever el giro doctrinal de 1953: Lacan utilizaba, antes de S.I.R., ni aisladamente, ni ocasionalmente una u otra de esas tres categorías; pero... ¿
A partir de ese momento la cuestión se me planteó de una manera totalmente distinta. Se trataba de reencontrar las huellas de la enseñanza de Lacan en esa época y cómo había él introducido su trinidad.
Circulan ciertas notas del seminario de Lacan sobre “El hombre de los lobos”. Las mismas son muy imperfectas aunque emocionantes. En efecto, se percibe que Lacan introdujo su ternario por la vía de un cuestionamiento de la función paterna y es a ese mismo tema que retorna con el nudo borromeo. Véase a modo de ejemplo el seminario titulado “Les non-dupes errent”.
Para finalizar, plantearé la cuestión de saber si S.I.R. es suficiente para fundar un concepto positivo del psicoanálisis. No se trata aquí de responder, sino de esbozar los caminos que se abren como para continuar este breve balizamiento, expresando un sentimiento. Creo que la introducción de S.I.R. es consecutiva -como el giro doctrinal de 1923- de problemas encontrados en el ejercicio del psicoanálisis, y que ella ha conllevado una puesta en orden considerable en el campo de la experiencia psicoanalítica. Pero Lacan no puede avanzar -antes como después de 1953- sino por medio de una operación que Philippe Lacoue-Labarthe y Jean-Luc Nancy, reconocidos por Lacan, han analizado bien, aunque sin captar el alcance (cf. El seminario del 20/2/ 73). No insisto. Hablé sobre este asunto en el número 3 de la revista “L’Artichaut”, en un artículo titulado “L’éthique de la bêtise”.
Esta operación consiste, entre otras -en un movimiento de ida y vuelta: de importación-exportación, he dicho en otra parte- en tomar prestado
Dicho de otro modo, no solamente S.I.R. no es evidentemente una axiomática y el psicoanálisis no es una ciencia deductiva, aunque se constate que en 1963 Lacan no contará a la trinidad S.I.R. entre los conceptos fundamentales del psicoanálisis. Es más, está claro que S.I.R. no colma el vacío dejado por la declinación de la metapsicología, aunque esta arrastre con ella el uso que Freud le daba: a saber, la posibilidad de una descripción completa y fundada epistemológicamente de un proceso psíquico. S.I.R. ofrece un nuevo punto de partida a un psicoanálisis hundido en la fenichelización y “el psicoanálisis de hoy”[5]: no es poco, pero no es todo, y aún menos R.S.I.,... que tampoco es todo.
[1] [“S.I.R: Une ouverture que rien ne laissait prévoir?” Littoral 22, Avril 1987, Erès, Paris].
[2] [abril de 1987]
[3] [mathématisant. Neologismo del autor que apunta a destacar el modo en que la enseñanza de Lacan se esfuerza por transformar en componentes matemáticos ciertos conceptos. Traduzco con otro neologismo, aunque indicando su origen.]
[4] [ternarité. Neologismo utilizado con frecuencia por Lacan.]
[5] [ “La psychanalyse d’aujourd’hui”. También fue el título de una obra colectiva publicada por la PUF, calificada como de una “simplicidad ingenua” en la referencias al escrito de “La Dirección de la cura...”(v. “Escritos 2”, Siglo Veintiuno Editores, Buenos Aires, pág. 623)].
Intervención acerca de "la experiencia" (Junín, mayo de 2006)
Como decía un viejo actor televisivo, “antes de hablar, me gustaría decir unas palabras”.
Se trata de palabras de agradecimiento, puesto que a uno no lo invitan todos los días a encuentros como éste
Tampoco las invitaciones provienen a menudo de otras ciudades. Aunque, en este caso, no me siento para nada un turista. El trabajo que desde el año 2003 desarrollo en esta ciudad y, específicamente, en este Hospital, me permitiría sentir que “somos locales otra vez”. Pero lo que más tranquilidad me brinda, es el hecho de poder afirmar que trabajando con la gente de Junín (y alrededores) hemos producido nuevas ideas.
Agradezco, entonces, a los residentes de psicología de este Hospital la invitación, tanto como la posibilidad de haberme permitido compartir con los residentes del Hospital de Pergamino una muy provechosa tarde de trabajo.
Y les confieso que aquello que la invitación me produjo, se ilustra bien con la pregunta “¿Qué espera esta gente de mí?”
Es mi deseo haber interpretado lo mejor posible esa esperanza.
Siguen a continuación, algunas cuestiones referidas al asunto que hoy nos reúne.
El hecho de hablar de “dispositivos institucionales” sugiere la pertinencia de la inclusión de las “variantes de la cura-tipo”. Este pleonasmo tan particular encuentra hoy, aquí, entre nosotros, un uso diferente al que Lacan le diera en 1955 (año de la publicación del escrito)[1]. En aquel entonces la cura-tipo era la que respondía a los standards de la IPA -standards que un grupo de psicoanalistas de lengua inglesa intentaba establecer mediante estadísticas y cuestionarios. Hoy la cura-tipo podría ser la del consultorio privado, el analista muerto, el Otro que no existe, la sesión fugaz y el goce como variable multi-explicativa. Y nosotros, en el hospital, somos quienes enfrentamos la necesidad de las “variantes”. Nosotros improvisamos, inventamos y variamos aquello que en otros espacios resulta sagrado. Somos “profanadores” -tomo prestado el sentido de este término del título del último libro de Giorgio Agamben publicado en español[2]. Por aquí no circula el dinero en mano. No tenemos diván ni sillón. En ocasiones nuestros pacientes no nos piden nada, sino que obedecen órdenes de algún Otro que, según el caso, viste el sayo del juez, del médico, de los padres o del educador. ¿Cómo vamos a hablar aquí de “demanda” si ni siquiera encontramos un humilde pedido? En ocasiones somos nosotros quienes terminamos “demandando” de tanto que ofertamos: “Yo lo escucho. Usted, dígalo”. “Dígalo como pueda”. “Dígalo jugando” o “Dígalo con mímica”. “Dígalo escribiendo o dibujando”. Pero “Dígalo”.
Si acaso logramos poner eso en movimiento, adviene un asunto. Y ese asunto requiere de nosotros porque no existía “antes” de nuestra intervención (Lacan lo conjuga en futuro anterior: “habrá sido”). Y luego ya estamos allí, inevitablemente, desvaneciendo nuestra “persona” y la de quien nos acompaña en un vínculo humano único: el psicoanálisis.
Pero también hay ocasiones menos precisas, menos estables y algo más confusas de las que participamos. Muchas veces recibimos el apelativo de “Doctor” o “Seño”. Circunstancialmente sostenemos conversaciones con diversas personas por única vez, pero... ¿cómo medir su alcance luego de despedirlos? ¿Acaso no nos enseño Lacan con claridad que “pagamos”, entre otras cosas, con nuestra palabra y nuestra presencia?
¿Y acaso no merece un párrafo aparte nuestra relación con los agentes del saber médico? ¿No resulta paradójica (por no decir irónica) esa forma de bordear la imposibilidad de encuentro que ambos discursos introducen? De ello resulta que la “Interconsulta” se acerca, en ocasiones, a un paso de comedia que no produce risa, sino impotencia. Sin embargo... los analistas intervenimos. ¡Y cómo!
En cierta ocasión, recuerdo haberle dicho a un paciente:
-“Desde la última de nuestras sesiones hasta hoy, estuve estudiando su caso y descubrí cierta cosa...”
El paciente, visiblemente sorprendido, me preguntó:
-“Pero cómo... ¿Usted estudia mi caso por fuera del tiempo que me dedica en las sesiones?”
Esta pequeña anécdota me llevó a reflexionar acerca de todo lo que hacemos los psicoanalistas para pensar nuestra práctica, cuando no estamos en compañía de nuestros pacientes. Supervisamos. Hacemos presentaciones clínicas (o ateneos). Estudiamos. Escribimos. Pasamos interminables horas hablando de nuestra clínica con nuestros compañeros en el office del hospital o en la mesa de algún café. Armamos instituciones de formación psicoanalítica prósperas en actividades. Y dejé para el final lo que hoy nos nuclea: también organizamos Jornadas de trabajo acerca de asuntos precisos. Hoy, estamos aquí para trabajar acerca de “Dispositivos Institucionales: dificultades en la práctica”.
Quisiera proponerles algo.
No sé si es muy habitual que un panelista haga una propuesta para lo que en una Jornada de trabajo seguirá. Si es habitual, fenómeno. Si no lo es, espero no faltarles el respeto -y, en todo caso, que este pequeño gag pase a formar parte del anecdotario-. De todos modos, creo que vale la pena intentarlo.
Así como ciertas consignas que un analista le propone a un futuro analizante contribuyen a crear la “situación analítica”, quisiera proponer hoy ciertas consignas que contribuyan a crear un verdadero espíritu de trabajo. Siempre me llamó la atención un parágrafo de “La dirección de la cura...”[3] en el que Lacan afirmaba que hasta en las inflexiones de la voz con las que un analista comunicaba sus consignas se verificaba cuánto había estudiado el problema y qué efecto había tenido su propio análisis sobre él. Y entonces ahora me siento un poco más comprometido con este asunto, ya que si mi propuesta se torna tímida ustedes supondrán que no he estudiado mucho este problema. Pero lo que más miedo me da son las elucubraciones que puedan ustedes hacer acerca de los efectos de mi análisis personal a partir de lo que voy a decir a continuación. (Y no sé si es conveniente contarles que el primero de ellos terminó con una trompada a mi analista y que quizá por eso para mi segundo análisis –y definitivo- elegí a una bella mujer).
Volvamos al asunto, no quiero perderme en confidencias.
¿Nunca dudaron del psicoanálisis? ¿Nunca se preguntaron qué puede haber de efectivo entre dos personas de las que uno habla y la otra escucha? ¿Nunca dudaron acerca de qué mecanismos permiten que una acción tan inasible en lo que se ve pueda alcanzar semejantes niveles de supuesta profundidad? Estas preguntas no son mías, sino de Lacan. Es el mismo Lacan quien en su Discurso de Roma sintetiza todas estas preguntas en una sola: ¿De qué se trata el psicoanálisis? Y ésta es una pregunta legítima y necesaria para todo analista. Ahora bien, como es una pregunta que pocos (o casi nadie) se anima a hacer, él afirma que la misma a menudo se traiciona bajo la forma de otras preguntas, que no son ni más ni menos que un recurso a los maestros (tengamos en cuenta que, en francés, “maestro” también significa “amo”): dada tal o cual situación clínica... ¿Qué hay que hacer, qué hay que decir?[4]
Y como hoy vamos a hablar de dificultades... ¡Cuán tentados estaríamos de sostener estas preguntas! ¡Quizás tanto como otros estarían encantados de responderlas!
Rechacemos esta vía. Me mueve hoy la intención de proponerles que para enfrentar las dificultades que nuestros compañeros expondrán en esta Jornada, rechacemos el recurso al formalismo práctico que tiene por última vestidura a la “experiencia”. La experiencia es mística y, por lo tanto, escapa a los dispositivos de transmisión de saber que consideramos científicos. Podríamos volver a parafrasear a Lacan diciendo que si bien se presenta como un conocimiento, nunca podrá llegar a constituirse en un saber –me refiero aquí a un saber argumentado y comunicable.
¿Cómo podría transmitirles a ustedes la experiencia de observar el glaciar Perito Moreno en una noche de luna llena? ¿Acaso creen que con una foto bastaría? La experiencia es algo tan intransmisible que cualquiera de nosotros que se hubiera enfrentado profesionalmente en un intercambio con una persona con problemas de adicción a las drogas, habría obtenido por respuesta un “¿y vos qué sabes si nunca te drogaste?”. Finalmente, y me dirijo ahora al sector masculino de la asistencia ... ¿cómo saben si son realmente machos? ¿Hicieron la experiencia? (¡No me respondan!)
Cito a Lacan:
“Se trata ciertamente de un rigor en cierto modo ético (...)
Este rigor exige una formalización, teórica según la entendemos, que apenas ha encontrado hasta el día de hoy más satisfacción que la de ser confundida con un formalismo práctico: o sea, de lo que se hace, o bien, de lo que no se hace.” [5]
“Lo que se hace en estos casos...” encuentra su otra cara en un “en estos casos no conviene hacer tal o cual cosa...” Si uno pregunta el por qué, en ocasiones puede encontrarse con la respuesta más incómoda: “Y... qué se yo... por mi experiencia”.
Lacan propone oponer a esta vía, un rigor tal que nos exige una formalización. La ventaja es muy evidente, pero por las dudas, conviene señalarla: la formalización es transmisible porque permite constituir un saber; un saber que seguramente no podrá recubrir totalmente lo real, un saber no-todo. Pero un saber al alcance de otros psicoanalistas, un saber del que podrán disponer y al que podrán recurrir. Y al que, eventualmente, podrán retornar para presentarle alguna objeción, para someterlo a una nueva revisión. Un saber que nos pone a trabajar juntos, que nos invita a hablar y a discutir, pero que no nos silencia. Porque cuando alguien nos responde en términos de experiencia... ¿Cómo objetar ese medio de conocimiento, tan depositado sobre una persona?
Quizás alguno de ustedes esté pensando en cierta paradoja: porque las invitaciones a formar parte de un panel, exigen que el panelista tenga cierto recorrido (que no es ni más ni menos que un eufemismo por “experiencia”), además de cierto trabajo realizado en torno a la teoría del psicoanálisis. Considero que no es mucho pedirle a mis colegas panelistas (a quienes no conocía previamente) que nos propongamos la renuncia al criterio de la experiencia, en favor de los argumentos fuertemente racionales que son el sostén de la teoría psicoanalítica. No creo que algo así nos acarree serios perjuicios. Dejo constancia que soy consciente del peligro de la ingenuidad de borrar las diferencias. No las borremos. Cada uno argumentará en su medida. Pero los invito a que intentemos sostener esta máxima como el criterio metodológico de nuestra Jornada.
Y esto también lo hago extensivo para todos los participantes. Privilegiemos los argumentos y discutámoslos cuidando todo lo que sea posible a la persona que sea su portavoz. Respetemos el valor de quien expresa su inquietud. No dejemos de plantear nuestras dudas por temor al ridículo y, si nos hacen una pregunta, no supongamos en nuestro interlocutor maldad alguna, sino apetito de saber. No dejemos de decir algo por temor a que nos interroguen sobre eso. Y si acaso alguien lograra hacernos “esa” pregunta de la que no sabemos la respuesta (una de las escenas más temidas), que dicha persona sea nuestro socio en el recorrido exigido para encontrarla ¾porque, lejos de ser quien “ubicó en nosotros un punto de falta”, es aquel que con su legítima inquietud ofició de mojón para orientar nuestras futuras investigaciones.
Y hablando de “futuras investigaciones”, recuerdo que en 1949 Lacan gustaba calificar a ciertos espacios de formación como la “frontera móvil de la conquista psicoanalítica”[6]. Esto supone que nuestra frontera se mueve. Que trabajando rigurosamente y formalizando nuestro saber, que exponiendo nuestros interrogantes y compartiendo esbozos de respuestas, el psicoanálisis se revela como más apto para aliviar el sufrimiento humano. En este sentido, cualquier paso que demos -por pequeño que sea- será un gran paso.
Y para no abusar de vuestra paciencia, quisiera terminar con una referencia directa al tema que nos ocupa. Todo el mundo sabe que “el psicoanálisis no es una terapéutica como las demás” (Lacan dixit)[7] tanto como que el psicoanálisis es un asunto del hospital. Podría reemplazar la palabra “asunto” por la palabra “sujeto”. Entonces, el psicoanálisis es un sujeto del hospital. Y como no hay sujeto sin Otro, ya tenemos instalado el marco ético necesario para hablar de “dificultades”. “Dificultades” que no son anécdotas. Que se han transformado en textos a leer estableciendo los cortes necesarios para que advenga cierta estructura. Esos textos son los verdaderos protagonistas de lo que ocurrirá hoy aquí y por ello merecen toda nuestra atención; porque si a partir de ellos, en nuestros intercambios surgiera una idea, una –al menos-, todo el esfuerzo compartido será valioso y alguien que sufre (y que tal vez no esté aquí presente entre nosotros) obtendrá de ella un generoso beneficio.
Anhelo, de todo corazón, que hoy en nuestro encuentro de trabajo estemos a la altura de las circunstancias.
Muchas gracias por vuestra amable atención.
PP.
Mayo de 2006
[1] Lacan, Jacques. “Variantes de la cura-tipo” (1955) en Escritos 1, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 1984, pp. 311 y sig.
[2] V. Agamben, Giorgio. “Profanaciones”(2005). Adriana Hidalgo editora S.A. Buenos Aires, 2005
[3] Lacan, Jacques. “La dirección de la cura y los principios de su poder” (1958), en Escritos 2, Siglo Veintiuno Editores, Buenos Aires. Capitulo 1, parágrafo 2, pág. 566.
[4] Lacan, Jacques. “Discours de Rome” (1953), en Autres Écrits, ed. Du Seuil, París, 2001. pág. 134.
[5] Lacan, Jacques. “Variantes...” op.cit. Pág. 312).
[6] Lacan, Jacques. “Reglamento y doctrina de la comisión de enseñanza de la SPP” (1949), en J-A. Miller. “Escisión, excomunión, disolución – Tres momentos en la vida de Jacques Lacan” Ed. Manantial, Buenos Aires, 1987.
[7] Lacan, Jacques. “Variantes...” ibidem.
¿Niños “inanalizables” o resistencias del psicoanalista?

En principio y parafraseando a Nietzsche podría afirmarse que el psicoanálisis con niños existe puesto que nosotros, psicoanalistas lacanianos, lo practicamos. Dicha práctica exige convertirse en un saber teórico para poder ser transmitido y compartido con nuestros pares -y la gran cantidad de publicaciones psicoanalíticas que aparecen casi a diario, testimonian del intento-. Ahora bien ¿serían así las cosas si los sujetos humanos hablantes que llamamos “niños” fueran inanalizables?
Es un hecho que resulta difícil hallar psicoanalistas lacanianos dispuestos a trabajar con niños. He presentado recientemente[2] un panorama de este problema en los términos del apólogo del “caldero agujereado” de Freud: aquel analista que afirma “no estoy formado como para recibir niños en consulta”, algo más tarde puede confesar que “el problema lo tengo yo: es que no soporto mucho a los niños”; para terminar declarando que “en realidad, el psicoanálisis con niños es imposible”.
Esta lógica resulta consecuente con el axioma de las “resistencias del analista”, aunque con un matiz particular: se trata de “la resistencia que oponen los psicoanalistas a la teoría de la que depende su propia formación”[3]. Lacan afirma en 1966 que los psicoanalistas se resisten a “estudiar”. Es probable que dicha resistencia haya tenido, y aún tenga, efectos en las negativas a recibir niños en análisis por parte de muchos psicoanalistas lacanianos.
De todos los posibles temas a considerar con el objetivo de iluminar un poco el terreno de la clínica psicoanalítica lacaniana con niños, quisiera revisar aquí dos -dejando en claro que los problemas no se resuelven ni se agotan sólo con ellos, aunque resulten decisivos a la hora de decidir si los niños son o no “analizables”-.
I.
Se habla a menudo de la “presencia de los padres”.
Sabemos que, inicialmente, para Freud su existencia física (¿?) constituía la causa de la inconveniencia del análisis con niños, a la vez que los consideraba la encarnación externa de las resistencias internas (nótese aquí la impasse generada por sus concepciones espaciales).
Ahora bien, el recurso al Lacan dixit resulta imposible en este caso. No hay indicaciones puntuales ni citas precisas que puedan utilizarse para argumentar en forma directa sobre la cuestión. Sobre este tema debemos producir nuestras propias articulaciones. Es así que en los escasos materiales de estudio publicados acerca de la presencia de los padres en la clínica psicoanalítica con niños, las mismas brillan por su ausencia. Sin embargo, contamos con algunos intentos que, a mi juicio, naufragan en el simple relato del caso clínico, como si la definición ostensiva fuera la única opción ante algo inasible. La “presencia de padres” ¿deja como única posibilidad de transmisión “contar” lo que se hizo en cada caso? ¿Se trata tan sólo de un savoir-faire que se ejecuta con la temporalidad del instante, que se improvisa, cuya única vía de transmisión-aprehensión resulta ser la experiencia?
He verificado que en gran parte de los escritos que abordan esta temática, la “presencia de padres” ha sido considerada un “real” de la clínica psicoanalítica[4], en vez de una particularidad que el dispositivo analítico permite utilizar en las consultas con niños. Esta consigna se deduce de la premisa de la dependencia “real” que los niños mantienen con sus genitores. Ahora bien, existe dependencia biológica aunque no resulta específica del campo psicoanalítico; y muy tempranamente Lacan la redefinió en términos de dependencia “significante” para contarla entre los motivos por los que un analista no debía retroceder ante los niños[5] . Que sea “significante” habilita el trabajo en el marco de un “complejo familiar”, tanto como la pertinencia de la noción de “familia extendida” permite la inclusión en la situación analítica de personajes sin lazos de sangre con el interesado (les parents son, en francés coloquial, “los padres” tanto como “los parientes” ).
Si el analista dirige la cura, si establece las directivas que instalan la “situación analítica”, la “presencia de padres/parientes” se transforma en un dispositivo simbólico incluido en el contrato. Entonces habrá que definir quiénes participarán (porque ante las nuevas formas de la familia es conveniente establecer quiénes asistirán a las entrevistas) y con qué frecuencia (porque la frecuencia debe establecerse como “fija” si es que acaso no queremos llegar siempre tarde). Tales directivas, las que contribuyen a que se instale un dispositivo de “presencia de padres/parientes”, deberán ser planteadas bajo la forma de consignas en una comunicación inicial. Y el propio Lacan asegura que las mismas “hasta en las inflexiones de su enunciado servirán de vehículo a la doctrina que sobre ellas se ha hecho el analista, en el punto de consecuencia a que han llegado para él.”[6] Entonces, las dudas que los analistas presentan acerca de cómo incluir o trabajar con los padres/parientes de los niños en el análisis (dudas que pueden manifestarse hasta en los balbuceos al enunciarlas), dan cuenta del modo de resistencia a la teoría que antes citábamos.
Ahora bien, la adhesión al dispositivo de la “presencia de padres/parientes” tal y como acaba de ser presentada, exige una noción bidimensional del “sujeto” que lo aleje totalmente de su comprensión como individuo corporizado. En la clínica psicoanalítica lacaniana con niños abordamos un asunto (sujeto) del que participan diferentes posiciones subjetivas. Desde todas o cualquiera de ellas es posible decir algo que produzca efectos, levante inhibiciones y resuelva síntomas. No es necesario mantener separadas las posiciones enunciativas puesto que se trata de un único texto que se escribe al momento de ser leído, que no preexiste a sus lectores y que incluye, inevitablemente, a la posición del analista puesto que le es dirigido.
Pero entonces... ¿nadie es responsable por lo que se dice?
Abrimos así el segundo de nuestros problemas.
II.
Se trata ahora de detenernos en la noción de responsabilidad por aquello que se dice.
Tal cuestión exigiría en primer lugar y por estar hablando de niños, extender el problema desde “lo que se dice” hasta “lo que se juega y dibuja”; y en segundo lugar apoyar la extensión en la estructura del significante, en tanto éste permite que el juego sea permutativo y que el dibujo se organice al modo de una heráldica.
También deberíamos rectificar un poco la regla de la asociación libre como para que abarque al juego y al dibujo. Se trata de hablar, jugar y dibujar sin importar lo que se dice, juega y dibuja; dirigiéndose al psicoanalista aunque amparado en las cláusulas lacanianas que exigen construir “texto y no relato”[7], tanto como
Y, entonces, hace falta aquí introducir una relectura del antiguo axioma del inconsciente. Si el inconsciente está estructurado como un lenguaje, este no puede ser otro que el “lenguaje infantil”. Dejo constancia de haber realizado un extenso recorrido para poner a prueba esta hipótesis.[9] Se trata de un lenguaje que “no olvida” el acto enunciativo (o sea, el “que se diga”), que no se organiza con el triple principio de la lógica aristotélica y que no hace responsable al locutor por lo “que se dice”. En el marco de un lenguaje tal operan articuladamente las posiciones que Lacan nombró como la de hablar à la cantonade con la del buen entendedor. Y, entonces, resulta importante destacar que una hipótesis como la que hoy reafirmamos excede con creces la clínica psicoanalítica lacaniana con niños. Cuando Lacan se preguntó qué hace participar al niño en el interior del adulto, no respondió que todos los adultos alguna vez fueron niños, ni que se trataba de ese infantilismo tantas veces detectable en las personas grandes. Dijo: “La respuesta es absolutamente clara: lo que es verbalizado de modo intempestivo”.[10]
Verbalizar de modo intempestivo exige vencer la represión social ante lo “que no se dice” (o “no se juega” o “no se dibuja”), tanto como fingir olvidar las reglamentaciones que la cultura impone para dirigirse a un interlocutor. De este modo estamos muy cerca de lo que Freud deseaba como posición enunciativa de sus pacientes al comunicarles su extensísima regla de la asociación libre.
Vayamos al punto en cuestión. Dejaré hablar a Lacan sobre él: “La palabra admirable del niño es quizás la palabra trascendente, revelación del cielo, oráculo de pequeño dios, pero lo evidente es que no le compromete a nada”.[11] Tal ausencia de responsabilidad por el decir ¿justifica afirmar que el niño es inanalizable? Lacan llega a plantear que la dialéctica del adulto derrapa (o sea, que escapa al control del conductor) cuando trata de vincular a la persona con sus contradicciones (convirtiéndolo en un discípulo de Aristóteles), cuando intenta hacerle firmar lo que dice. ¿Cómo desconocer la polifonía del discurso si sostenemos la ausencia de metalenguaje? Entonces, si existe un “lenguaje infantil”, este es hablado por niños y adultos en igual medida.
Considerando la enorme investigación de Giorgio Agamben[12] acerca de cómo el término “responsabilidad” se ha desplazado desde el campo jurídico al terreno de la ética contaminándolo casi por completo, y observando el sesgo lingüístico que demuestra que el acto responsable (organizado a partir de la fórmula spondeo) es un acto estipulado por un procedimiento jurídico (lo que quita todo matiz heroico al “hacerse responsable”), cabe preguntarnos si acaso el psicoanálisis lacaniano en general y el psicoanálisis lacaniano con niños en particular no habrán sido presas del mismo deslizamiento.
Post-scriptum.
Hace algún tiempo hice pública una idea que se me presentó más como una conclusión lógica de un trabajo de estudio que como una opinión calificada por la experiencia: propuse que la clínica psicoanalítica lacaniana con niños resulta ser la mejor entrada en la práctica para los analistas nóveles y justifiqué tal afirmación a partir de una característica importante que la diferencia de otras clínicas. La clínica psicoanalítica lacaniana con niños presenta ciertas exigencias que no pueden ser resueltas con los recursos de la doxa psicoanalítica, el sentido común o la intuición.
Así como con tanta facilidad se desplaza la noción de “sujeto” a la de “persona” -lo que permite casi a diario afirmar que “un sujeto de sexo masculino asiste a la entrevista...”- en los casos en que proliferan los personajes de carne y hueso, afirmar que el niño “es” el sujeto resulta tan poco práctico como fundamentado. Entonces, el mismo dispositivo de “presencia de padres/parientes” favorece que el analista deba detenerse a reflexionar acerca del establecimiento del sujeto, el que -inevitablemente- debe ser abordado como el asunto sobre el que se habla desde todas las posiciones enunciativas que participen del proceso
Pero también, así como al recibir a un paciente adulto un analista poco advertido podría fácilmente confundir su pedido de análisis con una demanda, los pedidos que recibimos de y por los niños son algo más complejos. Piden adaptación al orden social (en los casos de problemas de conducta) o a la norma etaria (cuando algo no ocurre a tiempo o se extiende más tiempo del debido). En ocasiones piden que juzguemos las funciones parentales, entonces... ¿No resulta absolutamente necesario proponerse un estudio serio del asunto para poder establecer si acaso aparece una demanda de análisis?
En resumen, el niño es analizable si los psicoanalistas se muestran dispuestos a estudiar los problemas que dicha clínica genera. Debe tenerse en cuenta que no se trata de una “especialidad”, ni de disolver al niño en una generalizada clínica del sujeto -lo que no resulta efectivo y contradice el espíritu del psicoanálisis lacaniano-. Se trata de una clínica que exige gran flexibilidad técnica, tanto como un enorme trabajo de reflexión teórica. Pero también, se trata de un campo que Lacan calificó como una “frontera en que se ofrece al análisis lo más desconocido por conquistar, donde su ideal de comprensión puede encontrar sus efectos más humanizantes”[13]
El resto es nuestra responsabilidad: la de los psicoanalistas.
(Publicado originalmente en revista Imago-Agenda, noviembre de 2006)
[2] v. Peusner, Pablo. “Fundamentos de la clínica psicoanalítica lacaniana con niños” (De la interpretación a la transferencia). Ed. Letra Viva, Buenos Aires, 2006, pp. 13-14.
[3] Lacan, Jacques. “Presentación de la traducción francesa de las Memorias del Presidente Schreber” (1966), en “Intervenciones y Textos 2”, Ed. Manantial, Buenos Aires, 1988, pp.31-32.
[4] A modo de ejemplo de esta tesis, v. “El lugar de los padres en el psicoanálisis de niños” de Ana María Sigal de Rosenberg (comp.), Lugar Editorial, Buenos Aires, 1995.
[5] Lacan, Jacques – Cénac, Michel. “Introducción teórica a las funciones del psicoanálisis en criminología” (1950), en “Escritos 1”, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 1984, pag. 128.
[6] Lacan, Jacques. “La dirección de la cura y los principios de su poder”(1958), en “Escritos 2”, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 1984, pág. 566.
[7] Lacan, Jacques. “Más allá del principio de realidad” (1936), en “Escritos 1”, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 1984, pág. 75.
[8] Ibidem, pág. 77
[9] Peusner, Pablo (2006).op.cit. especialmente capítulos II a V.
[10] Lacan, Jacques. “El seminario. Libro 1. Los escritos técnicos de Freud” (1953-54)E. Paidós, Buenos Aires, 1988, pág. 319.
[11] Lacan, Jacques. Ibid. Pag. 335.
[12] Agamben, Giorgio. “Lo que queda de Auschwitz”(1999), Ed. Pre-Textos, Valencia, 2000. Especialmente el cap. 1.
[13] Lacan, Jacques. “Estatutos propuestos para el Instituto de Psicoanálisis” (1953), en “Escisión, Excomunión, Disolución / Tres momentos en la vida de Jacques Lacan”, Ed. Manantial, Buenos Aires, 1987, pag. 37.
Nada es tan negro como parece

A propósito de “La psychanalyse est un humanisme” de Hélène L’Heuillet,
Ed. Grasset, Paris, 2006.
“No, la reflexión de Freud no es humanista.
Nada permite aplicarle este término.
Sin embargo, es tolerante y de temperamento;
es humanitaria –digámoslo–
pese a los malos resabio de esta palabra en nuestra época.
Pero curiosamente no es progresista,
no ofrece ningún testimonio de un movimiento de libertad inmanente,
ni de la conciencia ni de la masa.”
(Jacques Lacan, “Discurso a los católicos”, Ed. Paidós, Bs. As, 2005, p.42.)
Otra vez, como tantas, el psicoanálisis está en la mira de la opinión pública. En esta ocasión el ataque proviene de las neurociencias. Todo el mundo está enterado y no ha dejado indiferente a nadie excepto a... ¡los psicoanalistas! –y la excusa repetida es que no han tenido tiempo para leer ese nuevo libro que concentra todos los ataques–. Si uno no sabe que lo atacan, si “finge ignorar” que es objeto de asalto, no tiene motivo alguno para defenderse.
En Argentina la mayor parte de los analistas permanecen impasibles a la situación. En Francia, sede del ataque, hubo dos tipos de respuesta: por un lado la respuesta corporativa, que eligió publicar su defensa en términos del “anti-ataque” (libro que, curiosamente, aún no cruzó el Atlántico aunque su enemigo lleve ya varios meses entre nosotros). Por otra lado, hay intentos personales. Uno de ellos apunta a preguntarse “por qué hay tanto odio” –cuestión que aplasta el problema reduciéndolo a una manifestación afectiva–; otro parafrasea a Sarte y afirma que “El psicoanálisis es un humanismo”.
Hace falta atravesar la contundencia de un título tal para encontrar un texto lleno de frescura y actualidad. A la vez, el libro brinda un panorama de la obra de Jacques Lacan claro y conciso, sin oscuridades. Por supuesto que la autora se desliza entre la referencia filosófica al existencialismo, su punto de encuentro con el humanismo y la fundamentación del estructuralismo, pero creo que su propuesta es seria y original, a la vez que permite reflexionar –un ejercicio escasamente practicado hoy en los textos de los analistas–. Entonces, bajo el modo de dos breves ensayos (“El sujeto y el psicoanálisis” y “El orden simbólico”), Hélène L’Heuillet, miembro de la Asociación Freudiana Internacional, aborda los problemas originados en la articulación del psicoanálisis y el humanismo: “Este humanismo es de orden ético. Consiste en considerar siempre al hombre como un sujeto y en no reducirlo jamás enteramente a un objeto. (...) El alcance ético del psicoanálisis es una dimensión de la enseñanza de Lacan que la moda estructuralista ocultó, incluso cuando resultaba fundamental.”[1]
El libro realiza una revisión acerca del problema de la responsabilidad del sujeto desde la perspectiva del psicoanálisis: “Que el sujeto del inconsciente no sea autónomo es un hecho: él no se dicta su propia ley (...), no es causa sui. Pero esto no implica irresponsabilidad alguna. (...) Si está tramado de lenguaje, los males que lo han marcado con su impronta no han sido tan desafortunados sino en razón de la manera en que los ha entendido. El sujeto en análisis hace la experiencia de ser interpretativo y le imputa una intención sobre él a una instancia superior cualquiera que no existe en ninguna parte. La «maldición» es obra suya y no de las estrellas, y a él le corresponde aprender a «bien decir» y a transformar su infortunio en bendición.”[2] La cita es extensa pero ilustra bien el argumento, sin dejarlo agotar en la máxima del “hacerse cargo”.
El problema de la dependencia también es abordado a lo largo del texto. Obviamente, se trata de una rectificación de las acusaciones que habitualmente recibe el psicoanálisis por crear en sus pacientes “dependencia” al analista. Haciendo gala de un fino lacanismo, en pocas líneas queda claro que... “la dependencia que el sujeto en análisis es llevado a reconocer no es del orden de la realidad. (...) Es una dependencia de estructura respecto del lenguaje, y únicamente del lenguaje. Si es cierto que el sujeto del psicoanálisis no es autónomo en sí mismo, en la realidad no tiene que instalarse, sin embargo, en la dependencia.”[3]
Siguen páginas acerca del sentido de la alteridad, otras en que se revisan binarios clásicos de la obra lacaniana (yo-sujeto, moi-je, transferencia-sugestión, etc.), para llegar a un análisis acerca de la “felicidad” que –curiosa y afortunadamente– es realizado incluyendo la noción de sexualidad propiamente analítica.
El segundo ensayo, titulado “El orden simbólico” es una especie de refutación del materialismo. Quizás sea en estas páginas en las que mejor se capte que el libro es una respuesta a la situación de actualidad no sólo planteada por el ataque ya citado, sino por los problemas propios de una época en que los psicoanalistas están obligados a tomar posición ante fenómenos nuevos: fecundación asistida y matrimonio homosexual, son los ejemplos elegidos por la autora para lanzar la pregunta fuera del orden moral. Más allá de la concordancia con sus argumentos, lo valioso es que los tenga y los comparta. Uno, con el que nos encontramos a diario en el consultorio: “... el psicoanálisis no retorna a una sacralización de la biología. Al contrario, poniendo el acento en la inscripción del niño en el linaje simbólico demuestra que todo niño, en tanto le es dado un lugar, siempre es un niño adoptado.”[4]
Hélène L’Heuillet sin dudas ha respondido. Y ojalá muchos otros psicoanalistas lo hagan. No para darle entidad a nuestros enemigos –lo que resulta inevitable– sino porque la ocasión es bienvenida para volver a reflexionar. Quizás no acordemos plenamente con la autora... Quizás su humanismo no sea el humanismo clásico... Pero conviene respetar a quienes toman posición, puesto que contribuyen al debate. Sólo resta esperar que en poco tiempo, cuando la editorial Letra Viva ponga a disposición este libro en nuestro idioma, más lectores puedan recorrerlo y, quizás, adquirir el valor para escribir su propia respuesta. Porque siempre... ... liber enim librum aperit.
(publicado en "Imago-Agenda", julio 2007)
[1] L’Heuillet, Hélène. op. cit. p. 19 [traducción de Pablo Peusner].
[2] Ibid. p. 34.
[3] Ibid. pp. 40-41
[4] Ibid. p. 97
martes 24 de julio de 2007
Por qué estudiar heráldica si somos psicoanalistas?

Acerca de “Una historia simbólica de la Edad Media occidental”.
Michel Pastoureau, Ed. Katz, Buenos Aires, 2006.
por Pablo Peusner
“Pues el psicoanálisis implica por supuesto lo real del cuerpo y de lo imaginario de su esquema mental. Pero para reconocer el alcance en la perspectiva que se autoriza en él por el desarrollo, hay que darse cuenta primero de que las integraciones más o menos parcelarias que parecen constituir su ordenación, funcionan allí ante todo como los elementos de una heráldica, de un blasón del cuerpo. Como se confirma por el uso que se hace de ellas para leer los dibujos infantiles.” (1)
Los psicoanalistas lacanianos que no retrocedemos ante los niños solemos detenernos largamente a estudiar los dibujos de nuestros jóvenes pacientes. Sin embargo las indicaciones “lacanianas” para abordarlos son escasas y, por lo tanto, es frecuente que nos tentemos con echar mano del corpus teórico de la psicología; allí la teoría proyectiva o el simbolismo clásico, acompañan el naufragio de las interpretaciones. Entonces... ¿por qué no tomar en serio la indicación lacaniana de considerar que los componentes de los dibujos infantiles funcionan al modo de los elementos de una heráldica?
Claro que tomar en serio una afirmación tal exigiría un recorrido por el modo de funcionamiento de la heráldica ¾tarea algo lejana al espíritu de la época considerando que la lógica del blasón surge en los albores del siglo XIII. Sin embargo la indicación de Lacan es tan precisa que cuesta obviarla ante la suposición de su valor. Durante años intenté alcanzar esa lógica con los escasísimos manuales de heráldica disponibles, conformándome con la idea de que la heráldica constituía un “orden cerrado” (con algunas leyes bastante estrictas, básicamente en lo referente al color y emplazamiento de las figuras) compuesto por “elementos diferenciales últimos” (difíciles de establecer debido a que la posibilidad de elegir figuras resulta prácticamente infinita).
Sin embargo, la dificultad de captar el contexto histórico y las particularidades de la llamada “mentalidad del hombre medieval”, hacían muy difícil acceder a la comprensión de la estructuración de la lógica del blasón. Entonces, casi por casualidad, di con el libro de Pastoureau. Se trata de un historiador, archivista y paleógrafo que actualmente dirige la cátedra de Historia de la Simbólica Occidental en la École Pratique des Hautes Études. Un hombre sin dificultades para convertir la erudición en un relato maravilloso, aunque sin bastardear los problemas propios de una disciplina; que deja constancia a cada paso de cuestiones irresueltas y que es consciente de la distancia que nos separa de las cadenas simbólicas que organizaban al mundo medieval.
Es así que entrelazado con el relato del juicio a “la cerda de Falaise”, con la historia del juego del ajedrez, con los valores simbólicos de los colores y el estigma de los pelirrojos, aparecen los postulados básicos de la heráldica ¾entre los cuales, uno llama poderosamente la atención al psicoanalista: “... en toda construcción simbólica medieval, el conjunto de relaciones que los distintos elementos establecen entre sí siempre es más rica en significaciones que la suma de la significaciones aisladas que posee cada uno de aquellos elementos.” (2)
Ahora bien, Pastoureau nos enseña un mundo en el que el blasón es opositivo y diferencial por excelencia: la madera es noble y el hierro satánico, lo que se desplaza a quienes ejercen el arte de trabajarlos (según la Biblia Jesús es “artesano”, algo que la mentalidad medieval convirtió en “carpintero”). Oficios que no exigen la transformación de la materia se oponen a aquéllos que sí la transforman, puesto que mezclar, remover, fusionar y amalgamar son operaciones infernales ¾costo que paga el tintorero, cuya principal función no es la de limpiar, sino la de preparar los colores para teñir las telas. El hacha se opone a la sierra, el tilo al nogal, el leopardo al águila y la flor de lis a la rosa. Capítulo aparte merecen los sistemas de combinación de colores, sistema limitado a una cantidad de colores determinada (son seis: blanco, amarillo, rojo, azul, negro y verde ¾dejando constancia de la imposibilidad de captar matices como serían el naranja, el gris o el celeste). Tales tonos no pueden combinarse libremente, sino que el sistema del blasón exige combinaciones específicas. Y, anudado a tales binarios, reaparece la lógica de la creación de los escudos de armas (algo accesible a cualquier ciudadano, incluso campesino y no reservado a la nobleza como por lo común se supone) y su posterior transformación en banderas y pendones. Finalmente, la permanencia en nuestros días de los efectos de la saga del Rey Arturo y el éxito de Ivanhoe, le sirven de excusa al autor para ejercer su capacidad de análisis y exégesis documental.
Luego del recorrido uno siente que ha tenido un encuentro, encuentro del que ha salido profundamente transformado.
Y si nuestro “asunto” consistía en hallar una vía de acceso a los dibujos de los niños, y si dicha vía ¾siguiendo la sugerencia de Lacan¾ resultaba cercana a la heráldica, uno siente que el acercamiento ha sido posible. Y que quizá sin saberlo, Pastoureau y su texto oficiaron de nexo para que desde la frontera móvil diéramos un paso. Es por ello que el libro se encuentra de manera curiosa con una vertiente de la clínica, demostrando una vez más que no hay Sujeto sin Otro y que aún resistimos a estudiar la teoría de la que depende nuestra formación.
Siempre... liber enim librum aperit.
(1)Jacques Lacan. “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, en “Escritos 2”, Siglo XXI Editores, 1984, pág. 783. [las itálicas son mías].
(2)Pastoureau, Michel. op.cit. pág. 23
Para leer y pensar...
Acerca de “Psicosis no desencadenadas” de Osmar Barberis.
Ed. Letra Viva, Buenos Aires, 2007.
“Es muy molesto que cada psicoanalista esté obligado
—puesto que es necesario que esté obligado a ello—
a reinventar el psicoanálisis.”[1]
En la nutrida bibliografía psicoanalítica referida a cuestiones de índole teórico-clínico, pocas veces me he encontrado con un autor que defienda la noción de “psicosis no desencadenada” como lo hace Osmar Barberis. Esa firmeza, esa constancia, permite recorrer su libro con la tranquilidad que da saber que el autor está de nuestro lado: A lo largo de sus páginas nunca las “psicosis no desencadenadas” serán confundidas con la “psicosis clínica” ni con la “prepsicosis”.
Lo interesante es que tratándose de un trabajo que incluye un puntilloso recorrido por diversas teorías que han tenido algo para decir sobre el asunto, el lector no se pierde entre las referencias y las citas. Por el contrario, el mapa que traza Barberis está organizado por el subtítulo de su libro –“Alcance de la concepción lacaniana de los fenómenos elementales para su diagnóstico diferencial”–, eje que divide aguas entre dos concepciones principales. La primera de ellas, asociada por el autor a los archiconocidos volúmenes de “las Conversaciones” de la AMP y al libro de Roberto Mazzuca del 2001, supone que “si hay estructura psicótica entonces hay fenómeno elemental.” La segunda posición sostiene la pertinencia de los fenómenos elementales sólo para el caso de la “psicosis clínica” (desencadenada), considerándolos insuficientes en casos de “psicosis no desencadenadas”. Se apoya aquí en una serie de autores quizá menos conocidos pero no por ello menos importantes: Contardo Calligaris, Piero Feliciotti, Carlos Viganò y Élida Fernández (quizás la excepción al “menos conocidos” para los lectores argentinos).
Para zanjar el problema y realizar una propuesta –porque este libro incluye una propuesta y es por ello que Barberis se inscribe sin dificultad en la obligación política de “reinventar el psicoanálisis”– el autor da lugar al caso clínico. Aquí, lejos de la definición ostensiva habitual en este tipo de textos, el caso es “analizado”. Y para ello se recurre a la axiomática de la “teoría de la sexuación” a partir de la cual Barberis demuestra que dicha herramienta facilita y precisa el diagnóstico temprano de su paciente. De este modo el autor toma partido en la polémica cuando afirma que “la presencia o ausencia de fenómenos elementales, tal como son definidos en los textos lacanianos, no constituye un criterio suficiente para diagnosticar las «psicosis no desencadenadas»”. Barberis denuncia la pérdida de especificidad del concepto de “fenómeno elemental” cuando éste es utilizado fuera de su contexto teórico de invención.
Entonces, considerando cuestiones como el lugar del analista en el discurso del paciente, la posición del sujeto respecto del saber, el uso de una significación particular y no-fálica o el modo singular de suplencia, habilita nuevos indicadores que permiten el diagnóstico temprano sin recurrir al criterio de presencia-ausencia de fenómenos elementales.
Ahora bien: El libro propone un final abierto. Y anticipa, sin lugar a dudas, la vía por la que su autor considera que su “pasión investigativa anudada al campo de la psicosis” debe proseguir. Entonces, mientras releemos esta obra tan valiosa, esperamos ansiosos el próximo libro en el que Osmar Barberis incorpore en su estudio del problema los aportes de la última parte de la enseñanza de Lacan y, específicamente, la lógica de R.S.I.
Lacan afirma en su tercer seminario que “si el psicoanálisis habita el lenguaje, no le es dable desconocerlo sin alterarse en su discurso. Este es todo sentido de lo que enseño desde hace algunos años, y hasta ahí hemos llegado en lo tocante a la psicosis.” Con autores y libros como el de Barberis quizás podamos ir un poco más allá, porque siempre... liber enim librum aperit.
(publicado en "Imago-Agenda", junio 2007)
[1] Lacan, Jacques. “Conclusiones al IX Congreso de la EFP” (9 de julio de 1978), en “Suplemento a las Notas 1” EFBA, 1980
Basta!!! El rey está desnudo!!!
El Discurso no es el Informe.
En el año 2001, año del centenario del natalicio de Lacan, la editorial du Seuil publicó un volumen que, haciendo referencia a los célebres Écrits (Escritos) fue titulado Autres écrits (Otros Escritos). El proyecto, dirigido por Jacques-Alain Miller, incluyó cuarenta y dos textos publicados en vida de Lacan –sólo permanecían inéditos, en francés, dos de ellos. Para casi todos existe una versión española de mayor o menor calidad, más fácil o menos fácil de conseguir (y no me refiero exactamente a fotocopias apócrifas, sino que en ciertos casos hay libros que recogen el material –por ejemplo, los pequeños volúmenes de “Intervenciones y textos” I y II, las ediciones de “Ornicar?” en español, etc ).
De hecho, podría decirse que tal vez el mayor mérito de la publicación (no el de su contenido que tiene muchos más) sea el de reunir todo el material en un solo libro –libro al que su prologuista propone leer de determinada manera (“...el objeto a es así el alfa de los Autres écrits.”), y para el que establece un ordenamiento del material tributario de la maniobra de apertura de los Écrits, que vulnera la cronología situando “por muchas razones” (sic) a Lituraterre (1971) antes que el escrito acerca de “Los complejos familiares en la formación del individuo” (1938).
Ahora bien. Cuando comencé el fichaje y la revisión del material, obviamente tildé aquellos artículos de los que tenía alguna versión española disponible. Descubrí que conocía casi todos y que las excepciones resultaban ser textos institucionales, con títulos creados ad-hoc y de los que convenía registrar la fecha para poder insertarlos en la obra lacaniana. Uno de ellos fue el centro de mi atención. Su título: Discours de Rome (Discurso de Roma). El subtítulo no fue menos llamativo: Prononcé le 26 septembre 1953 pour introduire le rapport «Fonction et champ de la parole et du langage en psychanalyse» (Pronunciado el 26 de septiembre de 1953 para introducir el informe «Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis»). Me ganó cierta confusión porque debo confesar abiertamente que hasta ese momento y desde hacía por lo menos quince años, para mí “Función y campo...” era el “Discurso de Roma”. Y no sólo para mí: nunca, jamás, ninguno de mis maestros en psicoanálisis, ninguno de los profesores universitarios con los que estudié, ninguno de mis colegas más duchos en la materia, había situado esa diferencia. Durante esos años, había escuchado a más de una veintena de grandes psicoanalistas asimilar totalmente el Informe con el Discurso y nadie había señalado la confusión, el olvido, la ignorancia...
Comencé a preguntar y obtuve tres tipos de respuestas. “Sí, claro... qué... ¿no lo sabías?” –posición que se desvanecía cuando le pedía a mi interlocutor que me pasara la versión española del texto (cabe aclarar que estoy pensando específicamente en dos personas que no manejan la lengua francesa). Parecía que el texto no conocía traducción alguna, ni buena ni mala, ni oficial ni “trucha”. Otros: “¿Y qué? ¿Acaso cambia algo el valor inaugural de lo que pasó en Roma? Son pavadas de bibliófilos. Yo soy un clínico” –renegación repetida cada vez que “aparece” algo. Finalmente, y por suerte: “Sí, parece que es verdad. Son dos cosas distintas. Hay una confusión que resulta histórica y que convendría esclarecer. ¿Por qué no te ocupás?”
Y me ocupé. Descubrí lo que siempre estuvo allí pero fue ignorado: En Roma, en 1953 y con ocasión del Primer Congreso de la Sociedad Francesa de Psicoanálisis, Lacan iba a leer su escrito titulado “Función y campo...” Pero era muy largo y por eso improvisó unas palabras que, estoy casi seguro, fueron aún más extensas que el escrito presentado como un “Informe” (lo que fue explícitamente discutido por Daniel Lagache con ocasión de la apertura del Congreso). La estenografía de este “Discurso” fue más tarde publicada en el primer volumen de la revista La Psychanalyse en 1956 –tres años más tarde. La revista es inhallable, está agotada y, supongo que por causa de la confusión ese discurso nunca fue traducido. Esta historia tan extraña me motivó a traducir el texto junto a Paola Gutkowski.
Y como siempre... liber enim librum aperit, sigue una pequeña reseña de los datos que encontré durante mi investigación:
1953. Encontramos en esta fecha el “Informe” que Lacan escribió antes del Congreso de Roma y que los asistentes tuvieron leído al momento de pronunciar éste su “Discours” (en él no podría haber habido alusión alguna al problema de “no dejárselo leer” –por su extensión o por cualquier otro motivo). Esta versión del “Informe” no fue nunca publicada.
1956. Se publica el número 1 de la revista de la SFP, titulada “La psychanalyse”. El número incluye el texto estenografiado del “Discours du Rome” y también el “Informe” bajo el título de “Fonction et champ de la parole et du langage en psychanalyse”. Este último... ¿habrá sido modificado luego de tres años de avatares políticos entre las Sociedades de psicoanalistas? ¿Habrán sido introducidas aquí las referencias a los obstáculos que Lacan encontró para hablar en Roma? Lamentablemente, esta versión no fue nunca traducida al español. En francés, la revista “La psychanalyse” está totalmente agotada, aunque recientemente el texto en cuestión ha sido puesto on-line en la página de la École Lacanienne de psychanalyse. El “Discours” permanecía inédito en nuestra lengua hasta septiembre de 2003, en que vio la luz nuestra versión realizada en Buenos Aires por Paola Gutkowski y Pablo Peusner –la misma está disponible en la revista virtual “Acheronta”, número 17.
1966. La editorial Seuil publica los “Écrits” de Jacques Lacan. El “Informe” es presentado con numerosas correcciones. Las mismas pueden chequearse en el trabajo bilingüe de Salvador De Frutos titulado “Los Escritos de Jacques Lacan. Variantes textuales” (publicado por Siglo Veintiuno de España en febrero de 1994, pp. 100-111).
1971. La editorial Siglo Veintiuno publica en México el libro “Lectura estructuralista de Freud” de Jacques Lacan, consistente en una recopilación de algunos de sus artículos, traducidos al español a partir de la versión francesa de 1966. “Función y campo...” es incluído en la recopilación pp. 59-139.
1972. Es nuevamente incluido en el primer tomo de la segunda edición, el que ahora lleva por título “Escritos 1”, por la misma editorial, pp. 59-139.
1984. Se publica la versión corregida y aumentada de los “Escritos”. El texto vuelve a ser incluido en el primer volumen, titulado “Escritos 1”, pp. 227-310.
* *
Nada de esto tendría sentido sin leer el “Discurso”. Es un texto vivo, lleno del empuje propio de una nueva aventura: la SFP. Lacan se dirige a la gente joven, aquella que lo siguió hasta Roma, los arenga y les propone una renovación en estos términos:
“Más de un camino se propone a vuestra investigación, al mismo tiempo que ciertos obstáculos son allí colocados por todas partes en el nombre de interdictos, de modas, de pretensiones de “clasicismo”, de reglas frecuentemente impenetrables y, para decirlo todo, de mistificaciones, -yo entiendo el término en el sentido técnico que le dio la filosofía moderna. Cierta cosa caracteriza sin embargo estos misterios y a sus improbables guardianes: es la morosidad creciente de los trabajos y de los términos en los que ellos aplican sus esfuerzos y sus demostraciones.
Aprendan, entonces, cuál es el signo en el que ustedes podrían asegurarse que ellos están en el error. El psicoanálisis, si es fuente de verdad, lo es también de sabiduría. Y esta sabiduría tiene un aspecto que jamás ha engañado desde que el hombre se enfrenta a su destino. Toda sabiduría es una “gaya ciencia”. Ella se abre, ella subvierte, ella canta, ella instruye, ella ríe. Ella es todo lenguaje. Nútranse de esa tradición, de Rabelais a Hegel. Abran vuestros oídos a las canciones populares, a los maravillosos diálogos de la calle...
Ustedes recibirán así el estilo por el cual lo humano se revela en el hombre, y el sentido del lenguaje sin el cual ustedes no liberarán jamás la palabra.”[i]
[i]Lacan, Jacques. “Discours de Rome” en Autres écrits, ed. du Seuil, Paris, 2001. pp. 145-146 [Traducción de Paola Gutkowski y Pablo Peusner, disponible en la revista virtual Acheronta, número 17]
JAM aflojó!!!

Ed. du Seuil, Paris, 2006.
Un cambio consumado de política editorial.
“La esencia de la teoría psicoanalítica
es un discurso sin palabras.”[1]
Por lo general, los analistas considerados lacanianos hemos realizado un recorrido por los seminarios de Jacques Lacan. Leídos dificultosamente en las estenografías disponibles en Internet o mediante las esforzadas traducciones nacionales de diversa calidad, no puede decirse que su contenido nos resulte desconocido al momento de la aparición de un nuevo volumen “oficial”. Sin embargo las erratas de tipeado y escaneado, las divergencias en los gráficos y el ordenamiento que surge como efecto del establecimiento del texto, generan diferencias que modifican la lectura y que merecen ser consideradas. No es mi intención dar cuenta en esta nota de las mismas y ahorrarle al lector un trabajo tal, sino que quisiera anticiparle con qué se encontrará cuando –supongo– en poco tiempo más vea la luz la versión española.
Desde la aparición del seminario sobre “La Angustia”, hemos comenzado a notar cierta nueva orientación en el estilo de las publicaciones. En aquel caso, se trataba de la inclusión de ciertos gráficos de puño y letra de Lacan, y de las láminas con los cuadros de Zurbarán, el dibujo de Isabella (“Io sono sempre vista”) y la foto del Gran Buda en Todai-Ji. Era poco pero era mucho, y quería decir algo.
La apuesta se duplicó para “El Sínthome”. La excelente calidad de los gráficos –con la que seguramente habíamos soñado en las épocas de nuestros primeros abordajes sobre el nudo–, fue acompañada en la ocasión por una serie de anexos impensables otrora: la conferencia de Lacan sobre “Joyce el Síntoma”, la ponencia de Jacques Aubert en el marco del Seminario y sus “Notas de lectura” fundamentales para no desorientarse en la obra de Joyce y, finalmente, esa “Nota paso a paso” de Jacques-Alain Miller que es un texto con valor propio y da cuenta de su particular lectura de Lacan. También, un índice de nombres propios que permite mayor facilidad en la búsqueda de las referencias.
Para el seminario “De un Otro al otro” del período lectivo 1968-1969 la propuesta se mantiene. En tapa, Dalí: “El rostro de la guerra”. Veinticinco clases en 406 páginas y, nuevamente, los anexos: “Fibonacci tomado por Lacan”, texto de Luc Miller que retoma y extiende los desarrollos matemáticos del Seminario –muy extensos, por cierto– echando luz sobre algunos supuestos que dificultan quizá el abordaje del texto. Sigue la “Ayuda al lector” de Jacques-Alain Miller: un texto inclasificable, en cuyas páginas esclarece referencias, corrige errores, ofrece explicaciones y, fundamentalmente, contextúa los decires de Lacan. Sigue el “Dossier de la evacuación”, que recoje los documentos de la polémica generada ante el desalojo del Seminario de la École Normale Superieure (notas periodísticas, solicitada de apoyo, cartas de Lacan, etc.) Finalmente, otra vez un índice onomástico.
¿Qué dirección tendrá este cambio tan significativo en la política editorial de los responsables de la edición oficial del Seminario de Lacan? ¿Se tratará de guíar la lectura? ¿Ofrecer al lector ciertas orientaciones? ¿Evitar posibles corrimientos? ¿Zanjar las cuestiones que permanecían ambiguas entre tantas versiones previas? Quizás, antes de intentar responder, el lector deba conocer cómo están organizados los cortes del Seminario.
Es fama que las escansiones introducidas en los libros oficiales del Seminario lo trascienden, por lo que no resulta infrecuente descubrir que numerosos cursos y jornadas son inscriptos bajo el mismo título que alguna sección de un Seminario oficial. Veamos, quizá, cuáles serán los próximos en ser utilizados. El Seminario se divide en siete secciones. Sólo la primera (“Introducción”) y la última (“Evacuación”) incluyen una clase. De las cinco restantes, la segunda se titula “La Inconsistencia del Otro” y la tercera “La apuesta de Pascal”. Las secciones cuarta, quinta y sexta, están tituladas a partir de una misma matriz: “El Goce: su campo”, “El Goce: su real” y “El Goce: su lógica”. Tal insistencia resulta significativa y parece más un anacronismo del establecimiento que la extracción de ciertos significantes que podrían orientar o sugerir una lectura. El psicoanalista lector sabrá qué destino darle a estos títulos (los que curiosamente parecen ser desmentidos por los títulos de las clases).
Ahora bien, entre la sesión del 12 de febrero, clase XI del Seminario, y la sesión del 26 de febrero, Lacan asiste a la Sociedad Francesa de Filosofía a escuchar la conferencia de Michel Foucault acerca de “¿Qué es un autor?” Y si bien había escrito en la pizarra antes de iniciar la primera sesión del Seminario que “La esencia del la teoría psicoanalítica es un discurso sin palabras”, el final de la conferencia de Foucault resonará a todo lo largo del Seminario y determinará el asunto del siguiente.
Como en otras ocasiones, el filósofo concluirá su intervención con una serie de preguntas que conviene citar: “¿Cuáles son los modos de existencia de este discurso? ¿Cómo se sostiene, cómo puede circular, quién puede apropiárselo? ¿Cuáles son los emplazamientos que en él se disponen para unos sujetos posibles? ¿Quién puede cumplir estas diversas funciones de sujeto? (...) ¿Qué importa quién habla?.”[2]
Lacan inicia un trabajo de respuesta que lo llevará a proponer la noción de plus-de-gozar, articulada con los operadores del saber y del sujeto. Rechazará para el psicoanálisis –y por lo tanto de manera diferente al argumento de Foucault– la identificación del sujeto y la persona (clase XX). Realizará una relectura de la dialéctica del amo y del esclavo vaciada de contenido y reducida a la relación de S1 con S2. Fundará un primer sistema permutativo (clase XXV) que, aunque no definitivo, organizará los aspectos discursivos...
La última clase del Seminario es casi la primera del siguiente. Y se nota. Siempre... liber enim librum aperit.
(publicado en "Imago-Agenda", abril 2007)
[1] Lacan, Jacques. “Le Seminaire, Livre XVI, D’un Autre à l’autre”, ed. du Seuil, Paris, 2006. p. 11 (el texto citado estaba escrito en la pizarra antes de iniciarse el seminario).
[2] Foucault, Michel. “¿Qué es un autor?”(1969) en Obras Esenciales, Volumen 1, Entre filosofía y literatura. Ed. Paidós, Barcelona, 1999, p. 351
Anticipo

Acerca de “Mon Enseignement” de Jacques Lacan.
Ed. du Seuil, col. Paradoxes, Paris, 2005.
“... mi enseñanza se filtra por todos lados,
es un viento que hiela cuando sopla demasiado fuerte.”(1)
La aparición en el mercado editorial de textos pertenecientes a Jacques Lacan siempre constituye un acontecimiento. Más allá de las discusiones por el estilo de las ediciones, las demoras en su publicación y los “establecimientos” de su albacea testamentario –problemas que exceden el intento de esta nota–, la colección “Paradojas de Lacan” de la editorial du Seuil sigue rescatando fragmentos de su enseñanza. Si bien los dos primeros volúmenes de la colección fueron rápidamente traducidos y publicados en español por la editorial Paidós, el tercero permanece aún inédito en nuestra lengua a pesar de haber visto la luz en octubre de 2005.
El libro lleva por título Mon Enseignement (“Mi Enseñanza”) e incluye tres conferencias pronunciadas por Lacan en distintas ciudades del interior de Francia ante públicos que no conocían con precisión su obra. Curiosamente, podría afirmarse con escaso margen de error que las exposiciones fueron realizadas en un estilo más llano que el habitual, con el objetivo de tornar más familiares al auditorio los conceptos clásicos del psicoanálisis. Dato más curioso aún al situarlo temporalmente: las conferencias están fechadas en octubre y junio del ’67 –la primera y la tercera– y en abril del ’68 la segunda, por lo que su cercanía con la aparición del volumen de los Escritos no las tiñó con su dificultoso estilo.
La primera de las conferencias fue pronunciada en octubre de 1967 en el Centro hospitalario du Vinatier en Lyon a instancias del filósofo Henri Maldiney quien coordinaba las actividades de tipo cultural en la institución y con quien Lacan mantiene un diálogo luego de su exposición. El título propuesto fue Place, origine et fin de mon enseignement (“Lugar, origen y fin de mi enseñanza”). Y ya desde el inicio resulta claro que Lacan abordará dichos tópicos de una manera ordenada, poco habitual en sus presentaciones orales. A lo largo de su intervención hace lugar a la topología, refunda su rechazo del origen y establece ciertas coordenadas del fin de análisis –curiosamente esta conferencia no es presentada con una fecha precisa, por lo que es difícil establecer si fue pronunciada antes o después del 9 de octubre, día de su famosa “Proposición...”–. Ahora bien, con respecto al “fin” de su enseñanza... “se trata de formar psicoanalistas a la altura de esa función que se llama el sujeto, puesto que está confirmado que no es sino a partir de ese punto de vista que se puede ver aquello de lo que se trata en el psicoanálisis.”(2)
La segunda, pronunciada en una sala municipal situada frente al Hospital psiquiátrico Charles-Perrens de Burdeos cuyos internos habían realizado la invitación, está fechada el 20 de abril de 1968. Su título es Mon enseignement, sa nature et ses fins (“Mi enseñanza, su naturaleza y sus fines”). En esta alocución sorprende su remitencia constante a los términos freudianos –quizá porque su auditorio estaba compuesto esencialmente por psiquiatras–. Lacan descarga su arsenal teórico hablando de Descartes, Aristóteles, Hegel y Freud. Hace referencias a la ciencia, a la lingüística y siempre, siempre, deja al sujeto en el centro de la escena: “Que el sujeto haya sobrevivido a través de la tradición filosófica es demostrativo, si se puede decir así, de una verdadera conducta de fracaso del pensamiento. ¿No es ésta la razón para no abandonar a este término de «sujeto», en el momento en que finalmente se trata de hacer girar su uso en otra dirección?”(3).
La tercera y última conferencia es el resultado de una invitación cursada desde Estrasburgo por un importante grupo lacaniano que se había formado a partir de la segunda mitad de los años ’50 en torno del psiquiatra y psicoanalista Lucien Israël. Está fechada el 10 de junio de 1967 y fue pronunciada en la Facultad de medicina de Estrasburgo. Su título Donc, vous aurez entendu Lacan, antes de ser traducido exige ser puesto en su contexto: “No puedo decir que mi situación resulte difícil. Por lo contrario, es extraordinariamente fácil. La forma misma con la que acabo de ser presentado indica que, de todos modos, habré hablado a título de Lacan. Entonces, ustedes habrán escuchado a Lacan.” (4) Quizás esta sea el texto más cercano a nosotros, analistas. Lacan se retoma. Reflexiona acerca del efecto que produjeros sus Escritos y su enseñanza, para lo cual debió situarse como si nada hubiera sido hecho antes. Sigue la referencia a Freud y a sus enfermedades del pensamiento: “«Piénsense los unos a los otros». De lo que se trata es de este pensamiento (...) He aquí aquello con lo cual Freud se introduce.”(5) Y sobre el final, lejos de París y ante un auditorio de provincia, acusa a algunos de los que han seguido su enseñanza de “pavonearse” mediante artículos que no hacen sino repetir sus fórmulas. Lo que no deja de ser, a pesar de todo, otro efecto de su enseñanza.
Sólo nos queda esperar que la traducción española vea pronto la luz para que todos los psicoanalistas de lengua española puedan acceder a un Lacan diferente; y para que puedan juzgar por sí mismos si esa enseñanza que da título al volumen ha producido los efectos que Lacan auguraba.
Siempre... liber enim librum aperit.
(1) Lacan, Jacques. Televisión, en “Psicoanálisis, Radiofonía & Televisión”, Ed. Anagrama, Barcelona, 1977, p. 100.
(2) Lacan, Jacques. Place, origine et fin de mon enseignement, en “Mon Enseignement”, ed. du Seuil, Paradoxes, Paris, 2005, p.58 [traducción personal].
(3) Lacan, Jacques. Mon enseignement, sa nature et ses fins, en “Mon Enseignement”, ed. du Seuil, Paradoxes, Paris, 2005, p.111[traducción personal].
(4) Lacan, Jacques. Donc, vous aurez entendu Lacan, en “Mon Enseignement”, ed. du Seuil, Paradoxes, Paris, 2005, p.115 [traducción personal]. En la cita, las itálicas traducen el título de la conferencia.
(5) Ibid. p. 124


