lunes 31 de diciembre de 2007
Último texto del año 2007.
Seguro que habrá más para el 2008.
Les dejo un cálido saludo y los mejores deseos para el año que se avecina.
Afectuosamente
PP
domingo 30 de diciembre de 2007
Jacques Lacan. Seminario XVIII. "D'un discours qui ne serait pas du semblant"(1971)
Como ya dije muchas veces, la aparición de un seminario "oficial" de Lacan es un hecho editorial importante a pesar de que el contenido del mismo no nos resulte totalmente novedoso. Casi todos nosotros ya los hemos leído de alguna versión mejor o peor traducida de las estenografía francesas.sábado 29 de diciembre de 2007
Los libros del infierno ven la luz (adn Cultura, La Nación)
La Bibliteca Nacional de Francia exhibe por primera vez un fondo de obras eróticas que permanecieron ocultas por haber sido consideradas contrarias a las buenas costumbres. De Sade a Baudelaire, secretos tesoros literarios.El infierno existe, pero no es el de Dante ni el de las Sagradas Escrituras. La Biblioteca Nacional de Francia (BNF) lo reveló este mes en una exposición que pasará a la historia por su audacia y su originalidad. En esa muestra, llamada "El Infierno en la Biblioteca. Eros en secreto", la BNF presenta los tesoros de su departamento más sulfúreo y enigmático, un fondo que durante más de 150 años atizó la imaginación de intelectuales, periodistas e investigadores: todos los libros, estampas y grabados condenados al ostracismo por pornográficos, perseguidos por salaces y considerados contrarios a la moral y a las buenas costumbres.
De Sade a Baudelaire, de Louÿs a Bataille, de las estampas libertinas a los daguerrotipos eróticos, ese "fondo secreto" es exhibido por primera vez al público, que ha respondido manifestando una auténtica fascinación. Hecho raro en Francia, el acceso a la muestra está prohibido a los menores de 16 años. Pero, ¿por qué el Infierno? Porque allí fueron a parar todas las publicaciones que por razones diversas consiguieron salvarse de ser devoradas por el fuego de la censura. Con el tiempo, el apelativo obtuvo sus letras de nobleza y terminó convirtiéndose en una signatura, esa señal con números y letras que se estampa en un libro para indicar su ubicación dentro de una biblioteca.
La exposición comienza, justamente, con la definición del Infierno que aparece en el Gran Diccionario Universal del siglo XIX de Larousse (1870): "Sitio cerrado de una biblioteca donde se ponen los libros cuya lectura es considerada peligrosa". Sus autores dan como ejemplo el Infierno de la Biblioteca Nacional. Los alemanes lo llaman "Armario del veneno". Los italianos, por el contrario, conservaron el mismo nombre en francés, Enfer , a pesar de la superioridad que los sonetos de Pietro Aretino (1492-1556) confieren a ese país en materia de escritos lujuriosos. Breve precisión: el Infierno de la BNF no conserva obras heréticas o políticamente peligrosas. Contiene sexo, sexo y sexo. Únicamente sexo.
¿Por qué haber decidido montar esta exposición después de tantos años? "Porque este Infierno alimentó todos los fantasmas. Se lo vio como una suerte de sede de la censura o, por el contrario, como un boudoir galante, un sitio secreto donde se conservaba, lejos de la vista, lo obsceno y lo licencioso -explica Marie-Françoise Quignard, una de las curadoras de la exposición-. La verdad es que el Infierno de la BNF no es ni un boudoir ni una prisión, sino una signatura atribuida a ciertos volúmenes conservados en la reserva de libros raros".
El Infierno nació en el siglo XIX. La primera mención de un libro marcado con la palabra " enfer ", seguida de un número, data de 1844. La decisión de crear ese sitio "no fue obra del poder político sino, sin duda, de los mismos bibliotecarios -explica Quignard-. Quizás porque la Biblioteca Nacional de aquella época se había transformado en un sitio público de lectura, llevados por el puritanismo, sus responsables querían evitar que ciertos libros osados terminaran en manos de todo el mundo". En realidad se trataba de sacar de circulación, pero al mismo tiempo de conservar esas obras licenciosas.
"Al principio, los libros prohibidos que habían escapado a la destrucción eran almacenados en las comisarías, los tribunales y los ministerios, donde eran objeto de tráficos diversos, de reventa o de destrucción. A veces se los cedía a los mismos libreros a quienes se los habían incautado. La preocupación patrimonial recién comenzó a ocupar a la policía y a la justicia a partir de 1850", cuenta Quignard. Fueron justamente las confiscaciones las que alimentaron ese fondo, que en 1876 contaba con 620 libros y que hoy se enorgullece de proponer 2.000 referencias. En 1969, pocos meses después del "destape" de la rebelión juvenil de Mayo del 68, el Infierno de la BNF fue liquidado y los títulos "licenciosos" se incorporaron a las colecciones ordinarias. Si bien el lema "Está prohibido prohibir" tenía un verdadero encanto, las autoridades de la BNF comprendieron poco después que debían dar marcha atrás.
"Por razones prácticas y por la necesidad de clasificar mejor los libros eróticos, el Infierno fue rehabilitado en 1983. Sin embargo, a partir de entonces las dificultades de comunicación con el público desaparecieron", dice la curadora. Hasta 1977, para acceder a esos libros era necesario hacer un pedido oficial y esperar la decisión de un comité consultivo. "Hasta entonces, si los lectores querían realmente consultar nuestros ejemplares, se les aconsejaba certificar que estaban realizando investigaciones en lingüística sobre una palabra específica referida a órganos o prácticas sexuales. Así podían obtener la autorización", agrega.
Engarzadas en un decorado rosa y rojo (los colores de un boudoir galante y, naturalmente, del infierno), las vitrinas de la BNF exponen el sexo en todo su esplendor y sus estados de ánimo a través de libros, estampas y grabados. Sexos de preferencia masculinos, sobredimensionados y turgentes. Pero las mujeres, víctimas o dominadoras, tampoco han sido olvidadas en cientos de imágenes que, por lo general, están asociadas al libro y a la literatura. Las más viejas se remontan al siglo XVI, cuando la imprenta aún no tenía 100 años, como la fascinante serie de grabados de Los amores de los dioses, con frecuencia acompañados con textos del Aretino, el poeta amigo del Tiziano. Las más recientes datan de ayer: Onan, aguafuerte que Salvador Dalí dibujó con su mano izquierda mientras mantenía ocupada la derecha -como él mismo anota a pie de página-, fue realizada en 1979. Au jour dit , de Pierre Bourgeade, ilustrado con fotos de Joel Leick, que lleva la signatura "Enfer 2018", fue impreso en 2000.
Pero la exposición de la BNF no es una simple yuxtaposición de obras eróticas agradables o humorísticas, ingenuas o salaces, anónimas o con firmas ilustres. También es un momento de historia literaria y social contada en tres etapas. La primera está signada por los personajes de novela. En el siglo XVII, y sobre todo en el XVIII, los autores, que corrían el riesgo de ser encarcelados por violación a las buenas costumbres, firmaban con seudónimo. Por esa razón, los héroes -que con frecuencia son heroínas- ocupan el sitio de honor. Sus personajes emblemáticos son Don Bougre, Felicia, Fanny y sobre todo Thérèse ( Thérèse philosophe , del Marqués d Argens), que solo pierde su virginidad y conoce el placer después de haber devorado una biblioteca erótica.
"El idioma de los autores es siempre de gran calidad -observa Quignard-. Puede tratarse de novelas de educación sexual, de panfletos anticlericales o blasfemos, pero está siempre presente el humor." Con Sade y el fin del siglo XVIII, la literatura pornográfica se aleja del registro del puro placer para acercarse al de la crueldad. El humor se vuelve negro. En materia de erotismo, el siglo XIX pertenece a los editores clandestinos. La demanda era fuerte y la censura demasiado severa. Bélgica se transformó en ese momento en tierra de asilo para los "libreros licenciosos". Auguste Poulet-Masis, que publicó Las flores del mal, se refugió enBruselas para difundir con tranquilidad Les épaves, los poemas de Baudelaire condenados por la justicia francesa. En ese momento, la aparición de la fotografía abrió el campo de la imagen erótica al infinito.
La tercera parte de la exposición, el siglo XX, está consagrada a los autores que firman con sus nombres propios o con seudónimos transparentes para sus admiradores. Apollinaire y sus Once mille verges, Pierre Louÿs y Trois filles et leur mère, Aragon y Le con d Irène, Georges Bataille y Histoire de l oeil, Jean Genet y Querelle de Brest. Es la época de los últimos combates librados por los tribunales, cuando Sade comenzó a ser publicado en libro de bolsillo y entró en la prestigiosa colección de La Pléiade. Ya entonces, el infierno había dejado de oler a azufre y comenzaba a ser impreso en papel libre.
Penetrar en el Infierno de la BNF es como sumergirse en la atmósfera de los sitios prohibidos, de los burdeles, las prisiones, los conventos y las bibliotecas de antaño. Pero sobre todo, es una excelente forma de acompañar el camino hacia la libertad que -¿por decisión propia o por el azar de la historia?- decidió recorrer un día la sociedad francesa. Un camino sembrado de escollos, de dificultades y de gestos de increíble coraje. Un derrotero que, a juzgar por la calidad de su producción intelectual durante seis siglos, tuvo como resultado lo mejor. ¿Qué otro país podría haber organizado una exposición semejante, recibida con el beneplácito unánime de todos los sectores de la sociedad? Los nórdicos, quizás.
A la salida de la muestra, en el libro de comentarios de la exposición, una mano entusiasta escribió estas líneas: "Encore, encore et encore. Liberté, chère liberté, toujours plus de liberté! Merci, BNF" (Más, más y más. Libertad, querida libertad, siempre más libertad. ¡Gracias BNF!)
La palabra más bella del mundo es turca
La redacción de la revista alemana Kulturaustausch (Cambio de Culturas) organizó un particular concurso entre palabras de todo el mundo para elegir el vocablo más bello. Con criterios más bien arbitrarios se impuso la voz turca "yakamoz", que no significa ni más ni menos que "el reflejo de la luna sobre el agua".A 20 años de su muerte, Marguerite Yourcenar es un clásico de las letras
Todos los grandes combates son de retaguardia", solía afirmar Marguerite Yourcenar, una eminencia, si las hay, en las relaciones de poder. Formada en los enciclopedistas, poseedora de casi todas las lenguas europeas y de alguna asiática, enamorada de Grecia y del Oriente, con una educación y una experiencia de vida insustituibles (fue testigo del nacimiento del fascismo italiano, de las represiones del capitalismo en el centro de Europa, de las dos grandes Guerras, del nacimiento de la Ecología, a la que coadyuvó con su defensa de la naturaleza, de los animales y, sobre todo, partidaria de las minorías y de un feminismo radical aunque no dogmático), Yourcenar es, antes que nada, una extraordinaria escritora, heredera y tansformadora de la palabra recibida y de la mejor literatura. Su permanencia, su vigencia, son y serán, ya, las de un clásico, aunque ella rechazaba la calificación de clasicismo para su obra como "sinónimo de entierro de primera clase", pero la admitía si por tal "se quiere expresar que un autor no escribe en un estilo lleno de groserías o de acrobacias inútiles". Conscientemente marcada por André Gide en sus primeros textos, no sólo porque Alexis o el tratado del inútil combate juega con un título similar de Gide sino también por los temas y el abordaje (la novela es un púdica carta en la que un marido confiesa a su esposa tener otras inclinaciones sexuales), va afinándose en la persecución de una voz auténtica, poética (la narrativa de Rainer María Rilke cumple en ello un gran papel) y sobre todo bañada en una percepción cercana y comprometida del mundo. Lo más conocido de ella entre nosotros son sus novelas mayores. Memorias de Adriano, en la pionera traducción de Julio Cortázar, aún recorre las librerías del mundo hispanohablante, y Opus Nigrum (llevada al cine por André Delvaux, cuyo protagonista, Zenón, fue magníficamente encarnado por Gian Maria Volonté) conmovió a miles de lectores y de espectadores. En estos dos grandes textos, la Historia con mayúsculas -si bien Yourcenar niega escribir "novelas históricas"-, participa de modo diverso en la ficción. El primero, un cuidadoso y casi imposible estudio de época, de costumbres, de lenguaje, construye al personaje con lo que verosímilmente pudo ser pensado y sentido por el emperador y su tiempo; el segundo, inventa al protagonista y lo introduce en un marco más cercano, el de la Europa inquisitorial del siglo XVI. Potenció la aparición de este texto, fruto, sin embargo, de una larga gestación, la coincidencia, azarosa o buscada, con los acontecimientos de mayo del '68 francés. Es "en dos palabras la historia de un hombre inteligente y perseguido; sucede esto hacia 1569 y podría haber pasado ayer o pasar mañana". Pero es en ...Adriano donde las relaciones políticas son sabiamente dibujadas y donde el poder (uno de los más grandes que haya tenido jamás hombre alguno) es abordado desde la más profunda intimidad. Su médico ("es difícil seguir siendo emperador en presencia de un médico, es difícil también conservar su calidad de hombre"), su mujer Plotina, su bello amante Antinoo, sus sirvientes, sus amigos, no parecen conocerlo mejor que los gobernados. Prácticamente refugiada desde los años cuarenta en la isla norteamericana del Mount Desert (Maine), en compañía de Grace Frick, amiga de toda la vida, su vasta obra comprende, además, numerosos relatos, poemas, reflexiones sobre la historia, la política, la sociedad, la realidad y la ficción. Fue la primera mujer en llegar, excepcionalmente, en 1981, a la Academia Francesa. Por eso, en la ocasión dijo: "Ustedes me han recibido. Este yo incierto y flotante, esta entidad de la cual yo misma discuto la existencia, y que sólo siento verdaderamente delimitada por algunas obras que me ha sido dado escribir, helo aquí, tal como es, rodeado, acompañado por un cortejo invisible de mujeres que habrían debido, tal vez, recibir mucho antes este honor, al punto de que estoy tentada de borrarme para dejar pasar sus sombras".
miércoles 26 de diciembre de 2007
La Sorbona celebra sus 750 años
Fundada en la Edad Media como una escuela de teología, La Universidad de la Sorbona celebra en diciembre sus 750 años buscando ser competitiva "en el mercado mundial del saber".lunes 24 de diciembre de 2007
Ya que mañana es navidad... un poco de Jesús

Las aventuras del Niño Jesús reúne historias sagradas y profanas, sobrenaturales, traviesas e incluso heréticas de la infancia del hijo de Dios. Compuestas entre los huecos temporales dejados por los evangelistas, yuxtaponen actos triviales con episodios milagrosos, aventuras terrenales con anécdotas místicas. Diversas fuentes, culturas y visiones de mundo, tanto cristianas como musulmanas, coinciden en esta obra para destacar la singularidad de un hombre inimitable para gran parte de la civilización.
Este es uno de mis autores favoritos. Es argentino, pero en tanto hijo de diplomático ha viajado y vivido por todo el mundo. Hoy reside en un pequeño pueblo de Francia. Me gusta porque es un tipo que escribe sobre lo que lee. Y como, aparte, lee cosas buenas, sus ensayos y reflexiones son valiosísimas. Uno aprende mucho y su tono es sencillo, llano, sin academicismos. Su maravillosa "Historia de la lectura" me enloqueció tanto como su "Leyendo imágenes" (ambos libros que recomiendo por demás).
Ahora, en "Las aventuras del niño Jesús", retoma otras versiones de Jesús que no pertenecen a la Biblia. Increíblemente nos enteramos de que existen muchos textos, de diversos orígenes y épocas, que recogen historias y leyendas acerca del Jesús-niño. Más o menos creíbles, más o menos conocidas, todas toman hoy un valor especial.
No importa si sos católico, judío, musulmán o budista... No leerlo sería un desperdicio. Manguel no nos pide que creamos en eso que leemos. Nunca olvida -como lo haría un buen analista- que se trata de textos y que tales textos, sólo en escasas ocasiones dicen "la verdad" (sea lo que ésta sea).
Así que, inviertan los $ 39 que vale este libro y disfrútenlo una vez que se les haya pasado la resaca del 24 .
Feliz Navidad
PP.
domingo 23 de diciembre de 2007
El segundo analista de Dora, en 1922
“Análisis fragmentario de una histeria”[1]
(1957)
Por Félix Deutsch
En su biografía de Freud, Ernest Jones se refiere al bien conocido caso Dora y a sus diversos síntomas somáticos y mentales. Después de señalar que ella nunca reanudó su análisis de sólo once semanas de duración, menciona que “murió hace algunos años en Nueva York”.
Este hecho despertó mi interés por varias razones. ¿De qué murió Dora? ¿Pudo la intuición de Freud, unida a su penetrante interpretación de sólo dos sueños, realmente iluminar la estructura de la personalidad de esta infortunada niña? Si Freud estuvo acertado, ¿no deberíamos ver en la vida posterior de Dora el impacto de las razones que hicieron que retuviera sus síntomas de conversión? Y, por último –aunque esto no es menos importante– ¿cuánto más avanzados estamos actualmente en nuestra comprensión del “salto de lo mental a lo fisiológico”?
Mi particular curiosidad acerca de la vida posterior de Dora hubiera encontrado desde el comienzo un obstáculo insuperable durante la vida de Freud, debido a la discreción de este último. Freud escribió: “He esperado cuatro años desde el final del tratamiento, y he pospuesto su publicación hasta oír que ha sucedido un cambio de tal índole en la vida de la paciente que me permite suponer que ahora ha disminuido su propio interés en los sucesos y hechos psicológicos.
Es innecesario decir que no ha quedado en el relato ningún nombre que pudiera poner sobre la pista a un lector no médico; y la publicación del caso en un medio puramente científico y técnico debería, aún más, brindar una garantía contra lectores no autorizados. Naturalmente, no puedo evitar que la paciente se sienta apenada si su propia historia clínica llega a sus manos, pero ella no leerá nada en ese trabajo que no sepa ya previamente, y podrá preguntarse quién, además de ella misma, será capaz de descubrir por el trabajo que es de ella de quien se trata”.
Veinticuatro años después del tratamiento de Dora por Freud, sucedió un hecho que aclaró el anonimato del caso a otro analista, sin que Freud lo supiera.
En una nota al pie de su “Adición al análisis fragmentario de una histeria” (1923), Freud escribió: “El problema de la discreción médica, que he discutido en este prefacio, no afecta a los restantes historiales contenidos en este volumen, ya que tres de ellos fueron publicados con el expreso consentimiento de los pacientes (mejor dicho, en el caso de Juanito con el de su padre), mientras que en el cuarto caso (el de Schreber) el sujeto del análisis no fue realmente una persona sino un libro escrito por él. El secreto de Dora fue mantenido hasta este año. Hacía mucho que yo había perdido contacto con ella, cuando hace poco tiempo oí que había enfermado recientemente debido a otras causas, y había confiado a su médico que había sido analizada por mí cuando era joven. Esta confidencia hizo fácil a mi bien informado colega reconocer en ella a la Dora de 1899. Ningún juez cabal de la jerarquía analítica reprochará el hecho de que los tres meses de terapia que ella recibió en aquel entonces no tuvieran más efecto que el alivio de su conflicto actual y que no la protegieran de una posterior enfermedad”.
Freud no reveló el nombre del médico consultado, de acuerdo con el mismo, ya que ello hubiera podido llevar a la revelación de la identidad de la paciente. Ahora que Dora no vive más, puede ser revelado sin transgredir la discreción que protegió su anonimato, por qué la nota de Jones acerca de la muerte de Dora suscitó un especial interés. La razón es que soy yo el médico que en 1922 contó a Freud su encuentro con Dora. Sucedió poco tiempo después de la presentación de mi trabajo “Algunas reflexiones sobre la formación de los síntomas de conversión”, en el Séptimo Congreso Psicoanalítico Internacional en Berlín, en septiembre de 1922, el último al que asistió Freud. Me referí a varios de los puntos de vista expresados en ese trabajo y al misterioso “salto de la mente al soma”, cuando le dije a Freud cómo había tenido lugar mi encuentro con Dora y cómo había sido yo nolens volens {queriéndolo o no}dejado penetrar en el secreto.
En el otoño de 1922 fui consultado por un otorrinolaringólogo acerca de una paciente de él, una mujer casada, de 42 años de edad, que desde hacía un tiempo debía guardar cama debido a acentuados síntomas del síndrome de Meniere: tinitus, disminución de la audición en el oído derecho, mareos e insomnio debido a continuos ruidos en ese oído. Ya que el examen del oído interno, del sistema nervioso y del sistema vascular no mostraban ninguna patología, me preguntaba si un estudio psiquiátrico de la paciente, que se comportaba muy “nerviosamente”, podría quizá dar una explicación a su dolencia.
La entrevista tuvo lugar en presencia de su médico. Su esposo dejó el cuarto poco después de haber escuchado sus quejas y no volvió. La paciente comenzó con una detallada descripción de los inaguantables ruidos que sentía en su oído derecho y de los mareos que tenía cuando movía la cabeza. Dijo haber sufrido desde siempre ataques periódicos de jaqueca en el lado derecho de su cabeza. La paciente comenzó entonces un largo discurso acerca de la indiferencia de su marido respecto a sus sufrimientos, y de lo infortunada que había sido su vida marital. Ahora también su único hijo había comenzado a descuidarla. Había terminado recientemente el Colegio y tenía que decidir si quería continuar con sus estudios. A pesar de eso, a menudo volvía muy tarde a casa por las noches y ella sospechaba que él estaba interesado en las mujeres. Ella lo esperaba escuchando hasta que él volvía a la casa. Esto la llevó a hablar de su propia vida amorosa frustrada y de su frigidez. Un segundo embarazo le había parecido imposible porque no podía resistir los dolores del parto.
Expresó resentida su convicción de que el marido le había sido infiel, que había pensado en divorciarse, pero que no podía decidirse. Llorosamente denunció a los hombres en general por egoístas, pedigüeños y tacaños. Esto la llevó a su pasado. Recordó con gran sentimiento qué cerca había estado siempre de su hermano, que era ahora líder de un partido político y que todavía la visitaba siempre que ella lo necesitaba, en contraste con el padre, que había sido infiel aún a la propia madre. Reprochó a su padre por haber tenido una vez un asunto con una mujer joven casada, con quien ella, la paciente, había trabado amistad, y a cuyos hijos había cuidado durante un tiempo cuando era jovencita. El marido de la mujer le había hecho entonces proposiciones sexuales que ella había rechazado.
Esta historia me resultaba familiar. Mi sospecha de la identidad de la paciente fue pronto confirmada. En el entretiempo, el otólogo había dejado el cuarto. La paciente comenzó a charlar de un modo insinuante, preguntando si yo era analista y si conocía al profesor Freud. Le pregunté a mi vez si ella lo conocía y si él la había tratado alguna vez. Como si hubiera esperado esta pregunta, rápidamente respondió que ella era el caso “Dora”, agregando que no había visto ningún psiquiatra desde su tratamiento con Freud. Mi familiaridad con los escritos de Freud evidentemente creó una muy favorable situación transferencial.
La paciente olvidó hablar acerca de su enfermedad y desplegó gran orgullo porque había escrito de ella como un caso famoso en la literatura psiquiátrica. Después habló de la salud declinante de su padre, que ahora a menudo parecía estar loco. Su madre recientemente había ingresado a un sanatorio para ser tratada de tuberculosis. La paciente sospechaba que su madre podía haberse contagiado la tuberculosis del padre, quien, según ella recordaba, había padecido esta enfermedad cuando niño. Aparentemente había olvidado el episodio sifilítico de su padre, mencionado por Freud, quien lo consideraba en general una predisposición constitucional y un “muy importante factor en la etiología de la constitución neuropática en los niños”. También la paciente expresó preocupación por sus ocasionales resfríos y dificultades respiratorias, así como por sus ataques matutinos de tos, que atribuía a su excesivo fumar durante los últimos años. Como si quisiera hacer más aceptable esto último, dijo que su hermano también tenía el mismo hábito.
Cuando le solicité que bajara de la cama y caminara por la habitación, lo hizo con una ligera renguera de la pierna derecha. Preguntada acerca de ello, no pudo dar ninguna explicación. La tenía desde la infancia, pero no siempre se notaba. Después discutió la interpretación de Freud de sus dos sueños y me pidió una opinión acerca de ella. Cuando me aventuré a conectar su síndrome de Meniere con su relación con su hijo y su continuo escuchar para oír cuando él volvía de sus excursiones nocturnas, pareció aceptar mi interpretación y solicitó otra consulta conmigo.
La próxima vez que la vi ya no estaba más en cama y manifestó que sus “ataques” habían terminado. Los síntomas del síndrome de Meniere habían desaparecido. Nuevamente descargó una gran cantidad de sentimientos hostiles contra su marido y aludió especialmente al asco que ella tenía hacia la vida marital. Describió sus dolores premenstruales y su flujo vaginal después de la menstruación. Después habló principalmente de su relación su madre, de su infeliz niñez a causa de la exagerada tendencia a la limpieza de su madre, de sus anonadantes compulsiones a lavarse y de su falta de afecto por ella. La única preocupación de la madre había sido su propia constipación, y la paciente también ahora sufría de constipación. Finalmente, habló con orgullo de la carrera de su hermano y de su temor de que su hijo no siguiera esas huellas. Cuando la dejé, me agradeció elocuentemente y prometió llamarme si llegaba a sentir la necesidad. No volví a oír hablar de ella. Su hermano me llamó varias veces después de mi contacto con ella, y expresó su satisfacción por su rápida recuperación. El estaba muy preocupado por el continuo sufrimiento de su hermana y por las discordias que ella tenía con el marido y con la madre. Admitió que era difícil llevarse bien con la hermana, debido a que ella desconfiaba de la gente y trataba de hacer disgustar a los demás entre sí. El me quiso ver en mi consultorio, lo que yo decliné en vista de la mejoría de Dora.
Es fácilmente comprensible que esta experiencia me hizo comparar el cuadro clínico de esta paciente con el que Freud describió en su breve análisis veinticuatro años antes, cuando ella tenía dieciocho. Es notorio que el destino de Dora siguió el curso que Freud predijo. Según él “… el tratamiento del caso y consecuentemente mi insight de los complejos elementos que lo componen, es fragmentario. Hay por lo tanto muchas preguntas para las que no tengo respuesta o para las que sólo tengo indicios y conjeturas”. Estas consideraciones, sin embargo, no alteraron su concepto básico de que “… la mayoría de los síntomas histéricos, cuando llegan a su total desarrollo, representan una situación imaginada de la vida sexual”. Fuera de duda, la actitud de Dora hacia la vida conyugal, su frigidez y su asco hacia la heterosexualidad llevan impresos el concepto de Freud del desplazamiento, que describió en los siguientes términos: “Puedo llegar a la siguiente derivación para los sentimientos de asco. Tales sentimientos parecen ser originariamente una reacción al olor (y posteriormente también a la vista) de excrement0o. Pero los genitales pueden actuar recordando las funciones excrementicias”.
Freud corroboró este concepto posteriormente, en sus notas acerca de un caso de neurosis obsesiva, refiriéndose a su paciente como un renifleur (olfateador), que era más susceptible a las sensaciones olfatorias que la mayoría de la gente. Freud agrega en una nota que el paciente “en su niñez había tenido fuertes tendencias coprofílicas. En conexión con esto ya hemos señalado su erotismo anal”.
Podemos preguntarnos si, aparte de los sentidos del olfato, gusto y visión, había involucradas otras modalidades sensoriales en el procesos de conversión que padecía Dora. Ciertamente, el aparato auditivo desempeñó un papel importante en el síndrome de Meniere. De hecho, ya Freud se refirió a la disnea de Dora como condicionada, aparentemente, por su escuchar, cuando niña, los ruidos del dormitorio de sus padres, adjunto al suyo. Este “escuchar” se encontraba repetido en la expectativa con que escuchaba las pisadas del hijo cuando éste volvía al hogar por la noche, con posterioridad a cuando Dora comenzó a sospechar que el hijo estaba interesado en mujeres.
En lo que respecta al tacto, Dora ya había mostrado su represión en su contacto con el señor K. cuando éste la abrazó y cuando ella se comportó como sino hubiera notado el contacto con sus genitales. Ella no pudo negar el contacto en sus labios cuando el señor K. la besó, pero se defendió contra el efecto de este beso negando su propia excitación sexual y su reconocimiento de los genitales del señor K., que rechazó con asco.
Debemos recordar que en 1894, Freud propuso el nombre de “conversión” a una defensa, cuando llegó al concepto de que “… en la histeria, una idea insoportable es transformada en inocua transmutando la cantidad de excitación adherida a ella en una forma corporal de expresión”. Antes aún, en colaboración con Breuer, lo formuló así: “El aumento del total de excitación tiene lugar a lo largo de las vías sensoriales y la disminución a lo largo de las motoras. (…) Si no hay, sin embargo, reacción alguna a un trauma psíquico, el recuerdo de éste retiene el afecto que tenía originariamente”. Esto es cierto todavía hoy.
Muchos años pasaron durante los cuales el Yo de Dora continuó con una terrible necesidad de defenderse de sus sentimientos de culpa. Sabemos que trató de lograrlo a través de una identificación su madres que sufría de una “neurosis de ama de casa”, que consistía en un lavado obsesivo y otras formas de limpieza excesiva. Dora no sólo se parecía a ella físicamente sino también en este aspecto. Ella y su madre no sólo veían suciedad alrededor de ellas, sino también dentro de sí mismas. Ambas sufrían de flujo vaginal cuando Freud trató a Dora, y lo mismo sucedía cuando yo la vi.
Es sorprendente que el arrastre del pie, que Freud observó cuando la paciente tenía dieciocho años, haya persistido veinticinco años. Freud señaló que un síntoma de este tipo sólo puede producirse cuando tiene un “prototipo infantil”. Dora se había torcido el tobillo cuando era niña, al resbalar por un escaló cuando bajaba una escalera. El pie se la había hinchado, le fue vendado y Dora tuvo que guardar cama algunas semanas. Parece que un síntoma tal puede persistir toda la vida, siempre que sea necesario usarlo para expresar displacer somáticamente. Freud siempre se adhirió al “concepto de las reglas biológicas” y consideró al displacer “… como almacenado para su protección. La complacencia somática, orgánicamente predeterminada, allana el camino a la descarga de una excitación inconsciente”.
La importancia de la afirmación de Freud, de que “… parece que es mucho más dificultoso crear una conversión nueva que formar caminos asociativos entre un nuevo pensamiento que necesita descargarse y uno antiguo que ya no necesita hacerlo”, no puede ser excesivamente enfatizada. La conclusión de algún modo fatalista que uno puede inferir de la personalidad de Dora, que veinticinco años más tarde se manifestó tal como Freud lo había visto y pronosticado, es que ella no pudo escapar a su destino. Sin embargo, esta afirmación necesita alguna calificación. Freud mismo expresa muy claramente que él no publicó el caso “para demostrar la realidad del valor de la terapia psicoanalítica” y que la brevedad del tratamiento (que duró menos de tres meses) fue sólo una de las razones que impidieron una mejoría más duradera de las dolencias de Dora. Aún si Freud hubiera hecho ya en esa época sus descubrimientos sobre la neurosis transferencial y la elaboración, Dora no hubiera podido beneficiarse con ellos, ya que inesperadamente interrumpió el tratamiento “sin la menor duda [como] un acto de venganza de su parte. Su propósito de autodañarse también se satisfizo con esta acción”.
Han pasado más de treinta años desde mi visita al lecho de enferma de Dora. De no ser por la nota del doctor Jones acerca de su muerte en Nueva Cork, que me ayudó a obtener mayor información respecto de la última parte de su vida, no hubiera sabido más de ella. Obtuve entonces de un informante los datos adicionales pertinentes acerca de Dora y su familia que transcribo aquí.
Su hijo la trajo de Francia a los Estados Unidos. Contrariamente a lo que ella esperaba, el hijo triunfó en la vida como un renombrado músico. Dora se aferró a él con los mismos reproches y exigencias que había hecho a su esposo, que había muerte de una enfermedad coronaria, desdeñado y torturado por la conducta casi paranoide de ella. De un modo bastante extraño, sin embargo, prefirió morir, según mi informante, a divorciarse. Sin la menor duda, sólo un hombre de este tipo pudo haber sido elegido por Dora como marido. Cuando se analizaba había dicho claramente: “Los hombres son tan detestables que preferiría no casarme. Esta es mi venganza”. Así que su casamiento sólo había servido para cubrir su aversión a los hombres.
Tanto ella como su esposo habían sido arrojados de Viena durante la Segunda Guerra Mundial y emigraron inicialmente a Francia. Antes de esto ella había sido tratada repetidamente por sus bien conocidos ataques de jaqueca y de tos, y su ronquera, que Freud había interpretado analíticamente cuando ella tenía dieciocho años. Al comienzo de la década del treinta, después de la muerte de su padre, Dora comenzó a sufrir palpitaciones cardíacas, que fueron atribuidas a su excesivo fumar. Reaccionaba a esas sensaciones con ataques de ansiedad y temor de morir. Esta dolencia mantenía a todos lo que la rodeaban en un estado de continua alarma y Dora utilizaba esto para hacer enfrentar amigos y parientes entre sí. Su hermano, también “fumador en serie”, murió mucho más tarde de una enfermedad coronaria en París, adonde había escapado después de pasar por muy azarosas circunstancias. Fue enterrado allí con los más altos honores.
La madre de Dora murió de tuberculosis en un sanatorio. Me enteré por mi informante que ella había padecido esa enfermedad en su juventud. Ella se condujo a sí misma a la tumba a través de su interminable y permanente compulsión a la limpieza cotidiana, un trabajo que nadie podía realizar a su entera satisfacción. Dora siguió sus huellas pero dirigió su compulsión principalmente a su propio cuerpo. Como su flujo vaginal persistiera, se sometió a varias operaciones ginecológicas menores. Su incapacidad para “limpiar sus intestinos”, su constipación, fue un problema hasta el final de su vida. Estando acostumbrada a este trastorno de sus intestinos, aparentemente lo trató como un síntoma familiar hasta que se transformó en algo más que un síntoma de conversión. Su muerte, debida un cáncer de colon, diagnosticado demasiado tarde para operarlo con éxito, pareció una bendición a todos aquellos que estaban cerca de ella. Dora había sido, en las palabras de mi informante, “una de las histéricas más repulsivas” que había conocido.
Los datos adicionales sobre Dora que aquí han sido presentados no son más que una nota a la “Adición” (postcripto) de Freud. Espero que el presentarlos ahora pueda estimular la reconsideración y la discusión del grado en que el concepto de proceso de conversión, en el sentido que le dio Freud, es todavía válido, o si no, en qué aspectos difiere de nuestra actual comprensión de él.
[1] Publicado originalmente en The Psychoanalytic Quarterly, 1957, XXVI. Versión española en Revista de Psicoanálisis, 27, nº 3, 1970, p. 595
sábado 22 de diciembre de 2007
Heinrich Wiegand Petzet. "Encuentros y diálogos con Martin Heidegger" (1929-1976) Ed. Katz, 2007
"¿Y en qué trabaja usted ahora?" Cuando Heidegger invitaba a una conversación, a una caminata por el bosque, a un vaso de vino por la tarde, siempre había que estar preparado para esta pregunta. ...l, que era un trabajador incansable, no podía concebir que para alguien transcurriese un día sin el esfuerzo del trabajo. Pero el trabajo no significaba para él ni esclavitud ni apresuramiento. Era el compromiso permanente, nunca suspendido, de seguir construyendo su propio camino, una carga sagrada, que brotaba sin obligación ni urgencias. Como todos los grandes trabajadores -Kant, por ejemplo-, también él se concedía respiros en su esfuerzo. Cualquiera que haya oído su risa sabe cuán jovial podía ser su ánimo; la imagen de Heidegger como "existencialista" eternamente ceñudo es un invento, un invento malintencionado que algunos de sus detractores se empeñaron en propagar. "La presión de los negocios -escribía el joven Goethe en una carta- es muy bella para el alma; cuando ésta se ha descargado, juega con tanta mayor libertad." Si en lugar de la palabra "negocios" se escribe la tarea del gran trabajo, esta frase se aplica plenamente a Heidegger, aunque nunca se alivió por completo de esa tarea, que se le hizo aun más pesada en su vejez. A veces gustaba decir que no había nada que supiera hacer mejor que no pensar en nada; lo decía especialmente cuando alguien se lamentaba por él, diciendo que seguramente era arduo pensar tanto. Sin embargo, bien entendida, su respuesta albergaba un doble sentido de los que tanto le gustaban. Se interesaba sinceramente por el trabajo de sus amigos, aunque a veces lo pillaba a uno en falta, cuando uno no había trabajado con suficiente ahínco. "Puesto que la última vez vino mal preparado, y sin embargo el asunto de Klee le importa tanto, quisiera pedirle que pase a buscarme el Viernes Santo a las 15 para dar un paseo por el bosque" (23/3/59). En otra oportunidad, una invitación a cenar se cierra con estas palabras: "Después podremos, no digo resolver, pero al menos discutir sus preguntas". La visión del escritorio de Zähringen creaba de inmediato un clima densamente habitado por las preguntas del pensador. Cuando en ocasión de la Navidad de 1953 le envié un libro de un profesor del círculo de Kant, hoy olvidado, me respondió que yo era un maestro para hallar libros raros y apropiados. El libro se acercaba a su trabajo: "El primer párrafo de la introducción dio en el blanco conmigo: «El pensamiento es el elemento en cuyo seno el hombre mejor prospera». Como se dice y se muestra en lo que viene después, no se trata de una sentencia iluminista". El trabajo del pensamiento le garantizaba prosperidad. ¿Pero qué tiene que ver todo esto con Messkirch, la ciudad natal desde la que se elevó el arco de esa vida, y a la que hemos de volver nuestra mirada ahora? Extremando los términos, podría decirse que en cierto modo en sus años tardíos Messkirch fue para Heidegger sinónimo de su trabajo. Se han dicho y se han escrito algunas cosas acertadas, pero sobre todo, lamentablemente, muchas necedades acerca de la relación del pensador con su antiguo terruño. Confundir esa relación con provincianismo solo es posible desde una perspectiva como la que trae consigo la limitación, diríase "pavimentada", de la "estrechez urbana", en muchos casos propia del ser humano actual. Parece que la sensibilidad para tratar con lo originario, con las raíces, va muriendo; por doquier se transitan caminos del bosque que ya no conducen a las fuentes. Allí donde predomina la pura intelectualidad, el "terruño" no es más que una palabra. O la sensiblería de un folclore relamido. Lo que Heidegger entendía por terruño, y lo que vivenció como terruño hasta sus últimos días, nada tenía que ver con sentimentalismo. Los recuerdos que guardaba de Messkirch no eran de otra índole que los que incluso al citadino más empedernido lo ligan con su lugar de origen, y estos recuerdos hacían que para él la vieja ciudad provinciana -con el castillo de los condes de Zimmern, sus cuatro torres y la iglesia de San Martín, cuya mole emerge de entre la maraña de callejuelas- tuviera un aspecto sin duda diferente del que podía presentar a los ojos de un forastero. Pero no se retiraba a ese lugar del interior de Heuberg, llamado por los de afuera -ya con admiración, ya con ironía- "rincón de los genios" porque era cuna de maestros tan diversos como "el de Messkirch", Conradin Krenzer, Johan Baptist Seeles, Conrad Gröbers y el mismo Heidegger; no se retiraba a ese lugar con patetismo o con arrebatos de entusiasmo. En definitiva, se trataba de estar en casa, en la lengua natal, de encontrarse cobijado por las gentes a las que se pertenecía y de entre las cuales había surgido. Heidegger había vivido su primera juventud en Messkirch; luego, apadrinado a causa de su capacidad y destinado al sacerdocio, pasó a Constanza en 1903, y en 1906 ingresó al liceo de Friburgo. Durante sus vacaciones, y más tarde en los períodos preparatorios para la carrera académica (a partir de 1909), regresaba siempre a su terruño de Messkirch. La fidelidad para con el camino campestre es un trazo fundamental de la vida de Heidegger. Allí meditó "unos u otros escritos de los grandes pensadores", que descansaron sobre el banco junto al camino. En el diálogo, por otra parte, no agregaba más detalles a lo que esta frase de "El camino campestre" deja entrever. Haber sido introducido al silencio de las cosas del terruño no significaba que ellas hubiesen quedado al desnudo. Recuerdo muy bien mi primera visita a Messkirch, cuando caminé con Heidegger por las callejuelas, y luego, siguiendo el camino bordeado de grandes tilos que flanquea el parque del castillo por el sur, me condujo al camino campestre (que por entonces no era una calle pavimentada), regresamos por los oscuros patios del castillo hasta la plaza situada frente a la iglesia, con su frente casi hostil y la torre de cúpula renacentista, que se divisa desde la campiña circundante. [...] Más adelante, durante un paseo prolongado, Heidegger se refirió alguna vez, más con alusiones que con palabras directas, cuán indeciblemente difícil se le había hecho (¡y cuán difícil le habían hecho!) abandonar la teología y salirse de la vía ya emprendida del sacerdocio para hacer su propio camino. (Mucha de la aversión por el poder y la influencia de "los de negro" que manifestaba ocasionalmente se entiende mejor desde esta perspectiva.) El hecho de que sin embargo no se transformase en un "renegado", en un apóstata displicente, de que siguiera siendo miembro de la vieja iglesia -que por su parte no le negó la cristiana sepultura- es uno de los enigmas de esa vida, que recubre sus dolores acaso nunca totalmente superados. Esa fue la única ocasión en que tocamos el punto. Un servicio en la catedral protestante de Bremen lo dejó indiferente. Pero en Ronchamp, cuando visitamos la nueva iglesia de peregrinación proyectada por Le Corbusier, abandonó a sus acompañantes, interesados en inspeccionar la arquitectura, porque quería seguir la misa que un joven sacerdote celebraba ante los peregrinos según una modalidad novedosa para él. [...] Cierta vez, el escritor Hans Bender, que trabajaba en una publicación sobre viejos y nuevos métodos en la educación escolar, escribió a Heidegger solicitándole que narrase algo acerca de los antiguos maestros de escuela. Este respondió que no se trataba de una pregunta fácil, porque era necesario comenzar desde muy atrás. Las explicaciones que Bender adjuntaba a su pregunta indicaban que le interesaba saber si los maestros de antes eran efectivamente esas "caricaturas" que muchas veces se hacía de ellos o si, a pesar de todo, le daban al niño algo "para la vida". Durante el diálogo sobre ese tema, que tuvo lugar en el estudio de Heidegger en Friburgo, afirmé que no podía imaginar que el maestro hubiese sido realmente ese hombre de sombrero de ala caída armado de su báculo, que tan a menudo retrataban los caricaturistas. Heidegger respondió que sí, que así era, lamentablemente. "Si pienso en la escuela primaria, ¡cómo golpeaban! Bastaba un gesto mínimo del maestro para que el «delincuente» fuese apresado. Los maestros golpeaban sin cesar. ¡Con la vara gruesa!" Le respondí que esa miniatura de la realidad de Messkirch me traía a la memoria los terribles recuerdos de escuela que Rilke había echado en cara a su antiguo maestro, el general de división Sedlakowitz; Heidegger estuvo de acuerdo, pero aclaró que luego, en el liceo de Constanza, las cosas habían sido diferentes. "Es cierto que también allí los profesores eran rigurosos, muy rigurosos, pero con ellos se podía aprender algo, aunque algunos eran bastante peculiares. Por ejemplo, nuestro profesor de griego..." [...] Aún conservo una pequeña fotografía que Heidegger me envió para la Navidad de 1952. "Muestra una parte al noroeste del castillo donde solía andar mucho de niño." ¿Se trataba acaso del improvisado campo de fútbol de la Juventud de Messkirch, en la que el pequeño Martin jugaba como wing izquierdo? Tampoco más tarde renegó de esta vocación deportiva, aunque por lo general solo se lo conocía como buen nadador y esquiador. Cuál no fue mi sorpresa cuando un día, a comienzos de la década de 1960, me preguntó si los caseros de mi vivienda de Friburgo tenían televisor, y, en caso afirmativo, si podía ver con ellos un partido importante. Mi casero, no menos sorprendido, accedió con mucho gusto. La tarde señalada Heidegger llegó y sin timidez ocupó su sitio en el pequeño círculo familiar, aficionado al fútbol. Le procuré una taza de té y él, mirándome con picardía, me despidió diciendo: "Bueno, Petzet, váyase a su departamento a trabajar, que de fútbol no entiende nada". Dicho lo cual se enfrascó en el partido HSV-Barcelona, que se disputaba en Bruselas; según me contaron luego, "participó" tanto del juego que llegó a patear con el pie izquierdo, derramando sobre su rodilla lo que quedaba de té en su taza. A partir de ese día, el mismo propósito lo trajo repetidas veces a la calle Schwarzwald. Años después de la muerte de Heidegger me enteré de otro hecho que para mí, tan ajeno al fútbol, echaba nueva luz sobre la pasión que el antiguo wing izquierdo de Messkirch seguía sintiendo por su deporte de juventud. El director artístico del teatro de Friburgo, Hans-Reinhard Müller, me relató que cierta vez, viajando en tren desde Karlsruhe hasta Friburgo, había encontrado a Heidegger, que regresaba de una sesión de la Academia en Heidelberg, y se había presentado a él. Con la esperanza de entablar un interesante diálogo sobre literatura y teatro, había intentado captar la atención de Heidegger, hablando de su propia actividad en Friburgo; pero fue en vano (no tenía modo de saber que a Heidegger le preguntó si también tenía contacto con la televisión; para explicar su pregunta, aclaró que lo único que le importaba de esa tecnología moderna eran las transmisiones de fútbol, en particular las de partidos internacionales; especialmente le interesaban los ingleses. También expresó su gran admiración por Franz Beckenbauer. Hizo una apasionada descripción de su juego, manifestando cuánto lo fascinaban la táctica y el manejo de la pelota del jugador, y, ante la estupefacción de su interlocutor, llegó incluso a ensayar una demostración efectiva de tales sutilezas. No menos admiraba la destreza de Beckenbauer para eludir los choques con jugadores contrarios, que con tanta frecuencia parecían inevitables; exaltándose, llegó por último a hablar de la "invulnerabilidad" de ese futbolista, al que caracterizó como "genial".Por Heinrich Wiegand Petzet [Traducción: Lorenzo Langbehn]
Alberto Manguel. "La biblioteca de noche " (Alianza, 2007)
En los libros de Alberto Manguel, el vínculo con las bibliotecas toma el lugar de una experiencia vital, nunca meramente intelectual. Varios de esos textos la implican: la Guía de lugares imaginarios (1980), escrito con Gianni Guadalupi, es un catálogo de lugares ficcionales que remite a la biblioteca de los volúmenes que los resguardan; Historia de la lectura (1996) examina la práctica suprema para la cual toda biblioteca existe; Diario de lecturas (2004) apunta el recorrido a través de libros elegidos en una biblioteca íntima. No sorprende que, en fin, Manguel redactara este vasto ensayo sobre ese espacio a la vez personal, mágico e histórico: la biblioteca. Es inevitable pensar que todo el libro -escrito en inglés y traducido con delicada eficacia por Carmen Criado- es un incesante homenaje a aquel que imaginó esa infinita biblioteca babélica que podía duplicar el universo: Jorge Luis Borges. A pesar de su abrumador número de citas y referencias, este libro erróneamente puede ser considerado un tratado académico y sistemático, al modo en el que podría presentarlo, por ejemplo, un estudioso como Roger Chartier. Se trata de un ensayo que no se distrae de su verdadero tema: un sujeto autobiográfico en el ámbito vital que mejor lo define, su propia biblioteca, en la hora nocturna. Por ello el libro comienza con el relato del descubrimiento y la posterior transformación en una biblioteca, de lo que había sido el antiguo muro de piedra de un granero del siglo XV, sobre una colina al sur del Loire, parte de un conjunto de edificios eclesiásticos donde el escritor proyectó su nuevo hogar. Lo hace con la certeza de que la biblioteca establece los lazos más absolutos tanto con su poseedor -convertido en una especie de fantasma ante la espesa presencia de los volúmenes-, como con la totalidad de lo real -cuando la biblioteca, por la noche, "parece regocijarse en la confusión festiva, esencial, del universo"-. Así, el primer capítulo concibe la biblioteca como mito. Es decir, como ritual, como repetición de un espacio sagrado que reencarna la combinación de dos construcciones inaugurales y emblemáticas: la biblioteca de Alejandría, el gigantesco y espectral ancestro donde se reflejarían todas las sucesoras; y la torre de Babel, la metáfora antigua de la diversidad de lenguas. El libro se despliega como un devenir de lo que las bibliotecas pueden representar, tanto en la dilatada historia del mundo, como en la módica biografía de alguien que lee y escribe acerca de lo que lee. Quince modos de ser de una biblioteca: como mito, orden, espacio, poder, sombra, forma, azar, taller, mente, isla, supervivencia, olvido, imaginación, identidad u hogar. Los capítulos se estructuran de un modo similar, con lo cual se acentúa ese efecto seriado, y a veces monótono en su misma variedad, que tanto conviene a su objeto. Afirmando el buscado matiz egotista, aparece una y otra vez la biblioteca de Manguel: los modos imprecisos y a la vez certeros de los hábitos de lector en ella, su disposición física, su orden, sus carencias, sus tesoros, su pluralidad, la creciente intangibilidad de su condición en la memoria, el sueño o la fantasía. Esos párrafos ilustran una convicción: la de que una biblioteca cualquiera ofrece una especie de espejo para el que busca en ella, "una visión fugaz de los aspectos secretos del yo". La imagen que ese espejo parece reflejar a la enorme mayoría de los lectores, que solo pueden imaginar esa biblioteca privada junto al Loire casi tanto como a la isla de Robinson, es de una complacida indulgencia en la posesión de un refugio cultual. Ese aspecto autobiográfico se entrelaza con otro: el motivo central del capítulo, que se diversifica en una enorme variedad de ejemplos y de autores sobre el tópico tratado. Estos ejemplos van desde la antigüedad a nuestros días, abarcan Oriente y Occidente, lenguas varias, costumbres diversas, antagónicas identidades. La biblioteca es pensada como arquitectura en el espacio, por el modo en que se ordena, por la cantidad de libros que contiene o también por los que no están en ella, por los destruidos, los prohibidos, los desechados e incluso los que no llegaron a existir. Es concebida por el poder que otorga o el peligro que representa. Es proyectada como ámbito imaginario, propicio a la invención, o al virtual olvido, o al azar; como diagrama mental, como vía asociativa o metafórica. Es reconocida como formadora, reformadora, educadora, morada humanista, espacio religioso, recurso de los que sobreviven al exterminio y la vejación. Es proyectada como aislada fortaleza, hogar iluminado, cruce cosmopolita o intemperie sin muros, hasta ser esa "biblioteca ideal, inconcebiblemente extensa, formada por todos los libros que se han escrito alguna vez y todos aquellos que existen como posibilidad". Pero los momentos más certeros del libro ocurren cuando en el seno de cada capítulo se elaboran relatos esbozados sobre algún personaje vinculado al asunto central. Ese envión narrativo da ligereza y contundencia a la sucesión ejemplar o al matiz sentencioso. Por ejemplo, la semblanza del empresario Andrew Carnegie, que explotaba a sus obreros y a la vez empleaba parte de su riqueza en fundar bibliotecas "para iluminar el espíritu de la comunidad que explotaba". O la del historiador del arte Aby Warburg, con su excéntrica biblioteca oval dedicada a la diosa de la memoria y madre de las musas Mnemosyne. O asimismo las historias del inquisidor de México (el arzobispo Zumárraga), del genial constructor de la Biblioteca Laurenziana (Miguel Ángel), del gran planificador de la Biblioteca del Museo Británico (Anthony Panizzi). Para Alberto Manguel no hay biblioteca que no pueda ser considerada un paraíso, no artificial sino posible, en el umbral inmediato del mundo: origen e identidad, luz guardada en el negro tiempo del genocidio o la tortura, diálogo infinito. Y también, como le fue revelado, consolación.jueves 20 de diciembre de 2007
Evalúan la persistencia del nazismo desde la lingüística
Fuente: EFE
(tomado de Revista Ñ, edición digital)
miércoles 19 de diciembre de 2007
Jacques Lacan. "De una reforma en su agujero" (1969)
En el sitio "pas tout lacan" de la ELP, entre Adresse du jury d’accueil à l’assemblée avant son voeu (1969-01-25) y Communiqué du jury d’agrément à tous les membres de l’École (1969-02-09), se halla un documento (pp. 1206-1220) que no figura en el índice de 417 textos, ni en los índices parciales. No obstante esa omisión, el texto de Lacan presenta el siguiente encabezado, de los editores del sitio, que transcribo:El texto de Lacan apareció inicialmente en el sitio Oedipus org. Fue dactilografiado a partir de la publicación de la imagen del original. Patrick Valas lo presenta así: "El diario Le Monde había pedido a Lacan su opinión sobre la reforma universitaria, emprendida por E. Faure, después de mayo de 1968. He aquí pues la respuesta que él dio y que debió aparecer el 3 de febrero de 1969. Su texto, que debía aparecer bajo la rúbrica Libres Opiniones de ese diario, no fue jamás publicado. Lo transmito aquí como Lacan quería presentarlo, reproduciendo la versión de la que dispongo, a partir de la fotocopia del original, anotada de su mano, y que me había confiado para ese fin. Sobre la dactilografía del texto se encuentran anotaciones y correcciones de la mano de Lacan, y curiosamente una recurrente: cada vez que Lacan escribe objeto a, precisa al margen que es necesario ponerlo en itálica".En la página 196 de L’envers de la psychanalyse se menciona el texto: "Hace un tiempo escribí un pequeño texto sobre la reforma universitaria. Me lo había pedido expresamente un diario, el único que tiene reputación de equilibrio y honestidad, y se llama Le Monde. Se insistió mucho para que yo redacte esta pequeña nota a propósito de la reorganización de la psiquiatría, de la reforma. Ahora bien, a pesar de esa insistencia, es sorprendente que ese articulito, que publicaré algún día a la rastra, no haya salido. Hablé allí de una reforma en su agujero. Justamente ese agujero de torbellino (tourbillonnaire) es manifiestamente hecho intervenir por una serie de medidas concernientes a la Universidad."En "pas tout lacan" se encuentra la versión dactilografiada por Lacan y su transcripción. Ambas siguen el camino de Eurídice.. 3 de febrero de 1969.
Traducción Carlos Faig
La reforma en psiquiatría y la emoción "científica".
Ha sido anunciado el nacimiento inscripto en el estado civil de colegios de psiquiatría en un cierto número de centros, incluso de decentros (décentres) [1], en Francia.Dos pisos para esta reforma.Piso de enseñanza. Maravilla: los psiquiatras tendrán algo que decir. Y aún más, enseñaran lo que saben.Piso de su práctica: se instituye, siguiendo el principio de la función que ellos cumplen por proveniencia, como social. Ese principio toma forma por la institución del "sector" del cual un equipo se responsabiliza a título de la salud mental, profilaxis comprendida.Horrendum: el ascenso de un piso al otro está previsto, y la ida y vuelta permanente.De donde arguye el temor que se enuncia en el nivel de la Universidad: a saber, la facultad de medicina y la facultad de letras, incluso de ciencias.He aquí el aparato: la dominación (dominance) que resulta de esta "sociatría" en la enseñanza es capaz de desviar lo que en ese dominio se promete a una investigación científica, para la cual se gravan otros recursos.En esta advertencia que los laboratorios farmacéuticos sean situados en la primera fila de los investigadores amenazados sería propicio para terminar inmediatamente con ella: ¿quién no ve, en efecto, que los recursos químicos no están cerca de dejar la tribuna?Esta objeción merece, según creemos, examinarse sobre una base más seria, y no únicamente, aunque se nos lo diga, como la resume nuestro ministro en respuesta al piso: enseñanza, rechazando por su base el término sociatría para colgarlo en el otro piso.Ese término es en efecto tanto más pertinente cuanto pertinente es la cosa misma que designa.Resulta claro, en efecto, que el corte social aspirará en su abertura (béance) cada vez más personal, construcciones y el dinero que le hace falta. Un precio bajo comparado con la atribución que costará en adelante ocuparse de ella.Las autoridades universitarias, ahora alarmadas, no habrían, propiamente hablando, querido saber de tal atribución, en el momento preciso en que estaban a cargo de cuidar de ellas.La secuela (suite) requiere que se sepa porque esto ocurrió así: lo que esclarecerá un ejemplo.
La disyunción del neurólogo de la psiquiatría
Debemos franquear el ejemplo tan rápido como sea posible, pues procede de una costumbre que nos angustia abandonar. Yo mismo la experimenté en el efecto de un sueño −formación rara en mi coyuntura presente−, al punto de que, en una primera redacción de este escrito intempestivo, me demora en el ejemplo.Se trata de la conjunción del neurólogo y del psiquiatra en el certificado de calificación instituido por la facultad de medicina. Se sabe que hoy día, reforma mediante, ha perimido.Ahora bien, es necesario recordar que esta conjunción recibió durante veinte años el sostén activo y adoctrinado de los mismos psiquiatras que se regocijan ahora viendo el final, advenido por la fuerza de las cosas, es decir, de la verdad cuando aúlla.Esto porque se trataba, bien entendido en la intención más piadosa, de estar del lado de lo que, para ellos como para muchos otros, detentaba la Universidad, de lo que se llama mediante una locución adverbial la manija.La juventud demuestra, mediante esa manija, a los cuadros de una Universidad, a la que desde hace un largo tiempo el universo falta, que puede reducirse al equívoco −en cuanto para el mundo entero esos cuadros se hallan varados desordenadamente−.Resulta de nuestro ejemplo que la insistencia sobre el peligro para la práctica médica del desconocimiento por parte del psiquiatra de un hecho neurológico descuida el riesgo inverso. Esto porque se toma al hecho psiquiátrico a partir del juicio de todo el mundo: ¿quién no admite que una formación "humana" basta para una terapia de sostén?Se liberan incluso muy fácilmente haciendo reverencia a la ciencia −que ahora los despierta−.Poner la farmacodinamia al alcance de la incompetencia (autorizada) les basta para tomarse por científicos, en nombre del hecho cierto de que las drogas que difundirían son producidas científicamente, e incluso puestas a prueba.Un ideal por lo tanto en el horizonte, promesa: que la seguridad y el alto sostén científico del neurólogo (más sabio, o sea, transitando en sus endosos terapéuticos) llega a cubrir el campo que supuestamente se debe cederles, puesto que la encrucijada cerebral es el desfiladero obligado del hecho psiquiátrico.¿Acaso no puede ser aprehendido en otro lado si es de otro lado que parte? ¿Si, sobre todo, es de otro lado que nos reclama? Para que esto se sostenga, los bordes ensanchados que la copa ofrece a su afluencia, cumpliendo la tarea, fluyen hacia los lugares "asilares", donde la comunidad segrega a sus miembros discordantes. Aquí el común de la gente no ha despreciado a la sociatría desde hace más o menos dos siglos, pero no mira con atención suficiente como para develar un orden científico de una potencia segunda, que sería el efecto de la ciencia sobre lo social, por ejemplo.El beneficio neto del proceso es el mantenimiento de una posición de prestancia, de la que se sabe que no es poca cosa en la eficiencia médica.Y poco importa si el ideal así propuesto es una impasse, manifiesta al presente en que ninguna formación, pues allí está la arista, ninguna formación es más impropia que la del neurólogo para preparar a la aprehensión del hecho psiquiátrico.
De un saber a bajo precio
La inquietud de la ciencia es entonces relegada a manos de los psicólogos, testistas, asistentes sociales si se quiere: el personal inmenso, que, al haberlo devaluado por esta relegación misma, se sospecha, a la vuelta, que está subdesarrollado respecto del científico.Que nadie se engañe: no se halla aquí ninguna refutación del lugar de la medicina en el asunto. Se denuncia, meramente, la falta que comete al templarse (trempe) como universitaria.En el nivel de la medicina como en cualquier otro, preservar los beneficios del saber es la definición infima que se puede dar a la misión de la Universidad. Esta posee los derechos de la formación como efecto del saber según el valor que le da un mercado.En el nivel de la medicina, como en cualquier otro, ciertamente la Universidad no falta.Pero fue sobrepasada por la subversión sobrevenida de lo que llamamos mercado.Nosotros la ubicamos a justo título en razón del valor del que se trata, gravita sobre el que está en juego en el mercado capitalista, que lo establece por el resorte de la mercancía y la radicalización que consuma al incluir allí al trabajo.¿Hace falta enunciar esas verdades primeras y decir aquí lo que oscurecen los que protegen al saber: es decir, que el saber no se adquiere por el trabajo, y menos aún la formación que es efecto del saber?Esto no implica de ninguna manera denegar el saber del trabajador, incluso, si se quiere, del pueblo, sino afirmar que, no más que los sabios, no lo adquieren por su trabajo.Galileo, ni Newton, ni Mendel, ni Galois, ni Bohr, ni el joven James D. Watson, deben nada a su trabajo, sino a aquel de los otros, y sus hallazgos se transmiten en un relámpago únicamente a quien posee la formación que se produce por cortocircuitos del mismo orden, y numerables, aun si el adormecimiento (ennui) escolar extingue la memoria.Cualquier madre de familia sabe que la lectura es un obstáculo respecto del trabajo; el primer obrero producido, como escapatoria de esto, el obrero comunista, toma allí sus cartas de nobleza.¿Cuál es, pues, el costo del valor inherente al saber?
De un agujero y del montón [2] que lo tapona tanto como lo destapa
Aquí interviene la función que solo articula la teoría psicoanalítica [3], la que anudé a los efectos del saber por los que se inaugura el sujeto, al tiempo que es efecto de pérdida, que viene a significar un corte en el cuerpo, bajo la denominación algebraica de objeto (a). Leer: a minúscula [4], los iletrados que se confinan al uso de la palabra, traducen montón [5], simple borrón (bavure) informático.Esta determinación es suficiente, pero igualmente es necesario situar correctamente lo que ha faltado a toda filosofía: la causa, o mejor, la acausa del deseo.En los últimos tiempos de un discurso que se prolonga lo correlacioné a la función que se enuncia como plus-de-gozar (Mehrlust, evidentemente homológica de la Mehrwertde Marx, pero ciertamente no analógica, por ser antes causa que efecto de mercado).La incidencia de mis Escritos en la práctica analítica ha llegado a los lectores de esas líneas. Pero el hecho de que se dirijan ahora al lector de Le Monde, quo talis est no prohíbe aconsejarle referirse a ellos, puesto que contrariamente a la prosa en la que se me quiere hacer entrar, los así llamados Escritos no podrían ser leídos en diagonal [6]: digamos más bien que el efecto de formación que sabe extraer de un tal enfoque la invención matemática, no puede en aquellos ser más que confuso, a falta de una formalización suficiente.Se vería no obstante así, de tomarse el trabajo, que el objeto a se las arregla mucho mejor haciendo el amor con la imagen especular, que él perfora, que animando el torbellino que suscita como plus-de-gozar.Basta un ideal, tomado no importa de dónde, y hasta aquí de un Otro supuesto saber. Es lo que el psicoanalista osa ofrecerles como transferencia.Fructífera impudez por producir la verdad: ésta, en primer lugar, de por sí requiere un trabajo.Se trata del trabajo necesario para producir la identificación del hombre, se sigue el goce hallado de la mujer de la que ha nacido, deshacerla: es decir, rehallar el agujero, pero vívido finalmente, de la castración desde donde la mujer surge verídica.Tal es, al menos, el camino que ha abierto la neurosis al psicoanalista para que la complete como verdad por su repetición.Esto solo puede acometerse suponiéndose al deser por no ser más que deseo de saber.Es lo mismo que decir que la formación del psicoanalista −que sale de las manos de ilotas formados, por lo demás para su comodidad, en una reserva internacional (pero se trata de otra historia que no trataremos aquí...)− debería, por derecho y obligación, recibirla cualquiera que quisiera en adelante encargarse de una enseñanza como formación en la ciencia.No daría oportunidad ninguna al uso de un cierto patronato del acceso graduado, ceremonial o del mismo nivel de los alumnos en su "interior", ya sea mundano o de retiro, preferentemente no familiar, disipado todavía menos.Quizá sería mejor (pues no es un tipo imaginable frente a lo que aparece hoy) que el psicoanalista se libere también por sí mismo y viva en una corriente de aire, aunque no fuera más que para probar que no tiene frío en los pies como tampoco en los ojos, ni en la garganta. No hay ya para Tiresias mama que cubrir.Precio a pagar para que vuelva el costo del saber al mercado, pues de ahí podrá imponerse a quien pretenda ver figurar sus acciones en la selección que circula.La selección será estructuralista o no será. El sujeto de la ciencia no tiene nada que ver con la ampulosidad que prima en el mercado de influencias.No lo digo porque conozca lo que cuesta algunas veces ganarse el pan con esto, sino para recordar donde habita, igualmente y más allá, el objeto a.
La agitacion de mayo y su mayomemoria en el sujeto capitalista [7]
Al pensar en ello, se ve más claramente la confluencia de los distintos aspectos, el motivo de la rompiente violenta de la agitación de mayo [8] (como se llega a decir).No es para rebajar el sentido. Pues la inquietud de los jóvenes burgueses de ver la influencia en mal momento, por el efecto que nosotros damos por reducción del mercado, no les quita el merito de haber marcado algo que tendrá que tomar en cuenta cualquiera que calcule una reforma. No se los mantendrá tranquilos prometiéndoles que la próxima vez los recibirán con alfombras de oro.Pues lo que vomitaban bajo el título de la sociedad de consumo y de los coches que solo sirven para amueblar las calles, eran los objetos con los que esta sociedad espera satisfacerlos en abundancia, porque no reemplazan al objeto a fatídico.La inmersión capitalista universal no ha terminado de oscilar del Oeste al Este. Tiene su rol que jugar.El "ya nunca como antes", sobre el que se abalanza la mayomemorización [9] de las buenas almas, debe tomarse por su lado cómico, es decir, entristecedor. Pues está claro que más que nunca es como antes y que la agitación de mayo precipita lo que ha causado a aquello."La unidad de valor", promovida a la escala de retribución de diplomas, confiesa a la manera de un lapsus enorme lo que nosotros señalamos como la reducción del saber al oficio del mercado.En cuanto al "sector" psiquiátrico, esboza el lineamiento −no menos que en las nuevas guarderías llamadas universitarias− del fin al que tiende el sistema −si la ciencia que todavía los socorre, sucumbe allí−: a saber, el campo de concentración generalizado.El torbellino crece alrededor del agujero sin que haya forma de aferrarse al borde que −porque ese borde es el agujero mismo y lo que se levanta (insurge) resulta arrastrado en él− es su centro.No es la juventud la que puede frenar la rueda donde está tomada, cuando es en ella que el eje (moyeu), por su inexistencia, viene a visitar a algunos.Pues el sujeto de los acontecimientos, por mucho que movilice, no es conciencia, y por eso su replica solo se produce en una cabeza, y no en un grupo.Para sacar algún beneficio hace falta saber que el presente es contingente, como el pasado fútil. Es necesario atenerse al futuro, contra Aristóteles que ha cedido en esto, y dice que el presente tiene (tient) lo que tiene de necesario. El vencedor desconocido de mañana es a partir de hoy que gobierna.
Notas
1-
En algunos sectores dejamos entre paréntesis el término francés para orientar al lector hacia otra posible traducción.
2-
D’un trou et du petit tas, se expresa Lacan en el subtítulo. Remite, obviamente, al petit a.
3-
Psychoanalytique, en el original francés, en lugar de psychanalytique.
4-
En el texto: petit a.
5-
En el texto: petit tas.
6-
La locución adverbial "lus en diagonale" significa "leídos rápidamente", "hojeados", "recorridos para tener una idea general" (como se leen, precisamente, los titulares de un diario: el artículo de Lacan iba a ser publicado por Le Monde). Pero en el texto, un poco más abajo, Lacan alude al método de la diagonal, por eso preferimos traducir la expresión literalmente.
7-
El subtítulo de Lacan en francés es el siguiente: L’emoi de mai et sa maimoire dans le sujet capitaliste. Soporta diversas traducciones, a saber: "La agitación (los disturbios) de mayo y su memoria (mayomemoria, memoria de mayo) en el sujeto capitalista"; también, "El yo (el "yoemotivo", la efervescencia, disturbios) de mayo y su memoria (memayomemoria) en el sujeto capitalista"; y, asimismo, "El (convulsionado) mes de mayo y su mesmayo en el sujeto capitalista".
8-
En el original y como en el subtítulo tratado en la nota anterior: l’émoi de mai; por homofonía resultan: le moi de mai, el yo de mayo; y, le mois de mai, el mes de mayo.
9-
Subrayado por Lacan en el original: maimorisation.
Santa Claus
Existen aproximadamente dos mil millones de niños en el mundo. Sin embargo, como Santa Claus no visita niños musulmanes, ni judíos, ni budistas, esto reduce su trabajo en la noche de Navidad y sólo tiene que visitar 378 millones de chicos.
Con una tasa promedio de 3,5 niños por casa, se convierte en 108 millones de hogares (suponiendo que al menos hay un niño bueno por casa). Santa Claus tiene alrededor de 31 horas de Navidad para realizar su trabajo, gracias a las diferentes zonas horarias y a la rotación de la Tierra, asumiendo que viaja de este a oeste (lo cual parece lógico). Esto suma 968 visitas por segundo. Como quien dice, para cada casa cristiana con un niño bueno, Santa tiene alrededor de 1/1000 de segundo para: estacionar el trineo, bajar, entrar por la chimenea, llenar las botas de regales, distribuir los demás regalos bajo el arbolito, comer los bocadillos que le dejan, trepar nuevamente por la chimenea, subirse al trineo… y llegar a la siguiente casa.
Suponiendo que cada una de esas 108 millones de paradas están equidistribuidas geográficamente, estamos hablando de alrededor de 1248 metros entre casa y casa. Esto significa, un viaje total de 121 millones de kilómetros… sin contar descansos o paradas al baño. Por lo tanto, el trineo de Santa Claus se mueve a una velocidad de 1040 kilómetros por segundo… es decir, casi tres mil veces la velocidad del sonido.
Hagamos una comparación: el vehículo más rápido fabricado por el hombre viaja a una velocidad máxima de 44 km/seg. Un reno convencional puede correr (como máximo) a 24 km por hora o, lo que es lo mismo, unas siete milésimas de kilómetros por segundo. La carga del trineo agrega otro elemento interesante. Suponiendo que cada niño sólo pidió un juguete de tamaño mediano (digamos, de un kilo), el trineo estaría cargando más de 500.000 toneladas… sin contar a Santa Claus. Aun suponiendo que un reno pudiera acarrear diez veces el peso normal, el trabajo, obviamente, no podría ser hecho por 8 ó 9 renos. Santa Claus necesitaría 360.000 de ellos, lo que incrementa la carga otras 54.000 toneladas… sin contar el peso del trineo.
Más allá de la broma, 600.000 toneladas viajando a 1040 km/seg sufrirían una resistencia al aire enorme, lo que calentaría los renos, de la misma forma que se calienta la cubierta de una nave espacial al ingresar a la atmósfera terrestre. Por ejemplo, los dos renos de adelante, absorberían 14,3 quintillones de joules de energía por segundo cada uno… por lo que se calcinarían casi instantáneamente, exponiendo a los renos siguientes y creando ensordecedores “booms” sónicos. Todos los renos se vaporizarían en un poco más de cuatro milésimas de segundo… más o menos cuando Santa Claus esté a punto de realizar su quinta visita.
Si no importara todo lo anterior, hay que considerar el resultado de la desaceleración de 1040 km/seg. En 0,001 de segundo, suponiendo un peso de Santa Claus de 150 kg, estaría sujeto a una inercia de fuerza de 2.315.000 kg, rompiendo al instante sus huesos y desprendiendo todos sus órganos, reduciéndolo al pobre Santa Claus a una masa sin forma aguada y temblorosa.
Si aun con todos estos datos, los enoja que Santa Claus no les haya traído lo que pidieron este año, es porque son tremendamente injustos y desconsiderados.
Tomado de Adrián Paenza,
“Matemática… ¿Estás ahí?”,
Siglo veintiuno editores, Buenos Aires, 2005, p. 177 y ss.
martes 18 de diciembre de 2007
Roberto Fontanarrosa. "Intervención en el Congreso de la Lengua" (Rosario, Argentina, 19 de abril de 2004)

Las Malas Palabras
No sé qué tiene que ver con lo de la internacionalización, que, aparte, ahora que pienso, ese título lo habrán puesto para decir que una persona que logra decir correctamente in-ter-na-cio-na-li-za-ción es capaz de ponerse en un escenario y hablar algo –porque es como un test que han hecho.
Algo tendrá que ver el tema, éste, el de las malas palabras, por ejemplo, con éste, como el que decía el amigo Escribo (José Claudio Escribano). Se nota que es tan polémica esta mesa que es la única a la que le han asignado “escribano” para que se controle todo lo que se dice en ella.
Es un aporte real en cuanto al intercambio. Me ha tocado vivir, cuando he tenido que acompañar a la Selección Argentina a partidos (de fútbol) en Latinoamérica. El intercambio que hay en esos casos de este lenguaje, es de una riqueza notable; es más, en Paraguay nos decían “come gatos” que es, estrictamente para los rosarinos, “un rosarinismo”.
Un Congreso de la Lengua es, más que todo, para plantearse preguntas. Yo, como casi siempre hablo desde el desconocimiento, me pregunto por qué son malas las malas palabras, quién las define como tal. ¿Quién y por qué? ¿Quién dice qué tienen las malas palabras? ¿Son malas porque son de mala calidad? ¿O sea que cuando uno las pronuncia se deterioran? ¿O, cuando uno las utiliza, tienen actitudes reñidas con la moral?
Obviamente, no se quién las define como malas palabras. Tal vez sean (ellas) como esos villanos de viejas películas –como las que nosotros veíamos–, que en un principio eran buenos, pero que al final la sociedad los hizo malos. Tal vez nosotros, al marginarlas, las hemos derivado en palabras malas. Lo que yo pienso es que brindan otros matices, muchas de ellas. Yo soy fundamentalmente dibujante, con lo que uno se preguntará: ¿qué hace ese muchacho arriba del escenario? Manejo muy mal el color, por ejemplo, pero a través de eso sé que cuanto más matices tenga uno, más puede defenderse, para expresarse, para transmitir, para graficar algo; entonces: hay palabras, palabras, palabras de las denominadas malas palabras que son irremplazables, por sonoridad, por fuerza, algunas incluso por contextura física de la palabra. No es lo mismo decir que una persona es “tonta” o “zonza”, que decir que es un “pelotudo”. “Tonto” puede incluso incluir un problema de disminución neurológica realmente agresivo.
El secreto de la palabra “pelotudo”, ya universalizada –no sé si está en el diccionario de dudas–, está en que también puede hacer referencia a algo que tiene pelotas, que puede ser un utilero de fútbol que es un pelotudo porque traslada las pelotas; pero lo que digo, el secreto, la fuerza, está en la letra “t”. Analicémoslo –anoten las maestras–: está en la letra “t”, puesto que no es lo mismo decir “zonzo” que decir “peloTudo”.
Otra cosa, hay una palabra maravillosa que en otros países está exenta de culpa –esa es otra particularidad, porque todos los países tienen malas palabras pero se ve que las leyes de algunos países protegen y en otros no–, hay una palabra maravillosa, decía, que es “carajo”. Yo tendría que recurrir a mi amigo y conocer Arturo Pérez Reverte, conocedor en cuanto a la navegación, porque tengo entendido que “el carajo” era el lugar donde se colocaba el vigía, en lo alto de los mástiles de los barcos para divisar tierra o lo que fuere; entonces mandar a una persona al carajo era estrictamente eso, mandarlo ahí arriba.
Amigos mexicanos con los que estuve cenando anoche me estuvieron enseñando una cantidad de malas palabras mexicanas. Ahora que lo pienso creo que me estaban insultando porque se suscitó un problema con la cuenta a la hora de pagar. Me explicaban que las islas Carajo son unas islas que están en el océano Índico.
En España, el “carajillo” es el café con coñac y acá apareció como mala palabra, al punto que se llega a los eufemismos, se decía “caracho”; es de una debilidad absoluta y de una hipocresía… ¿no?
A veces hay periódicos que ponen: “El senador Fulano de Tal envió a la m… a su par”. La triste función de esos puntos suspensivos, realmente el papel absurdo que están haciendo ahí, merecería también una discusión acá, en el Congreso de la Lengua.
Voy a ir cerrando. Hay otra palabra que quiero apuntar que creo es fundamental en el idioma castellano, que es la palabra “mierda”, que también es irremplazable. El secreto de la contextura física está en la “r” –anoten las docentes–, porque es mucho más débil como la dicen los cubanos: “mieLda”, que suena a chino, y eso –yo creo que ahí está la base de los problemas que ha tenido la Revolución cubana–, le quita posibilidades de expresividad.
Voy cerrando, después de este aporte medular que he hecho al lenguaje y al Congreso. Lo que yo pido es que atendamos a esta condición terapéutica de las malas palabras. Mi psicoanalista dice que es imprescindible para descargarse, para dejar de lado el estrés y todo ese tipo de cosas. Lo único que yo pediría (no quiero hacer una teoría) es reconsiderar la situación de estas palabras. Pido una amnistía para la mayoría de ellas. Vivamos una Navidad sin malas palabras e integrémoslas al lenguaje, que las vamos a necesitar.
lunes 17 de diciembre de 2007
Bossa nova não tem fim (adn Cultura, La Nación, 15/12/07)

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sábado 15 de diciembre de 2007
Pablo Peusner. "Reflexiones en diciembre"
Estamos llegando lentamente al final del año y a nuestro blog le cuesta manifestar el ánimo habitual de las fiestas. Sorprendentemente, mucha gente con ganas de festejar y de encontrarse con otros, corre de aquí para allá enloquecida. No hay compromiso que soporte el ritmo, los pacientes nos enloquecen cambiando horarios, algunos se deprimen y comienzan a realizar el balance del año que, inevitablemente, les da en rojo. Finalmente, todo termina en le brindis del 31 a las doce y el deseo es, más o menos, siempre el mismo: "Que el año próximo sea mejor que este".miércoles 12 de diciembre de 2007
Marqués de Sade. "Franceses: un esfuerzo más si queréis ser republicanos"

SI QUERÉIS SER REPUBLICANOS, por Donatien Alphonse François de Sade.
La religión
Vengo a ofrecer grandes ideas; las escucharán, serán pensadas; si no todas agradan, al
menos algunas quedarán; habré contribuido algo al progreso de las luces, y con ello quedaré
satisfecho. No lo oculto, veo con pena la lentitud con que tratamos de llegar a la meta;
con inquietud siento que estamos en vísperas de no alcanzarla una vez más. ¿Cree alguien
que esa meta se alcanza cuando nos hayan dado leyes? Que nadie lo crea. ¿Qué
haríamos con las leyes, sin religión? Necesitamos un culto, y un culto hecho para el carácter
de un republicano, muy alejado de poder continuar el de Roma. En un siglo en que
estamos tan convencidos de que la religión debe apoyarse en la moral, y no la moral en la
religión, se necesita una religión que vaya con las costumbres, que sea algo así como su
desarrollo, como su necesaria secuela, y qué, elevando el alma, pueda mantenerla perpetuamente
a la altura de esa libertad preciosa que constituye hoy día su único ídolo. Ahora
bien, yo pregunto si puede suponerse que la de un esclavo de Tito, la de un vil histrión
de Judea, puede convenir a una nación libre y guerrera que acaba de regenerarse. No,
compatriotas míos, no, no lo creáis. Si, por desgracia para él, el francés volviera a sepultarse
en las tinieblas del cristianismo, por un lado el orgullo, la tiranía y el despotismo
de los sacerdotes, vicios que siempre renacen en esa horda impura; por otro la bajeza,
la estrechez de miras, la insulsez de los dogmas y de los misterios de esa indigna y
fabulosa religión, debilitando la altivez del alma republicana, la pondrían pronto bajo el
yugo que su energía acaba de romper.
No perdamos de vista que esta pueril religión era una de sus mejores armas en manos
de nuestros tiranos: uno de sus primeros dogmas era dar al César lo que es del César,-
pero nosotros hemos destronado a César y no queremos darle nada. Franceses, sería vano
jactarse de que el espíritu de un clero que ha jurado la constitución no es el de un
clero refractario; siempre hay vicios de estado que nunca pueden corregirse. Antes de
diez años, en medio de la religión cristiana, de su superstición, de sus prejuicios,
vuestros sacerdotes, pese a su juramento, pese a su pobreza, volverían a poseer el imperio
de las almas que habían invadido; volverían a encadenaros a los reyes, porque el poder
de éstos siempre apuntaló el de aquéllos, y vuestro edificio republicano, falto de
bases, se derrumbaría.
Oh, vosotros que tenéis la hoz en la mano, propinad el último golpe al árbol de la superstición:
no os contentéis con podar las ramas: desarraigad por entero una planta cuyos
efectos son tan contagiosos; debéis estar totalmente convencidos de que vuestro
sistema de libertad y de igualdad contraría demasiado abiertamente a los ministros de
los altares de Cristo para que haya alguna vez uno solo que la adopte de buena fe o no
busque con moverlo si consigue recuperar algún dominio sobre las conciencias. ¡Qué
sacerdote, comparando el estado a que acaban de reducirle con el que antes gozaba, no
ha de hacer cuanto de él dependa para recuperar no sólo la confianza, sino también la
autoridad que le han hecho perder? ¿Y cuántos seres débiles y pusilánimes no se volverán
pronto esclavos de este ambicioso tonsurado? ¿Por qué no se piensa que los inconvenientes
que han existido pueden renacer aún? En la infancia de la Iglesia cristiana,
Vieran los sacerdotes lo que son hoy? Ya veis adónde habían llegado; sin embargo,
quién los había conducido allí? ¿No fueron los medios que les proporcionaba la religión?
Ahora bien, si no la prohibís completamente, a esa religión y a quienes la predican,
contando siempre con los mismos medios llegarán pronto al mismo fin.
Aniquilad, pues, para siempre todo lo que un día puede destruir vuestra obra. Pensad
que estando el fruto de vuestros trabajos reservado sólo a vuestros nietos, es deber
vuestro, probidad vuestra, no dejar ni uno de estos gérmenes peligrosos que podrían
volverles a sumir en el caos de que con tanto esfuerzo hemos salido. Ya se disipan
nuestros prejuicios, ya el pueblo abjura los absurdos católicos; ha suprimido los templos,
ha derribado los ídolos, está decidido a que el matrimonio sea sólo un acto civil;
los confesionarios rotos sirven en los fogones públicos; los pretendidos fieles, al desertar
del banquete católico, dejan los dioses de harina a los ratones. Franceses, no os detengáis:
Europa entera, con una mano puesta en la venda que fascina sus ojos, espera de
vosotros el esfuerzo que debe arrancarla de su frente. Daos prisa: no deis a la santa
Roma, que se agita en todas direcciones para reprimir vuestra energía, el tiempo de conservar
quizás algunos prosélitos. Golpead sin miramientos su cabeza altiva y temblorosa,
y que antes de dos meses el árbol de la libertad, dando sombra a los despojos de la
cátedra de san Pedro, cubra con el peso de sus ramas victoriosas todos estos despreciables
ídolos del cristianismo, descaradamente alzados sobre las cenizas tanto de los Catones
como de los Brutos.
Franceses, os lo repito, Europa espera de vosotros verse libre a un tiempo del cetro y
del incensario. Pensad que es imposible librarla de la tiranía monárquica sin romper al
mismo tiempo los frenos de la superstición religiosa: los lazos de la una están demasiado
íntimamente ligados a la otra para que, si dejáis subsistir una de las dos, no volváis a
caer pronto bajo el imperio de lo que habríais descuidado disolver. No es ni ante las rodillas
de un ser imaginario ni ante las de un vil impostor ante lo que un republicano debe
arrodillarse; sus únicos dioses deben ser ahora el valor y la libertad. Roma desapareció
cuando se predicó el cristianismo, y Francia está perdida si en ella se lo venera todavía.
Examinad con atención los dogmas absurdos, los misterios espantosos, las ceremonias
monstruosas, la moral imposible de esa repugnante religión, y ved si puede convenir a
una república. ¿Creéis de buena fe que me iba a dejar yo dominar por la opinión de un
hombre al que acabo de ver a los pies del imbécil sacerdote de Jesús? ¡No, desde luego
que no! Ese hombre, siempre vil, tenderá siempre, por su bajeza de miras, a las atrocidades
del antiguo régimen; desde el momento en que ha podido someterse a las estupi-
deces de una religión tan insulsa como teníamos la locura de admitir, ya no puede ni
dictarme leyes ni transmitirme luces; no le veo más que como un esclavo de los prejuicios
y de la superstición.
Pongamos los ojos, para convencernos de esta verdad, sobre los pocos individuos que
permanecen adictos a ese culto insensato de nuestros padres; veremos entonces si no
son todos enemigos irreconciliables del sistema actual, veremos si no es en su número
donde está totalmente comprendida esa casta, tan justamente despreciada, de realistas y
de aristócratas. Que el esclavo de un bergante coronado se arrodille, si quiere, a los
pies de un ídolo de pasta: ese objeto está hecho para su alma de barro; ¡quien puede
servir a reyes debe adorar a dioses! Pero nosotros, franceses, nosotros, compatriotas
míos, nosotros, ¿arrastrarnos todavía humildemente bajo frenos tan despreciables? ¡Antes
morir mil veces que ser esclavos de nuevo! Puesto que creemos necesario un culto,
imitemos el de los romanos: las acciones, las pasiones, los héroes, esos sí que eran objetos
respetables. Tales ídolos sublimaban el alma, la electrizaban; hacían más: le comunicaban
las virtudes del ser respetado. El adorador de Minerva quería ser prudente.
El valor estaba en el corazón de aquél al que se veía a los pies de Marte. Ni un solo dios
de estos grandes hombres estaba privado de energía; todos transmitían el fuego en que
ellos mismos se abrasaban al alma de quien los veneraba; y como tenían la esperanza de
ser adorados también ellos un día, aspiraban a volverse al menos tan grandes como
aquellos a los que tomaban por modelo. ¿Qué encontramos en cambio en los vanos dioses
del cristianismo? ¿Qué os ofrece, pregunto, esa imbécil religión? El insulso impostor
de Nazaret 9 ¿provoca en vosotros el nacimiento de alguna gran idea? Su sucia y
repugnante madre, la impúdica María, ¿os inspira algunas virtudes? ¿Y encontráis en
los santos con que han adornado su Elíseo algún modelo de grandeza, o de heroísmo, o
de virtudes? Es tan cierto que esa estúpida religión no presta nada a las grandes ideas,
que ningún artista puede emplear sus atributos en los monumentos que alza; en Roma
mismo, la mayoría de los adornos y ornamentos del palacio de los papas tiene sus modelos
en el paganismo, y, mientras el mundo subsista, sólo él encenderá el verbo de los
grandes hombres.
¿Será en el teísmo puro donde encontraremos más motivos de grandeza y de elevación?
¿Será en la adopción de una quimera que, dando a nuestra alma ese grado de
energía esencial a las virtudes republicanas, llevará al hombre a amarlas o a practicarlas?
Ni lo soñéis; estamos de vuelta de ese fantasma, y ahora el ateísmo es el único
sistema de todas las personas que saben razonar. A medida que las luces ilustran se ha
comprendido que, por ser inherente el movimiento a la materia, el agente necesario para
imprimir ese movimiento se convertía en un ser ilusorio y que, por tener que estar todo
cuanto existe en movimiento por esencia, el motor era inútil; se ha comprendido que
ese dios quimérico, prudentemente inventado por los primeros legisladores, no era entre
sus manos sino otro medio más para encadenarnos y que, reservándose el derecho de
hacer hablar sólo ellos a ese fantasma, podían muy bien hacerle decir sólo aquello que
apoyaba las leyes ridículas con que pretendían esclavizarnos. Licurgo, Numa, Moisés,
Jesucristo, Mahoma, todos esos grandes bribones, todos esos grandes déspotas de nuestras
ideas, supieron asociar las divinidades que fabricaban a su desmesurada ambición,
y seguros de cautivar a los pueblos con la sanción de tales dioses, tuvieron -cuidado
siempre, como se sabe, de interrogarlos sólo a propósito, o de hacerles responder únicamente
aquello que creían que podía servirles.
Despreciemos por tanto hoy día tanto el vano dios que los impostores han predicado
como todas las sutilezas religiosas que se desprenden de su ridícula adopción; no es con
ese sonajero como se puede divertir ya a hombres libres. Que la extinción total de los
cultos figure, por lo tanto, en los principios que propaguemos a toda Europa. No nos
contentemos con romper los cetros, pulvericemos por siempre los ídolos: no hubo nunca
más que un paso de la superstición a la realeza. Indudablemente hubo de ser así,
puesto que uno de los primeros artículos de la consagración de los reyes era siempre el
mantenimiento de la religión dominante como una de las bases políticas que mejor debían
sostener su trono. Pero, desde el momento en que ese trono ha sido abatido, desde
que lo ha sido felizmente para siempre, no temamos extirpar de igual modo lo que constituía
su sostén.
Sí, ciudadanos, la religión es incoherente con el sistema de la libertad; lo habéis notado.
El hombre libre jamás se inclinará ante los dioses del cristianismo; jamás sus dogmas,
jamás sus ritos, sus misterios o su moral convendrán a un republicano. Un esfuerzo
más; puesto que trabajáis por destruir todos los prejuicios, no dejéis subsistir ninguno,
porque basta uno sólo para volver a traerlos todos. ¡Y cuánto más seguros no debemos
estar de su retorno si el que dejáis vivir es positivamente la cuna de todos los demás!
Basta de creer que la religión pueda ser útil al hombre. Tengamos buenas leyes, y
podremos prescindir de la religión. Pero se necesita una para el pueblo, dicen; lo divierte,
lo contiene. ¡En buena hora! Dadnos pues, en ese caso, la que conviene a los hombres
libres. Devolvednos los dioses del paganismo. De buena gana adoraremos a Júpiter,
a Hércules o a Palas; pero ya no queremos al fabuloso autor de un universo que se
mueve por sí mismo; no queremos ya a un dios sin extensión y que, sin embargo, llena
todo con su inmensidad, un dios todopoderoso que no cumple nunca lo que desea, un
ser soberanamente bueno que no hace más que descontentos, un ser amigo del orden y
por cuyo gobierno todo está en desorden. No, no queremos ya un dios que perturba la
naturaleza, que es el padre de la confusión, que mueve al hombre en el momento en que
el hombre se entrega a los horrores; tal dios nos hace estremecernos de indignación, y
lo relegamos por siempre al olvido, del que el infame Robespierre ha querido sacarlo.
Franceses; sustituyamos ese indigno fantasma por los imponentes simulacros que
hacían a Roma dueña del universo; tratemos a todos los ídolos cristianos como hemos
tratados a los de nuestros reyes. Hemos vuelto a poner los emblemas de la libertad sobre
las bases que sostenían antaño a los tiranos; reedifiquemos igualmente la efigie de
los grandes hombres sobre los pedestales de esos polizontes adorados por el cristianismo.
Dejemos de temer el efecto del ateísmo en nuestros campos; ¿no han sentido los
campesinos necesidad del aniquilamiento del culto católico, tan contradictorio con los
verdaderos principios de la libertad? ¿No han visto sin temor, y sin dolor, derrocar sus
altares y sus presbiterios? ¡Ah! Creed que del mismo modo renunciarán a su ridículo
dios. Las estatuas de Marte, de Minerva y de la Libertad serán colocadas en los lugares
más ostentosos de sus casas; allí celebrarán una fiesta todos los años; se otorgará la corona
cívica al ciudadano que más lo haya merecido de la patria. A la entrada de un bosque
solitario, Venus, el Himeneo y el Amor, levantados bajo un templo agreste, recibirán
el homenaje de los amantes; será allí donde, por la mano de las Gracias, la belleza
coronará a la constancia. No bastará con amar para ser digno de esta corona, será preciso
haber merecido serlo: el heroísmo, los talentos, la humanidad, la grandeza de alma,
un civismo a toda prueba, éstos son los títulos que se verá obligado a poner el amante a
los pies de su amada, y valdrán más que los del nacimiento y de la riqueza que un tonto
orgullo exigía antaño. Por lo menos, de ese culto saldrán algunas virtudes, mientras que
del que hemos tenido sólo nace la debilidad de profesar crímenes. Este culto se aliará
con la libertad a que servimos; la animará, la mantendrá, la encenderá, mientras que el
teísmo es por esencia y por naturaleza el enemigo más mortal de la libertad a que nosotros
servimos. ¿Costó una gota de sangre cuando los ídolos paganos fueron destruidos
en el Bajo Imperio? La revolución, preparada por la estupidez de un pueblo esclavizado,
se realizó sin el menor obstáculo. ¿Cómo podemos temer que la obra de la
filosofía sea más penosa que la del despotismo? Son únicamente los sacerdotes los que
todavía encadenan a los pies de su quimérico dios a este pueblo que tanto teméis iluminar;
alejadlos de él y el velo caerá naturalmente. Creed que ese pueblo, mucho más sabio
de lo que imagináis, liberado de los hierros de la tiranía, lo estará muy pronto de los
de la superstición. Vosotros lo teméis si no tiene ese freno: ¡qué extravagancia! ¡Ah!
¡Creedlo, ciudadanos, aquel a quien la espada material de las leyes no detiene tampoco
se detendrá por el temor moral de los suplicios del infierno, de los que se burla desde su
infancia. En una palabra, vuestro teísmo ha hecho cometer muchas fechorías, pero jamás
ha evitado una sola. Si es cierto que las pasiones ciegan, que su efecto es tender
ante nuestros ojos una nube que nos oculte los peligros de que están rodeadas, ¿cómo
podemos suponer que los que están lejos de nosotros, como lo están los castigos anunciados
por vuestro dios, puedan llegar a disipar esa nube que no disuelve siquiera la espada
de las leyes, siempre suspendida sobre las pasiones? Por tanto, si está demostrado
que este suplemento de frenos impuesto por la idea de un dios se vuelve inútil, si está
probado que es peligroso por sus demás efectos, pregunto: ¿para qué puede, pues, servir,
y en qué motivos hemos dé apoyarnos para prolongar su existencia? ¿Se me dirá
que no estamos bastante maduros para consolidar aún nuestra revolución de una manera
tan manifiesta? ¡Ah, conciudadanos míos, el camino que hemos recorrido desde el 89
era de otro tipo de dificultades que el que nos queda por recorrer, y hemos de trabajar
sobre la opinión, para lo que os propongo, mucho menos de lo que la hemos atormentado
en todos los sentidos desde la época de la caída de la Bastilla. Creemos que un pueblo
lo bastante prudente, lo bastante valiente para conducir a un monarca impúdico desde
la cima de las grandezas a los pies del cadalso; que un pueblo que en estos pocos
años ha sabido vencer tantos prejuicios, que ha sabido romper tantos frenos ridículos, lo
será de sobra para inmolar, para bien y prosperidad de la república, un fantasma mucho
más ilusorio de lo que podía serlo el de un rey.
Franceses, vosotros daréis los primeros golpes; vuestra educación nacional hará el
resto; pero pongámonos pronto a la tarea; que se convierta en uno de vuestros cuidados
prioritarios; que tenga ante todo por base esa moral esencial, tan descuida da en la educación
religiosa. Reemplazad las tonterías deíficas, con que fatigáis los jóvenes órganos
de vuestros hijos, por excelentes principios sociales; que en lugar de aprender a recitar
fútiles plegarias que tendrán a gloria olvidar cuando tengan dieciséis años, sean instruidos
en sus deberes para con la sociedad; enseñadles a amar las virtudes de que apenas
les hablabais antaño y que, sin vuestras fábulas religiosas, bastan para su felicidad individual;
hacedles sentir que esa felicidad consiste en hacer a los demás tan afortunados
como nosotros mismos deseamos serlo. Si colocáis esas verdades sobre las quimeras
cristianas, como antaño cometíais la locura de hacerlo, apenas hayan reconocido vuestros
alumnos la futilidad de las bases, harán derrumbarse el edificio y se convertirán en
malvados sólo porque creerán que la religión que han derribado les prohibía serlo.
Haciéndoles sentir en cambio la necesidad de la virtud únicamente porque su propia
felicidad depende de ella, serán personas honestas por egoísmo, y esta ley que rige a
todos los hombres será siempre la más segura de todas. Evítese, por tanto, con el mayor
cuidado, mezclar ninguna fábula religiosa a esta educación nacional. No perdamos nunca
de vista que son hombres libres lo que queremos formar y no viles adoradores de un
dios. Que un filósofo sencillo enseñe a estos nuevos alumnos las sublimidades incomprensibles
de la naturaleza, que les pruebe que el conocimiento de un dios, muy peligroso
a menudo para los hombres, jamás sirve a su felicidad, y que no serán más felices
admitiendo como causa de lo que no comprenden algo que comprenden aún menos; que
es mucho menos esencial entender la naturaleza que gozar de ella y respetar sus leyes;
que estas leyes son tan sabias como simples; que están escritas en el corazón de todos
los hombres y que basta con preguntar a ese corazón para discernir sus impulsos. Si
quieren que por encima de todo les habléis de un creador, responded que, habiendo sido
siempre las cosas lo que son, no habiendo tenido comienzo jamás y no debiendo tener
nunca fin, le resulta tan inútil como imposible al hombre poder remontarse a un origen
imaginario que no explicaría nada y que nada cambiaría. Decidles que es imposible para
los hombres tener ideas verdaderas de un ser que no actúa sobre ninguno de nuestros
sentidos.
Todas nuestras ideas son representaciones de objetos que nos llaman la atención;
¿cuál puede representarnos la idea de Dios, que evidentemente es una idea sin objeto?
Una idea semejante, añadiréis, ¿no es tan imposible como los efectos sin causa? Una
idea sin prototipo ¿es algo más que una quimera? Algunos doctores, proseguiréis, aseguran
que la idea de Dios es innata, y que los hombres tienen esa idea desde el vientre
de su madre. Pero esto es falso, añadiréis; todo principio es un juicio, todo juicio es el
efecto de la experiencia, y la experiencia sólo se adquiere mediante el ejercicio de los
sentidos; de donde se sigue que los principios religiosos no se refieren evidentemente a
nada y no son en modo alguno innatos. ¿Cómo, proseguiréis, ha podido persuadirse a
seres razonables de que la cosa más difícil de comprender era la más esencial para
ellos? Es que les han asustado mucho; es que, cuando se tiene miedo, se cesa de razonar;
es que, sobre todo, les han recomendado desconfiar de su razón, y, cuando el cerebro
está turbado, se cree todo y no se analiza nada. La ignorancia y el miedo, seguiréis
diciéndoles, he ahí las dos bases de todas las religiones. La incertidumbre en que el
hombre se encuentra en relación a su Dios es precisamente el motivo que lo vincula a
su religión. El hombre tiene miedo, tanto fisico como moral, en las tinieblas; el miedo
se vuelve habitual en él y se convierte en necesidad; creería que le falta algo si no tuviera
nada que esperar o que temer. Volved luego a la utilidad de la moral: dadles sobre
ese gran tema muchos más ejemplos que lecciones, muchas más pruebas que libros,
y haréis buenos ciudadanos; haréis buenos guerreros, buenos padres, buenos esposos;
haréis hombres tan unidos a la libertad de su país que ninguna idea de servidumbre podrá
presentarse ya a su espíritu, que ningún terror religioso vendrá a turbar su genio.
Entonces el verdadero patriotismo estallará en todas las almas; reinará con toda su fuerza
y con toda su pureza, porque se convertirá en el único sentimiento dominante, y ninguna
idea extraña debilitará su energía; entonces, vuestra segunda generación está segura
y vuestra obra, consolidada por ella, se convertirá en ley del universo. Pero si, por
temor o pusilanimidad, no son seguidos estos consejos, si se deja subsistir las bases del
edificio que se había creído destruir, ¿qué ocurrirá? Se volverá a construir sobre esas
bases, y se colocarán en ellas los mismos colosos, con la cruel diferencia de que esta
vez serán cimentadas con tal fuerza que ni vuestra generación ni las que la sigan lograrán
derribarlas.
Que nadie dude de que las religiones son la cuna del despotismo; el primero de todos
los déspotas fue un sacerdote; el primer rey y el primer emperador de Roma, Numa y
Augusto, se asocian uno y otro al sacerdocio; Constantino y Clodoveo fueron antes
abades que soberanos; Heliogábalo fue sacerdote del Sol. Desde todos los tiempos, en
todos los siglos, hubo entre el despotismo y la religión tal conexión que está demostrado
de sobra que, al destruir al uno, se debe zapar al otro, por la sencilla razón de que el
primero servirá siempre de ley al segundo. No propongo, sin embargo, ni matanzas ni
deportaciones: todos estos horrores están demasiado lejos de mi alma para osar concebirlos
un minuto siquiera. No, no asesinéis, no desterréis: esas atrocidades son propias
de los reyes o de los malvados que los imitaron; no será obrando igual que ellos como
obligaréis a sentir horror por quienes las ejercían. Sólo hemos de emplear la fuerza contra
los ídolos; basta con ridiculizar a quienes los sirven; los sarcasmos de Juliano perjudicaron
más a la religión cristiana que todos los suplicios de Nerón. Sí, destruyamos
para siempre toda idea de Dios y hagamos soldados de sus sacerdotes; algunos lo son
ya; que se vinculen a este oficio tan noble para un republicano, pero que no vuelvan a
hablar ni de su ser quimérico ni de su religión fabuladora, único objeto de nuestros desprecios.
Condenemos a ser escarnecido, ridiculizado, cubierto de barro en todas las encrucijadas
de las mayores ciudades de Francia, al primero de esos benditos charlatanes
que venga a hablarnos todavía de Dios o de religión; una prisión perpetua será la pena
que caiga sobre quien incurra dos veces en las mismas faltas. Que las blasfemias más
insultantes, las obras más ateas sean autorizadas plenamente en seguida, a fin de acabar
de extirpar en el corazón y en la memoria de los hombres esos terribles juguetes de
nuestra infancia; que se saque a concurso la obra más capaz de iluminar por fin a los
europeos en materia tan importante, y que un premio considerable, discernido por la
nación, sea recompensa de quien, habiendo dicho todo, habiendo demostrado todo sobre
esta materia, deje a sus compatriotas una guadaña para derribar todos esos fantasmas
y un corazón recto para odiarlos. En seis meses todo habrá acabado: vuestro infame
Dios será nada; y esto sin dejar de ser justo o celoso de la estima de los demás, sin
cesar de temer la espada de las leyes, sin dejar de ser honesto, porque se habrá comprendido
que el verdadero amigo de la patria no debe ser arrastrado por quimeras, como
el esclavo de los reyes; que no es, en una palabra, ni la esperanza frívola de un mundo
mejor, ni el temor a males mayores que los que nos envía la naturaleza, lo que debe
conducir a un republicano, cuya única guía es la virtud, como el remordimiento su único
freno.
Las costumbres
Tras haber demostrado que el teísmo no conviene en modo alguno a un gobierno republicano,
me parece necesario probar que a las costumbres francesas tampoco les conviene
más. Este artículo es esencial, sobre todo porque son las costumbres las que van a
servir de motivos a las leyes que han de promulgarse.
Franceses, sois demasiado ilustrados para no datos cuenta de que un gobierno nuevo
va a necesitar costumbres nuevas; es imposible que el ciudadano de un Estado libre se
comporte como el esclavo de un rey déspota; las diferencias de sus intereses, de sus deberes,
de sus relaciones entre sí, determinan de un modo absolutamente distinto su
comportamiento en el mundo; una multitud de pequeños errores, de pequeños delitos
sociales, considerados muy esenciales bajo el gobierno de los reyes, que debían exigir
tanto más cuanto que necesitaban imponer frenos para hacerse respetables o inabordables
a sus súbditos, van a anularse aquí; otras fechorías, conocidas bajo los nombres de
regicidio o de sacrilegio, bajo un gobierno que no conoce ya ni reyes ni religiones deben
desaparecer asimismo en un Estado republicano. Tras conceder la libertad de conciencia
y la de prensa, pensad, ciudadanos, que con un poco más ha de concederse la de
acción, y que salvo aquello que choca directamente a las bases del gobierno, os quedan
muchos menos crímenes que poder castigar, porque en la práctica hay muy pocas acciones
criminales en una sociedad cuyas bases se fundan en la libertad y la igualdad;
pesando y examinando bien las cosas, sólo es verdaderamente criminal aquello que la
ley reprueba; porque, al dictarnos la naturaleza tantos vicios como virtudes en razón de
nuestra organización, o más filosóficamente aun, en razón de la necesidad que tiene de
unos y de otras, cuanto ella nos inspira se convertiría en medida muy insegura para regular
con precisión lo que está bien o lo que está mal. Pero para desarrollar mejor mis
ideas sobre un tema tan esencial, vamos a clasificar las diferentes acciones de la vida
del hombre que hasta ahora se ha convenido denominar criminales, y luego las mediremos
con los verdaderos deberes de un republicano.
Desde tiempos inmemoriales los deberes del hombre han sido considerados bajo las
tres relaciones distintas siguientes:
1. Aquellos que su conciencia y su credulidad le imponen para con el Ser Supremo.
2. Aquellos que está obligado a cumplir con sus hermanos.
3. Por último, aquellos que sólo tienen relación con él.
La certeza en que debemos estar de que ningún dios ha tenido nada que ver con nosotros
y de que, criaturas necesitadas de la naturaleza como las plantas y los animales,
estamos aquí porque era imposible que dejáramos de estar, esa certeza aniquila de un
solo golpe, como puede verse, la primera parte de estos deberes, es decir de aquellos
por los que nos creemos falsamente responsables para con la divinidad, todos ellos conocidos
bajo los nombres vagos e indefinidos de impiedad, sacrilegio, blasfemia, ateísmo,
etc., todos aquellos, en una palabra, que Atenas castigó tan injustamente en Alcibíades
y Francia en el infortunado La Barre. Si hay algo extravagante en el mundo es
ver a los hombres, que no conocen a su dios y lo que ese dios pueda exigir más que según
sus limitadas ideas, querer, sin embargo, decidir sobre la naturaleza de lo que contenta
o desagrada a ese ridículo fantasma de su imaginación. Por eso no me limitaría a
permitir con indiferencia todos los cultos; desearía que fuéramos libre de reírnos o burlarnos
de todos; que los hombres, reunidos en un templo cualquiera para invocar al
Eterno según su gusto, fuesen vistos como comediantes en una escena, de cuya representación
cada cual puede ir a reírse. Si no veis las religiones desde este enfoque, pronto
adquirirán la seriedad que las vuelve importantes, protegerán pronto las opiniones, y
en cuanto vuelva a discutirse sobre las religiones, volverán a pelearse por las religiones;
la igualdad, aniquilada por la preferencia o la protección otorgada a una de ellas,
desaparecerá pronto del gobierno, y de la teocracia reedificada nacerá pronto la aristocracia.
Por eso nunca podrá repetirse demasiado: nada de dioses, franceses, nada de
dioses, si no queréis que su funesto imperio nos vuelva a sumir pronto en todos los
horrores del despotismo; pero sólo burlándoos de ellos los destruiréis; todos los peligros
que conllevan renacerán al punto en tropel si ponéis en ello capricho o importan-
cia. No derribéis su ídolos con cólera; pulverizadlos jugando, y la opinión caerá por sí
misma.
Creo que basta esto para demostrar sobradamente que no debe promulgarse ninguna
ley contra los delitos religiosos, porque, quien ofende una quimera, nada ofende, y sería
la última inconsecuencia castigar a quienes ultrajan o desprecian un culto cuya prioridad
sobre los demás nada demuestra con evidencia; sería necesariamente adoptar un
partido e influir, desde entonces, sobre la balanza de la igualdad, primera ley de vuestro
nuevo gobierno.
Pasemos a los segundos deberes del hombre, a los que lo vinculan a sus semejantes;
esta clase es, indudablemente, la más extensa.
La moral cristiana, demasiado vaga en las relaciones del hombre con sus semejantes,
sienta bases tan llenas de sofismas que resulta imposible admitirlas, porque cuando se
quiere edificar principios hay que guardarse mucho de darles sofismas por base. Esa
absurda moral nos dice que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Nada
sería probablemente más sublime si fuera posible que lo falso pudiese llevar alguna vez
los caracteres de la belleza. No se trata de amar a los semejantes como a uno mismo,
puesto que eso va contra todas las leyes de la naturaleza y puesto que sólo su órgano
debe dirigir todas las acciones de nuestra vida; se trata únicamente de amar a nuestros
semejantes como a hermanos, como a amigos que la naturaleza nos da, y con los que
debemos vivir tanto mejor en un Estado republicano cuanto que la desaparición de las
distancias debe necesariamente estrechar los lazos.
Que la humanidad, la fraternidad, la beneficencia nos prescriban según esto nuestros
deberes recíprocos, y cumplámoslos cada uno con el sencillo grado de energía que en
este punto nos ha dado la naturaleza, sin censurar y sobre todo sin castigar a quienes,
más fríos o más atrabiliarios, no sienten en estos lazos, pese a ser tan conmovedores,
todas las dulzuras que los demás encuentran; porque hay que convenir que sería un absurdo
palpable querer prescribir leyes universales; este proceder sería tan ridículo como
el de un general del ejército que quisiera que todos sus soldados fueran vestidos con un
traje hecho a la misma medida; es una injusticia espantosa exigir que hombres de caracteres
desiguales se plieguen a las leyes generales: lo que a uno le va, a otro no le va.
Convengo en que no pueden hacerse tantas leyes como hombres; pero las leyes pueden
ser tan dulces, en tan pequeño número, que todos los hombres, del carácter que
sean, puedan fácilmente plegarse a ellas, y aun exigiría yo que ese pequeño número de
leyes sea susceptible de poder adaptarse fácilmente a todos los distintos caracteres; que
el espíritu de quien las dirija sea emplear mayor o menor severidad, en razón del individuo
al que habrían de afectar. Está demostrado que la práctica de tal o cual virtud es
imposible para ciertos hombres, como hay tal o cual remedio que no puede convenir a
tal o cual temperamento. Ahora bien, ¡cuál no sería el colmo de vuestra injusticia si castigaseis
con la ley a quien le resulta imposible plegarse a la ley! La iniquidad que cometeríais
¿no será igual a aquella de la que os haríais culpable si quisierais forzar a un ciego
a discernir los colores? De estos primeros principios se desprende, como vemos, la
necesidad de hacer leyes suaves, y, sobre todo, de acabar para siempre con la atrocidad
de la pena de muerte, porque toda ley que atente contra la vida de un hombre es impracticable,
injusta, inadmisible. Y no es, como diré enseguida, que no haya infinidad de casos
en que los hombres, sin ultrajar a la naturaleza (y eso es lo que demostraré), puedan
haber recibido de esta madre común la total libertad de atentar contra la vida de otros,
sino que es imposible que la ley pueda obtener idéntico privilegio, porque la ley, fría
por sí misma, no podría acceder a las pasiones que pueden legitimar en el hombre el
acto cruel del asesinato; el hombre recibe de la naturaleza impresiones que pueden
hacer perdonar esa acción, mientras que la ley, en cambio, siempre en oposición a la
naturaleza y sin recibir nada de ella, no puede ser autorizada a permitirse los mismos
extravíos: sin tener los mismos motivos, es imposible que tenga los mismos derechos.
He ahí distinciones sabias y delicadas que escapan a muchas personas porque muy pocas
personas reflexionan; pero serán aceptadas por personas instruidas, a quienes las dirijo,
e influirán, como espero, sobre el nuevo Código que se nos prepara.
La segunda razón por la que hay que acabar con la pena de muerte es que nunca ha
reprimido el crimen, porque se comete día tras día a los pies del cadalso. Hay que suprimir
esa pena, en resumen, porque no hay peor cálculo que el de hacer morir a un
hombre por haber matado a otro; de este proceder resulta evidentemente que en lugar de
un hombre menos, tenemos dos menos de golpe, y que esa aritmética sólo puede ser
familiar a los verdugos o a los imbéciles.
Sea, en fin, como fuere, las fechorías que podemos cometer contra nuestros hermanos
se reducen a cuatro principales: la calumnia, el robo, aquellos delitos que, causados por
la impureza, pueden afectar desagradablemente a los demás, y el asesinato. Todas estas
acciones, consideradas capitales en un gobierno monárquico, son tan graves en un Estado
republicano? Esto es lo que debemos analizar a la luz de la filosofia, porque sólo a
su única luz debe emprenderse un examen semejante. Que no se me tache de innovador
peligroso; que no se diga que hay riesgo en embotar, como quizá hagan estos escritos,
el remordimiento en el alma de los malhechores; que mayor mal hay en aumentar, mediante
la suavidad de mi moral, la inclinación que esos mismos malhechores tienen
hacia el crimen: afirmo aquí formalmente no tener ninguna de esas miras perversas; expongo
ideas que desde la edad de razón se han identificado conmigo y a las que el infame
despotismo de los tiranos se ha opuesto durante tantos siglos. ¡Tanto peor para
aquellos a quienes estas grandes ideas corrompan, tanto peor para quienes sólo saben
captar el mal en las opiniones filosóficas, susceptibles de corromperse con todo! ¿Quién
sabe si no se envenenarían quizá con las lecturas de Séneca y de Charron? No es a ellos
a quienes hablo; sólo me dirijo a personas capaces de entenderme, y éstas me leerán sin
peligro.
Confieso con la franqueza más extrema que nunca he creído que la calumnia fuera un
mal, y menos aun en un gobierno como el nuestro, en el que todos los hombres, más
unidos entre sí, más cercanos, tienen evidentemente mayor interés en conocerse bien.
Una de dos: o la calumnia se dirige contra un hombre verdaderamente perverso, o cae
sobre un ser virtuoso. Estaremos de acuerdo en que, en el primer caso, resulta casi indiferente
que se hable algo peor de un hombre conocido por practicar el mal; tal vez, incluso,
el mal que no existe aclare mejor entonces el que existe, y así tenemos al malhechor
mejor conocido.
Supongamos que reina una influjo malsano en Hannover, pero que, exponiéndome a
esa inclemencia malsana, no corro otro riesgo que coger un acceso de fiebre; ¿podré enfadarme
con el hombre que, para impedirme ir allí, me diga que moriré nada más llegar?
Indudablemente no; porque, asustándome con un gran mal, me ha impedido sufrir uno
pequeño ¿Que la calumnia se dirige por el contrario contra un hombre virtuoso? Que no
se alarme por ello: pruébese, y todo el veneno del calumniador recaerá pronto sobre él
mismo. Para tales personas la calumnia no es más que un escrutinio depurador, del que su
virtud sólo saldrá más resplandeciente. En este caso hay incluso beneficio para la masa de
las virtudes de la república; porque este hombre virtuoso y sensible, estimulado por la
injusticia que acaba de sufrir, se aplicará a hacerlo mejor aún; querrá superar esa calumnia
de la que se creía a salvo, y sus buenas acciones adquirirán entonces un grado más de
energía. Así, en el primer caso, el calumniador habrá producido efectos bastante buenos,
incrementando los vicios del hombre peligroso; en el segundo los habrá producido excelentes,
obligando a la virtud a mostrársenos por entero. Ahora bien, yo pregunto bajo qué
enfoque puede pareceros temible el calumniador, sobre todo en un gobierno en que tan
esencial es conocer a los malvados y aumentar la energía de los buenos. Guárdense mucho,
por tanto, de pronunciar ninguna pena contra la calumnia; considerémosla bajo la
doble perspectiva de un fanal y de un estimulante, y, en cualquier caso, como algo muy
útil. El legislador, cuyas ideas han de ser grandes como la obra a la que se aplica, nunca
debe estudiar el efecto del delito que sólo afecta individualmente: son los efectos en masa
lo que debe examinar; y cuando de este modo observe así los efectos que derivan de la
calumnia, le desafío a encontrar en ellos algo punible; desafío a que pueda poner alguna
sombra de justicia a la ley que la castigaría; al contrario, se convierte en el hombre más
justo y más íntegro si la favorece o la recompensa.
El robo es el segundo de los delitos morales cuyo examen nos hemos propuesto.
Si recorremos la Antigüedad, veremos el robo permitido, recompensado en todas las
repúblicas de Grecia; Esparta o Lacedemonia lo favorecían abiertamente; algunos otros
pueblos lo consideraron una virtud guerrera; es cierto que mantiene el valor, la fuerza, la
astucia, en una palabra, todas las virtudes útiles a un gobierno republicano y en consecuencia
al nuestro. Ahora, sin parcialidad, me atrevería a preguntar si el robo, cuyo
efecto es igualar las riquezas, es un gran mal en un gobierno cuya meta es la igualdad.
Indudablemente, no; porque si alimenta la igualdad por un lado, por otro nos impulsa a
conservar nuestros bienes. Hubo un pueblo que castigaba no al ladrón, sino al que se
había dejado robar, a fin de que aprendiese a cuidar de sus propiedades. Lo cual nos lleva
a reflexiones más amplias.
Dios me guarde de querer atacar o destruir aquí el juramento de respeto a las propiedades,
que la nación acaba de pronunciar; pero ¿se me permitirán algunas ideas sobre la
injusticia de ese juramento? ¿Cuál es el espíritu de un juramento pronunciado por todos
los individuos de una nación? ¿No es el de mantener una perfecta igualdad entre los ciudadanos,
y el de someterlos a todos por igual a la ley protectora de las propiedades de todos?
Ahora bien, yo os pregunto si es muy justa la ley que ordena al que no tiene nada
respetar al que lo tiene todo. ¿Cuáles son los elementos del pacto social? ¿No consiste en
ceder un poco de su libertad y de sus propiedades para asegurar y mantener lo que se
conserva de ambas?
Todas las leyes descansan sobre estas bases; son las razones de los castigos infligidos a
quien abusa de su libertad. Autorizan asimismo las imposiciones; lo cual hace que un
ciudadano no proteste cuando se le exigen, puesto que sabe que, a cambio de lo que da, se
le conserva lo que le queda; pero, repitámoslo una vez más, ¿con qué derecho quien nada
tiene se encadenará a un pacto que sólo protege a quien lo tiene todo? Si hacéis un acto
de equidad conservando, mediante vuestro juramento, las propiedades del rico, ¿no cometéis
una injusticia exigiendo este juramento del «conservador» que no tiene nada? ¿Qué
interés tiene éste en vuestro juramento? ¿Y por qué queréis que prometa una cosa que
sólo resulta favorable para quien tanto se diferencia de él por sus riquezas? No hay, con
toda seguridad, nada más injusto: un juramento debe tener el mismo efecto sobre todos
los individuos que lo pronuncian; es imposible que pueda encadenar a quien no tiene ningún
interés en su mantenimiento, porque entonces no sería ya el pacto de un pueblo libre;
sería el arma del fuerte sobre el débil, contra la que éste debería revolverse sin cesar; y
eso es lo que ocurre en el juramento de respeto de las propiedades que acaba de exigirse a
la nación; sólo el rico encadena con él al pobre, sólo el rico tiene interés en el juramento
que el pobre pronuncia con una falta de consideración que le impide verse extorsionado
en su buena fe por ese juramento y comprometido a hacer algo que no pueden hacer por
él.
Convencidos, como debéis estarlo, de esta bárbara desigualdad, no agravéis por tanto
vuestra injusticia castigando al que nada tiene por haber osado robar algo al que lo tiene
todo: vuestro desigual juramento le da más que nunca derecho. Forzándole al perjurio
mediante un juramento absurdo para él, legitimáis todos los crímenes a que ha de conducirle
ese perjurio; no os corresponde por tanto castigar aquello cuya causa habéis sido vosotros.
Nada más diré para haceros sentir la terrible crueldad que hay en castigar a los
ladrones. Imitad la sabia ley del pueblo de que acabo de hablar; castigad al hombre lo
bastante negligente para dejarse robar, pero no pronunciéis ninguna clase de pena contra
quien roba; pensad que vuestro juramento le autoriza a esa clase de acción y que, entregándose
a ella, no hace más que seguir el primero y más sabio de los impulsos de la naturaleza,
el de conservar su propia existencia sin importarle a costa de quién.
Los delitos que debemos examinar en esta segunda clase de deberes del hombre para
con sus semejantes consisten en las acciones que puede emprender el libertinaje, entre las
cuales se distinguen particularmente como más atentatorias a lo que cada uno debe a los
otros la prostitución, el adulterio, el incesto, la violación y la sodomía. No debemos
dudar ni un solo momento de que los denominados crímenes morales, es decir, todas las
acciones de esa clase que acabamos de citar, son perfectamente indiferentes en un gobierno
cuyo único deber consiste en conservar, por el medio que sea, la forma esencial a
su mantenimiento: ésa es la única moral de un gobierno republicano. Ahora bien, puesto
que siempre se ve acosado por los déspotas que lo rodean, no sería razonable imaginar
que sus medios de pervivencia puedan ser los medios morales; porque sólo pervivirá
por la guerra, y nada hay menos moral que la guerra. Ahora yo pregunto cómo se llegará
a demostrar que, en un Estado inmoral por sus obligaciones, sea esencial a los individuos
ser morales. Digo más: es bueno que no lo sean. Los legisladores de Grecia
habían comprendido perfectamente la importante necesidad de gangrenar los miembros
para que, influyendo su disolución moral en la que es útil a la máquina, resultase de ello
la insurrección, siempre indispensable en un gobierno que, perfectamente feliz como el
gobierno republicano, debe excitar necesariamente el odio y los celos de cuanto le rodea.
La insurrección, pensaban esos sabios legisladores, no es en modo alguno un esta-
do moral; debe, sin embargo, ser el estado permanente de una república; sería pues tan
absurdo como peligroso exigir que quienes han de mantener la perpetua conmoción inmoral
de la máquina, fueran seres muy morales, porque el estado moral de un hombre
es un estado de paz y tranquilidad, mientras que su estado inmorales un estado de movimiento
perpetuo que le acerca a la necesaria insurrección, en la que el republicano
tiene que mantener siempre al gobierno de que es miembro.
Vayamos ahora a los detalles y comencemos por analizar el pudor, ese movimiento
pusilánime, contrario a los afectos impuros. Si estuviera en la intención de la naturaleza
que el hombre fuese púdico, probablemente no habría hecho que naciera desnudo; una
infinidad de pueblos, menos degradados que nosotros por la civilización, van desnudos
y no sienten ninguna vergüenza; no hay duda de que la costumbre de vestirse ha tenido
por única base tanto la inclemencia del aire como la coquetería de las mujeres; comprendieron
que no tardarían en perder todos los efectos del deseo si los prevenían, en
lugar de dejarlos nacer; pensaron que, por no haberlas creado sin defectos la naturaleza,
se aseguraban mucho mejor los medios de agradar ocultando esos defectos mediante
adornos; así el pudor, lejos de ser una virtud, no fue por lo tanto más que una de las
primeras secuelas de la corrupción, uno de los primeros medios de la coquetería de las
mujeres. Licurgo y Solón, completamente conscientes de que los resultados del impudor
mantienen al ciudadano en el estado inmoral esencial a las leyes del gobierno republicano,
obligaron a las jóvenes a exhibirse desnudas en el teatro. Roma imitó pronto
este ejemplo: bailaban desnudas en los juegos de Flora; la mayoría de los misterios paganos
se celebraban así; la desnudez pasó incluso por virtud entre algunos pueblos. Sea
como fuere, del impudor nacen las inclinaciones lujuriosas; lo que resulta de tales
inclinaciones constituye los pretendidos crímenes que estamos analizando, y cuya
primera consecuencia es la prostitución. Ahora que hemos superado en este punto la
multitud de errores religiosos que nos cautivaban, y ahora que, más cerca de la
naturaleza por la cantidad de prejuicios que acabamos de destruir, sólo escuchamos su
voz, completamente seguros de que, si hubiera crimen en algo, sólo radicaría en resistir
a las inclinaciones que nos inspira antes que en combatirlas, persuadidos de que, siendo
la lujuria una secuela de tales inclinaciones, se trata menos de apagar esta pasión en
nosotros que de regular los medios de satisfacerla en paz. Debemos, por tanto,
dedicarnos a poner orden en este punto, a establecer toda la seguridad precisa para que
el ciudadano, a quien la necesidad acerca a los objetos de lujuria, pueda entregarse con
esos objetos a cuanto sus pasiones le prescriban, sin hallarse encadenado nunca por
nada, porque no hay en el hombre ninguna pasión que tenga mayor necesidad de toda la
extensión de la libertad que ésta. En las ciudades se crearán distintos emplazamientos
sanos, espaciosos, cuidadosamente amueblados y seguros en todos sus puntos; ahí,
todos los sexos, todas las edades, todas las criaturas, serán ofrendados a los caprichos
de los libertinos que vayan a gozar, y la subordinación más completa será la regla de los
individuos presentados; la negativa más leve será castigada al punto, a capricho de
quien la haya sufrido. Todavía debo explicar esto, ajustarlo a las costumbres republica-
frido. Todavía debo explicar esto, ajustarlo a las costumbres republicanas; he prometido
la misma lógica para todo y mantendré mi palabra.
Si, como acabo de decir hace un instante, ninguna pasión tiene más necesidad de toda
la extensión de la libertad que ésta, ninguna indudablemente es tan despótica; es en ella
donde el hombre gusta de ordenar, de ser obedecido, de rodearse de esclavos obligados
a satisfacerle; ahora bien, cada vez que no deis al hombre el medio secreto de exhalar la
dosis de despotismo que la naturaleza puso en el fondo de su corazón, se abalanzará,
para ejercerlo, sobre las criaturas que lo rodeen, perturbará el gobierno. Si queréis evitar
este peligro, permitid libre vuelo a esos deseos tiránicos que, a su pesar, le atormentan
constantemente; contento por haber podido ejercer su pequeña soberanía en medio
del harén de icoglanes o de sultanas que vuestros cuidados y su dinero le someten,
saldrá satisfecho y sin ningún deseo de perturbar un gobierno que le asegura de modo
tan complaciente todos los medios de su concupiscencia. Practicad, por el contrario, un
proceder diferente, imponed sobre esos objetos de la lujuria pública las ridículas trabas
antaño inventadas por la tiranía ministerial y por la lubricidad de nuestros Sardanápalos;
el hombre, exasperado al punto contra vuestro gobierno, celoso en seguida del
despotismo que os ve ejercer completamente solos, sacudirá el yugo que le imponéis, y,
harto de vuestra forma de regirle, la cambiará como acaba de hacerlo.
Ved cómo trataban los legisladores griegos, bien imbuidos de estas ideas, el desenfreno
en Lacedemonia, en Atenas; embriagaban con él al ciudadano, en lugar de prohibírselo;
ningún género de lubricidad les estaba prohibido, y Sócrates, declarado por el oráculo
el más sabio de los filósofos de la tierra, pasando indiferentemente de los brazos
de Aspasia a los de Alcibíades, no por ello dejaba de ser gloria de Grecia. Iré todavía
más lejos; por contrarias que sean mis ideas a nuestras actuales costumbres, como mi
meta es probar que debemos apresurarnos a cambiar estas costumbres si queremos conservar
el gobierno adoptado, voy a tratar de convenceros de que la prostitución de las
mujeres conocidas con el nombre de honestas no es más peligrosa que la de los hombres,
y que no sólo debemos asociarlas a las lujurias practicadas en las casas que establezco,
sino que incluso debemos erigir para ellas otras donde sus caprichos y las necesidades
de su temperamento, de un ardor muy diferente del nuestro, puedan asimismo
satisfacerse con todos los sexos.
En primer lugar, tcon qué derecho pretendéis que las mujeres sean exceptuadas de la
ciega sumisión que la naturaleza les prescribe para con los caprichos de los hombres? Y
luego, con qué otro derecho pretendéis someterlas a una continencia imposible para su
fisico y absolutamente inútil a su honor?
Voy a tratar por separado cada una de estas cuestiones.
Es cierto que, en el estado de naturaleza, las mujeres nacen vulgívagas, es decir, que
gozan de las ventajas de los demás animales hembras y pertenecen, como ellas y sin
ninguna excepción, a todos los machos; tales fueron, indudablemente, tanto las prime-
ras leyes de la naturaleza como las únicas instituciones de los primeros agrupamientos
que los hombres hicieron. El ínterés, el egoísmo y el amor degradaron estas primeras
miras tan simples y tan naturales; creyeron enriquecerse tomando una mujer y con ella
los bienes de su familia; he ahí satisfechos los dos primeros sentimientos que acabo de
indicar; con más frecuencia todavía raptaron a esa mujer, y se la quedaron; he ahí el
segundo motivo en acción y, en cualquier caso, la injusticia.
Jamás puede ejercerse un acto de posesión sobre un ser libre; es tan injusto poseer exclusivamente
una mujer como poseer esclavos; todos los hombres han nacido libres,
todos son iguales en derecho; no perdamos nunca de vista estos principios; según esto,
en legítimo derecho no puede por tanto otorgarse a un sexo la posibilidad de apoderarse
exclusivamente del otro, y jamás uno de esos sexos o una de esas clases puede poseer al
otro de forma arbitraria. Aplicando en puridad las leyes de la naturaleza, una mujer no
puede alegar como motivo del rechazo que hace a quien la desea el amor que siente por
otro, porque ese motivo se convierte en exclusión, y ningún hombre puede ser excluido
de la posesión de una mujer desde el momento en que es evidente que pertenece decididamente
a todos los hombres. Sólo puede ejercerse el acto de posesión sobre un inmueble
o sobre un animal; jamás sobre un individuo que es semejante a nosotros, y todas
las ataduras que puedan encadenar una mujer a un hombre, sean de la clase que sean,
son tan injustas como quiméricas.
Si, por tanto, resulta indiscutible que hemos recibido de la naturaleza el derecho a expresar
nuestros deseos indistintamente a todas las mujeres, de ello mismo se deriva que
tenemos el de obligarla a someterse a nuestros deseos, no en exclusiva, porque me contradiría,
sino momentáneamente. Es indiscutible que tenemos derecho a establecer leyes
que la obliguen a ceder a la pasión de quien la desea; siendo la violencia misma uno
de los efectos de ese derecho, podemos emplearla legalmente. ¿Y qué? ¿Acaso no ha
demostrado la naturaleza que teníamos ese derecho, al otorgarnos la fuerza necesaria
para someterlas a nuestros deseos?
En vano las mujeres deben invocar, en su defensa, el pudor o su vinculación a otros
hombres; estos medios quiméricos nada valen; más arriba hemos visto que el pudor era
un sentimiento ficticio y despreciable. El amor, al que se puede denominar locura del
alma, no tiene más títulos para legitimar su constancia; al no satisfacer más que a dos
individuos, al ser amado y al ser amante, no puede servir a la felicidad de los demás, y
es para la felicidad de todos, y no para una felicidad egoísta y privilegiada, para lo que
se nos han dado todas las mujeres. Todos los hombres tienen, por tanto, un derecho de
goce igual sobre todas las mujeres; no hay pues nadie que, según las leyes de la naturaleza,
pueda establecer sobre una mujer un derecho único y personal. La ley que ha de
obligarlas a prostituirse cuanto queramos en las casas de desenfreno de que acaba de
hablarse, y que las forzará a ello si se niegan, que las castigará si faltan, es por tanto
una ley de las más equitativas, contra la que no podría invocarse ningún motivo legítimo
o justo.
Un hombre que quiera gozar de una mujer o de una muchacha cualquiera podrá, si las
leyes que promulguéis son justas, obligarla a que esté en una de las casas de que he
hablado; y allí, bajo la supervisión de las matronas de este templo de Venus, le será entregada
para satisfacer, con tanta humildad como sumisión, todos los caprichos que le
agrade tener con ella, por más que sean extravagancias o irregularidades, porque no hay
ninguna que no esté en la naturaleza, ninguna que no sea aprobada por ella. Tampoco se
trata aquí de fijar la edad; porque pretendo que no se puede hacer sin perturbar la libertad
de quien desea el goce de una muchacha de tal o cual edad. Quien tiene derecho a comer
el fruto de un árbol puede, con toda evidencia, cogerlo maduro o verde, según las inspiraciones
de su gusto. Se me objetará que hay una edad en que el comportamiento del hombre
perjudica decididamente la salud de la muchacha. Esta consideración carece de valor;
desde el momento en que me concedéis el derecho de propiedad sobre el goce, este derecho
es independiente de los efectos producidos por el goce; desde entonces da lo mismo
que ese goce sea provechoso o perjudicial para la criatura que debe someterse a él. ¿No
he probado ya que era legal forzar la voluntad de una mujer en este punto y que, tan pronto
como inspira el deseo del goce, debía someterse a ese goce, abstracción hecha de cualquier
sentimiento egoísta? Lo mismo ocurre con su salud. Desde el momento en que las
consideraciones que se tengan al respecto destruyan o debiliten el goce de quien la desea,
y que tiene derecho a apropiársela, esa consideración de la edad nada significa, porque no
se trata en modo alguno de lo que puede sufrir el objeto condenado por la naturaleza y
por la ley al sometimiento momentáneo de los deseos del otro; en este examen se trata
sólo de lo que conviene a aquel que desea. Ya nivelaremos la balanza.
Sí, indudablemente debemos nivelarla; a estas mujeres a las que acabamos de esclavizar
tan cruelmente, debemos compensarlas a todas luces, y es lo que va a constituir la respuesta
a la segunda cuestión que me he propuesto.
Si admitimos, como acabamos de hacer, que todas las mujeres deben ser sometidas a
nuestros deseos, podemos permitirles evidentemente satisfacer todos los suyos; nuestras
leyes deben favorecer en este punto su temperamento de fuego, y es absurdo haber colocado
tanto su honor como su virtud en la fuerza natural que ponen en resistir a inclinaciones
que han recibido con mucha más profusión que nosotros; esta injusticia de nuestras
costumbres es más de temer dado que, al mismo tiempo, consentimos en hacerlas débiles
a fuerza de seducción y en castigarlas luego por ceder a todos los esfuerzos que nosotros
hemos hecho para provocarlas a la caída. Toda la absurdidad de nuestras costumbres está
escrita, a lo que me parece, en esa desigual atrocidad, y su sola exposición debería hacernos
sentir la extremada necesidad que tenemos de cambiarlas por otras más puras. Digo,
pues, que las mujeres, que han recibido inclinaciones mucho más violentas que nosotros a
los placeres de la lujuria, podrán entregarse a ellas cuanto quieran, absolutamente liberadas
de todos los lazos del himeneo, de todos los falsos prejuicios del pudor, absolutamente
vueltas al estado natural; quiero que las leyes les permitan entregarse a tantos
hombres como buenamente les parezca; quiero que el goce de todos los sexos y de todas
las partes del cuerpo les sea permitido igual que a los hombres, y, bajo cláusula especial
de entregarse asimismo a cuantos las deseen, es preciso que tengan la libertad de gozar
igualmente de cuantos ellas crean dignos de satisfacerlas.
¿Cuáles son, me pregunto, los peligros de esta licencia? ¿Niños sin padres? Pero ¿y
qué importa eso en una república en que todos los individuos no deben tener más madre
que la patria, en que todos los que nacen son hijos de la patria? ¡Ah, cuánto más no la
amarán los que, no habiendo conocido nunca a otra que ella, sabrán desde que nazcan
que sólo de ella deben esperarlo todo? No soñéis con hacer buenos republicanos mientras
aisléis en sus familias a los niños, que únicamente deben pertenecer a la república.
Otorgando sólo a algunos individuos la dosis de afecto que deben repartir entre todos
sus hermanos, adoptan inevitablemente los prejuicios, con frecuencia peligrosos, de estos
individuos; sus opiniones, sus ideas, se aíslan, se particularizan, y todas las virtudes
de un hombre de Estado se vuelven absolutamente imposibles. Abandonando, en fin, su
corazón entero a quienes los han hecho nacer, en su corazón ya no encuentran ningún
afecto por aquella que debe hacerlos vivir, darlos a conocer e ilustrarlos, como si estos
segundos beneficios no fueran más importantes que los primeros. Si hay el menor inconveniente
en dejar a los niños mamar así en sus familias intereses a menudo muy diferentes
de los de la patria, sólo hay ventajas separándolos de ellas; ¿no se los separa
naturalmente por los medios que propongo? Al destruir absolutamente todos los lazos
del himeneo, de los placeres de la mujer no nacen más frutos que niños a los que el conocimiento
de su padre les está totalmente prohibido, y con ello los medios de pertenecer
sólo a una misma familia, en lugar de ser, como deben, hijos de la patria.
Habrá, pues, casas destinadas al libertinaje de las mujeres y, como las de los hombres,
estarán puestas bajo la protección del gobierno; allí les serán proporcionados todos los
individuos de uno y otro sexo que puedan desear, y cuanto más frecuenten estas casas
tanto más serán estimadas. No hay nada tan bárbaro ni tan ridículo como haber unido el
honor y la virtud de las mujeres a la resistencia que ponen a los deseos que han recibido
de la naturaleza y que enardecen sin cesar a quienes cometen la barbarie de censurarlas.
Desde su más tierna edad, una joven liberada de los lazos paternos, que ya no tiene
nada que conservar para el himeneo (absolutamente abolido por las sabias leyes que deseo),
por encima del prejuicio que antaño encadenaba su sexo podrá, pues, entregarse a
cuanto le dicte su temperamento en las casas establecidas al efecto; allí será recibida
con respeto, satisfecha con abundancia, y, de regreso a la sociedad, podrá hablar en ella
tan públicamente de los placeres que haya gustado como hoy lo hace de un baile o de
un paseo. Sexo encantador, serás libre; gozarás como los hombres de todos los placeres
que la naturaleza te impone como un deber; no reprimirás ninguno. La parte más divina
de la humanidad, ¿debe acaso recibir cadenas de la otra? ¡Ah, rompedlas, la naturaleza
lo exige!; no tengáis más freno que vuestras inclinaciones, más leyes que vuestros deseos,
más moral que la de la naturaleza; no languidezcáis más tiempo en estos prejuicios
bárbaros que marchitan vuestros encantos y cautivan los divinos impulsos de vuestros
corazones; sois libres como nosotros, y la carrera de los combates de Venus está
abierta para vosotras lo mismo que para nosotros; no temáis más absurdos reproches; la
pedantería y la superstición han sido aniquiladas; ya no se os verá ruborizaros por vuestros
encantadores extravíos; coronadas de mirtos y de rosas, la estima que concebiremos
por vosotras será proporcional sólo a la mayor amplitud que vosotras mismas
os hayáis permitido dar a tales extravíos.
Lo que acabo de decir debería dispensarnos, sin duda, de examinar el adulterio;
echemos sobre él no obstante una ojeada, por nulo que sea según las leyes que establezco.
¡Cuán ridículo era considerarlo criminal en nuestras antiguas instituciones! Si había
algo absurdo en el mundo, era, con toda seguridad, la eternidad de los vínculos conyugales;
en mi opinión bastaba con examinar o sentir toda la pesadez de estos vínculos
para dejar de considerar como crimen la acción que los aflojaba; la naturaleza, como
hemos dicho hace un momento, ha dotado a las mujeres de un temperamento más ardiente,
de una sensibilidad más profunda que a los individuos del otro sexo, y por ello
les vuelve más pesado el yugo de un himeneo eterno. Mujeres tiernas y abrasadas por el
fuego del amor, resarcíos ahora sin miedo; convenceos de que no puede existir mal alguno
en seguir los impulsos de la naturaleza, de que no habéis sido creadas para un solo
hombre, sino para placer indistintamente a todos. Que ningún freno os detenga. Imitad a
las republicanas de Grecia; nunca los legisladores que les dieron leyes creyeron convertir
en crimen el adulterio, y casi todos autorizaron el desorden de las mujeres. Tomás
Moro prueba en su Utopía que es ventajoso para las mujeres entregarse al desenfreno, y
las ideas de este gran hombre no siempre eran sueños.
Entre los tártaros, cuanto más se prostituía una mujer tanto más honrada era; llevaba
públicamente al cuello las marcas de su impudicia, y no se estima ba a las que no llevaban
ese adorno. En Pegú las propias familias entregan sus mujeres o sus hijas a los
extranjeros que viajan: ¡se las alquilan a tanto por día, como los caballos y los carruajes!
En fin, varios volúmenes no bastarían para demostrar que nunca se consideró la lujuria
un crimen en ninguno de los pueblos sabios de la tierra. Todos los filósofos saben
de sobra que sólo a los impostores cristianos debemos haberlo erigido en crimen. Los
sacerdotes tenían por supuesto su motivo al prohibirnos la lujuria: esta recomendación,
reservando para ellos el conocimiento y la absolución de estos pecados secretos, les daba
un increíble dominio sobre las mujeres y les abría una carrera de lubricidad cuya extensión
no tenía límites. Ya sabemos de qué modo se aprovecharon de ello, y cómo seguirían
abusando si su crédito no se hubiera perdido sin remisión.
¿Es el incesto más peligroso? Indudablemente no; amplía los lazos de las familias y
en consecuencia vuelve más activo el amor de los ciudadanos por la patria; nos es dictado
por las primeras leyes de la naturaleza, lo sentimos, y el goce de objetos que nos
pertenecen nos parece siempre más delicioso. Las primeras instituciones favorecen el
incesto; lo encontramos en el origen de las sociedades; está consagrado por todas las
religiones; todas las leyes lo han favorecido. Si recorremos el universo, encontraremos
el incesto establecido por doquier. Los negros de la Costa de la Pimienta y de Río Gabón
prostituyen sus mujeres con sus propios hijos; el mayor de los hijos en el reino de
Judá debe desposar a la mujer de su padre; los pueblos del Chile se acuestan indistintamente
con sus hermanas, con sus hijas, y se casan a menudo a la vez con la madre y la
hija. Me atrevo a asegurar, en resumen, que el incesto debería ser la ley de todo gobierno
cuya base fuera la fraternidad. ¿Cómo pudieron hombres razonables llevar el absurdo
hasta el punto de creer que el goce de su madre, de su hermana o de su hija podría
ser alguna vez criminal? ¿No es, os pregunto, abominable prejuicio considerar crimen
el hecho de que un hombre estime en más para su goce el objeto al que el sentimiento
de la naturaleza más le acerca? Equivaldría a decir que nos está prohibido amar demasiado
a los individuos que la naturaleza más nos ordena que amemos, y que cuantas más
inclinaciones nos hace sentir hacia un objeto, tanto más nos ordena al mismo tiempo
que nos alejemos de él. Estas contradicciones son absurdas: sólo pueblos embrutecidos
por la superstición pueden creerlas o adoptarlas. La comunidad de mujeres que yo establezco,
entraña necesariamente el incesto y deja poco que decir sobre un presunto delito
cuya nulidad está demasiado demostrada para que sigamos insistiendo; y vamos a pasar
a la violación que, a la primera ojeada, parece ser, de todos los extravíos del libertinaje,
aquel cuya lesión está mejor establecida en razón del ultraje que parece hacer. Es, sin
embargo, cierto que la violación, acción rara y muy difícil de probar, causa menos perjuicio
al prójimo que el robo, puesto que éste invade la propiedad que el otro se contenta
con deteriorar. ¿Qué tendréis pues que objetar al violador si os responde que, de
hecho, el mal que ha cometido es más bien mediocre, puesto que no ha hecho sino poner
un poco antes a la criatura de que ha abusado en el estado en que poco después
había de ponerle el himeneo o el amor?
Mas la sodomía, ese presunto crimen que atrajo el fuego del cielo sobre las ciudades
entregadas a él, ¿no es un extravío monstruoso cuyo castigo nunca podría ser demasiado
fuerte? Es sin duda muy doloroso para nosotros tener que reprochar a nuestros antepasados
los asesinatos judiciales que osaron permitirse en este tema. ¿Es posible ser tan
bárbaro como para atreverse a condenar a muerte a un desgraciado individuo cuyo único
crimen es no tener los mismos gustos que vosotros? Uno se estremece cuando piensa
que, no hace aún cuarenta años, la absurdidad de los legisladores estaba todavía en ese
punto. Consolaos, ciudadanos; tales absurdos no volverán: la sabiduría de vuestros legisladores
os responde de ello. Completamente esclarecida sobre esta debilidad de algunos
hombres, hoy se comprende perfectamente que semejante error no puede ser criminal,
y que la naturaleza no podría haber otorgado al fluido que corre en nuestros riñones
una importancia tan grande como para enfadarse por el camino que nos plazca
hacer tomar a ese licor.
¿Cuál es el único crimen que puede existir aquí? Probablemente no lo es ponerse en
tal o cual lugar, a menos que se quiera sostener que todas las partes del cuerpo no son
iguales, y que hay unas puras y otras mancilladas; pero como es imposible seguir adelante
con tales absurdos, el único presunto delito sólo podría consistir en este caso en la
pérdida de la simiente. Ahora yo me pregunto si es verosímil que esa simiente sea tan
preciosa a los ojos de la naturaleza que se vuelva imposible perderla sin crimen. ¿Procedería
ella a diario a pérdidas semejantes si así fuera? ¿Y no es autorizarlas permitirlas
durante el sueño, en el acto del goce de una mujer embarazada? ¿Podemos imaginar que
la naturaleza nos dé la posibilidad de un crimen que la ultraja? ¿Puede consentir que los
hombres destruyan sus placeres y se hagan así más fuertes que ella? Es inaudito el
abismo de absurdos a que uno se lanza cuando para razonar se abandona la antorcha de
la razón. Tengamos, pues, por seguro que es tan sencillo gozar de una mujer de una
manera como de otra, que es absolutamente indiferente gozar de una muchacha que de
un muchacho, y que, una vez comprobado que en nosotros no pueden existir otras inclinaciones
que las que hemos recibido de la naturaleza, ésta es demasiado sabia y demasiado
consecuente para haber puesto en nosotros algo que puede ofenderla alguna vez.
El de la sodomía es resultado de la organización, y nosotros no contribuimos en nada
a esa organización. Niños en su más temprana edad anuncian este gusto, y ya no se corrigen
de él nunca. A veces es fruto de la saciedad; pero incluso en este caso, ¿pertenece
menos por ello a la naturaleza? Desde cualquier enfoque, es obra suya, y en todos los
casos lo que ella inspira debe ser respetado por los hombres. Si mediante un censo
exacto se llegara a probar que este gusto afecta infinitamente más a uno que a otro, que
los placeres que de él resultan son mucho más vivos y que por este motivo sus partidarios
son mil veces más numerosos que sus enemigos, ¿no podríamos deducir que, lejos
de ultrajar a la naturaleza, este vicio serviría sus miras, y que le importa menos la procreación
de lo que nosotros tenemos la locura de creer? Y, recorriendo el universo, ¡a
cuántos pueblos no vemos despreciar a las mujeres! Los hay que sólo se sirven de ella
para tener el hijo necesario para reemplazarlos. La costumbre que los hombres tienen de
vivir juntos en las repúblicas siempre volverá este vicio más frecuente, pero no es desde
luego peligroso. ¿Lo habrían introducido los legisladores de Grecia si así lo hubieran
creído? Muy lejos de eso, lo creían necesario para un pueblo guerrero. Plutarco nos
habla con entusiasmo del batallón de los amantes y de los amados; ellos solos defendieron
durante mucho tiempo la libertad de Grecia. Este vicio reinó en la asociación de las
hermandades de armas; la cimentó; los mayores hombres estuvieron inclinados a él.
Toda América, cuando fue descubierta, se la encontró poblada por personas de este gusto.
En Luisiana, los indios Illinois, vestidos de mujeres, se prostituían como cortesanas.
Los negros de Benguelé mantenían públicamente a hombres; casi todos los serrallos de
Argelia están poblados en la actualidad sólo por muchachos. En Tebas no se contentaban
con tolerarlo: ordenaban el amor de los muchachos; el filósofo de Queronea lo
prescribió para suavizar las costumbres de los jóvenes.
Ya sabemos hasta qué punto reinó en Roma: había allí lugares públicos en que los jóvenes
se prostituían vestidos de muchachas y las muchachas vestidas de muchachos.
Marcial, Catulo, Tibulo, Horacio y Virgilio escribían cartas a hombres como a sus
amantes, y en Plutarco finalmente leemos que las mujeres no deben tener ninguna participación
en el amor de los hombres. Los amasios de la isla de Creta raptaban antaño a
muchachos con las más singulares ceremonias. Cuando amaban a uno, participaban a
los padres el día en que el raptor quería raptarlo; el joven oponía alguna resistencia si su
amante no le placía; en caso contrario, partía con él, y el seductor lo devolvía a su familia
tan pronto como lo había utilizado; porque en esta pasión, como en la de las mujeres,
se tiene demasiado cuando uno ha tenido bastante. Estrabón nos dice que, en esa
misma isla, los serrallos sólo se llenaban con muchachos: los prostituían públicamente.
¿Queréis una última autoridad, hecha para demostrar cuán útil es este vicio en una república?
Escuchemos a jerónimo el Peripatético. El amor de los muchachos, nos dice,
se extendía por toda Grecia porque daba valor y fuerza, y porque servía para expulsar a
los tiranos; las conspiraciones se formaban entre amantes, y antes se dejaban torturar
que denunciar a sus cómplices; de esta manera, el patriotismo sacrificaba todo a la
prosperidad del estado; estaban seguros de que estas relaciones fortalecían la república,
clamaban contra las mujeres y era debilidad reservada al despotismo unirse a estas criaturas.
Siempre la pederastia fue vicio de los pueblos guerreros. César nos enseña que los galos
estaban completamente entregados a él. Las guerras que tenían que sostener las repúblicas,
al separar los dos sexos, propagaron el vicio, y cuando se reconocieron secuelas
tan útiles al estado, la religión lo consagró al punto. Se sabe que los romanos santificaron
los amores de Júpiter y de Ganímedes. Sexto Empírico nos asegura que esta
fantasía era obligatoria entre los persas. Finalmente, las mujeres celosas y despreciadas
ofrecieron a sus maridos el mismo servicio que recibían de los jóvenes; algunos lo probaron
y volvieron a sus antiguas costumbres por no parecerles posible la ilusión.
Los turcos, muy inclinados a esta depravación que Mahoma consagró en su Corán,
aseguran no obstante que una virgen muy joven puede reemplazar bastante bien a un
muchacho, y raramente las hacen mujeres sin haber pasado por esta prueba. Sixto Quinto
y Sánchez permitieron este desenfreno; el último se propuso probar incluso que era
útil a la procreación, y que un niño creado tras este curso previo estaba infinitamente
mejor constituido. Finalmente, las mujeres se resarcieron entre sí. Esta fantasía no tiene
indudablemente más inconvenientes que la otra, porque el resultado es sólo la negativa
a crear, y porque los medios de quienes tienen el gusto de la población son lo bastante
potentes como para que los adversarios nunca puedan perjudicarles. Los griegos basaban
asimismo este extravío de las mujeres en razones de Estado. De él resultaba que,
bastándose entre sí, sus comunicaciones con los hombres eran menos frecuentes y así
no perjudicaban los asuntos de la república. Luciano nos enseña los progresos que hizo
esta licencia, y no sin interés la vemos en Safo.
En una palabra, no hay ninguna clase de peligro en todas estas manías: aunque llegasen
más lejos, aunque llegasen a rozarse con monstruos y animales, como nos enseña el
ejemplo de muchos pueblos, no habría en todas estas nimiedades el menor inconveniente,
porque la corrupción de las costumbres, con frecuencia muy útil en un gobierno, no
podría perjudicarlo desde ningún punto de vista, y debemos esperar de nuestros legisladores
suficiente sabiduría y suficiente prudencia para estar completamente seguros de
que ninguna ley emanará de ellos para la represión de estas miserias que, por derivar
totalmente de la organización, no podrían hacer a quien siente inclinación por ellas más
culpable de lo que lo es el individuo que la naturaleza creó contrahecho.
En la segunda clase de delitos del hombre hacia sus semejantes sólo nos queda examinar
el asesinato; luego pasaremos a sus deberes para consigo mismo. De todas las
ofensas que el hombre puede hacer a su semejante, el asesinato es, sin contradicción, la
más cruel de todas puesto que le quita el único bien que ha recibido de la naturaleza, el
único cuya pérdida es irreparable. Muchas cuestiones sin embargo se plantean aquí,
abstracción hecha del mal que el asesino causa a quien se convierte en su víctima.
l. Esta acción, considerada desde las leyes solas de la naturaleza, ¿es realmente criminal?
2. ¿Lo es desde las leyes de la política?
3. ¿Es perjudicial para la sociedad?
4. ¿Cómo debe considerarse en un gobierno republicano?
5. Finalmente, ¿debe reprimirse el asesino mediante el asesinato?
Vamos a examinar por separado cada una de estas cuestiones: el tema es lo bastante
esencial para permitir que nos detengamos en él; quizá parezcan nuestras ideas algo
fuertes, ¿qué importa? ¿No hemos adquirido el derecho a decir todo? Desarrollemos
para los hombres grandes verdades: las esperan de nosotros; es hora de que el error desaparezca,
es preciso que su venda caiga junto con la corona de los reyes. ¿Es el asesinato
un crimen a ojos de la naturaleza? Ésa es la primera cuestión planteada.
Indudablemente vamos a humillar aquí el orgullo del hombre, rebajándolo al rango de
todas las demás producciones de la naturaleza, pero el filósofo no halaga las pequeñas
vanidades humanas; ardiente perseguidor de la verdad, la discierne bajo los tontos prejuicios
del amor propio, la alcanza, la desarrolla y la muestra audazmente a la tierra
asombrada.
¿Qué es el hombre y qué diferencia hay entre él y las demás plantas, entre él y los
demás animales de la naturaleza? Ninguna probablemente. Casualmente colocado, como
ellos, en este globo, ha nacido como ellos; se propaga, crece y decrece como ellos;
llega como ellos a la vejez y como ellos cae en la nada tras el término que la naturaleza
asigna a cada especie de animales en razón de la constitución de sus órganos. Si las semejanzas
son tan exactas que resulta completamente imposible a la mirada escrutadora
del filósofo percibir desemejanzas, entonces habrá tanto mal en matar a un animal como
a un hombre, o tan poco en lo uno como en lo otro, y sólo en los prejuicios de nuestro
orgullo estará la distancia; pero nada hay tan desgraciadamente absurdo como los prejuicios
del orgullo. Estrujemos no obstante la cuestión. No podéis dejar de convenir que
no sea igual destruir un hombre que una bestia; pero la destrucción de todo animal que
tiene vida, ¿no es decididamente un mal, como creían los pitagóricos y como creen hoy
todavía los habitantes de las riberas del Ganges? Antes de responder a esto, recordemos
en primer lugar a los lectores que sólo examinamos la cuestión en lo que atañe a la naturaleza;
luego la contemplaremos en relación a los hombres.
Ahora yo pregunto qué valor pueden tener para la naturaleza individuos que no le
cuestan ni el menor esfuerzo ni el menor cuidado. El obrero sólo estima su obra en razón
del trabajo que le cuesta, del tiempo que emplea en crearla. ¿Le cuesta el hombre a
la naturaleza? Suponiendo que le cueste, ¿le cuesta más que un mono o que un elefante?
Voy más lejos: ¿cuáles son las materias generadoras de la naturaleza? ¿De qué se componen
los seres que vienen a la vida? Los tres elementos que los forman ¿no resultan de
la primitiva destrucción de los demás cuerpos? Si todos los individuos fueran eternos,
¿no se le haría imposible a la naturaleza crear otros nuevos? Si la eternidad de los seres
es imposible para la naturaleza, su destrucción se convierte, por tanto, en una de sus
leyes. Ahora bien, si las destrucciones le son tan útiles que en modo alguno puede prescindir
de ellas, y si no puede llegar a sus creaciones sin abrevar en esas masas de destrucción
que le prepara la muerte, desde ese momento la idea de aniquilación que achacamos
a la muerte no será ya real; no habrá aniquilamiento comprobado; lo que nosotros
llamamos fin de un animal que tiene vida no será entonces un fin real sino una simple
transmutación, cuya base es el movimiento perpetuo, verdadera esencia de la materia,
admitida por todos los filósofos modernos como una de sus primeras leyes. La muerte,
según estos principios irrefutables, no es por lo tanto más que un cambio de forma, un
paso imperceptible de una existencia a otra: esto es lo que Pitágoras llamaba la metempsícosis.
Una vez admitidas estas verdades, yo pregunto si alguna vez se podrá sostener que la
destrucción sea un crimen. Con el propósito de conservar vuestros absurdos prejuicios,
¿osaréis decirme que la transmutación es una destrucción? Indudablemente, no; porque
sería necesario para ello demostrar en la materia un instante de inacción, un momento de
reposo. Ahora bien, jamás descubriréis ese momento. Pequeños animales se forman en el
instante mismo en que el gran animal ha perdido el aliento, y la vida de estos pequeños
animales no es más que uno de los efectos necesarios y determinados por el sueño momentáneo
del grande. ¿Osaréis decir ahora que place más a la naturaleza el uno que el
otro? Para ello habría que probar una cosa imposible: que la forma alargada o cuadrada es
más útil, más agradable a la naturaleza que la forma oblonga o triangular; habría que probar
que, respecto a los planes sublimes de la naturaleza, un vago que engorda en la inacción
y en la indolencia es más útil que el caballo, cuyo servicio es tan esencial, o que el
buey, cuyo cuerpo es tan precioso que ninguna de sus partes queda sin utilidad; habría
que decir que la serpiente venenosa es más necesaria que el perro fiel.
Ahora bien, como todos estos sistemas son insostenibles, es preciso, por tanto, consentir
en admitir la imposibilidad en que nos hallamos de aniquilar las obras de la naturaleza,
dado que lo único que hacemos, al entregarnos a la destrucción, no es más que operar una
variación en las formas, que no puede apagar la vida, y está fuera del alcance de las fuerzas
humanas probar que pueda existir algún crimen en la pretendida destrucción de una
criatura, de cualquier edad, sexo o especie que la supongáis. Llevados más adelante aún
por la serie de nuestras consecuencias, que nacen unas de otras, habrá que convenir finalmente
en que, lejos de perjudicar a la naturaleza, la acción que cometéis al variar las
formas de sus diferentes obras es ventajosa para ella, puesto que mediante esa acción le
proporcionáis la materia prima de sus reconstrucciones, cuyo trabajo se le haría impracticable
si no destruyeseis. ¡Ea!, dejadla hacer, os dicen. Con toda evidencia hay que dejarla
hacer, pero son sus impulsos lo que el hombre sigue cuando se entrega al homicidio; es la
naturaleza la que lo aconseja, y el hombre que destruye a su semejante es a la naturaleza
lo que le es la peste o el hambre, igualmente enviadas por su mano, la cual se sirve de
todos los medios posibles para obtener antes esa materia prima de destrucción, absolutamente
esencial para sus obras.
Dignémonos esclarecer un instante nuestra alma con la santa antorcha de la filosofía:
¿qué otra voz sino la de la naturaleza nos sugiere los odios personales, las venganzas, las
guerras, en una palabra, todos esos motivos de asesinatos perpetuos? Y si ella nos lo
aconseja, es que los necesita. ¿Cómo podemos nosotros, según esto, suponernos culpables
ante ella, desde el momento en que no hacemos sino seguir sus miras?
Pero esto es más de lo necesario para convencer a cualquier lector ilustrado de que es
imposible que el asesinato pueda ultrajar alguna vez a la naturaleza.
¿Hay crimen en política? Nos atrevemos a confesar, por el contrario, que desgraciadamente
es uno de los grandes resortes de la política. ¿No fue a fuerza de asesinatos
como Roma se convirtió en dueña del mundo? ¿No fue a fuerza de asesinatos como
Francia es libre hoy? Es inútil advertir aquí que sólo se habla de asesinatos ocasionados
por la guerra, y no de atrocidades cometidas por los facciosos y los desorganizadores;
éstos, abocados a la execración pública, no necesitan ser invocados para excitar siempre
el horror y la indignación generales. ¿Qué ciencia humana tiene más necesidad de sostenerse
por el asesinato que aquella que sólo tiende a engañar, que aquella que no tiene
otra meta que el crecimiento de una nación a expensas de otra? Las guerras, únicos frutos
de esta bárbara política, ¿son otra cosa que los medios de que se nutre, con que se
fortifica, con que se sostiene? ¿Y qué es la guerra sino la ciencia de destruir? Extraña
ceguera la del hombre, que enseña públicamente el arte de matar, que recompensa al
que mejor lo hace y que castiga a aquél que, por una causa particular, se ha deshecho de
su enemigo. ¿No es hora de volver a hablar de errores tan bárbaros?
Finalmente, ¿es el asesinato un crimen contra la sociedad? ¿Quién pudo nunca creerlo
razonablemente? ¡Ah! ¿Qué le importa a esa numerosa sociedad que haya entre ella un
miembro más o menos? Sus leyes, sus costumbres, sus usos, ¿se viciarán por ello? ¿Ha
influido alguna vez la muerte de un individuo sobre la masa general? Y tras la pérdida
de la mayor batalla, qué digo, tras la extinción de la mitad del mundo, de su totalidad si
se quiere, el pequeño número de seres que pudiera sobrevivir, ¿experimentaría la menor
alteración material? ¡Ah, no! La naturaleza entera no lo sentiría, y el tonto orgullo del
hombre, que cree que todo está hecho para él, quedaría sorprendido tras la destrucción
total de la especie humana si viera que nada varía en la naturaleza y que el curso de los
astros no se ha retrasado siquiera por ello. Prosigamos.
¿Cómo debe verse el asesinato en un Estado guerrero y republicano?
Con toda seguridad, sería extremadamente peligroso desacreditar esa acción, o castigarla.
La altivez del republicano exige un poco de ferocidad; si se ablanda, si su energía
se pierde, pronto será sojuzgado. Aquí aparece una reflexión muy singular, pero como
es verdadera pese a su audacia, la diré. Una nación que comienza a gobernarse como
republica sólo se sostendrá por las virtudes, porque para llegar a lo más, siempre hay
que empezar por lo menos; pero una nación ya envejecida y corrompida que valerosamente
sacude el yugo de su gobierno monárquico para adoptar otro republicano, sólo se
mantendrá mediante muchos crímenes; porque está ya en el crimen, y si quisiera pasar
del crimen a la virtud, es decir, de un estado violento a un estado suave, caería en una
inercia cuyo resultado sería muy pronto su ruina cierta. ¿Qué sería del árbol que transplantaseis
de un terreno lleno de vigor a una llanura arenosa y seca? Todas las ideas intelectuales
están tan subordinadas a la física de la naturaleza que las comparaciones
proporcionadas por la agricultura jamás nos engañarán en moral.
Los hombres más independientes, los más cercanos a la naturaleza, los salvajes, se
entregan con impunidad diariamente al asesinato. En Esparta y en Lacedemonia salían a
la caza de ilotas como en Francia vamos a la de perdices. Los pueblos más libres son
aquellos que mejor acogida le prestan. En Mindanao, quien quiere cometer un asesinato
es elevado al rango de los valientes: le adornan al punto con un turbante; entre los caraguos
hay que haber matado a siete hombres para obtener los honores de ese tocado; los
habitantes de Borneo creen que todos cuantos matan les servirán cuando ya no existan;
los devotos españoles llegaban a prometer a Santiago de Galicia matar doce americanos
diarios; en el reino de Tangut escogen un hombre joven, fuerte y vigoroso, al que le
está permitido, en ciertos días del año, matar a todo el que encuentre. ¿Hubo algún pue-
blo más amigo del asesinato que los judíos? Lo vemos en todas las formas, en todas las
páginas de su historia.
El emperador y los mandarines de China adoptan de cuando en cuando medidas para
hacer que el pueblo se rebele, a fin de obtener mediante estas maniobras derecho a cometer
una horrible carnicería. Si ese pueblo blando y afeminado se liberara del yugo de
sus tiranos, los mataría a palos con mucho mayor motivo, y el asesinato, siempre adoptado,
siempre necesario, no haría más que cambiar de víctimas; era la dicha de unos, se
convertirá en la felicidad de los otros.
Una infinidad de naciones toleran los asesinatos públicos; están totalmente permitidos
en Génova, en Venecia, en Nápoles y en toda Albania; en Kachao, junto al río de Santo
Domingo, los asesinos, con una vestimenta conocida y confesada, degüellan por orden
vuestra y ante vuestros ojos al individuo que les señaléis; los indios toman opio para
animarse al asesinato; precipitándose luego a las calles, masacran todo lo que encuentran
a su paso; los viajeros ingleses han dado testimonio de esta manía en Batavia.
¿Qué pueblo fue a un tiempo más grande y más cruel que los romanos, y que nación
conservó por más tiempo su esplendor y su libertad? El espectáculo de los gladiadores
mantuvo su coraje; se volvió guerrera por su hábito de convertir en un juego el asesinato.
Doce o quince víctimas diarias llenaban la arena del circo, y allí, las mujeres, más
crueles que los hombres, osaban exigir que los moribundos cayesen con gracia y mostraran
sus formas aun bajo las convulsiones de la muerte. Los romanos pasaron de ahí al
placer de ver estrangular enanos en su presencia; y cuando el culto cristiano, infectando
la tierra, vino a persuadir a los hombres de que era malo matarse, los tiranos encadenaron
al punto a ese pueblo, y los héroes del mundo se convirtieron pronto en juguetes.
Por doquiera, en fin, se ha creído con razón que el asesino, es decir, el hombre que
ahogaba su sensibilidad hasta el punto de matar a un semejante y de arrostrar la venganza
pública o particular, por doquiera, digo, se ha creído que semejante hombre tenía
que ser muy peligroso, y en consecuencia muy precioso en un gobierno guerrero o republicano.
Repasemos las naciones que, más feroces aún, sólo quedaron satisfechas inmolando
niños, y con mucha frecuencia a los propios: veremos estas acciones, universalmente
adoptadas, formar parte en ocasiones de las leyes. Muchos pueblos salvajes
matan a sus hijos en cuanto nacen. Las madres, a orillas del río Orinoco, convencidas
como estaban de que sus hijas sólo nacían para ser desgraciadas, puesto que su destino
era convertirse en esposas de los salvajes de aquella comarca, que no podían soportar a
las mujeres, las inmolaban tan pronto como las habían dado a luz. En Trapobana y en
el reino de Sopit, todos los niños deformes eran inmolados por los mismos padres. Las
mujeres de Madagascar exponían a las bestias salvajes los hijos nacidos ciertos días de
la semana. En las repúblicas de Grecia se examinaba cuidadosamente a los niños cuando
llegaban al mundo, y si no los encontraban formados de manera que pudieran defender
un día a la república, eran inmolados al punto: allí no consideraban esencial cons-
truir casas ricamente provistas para conservar esa vil espuma de la naturaleza humana.
Hasta el traslado de la sede del imperio, todos los romanos que no querían alimentar a
sus hijos los arrojaban al vertedero. Los antiguos legisladores no tenían ningún escrúpulo
en condenar a los niños a muerte, y nunca ninguno de sus códigos reprimió los derechos
que un padre creyó tener siempre sobre su familia. Aristóteles aconsejaba el aborto;
y estos antiguos republicanos, llenos de entusiasmo y de ardor por la patria, despreciaban
esa conmiseración individual que se encuentra entre las naciones modernas; se
amaba menos a los hijos, pero se amaba más al país. En todas las ciudades de China,
cada mañana se encuentra una increíble cantidad de niños abandonados en las calles;
una carreta los recoge al despuntar el día, y los arrojan a una fosa; a menudo las comadronas
mismas liberan a las madres, ahogando nada más nacer sus frutos en cubos de
agua hirviendo o arrojándolos al río. En Pekín, los ponen en pequeñas canastillas de
juncos que abandonan en los canales; cada día retiran lo que flota en esos canales, y el
célebre viajero Duhalde estima en más de treinta mil el número diario que quitan cada
vez. No puede negarse que no sea extraordinariamente necesario y extremadamente político
poner coto a la población en un gobierno republicano; por intenciones completamente
contrarias, hay que alentarla en una monarquía: en ésta, los tiranos sólo son ricos
en razón del número de sus esclavos, necesitan evidentemente hombres; pero la abundancia
de población, no lo dudemos, es un vicio real en un gobierno republicano. No
hay, sin embargo, que degollarlos para disminuirlo, como decían nuestros modernos decenviros:
sólo se trata de no permitirle los medios de extenderse más allá de los límites
que su felicidad le prescribe. Guardaos de multiplicar demasiado un pueblo en el que
cada ser es soberano y estad seguros de que las revoluciones no son nunca otra cosa que
secuelas de una población muy numerosa. Si para esplendor del Estado concedéis a
vuestros guerreros el derecho a destruir hombres, para la conservación de ese mismo
Estado conceded igualmente a cada individuo que se entregue cuanto quiera, puesto que
puede hacerlo sin ultrajar a la naturaleza, al derecho de deshacerse de los niños que no
puede alimentar o de aquellos de los que el gobierno no puede sacar ningún beneficio;
concededle asimismo deshacerse, con los riesgos y peligros a su costa, de todos los
enemigos que pueden perjudicarle, porque el resultado de todas estas acciones, absolutamente
nimias en sí mismas, será mantener vuestra población en un estado moderado y
nunca lo bastante numeroso para perturbar vuestro gobierno. Dejad decir a los monárquicos
que un Estado sólo es grande en razón de su extremada población: ese Estado
será siempre floreciente si, contenido en sus justos límites, puede traficar con lo superfluo.
¿No podáis el árbol cuando tiene demasiadas ramas? Y para conservar el tronco,
¿no cortáis las ramas? Todo sistema que se aparte de estos principios será una extravagancia
cuyos abusos enseguida nos llevarían a un vuelco total del edificio que acabamos
de levantar con tanto esfuerzo. Pero no es cuando el hombre ya está hecho cuando
hay que destruirlo a fin de disminuir la población: es injusto abreviar los días de un in-
dividuo bien conformado; no lo es, digo yo, impedir llegar a la vida a un ser que ciertamente
será inútil al mundo. La especie humana debe ser depurada desde la cuna; hay
que suprimir de su seno a todo aquel de quien se suponga que no habrá ser nunca útil a
la sociedad; éstos son los únicos medios razonables para aminorar una población cuyo
excesivo número es, como acabamos de demostrar, el más peligroso de los abusos.
Es hora de resumir.
¿Debe ser reprimido el asesinato con el asesinato? Indudablemente, no. No impongamos
jamás al asesino otra pena que aquella en que puede incurrir por la venganza de los
amigos o de la familia del muerto. Yo os otorgo el perdón, decía Luis XV a Charolais,
que acababa de matar un hombre para divertirse, pero también lo concedo a quien os mate.
Todas las bases de la ley contra los asesinos se encuentran en esa frase sublime.
En una palabra, el asesinato es un horror, pero un horror con frecuencia necesario,
nunca criminal, esencial para que se tolere en un Estado republicano. He demostrado
que el universo entero ha dado ejemplos de ello; pero ¿hay que considerarlo como una
acción hecha para ser penada con la muerte? Quienes respondan al dilema siguiente
habrán resuelto la pregunta: ¿El asesinato es un crimen ò no lo es? Si no lo es, ¿por qué
hacer leyes que lo castiguen? Y si lo es, ¿por qué bárbara y estúpida inconsecuencia
vais a castigarlo con un crimen igual?
Sólo nos queda hablar de los deberes del hombre para consigo mismo. Como el filósofo
únicamente adopta esos deberes cuando tienden a su placer o a su conservación, es
completamente inútil recomendarle su práctica, más inútil aún imponerle penas si falta
a ellos.
El único delito que el hombre puede cometer en este género es el suicidio. No me entretendré
probando aquí la imbecilidad de las personas que erigen esta acción en crimen:
remito a la famosa carta de Rousseau a quienes aún puedan tener alguna duda al
respecto. Casi todos los antiguos gobiernos autorizaban el suicidio por política o por
religión. Los atenienses exponían en el Areópago las razones que tenían para matarse:
luego se apuñalaban. Todas las repúblicas de Grecia toleraron el suicidio; entraba en los
planes de los legisladores; uno se mataba en público, y hacía de su muerte un espectáculo
de aparato. La república de Roma alentó el suicidio: aquellas abnegaciones por la
patria, tan célebres, no eran más que suicidios. Cuando Roma fue tomada por los galos,
los más ilustres senadores se entregaron a la muerte; recuperando ese mismo espíritu,
adoptemos las mismas virtudes. Durante la campaña del 92 un soldado se mató de pena
por no poder seguir a sus camaradas en la acción de Jemmapes. Siempre a la altura de
estos orgullosos republicanos, pronto superaremos sus virtudes: es el gobierno el que
hace al hombre. Un hábito tan prolongado de despotismo había debilitado totalmente
nuestro coraje; había depravado nuestras costumbres; pronto vamos a ver de qué acciones
sublimes es capaz el genio, el carácter francés, cuando es libre; al precio de nuestras
fortunas y de nuestras vidas, sostengamos esa libertad que ya nos ha costado tantas víctimas;
no lo lamentemos si alcanzamos nuestra meta; ellas mismas, todas, se han entregado
voluntariamente; no volvamos su sangre inútil; pero unión... unión, o perderemos
el fruto de todos nuestros esfuerzos; probemos leyes excelentes sobre las victorias que
acabamos de conseguir; nuestros primeros legisladores, esclavos aún del déspota que por
fin hemos abatido, no nos dieron más que leyes dignas de ese tirano, al que todavía incensaban;
rehagamos su obra, pensemos que es para republicanos y para filósofos para
los que por fin vamos a trabajar; que nuestra leyes sean dulces como el pueblo que deben
regir.
Al presentar aquí, como acabo de hacerlo, la nimiedad, la indiferencia de una infinidad
de acciones que nuestros antepasados, seducidos por una religión falsa, miraban como
criminales, reduzco nuestro trabajo a bien poco. Hagamos pocas leyes, pero que sean
buenas. No se trata de multiplicar los frenos: se trata de dar al que utilicemos una calidad
indestructible. Que las leyes que promulguemos no tengan otra meta que la tranquilidad
del ciudadano, su felicidad y el esplendor de la república. Mas, después de haber arrojado
al enemigo de vuestras tierras, franceses, no quisiera que el ardor de propagar vuestros
principios os arrastrase más lejos; sólo con el hierro y el fuego podríais llevarlos al fin del
universo. Antes de cumplir tales resoluciones, acordaos de los desgraciados sucesos de
las Cruzadas. Cuando el enemigo esté al otro lado del Rhin, creedme, guardad vuestras
fronteras y quedaos en casa; reanimad vuestro comercio, dad de nuevo energía y salidas a
vuestras manufacturas; haced florecer vuestras artes, animad la agricultura, tan necesaria
en un gobierno como el vuestro y cuyo espíritu debe poder abastecer a todo el mundo sin
que nadie pase necesidad; dejad a los tronos de Europa desmoronarse por sí mismos;
vuestro ejemplo, vuestra prosperidad los derrocarán pronto sin que tengáis necesidad de
intervenir.
Invencibles en vuestro interior y modelos de todos los pueblos por vuestra civilización
y vuestras buenas leyes, no habrá gobierno en el mundo que no trabaje por imitaros, ni
uno sólo que no se honre con vuestra alianza; mas si, por el vano honor de llevar vuestros
principios lejos, abandonáis el cuidado de vuestra propia felicidad, el despotismo, que
sólo está adormecido, renacerá, las disensiones intestinas os desgarrarán, habréis agotado
vuestras finanzas y vuestras conquistas, y todo esto para volver a besar los hierros que
habrán de imponeros los tiranos que os habrán subyugado durante vuestra ausencia. Todo
lo que deseáis puede hacerse sin que sea necesario abandonar vuestros hogares; que los
demás pueblos os vean felices, y correrán a la dicha por el mismo camino que vosotros
les habréis trazado.
martes 11 de diciembre de 2007
Llegaron!!!
Es algo tarde hoy. Mañana va la crítica de -al menos- sus aspectos técnicos y editoriales.
Saludos
PP
sábado 8 de diciembre de 2007
Libro Electrónico. "Especificidades del psicoanálisis lacaniano" (Foro de Medellín, Colombia)
INVITADA ALN
· Nombrar la nominación en la clínica diferencial de la psicosis
Por Laura Chacón Echeverría (Foro de Costa Rica)…………………………………………………….. p. 6
· Darse para darse muerte: La identificación en sus relaciones con la verdad
Por Laura Chacón Echeverría (Foro de Costa Rica)..………………………………………………………….p. 21
TRANSMISION, ENTREVISTAS PRELIMINARES
· La Transmisión en Psicoanálisis
Por María Antonieta Izaguirre (Foro de Venezuela) ………………..………………………………………p. 34
· Entrevistas Preliminares, ¿preliminares a qué?
Por Juan Guillermo Uribe (Foro de Medellín)..……………………………………………………………………p. 37
· ¿Qué le enseña el cuerpo al psicoanálisis?
Por Beatriz Zuluaga (Foro de Medellín)..……………………………………………………………………..………p. 43
NOMBRE (S) DEL PADRE, CURA Y SINTHOMA
· Del Nombre del Padre a los Nombres del Padre
Por Patricia Muñoz de F (Foro de Medellín)..…………………………………………………………………… .p. 52
· Curar con el Sinthoma
Por Luis Fernando Palacio (Foro de Medellín)..…………………………………………………………………….p. 57
DE FREUD A LACAN: VÍAS EN LA ESPECIFICIDAD
· El Proyecto freudiano al revés
Por Jorge Enrique Correa(Foro de Medellín)..……………………………………………………………………..p. 66
· La objetalidad : un asunto de especificidad del psicoanálisis lacaniano.
Por Gloria Patricia Pelaéz (Foro de Medellín)..……….……………………………………………………………p. 71
TOPOLOGIA
· Topos «a» logos
Por Juan Manuel Uribe Cano (Foro de Medellín)..……… ………………………………………………………p. 79
· Lacan al plantear los tres redondeles anudados de manera borromea. ¿Aborda
R.S.I. desde una perspectiva evolucionista.
Por Orly Alean Barandica (Foro de Medellín)..……………………………………………………………………..p. 91
FINAL DE ANÁLISIS
· Lalengua de Lacan y el tiempo del final
Por Beatriz Elena Maya Restrepo (Foro de Medellín)..……………………………………………………………p. 106
· El Deseo del Analista: Un Deseo separador
Por Jorge Escobar Gallo (Foro de Medellín)..…………………………………………………………………………..p. 116
· El pase en la enseñanza de Lacan no es sin final
Por Ricardo Rojas (Foro de Medellín)..…………………………………………………………………………………….
La Comisión Epistémica Local de la EPFCL-ALN-Foro Medellín se complace en presentar el Libro Electrónico de las reciente Jornada Local con Invitado de la Zona ALN que se realizo en Medellín los días 17 y 18 de Noviembre. El libro podrá ser bajado de la siguiente página:
http://www.esnips.com/web/EspecificidadPsicoanalisisLacaniano
Muchas veces vemos circular por la Red interesantes trabajos presentados en otras partes del mundo sin que podamos acceder a ellos, creemos que esta manera de intercambiarlos sería una buena forma de hacer comunidad de Escuela, esperamos que nuestra idea sea también realizada en otros lugares.
Abajo encontraran el contenido del libro electrónico y su portada.
Cordialmente,
Jorge Escobar, Ricardo Rojas y Beatriz Zuluaga
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Gracias, estimados colegas!!!!
PP.
jueves 6 de diciembre de 2007
MICHEL HOUELLEBECQ EN BUENOS AIRES.
El gran incorrectoEl escritor francés, autor de Las partículas elementales, se defiende de las acusaciones de xenofobia y misoginia y plantea que la cultura de los ’60 fue disparadora de una visión cínica de la vida.
Por Silvina Friera(para página 12)
El escritor francés más célebre del mundo, Michel Houellebecq, dice lo que piensa sin pensar en lo que provocará. De paso por Buenos Aires, el polémico autor de corrosivos tratados sobre las sociedades contemporáneas como Ampliación del campo de batalla y Las partículas elementales ofreció una conferencia de prensa ayer al mediodía en la sede de la Alianza Francesa, y por la tarde dialogó con Alan Pauls sobre cómo la cultura norteamericana domina al mundo. “Vine a la Argentina porque recibí muchos e-mails de lectores interesados en mí, y eso me gusta”, confesó. “Argentina no es un país que tenga muchos clichés asociados, por lo que para un europeo promedio es un país bastante misterioso. Brasil o Colombia evocan inmediatamente imágenes.” Quizá por su modo de hablar, pausado, como si estuviera cansado, parecía confirmar su imagen de hombre depresivo que se defiende escribiendo, pero también hablando. Acaso resignado a que le digan que es xenófobo, nihilista, misógino, misántropo y provocador, Houellebecq demostró que sus mejores armas son la incorrección –el francés que cuestiona los pergaminos de la generación del ’60 y el mito del ’68– y la ironía.
“Desde los quince años, tengo la impresión de vivir en una sociedad que no ha cambiado”, afirmó el escritor. “La literatura no cambia el mundo, simplemente puede describirlo; lo que cambia el mundo son textos como las Epístolas de San Pablo, El Corán y El Manifiesto Comunista, pero no las novelas.” Houellebecq –nacido en 1958 en la isla francesa Reunión– dijo que espera de un libro poder leer una descripción del mundo. “No sé por qué el mundo es más agradable cuando uno lo descubre mejor.” Sobre su segunda novela, Las partículas elementales (1998), que vendió 500.000 ejemplares en Francia, admitió que hay un elemento claramente autobiográfico. “Es el momento en que Michel es invitado por su doctor de tesis para que haga una carrera como investigador. Muchas veces pensé que podría haberme convertido en biofísico o bioquímico, porque efectivamente me lo propusieron. Muchas otras cosas no son autobiográficas, pero me gusta imaginar el destino que habría tenido.”
De pantalón claro y camisa amarilla, el autor de La posibilidad de una isla parecía meditar antes de responder cada una de las preguntas. “La falta de amor nos hará libres. Cuando uno ama pierde libertades, es evidente; incluso Nietzsche tiene razón cuando dice que el filósofo casado pertenece al registro de la comedia –recordó, generando las primeras carcajadas entre los periodistas–. Uno es más libre cuando está solo.” Respecto del periodismo señaló que percibe una insuficiencia. “Los periodistas están confrontados con un mundo difícil de entender”, subrayó el escritor. “La tecnología desempeña un rol eminente, pero nadie puede explicarla porque no entiende el tema. Lo mismo pasa con la economía –comparó–. Para un lector extranjero, Argentina parecía que era un país rico de Sudamérica que de pronto se convirtió en pobre. Leí muchos artículos, pero no entendí nada; las explicaciones se contradecían. La economía y la tecnología son dos cuestiones sobre las que la gente no entiende nada, y, sin embargo, gobiernan el mundo. Yo no logro ser competente en esos temas.”
Aparte de Borges, Houellebecq admitió que leyó La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares. “Sobre autores más recientes no conozco gran cosa, pero cuando un país ha sido literariamente importante, ese impulso no se detiene con facilidad.” El autor francés rechazó el hecho de que se considere a la del escritor como una profesión. “Cada vez que escribo un libro me digo: ‘Esta vez va a ser el último, voy a poner todo lo que tengo...’ y eso es todo lo contrario de una profesión”, advirtió. Con un tono burlón, asumió que no se considera una personalidad afirmada. “Soy vago y contradictorio en la vida cotidiana. Estoy aquí haciendo un esfuerzo por responder porque son periodistas de muy buen nivel, comparado con otros países, y eso me llama la atención.” Claro, después del elogio, una periodista se animó a preguntarle si se consideraba xenófobo y misógino. “No creo ser xenófobo; misógino, puede ser, pero no desprecio a las mujeres. Lo más penoso del tema es que cambio de parecer con frecuencia. En realidad, me contradigo bastante”, reconoció el escritor. “Las mujeres muy femeninas y encantadoras me molestan un poco, pero cuando veo a las alemanas, que rara vez se rasuran las axilas, me digo que es bueno que las mujeres hagan el esfuerzo por ser bonitas y femeninas”, ejemplificó.
El escritor cuestionó la generación de los ’60 porque tiene la tendencia a sobrevalorar sus propios objetivos. “En esos años se desarrolló cierto cinismo que fue revestido o disfrazado de combate libertario, pero que en realidad fue el comienzo de una visión cínica de la vida”, planteó Houellebecq. “Cuando pienso en los ’60, tampoco me parece correcto presentar a esa generación como marxista-tercermundista; había pocos, pero como hablaban mucho, se hacían oír”, criticó el escritor. “La mayoría desarrolló la actitud de los consumidores cínicos e indiferentes a los otros. Por eso me resulta muy extraño cuando esas personas dicen que era una generación maravillosa e idealista. Yo no me di cuenta.” También rechazó el mito del ’68. “El Mayo Francés no tuvo mucha importancia. Imaginen un mundo donde hubiera existido el rock y la píldora, y el resultado sería el mismo.”
Según el autor de Las partículas elementales, el movimiento revolucionario del siglo XIX y XX es el capitalismo, “que ha destruido todas las estructuras, incluida la familia y la pareja”. “Hay una página de (Alexis) de Tocqueville en La democracia en América donde escribió que quería imaginar lo que bajo los rasgos del despotismo podría producirse en el mundo. Es una página superior que describe la sociedad contemporánea, y es de 1820”, recordó Houellebecq. Consultado sobre la última portada de la revista Time, en la que se anuncia que la cultura francesa está en vías de extinción, Houellebecq sostuvo que esa idea no es del todo falsa. “La cultura alemana y la italiana también han ido desapareciendo. En España, rara vez he visto una publicidad de una película que no sea norteamericana”, agregó el autor. “Lo que pasa es que Francia se las arregla mejor que otros países; tenemos Dj mundialmente célebres y algunos buenos escritores, pero el dominio de la cultura norteamericana sobre el conjunto del mundo es evidente. La gran fuerza, más allá del dinero, del proteccionismo interno y del sostén a las exportaciones, es que ellos creen en su propia superioridad y terminan por convencer a los otros. En cambio, los franceses se enroscan en contemplaciones masoquistas de su propia decadencia, lo que es bastante deprimente. Los franceses son personas angustiadas e inquietas sobre el futuro europeo, y sin embargo se siguen reproduciendo, cosa que no hacen en España o Alemania.”
miércoles 5 de diciembre de 2007
Pablo Peusner."¿Oral o escrito?" A propósito de "¿Qué se espera del psicoanálisis y del psicoanalista?" - C. Soler, LV, 2007
Es el turno, ahora, de Roland Barthes: “Hablamos, nos graban, secretarias diligentes escuchan nuestras frases, las depuran, las transcriben, las subrayan, extraen una primera versión que nos presentan para que las limpiemos de nuevo antes de entregarla a la publicación, al libro, a la eternidad. ¿No acabamos de asistir al «aseo del muerto»? Embalsamamos nuestra palabra como a una momia, para hacerla eterna. Porque tenemos que durar un poco más que nuestra voz; estamos obligados, por la comedia de la escritura a inscribirnos en alguna parte”[ii].
Linda conversación, interminable quizás, o inabarcable. Si se hubiera producido realmente, nadie habría dudado un instante en poner un grabador sobre la mesa, desgrabarla y publicarla, aún al costo de traicionar al asunto en cuestión.
De hecho, en nuestro mundo del psicoanálisis, la conversación se convierte en polémica: hay quienes sólo reconocen estatuto de obra a los “Escritos” lacanianos y deniegan creencia a todas las versiones del “Seminario”. Otros dicen que el verdadero trabajo de enseñanza y transmisión de Jacques Lacan fue construido paso a paso los miércoles a la mañana durante veinticinco años y que los “Escritos” son una especie de joke incomprensible del excéntrico francés.
La realidad es que los grabamos y nos grabamos, y que mucho de lo que se publica en nuestro medio tiene origen oral. Soy consciente de que mi opinión al respecto no le importaría a nadie y por eso no voy a pronunciarme. En contrapartida, estimado lector, le propongo un ejercicio.
Tome usted un ejemplar del reciente “¿Qué se espera del psicoanálisis y del psicoanalista?” de Colette Soler, publicado hace pocos meses por Letra Viva aquí, en Buenos Aires. Desde su portada advertirá que se trata de una serie de seminarios y conferencias pronunciados en nuestro país, en español, por la psicoanalista francesa. Si acaso dispusiera usted del tiempo necesario para recorrer sus doscientas sesenta y nueve páginas, seguramente advertirá que –más allá de la diversidad de problemas y cuestiones que en ellas se abordan– hubiera sido una injusticia no publicarlas. Es cierto que los responsables del proyecto de edición del material, intentamos mantener, en la medida de lo posible, su oralidad. También es cierto que el libro finaliza con un escrito que, además de romper la serie, produce un extraño efecto de extimidad.
Quizás la introducción del neologismo “narcinismo” hubiera sido suficiente excusa para la publicación del texto. Podría pensarse que no, y que la justificación hubiera exigido incluir que el texto realiza un recorrido maravilloso por lo que la autora denomina “la Deología” de Freud y de Lacan. Pero alguien podría creer que el abordaje de la clínica de la destitución subjetiva daba la estocada final y que allí sí se afirmaba la necesariedad del texto. De cualquier modo, siempre nos hace falta preguntarnos qué se espera del psicoanálisis y del psicoanalista ahora que –sabemos por este libro– el acto analítico es profundamente anticapitalista. Entonces, el síntoma-padre, el amor-síntoma, la histeria y el rechazo del inconsciente, podrían releerse a la luz de las declinaciones de la angustia. Y algún otro, que aquel 16 de diciembre del ’98 hubiera estado entre la muchedumbre del aula 23 de la Facultad de Psicología de la UBA, habría sostenido que la conferencia de “Los usos del saber” era el mejor argumento posible a favor de aquel libro.
Para mí, algo quedaba claro: más allá de las fechas y de los lugares, Colette Soler anunciaba cada vez y articulado al asunto que fuera, que Encore daba cierta clave para leer un giro en la enseñanza de Lacan; y que si algo se espera de nosotros y de nuestra práctica clínica hace falta considerar esa maniobra que habilita al significante como la causa del goce.
Entonces, estimado lector, si luego de la lectura persiste en usted el sentimiento despertado por mis citas iniciales, puede –como yo lo hice– tomar un bolígrafo y escribir en la tapa, al lado de la figurita de la banda de Moebius: “esto no es un libro”.
PP.
[i] Steiner, G. “Lecciones de los maestros” (2003), Siruela/FCE, México, 2004, pp. 38-40.
[ii] Barthes, R. “Del habla a la escritura” (1974), en “El grano de la voz”, Siglo Veintiuno, Buenos Aires, 2005, p. 9.
lunes 3 de diciembre de 2007
Diana Cohen Agrest. "Por mano propia" (FCE, 2007)
En Por mano propia, Diana Cohen Agrest analiza el lugar que las prácticas suicidas han adquirido en el imaginario social y se pregunta acerca del sentido de la vida humana y sobre el derecho para autodeterminar el fin de la propia existencia.A través de una exhaustiva investigación que recorre el discurso religioso, filosófico, cultural, psicoanalítico y médico, se detiene en el aporte de pensadores como Platón, San Agustín, Tomás de Aquino, Donne, Spinoza, Kant, entre otros, y observa los argumentos que se han desarrollado en las distintas épocas para dar cuenta de una decisión tan inquietante. También revisa algunos actos emblemáticos, como el suicidio de Sócrates, la muerte de Jesús, el martirologio en el cristianismo, las prácticas kamikaze y los suicidios homicidas contemporáneos. Sin abandonar el tono filosófico, la autora se ocupa no sólo de los enfoques reflexivos, sino que incorpora aquellas teorías que permiten el abordaje científico y terapéutico de las conductas asociadas con la muerte voluntaria y da lugar a los modelos que proveen el psicoanálisis, la psiquiatría, la terapia cognitivo conductual y las propuestas que tienden a la prevención. Un apartado especial ocupa el análisis de los casos en los que se recurre a la eutanasia voluntaria y al suicidio asistido, así como también la franja etaria de mayor riesgo en la actualidad: los niños y los adolescentes.Si bien Diana Cohen Agrest considera la carga moral que tiene en la actualidad transgredir el mandato de preservar la vida, incluso a costa del propio sufrimiento, profundiza la polémica sobre los límites de este argumento -en particular, cuando se trata de una vida prolongada tecnológicamente-, en abierta defensa de la dignidad, la autonomía y la libertad humanas.
