viernes 31 de octubre de 2008

"La historia de Medio Pollo" (Referencia de Lacan en la 4ª clase del Seminario 17)

La Historia de Medio Pollo

Érase una vez un buen hombre y una buena mujer que eran muy desgraciados. Sólo tenían un huevo, nada más que un huevo para la cena. Lo cortaron en dos y lo pusieron a hervir. El hombre se comió su mitad pero la mujer no se comió la suya. La puso a incubar en su chorrera y nació un medio pollo.

Un día que Medio Pollo escarbaba en el estiércol, encontró una bolsa llena de oro. Y entonces se puso a cantar:
- ¡Quiquiriquí! ¡La bolsa y los escudos! ¡Quiquiriquí! ¡La bolsa y los escudos!

Un trapero que pasaba por allí lo escuchó y cogió la bolsa.
Medio Pollo no quería quedarse así. Y gritó:
- ¡Quiquiriquí! ¡Devuélveme mi bolsa y mis escudos! ¡Quiquiriquí! ¡Devuélveme mi bolsa y mis escudos!

Y el pollo siguió al buen hombre que se iba. De camino, de repente, vió un enjambre de abejas. Las abejas le dijeron lo siguiente:
- ¿Adónde vas Medio Pollito?
- Venid conmigo y lo sabréis.
- ¡Pero es que no podemos seguirte!
- Meteros en mi trasero y os llevaré.

Hete aquí a las abejas en el trasero del pollito y hete aquí que ya se van. Un poco más lejos, vieron a un perro.
- ¿Adónde vas Medio Pollito?
- Ven conmigo y lo sabrás.
- ¡Pero es que no podría seguirte!
- Métete en mi trasero y te llevaré.

Hete aquí que se van un poco más lejos. ¿Y qué es lo que vieron? Un zorro.
- ¿Adónde vas Medio Pollito?
- Ven conmigo y lo sabrás.
- ¡Pero es que no podría seguirte!
- Métete en mi trasero y te llevaré.

Hete aquí que se van de nuevo. Un poco más lejos, vieron a un lobo.
- ¿Adónde vas Medio Pollito?
- Ven conmigo y lo sabrás.
- ¡Pero es que no podría seguirte!
- Métete en mi trasero y te llevaré.

En un momento dado, atravesaron un río. El río dijo:
- ¿Adónde vas Medio Pollito?
- Ven conmigo y lo sabrás.
- ¡Pero es que no podría seguirte!
- Métete en mi trasero y te llevaré.

El río se puso también en el trasero de Medio Pollo y llegaron a la casa del hombre.
- ¡Quiquiriquí! ¡Devuélveme mi bolsa y mis escudos! ¡Quiquiriquí! ¡Devuélveme mi bolsa y mis escudos!

El hombre se lo explicó todo a su mujer. La mujer dijo:
- Esta noche lo pondremos a dormir con las gallinas. El gallo grande sabrá cómo ponerlo en vereda. Y así lo hicieron.
A mitad de la noche, el gallo grande empezó a meterse con el pollito. Medio Pollo, viéndose perdido, dijo:
- ¡Zorro, zorro, sal de mi trasero o estoy perdido!
El zorro salió y ¡zas! trató como convenía a todas las gallinas.

Al día siguiente, el hombre y la mujer escucharon al pollito en su estercolero que decía:
- ¡Quiquiriquí! ¡Devuélveme mi bolsa y mis escudos! ¡Quiquiriquí! ¡Devuélveme mi bolsa y mis escudos!

-¡Esto no puede ser! - dijeron - esta noche lo pondremos con el mulo. Seguro que lo aplastará con sus patas.
Y así lo hicieron. Y el mulo daba vueltas y más vueltas y pataleaba. El pollito viéndose perdido una vez más dijo:
- ¡Perro, perro, sal de mi trasero o estoy perdido!
El perro salió y se puso a ladrar. Y el mulo rompió su cuerda y se marchó corriendo.

Al día siguiente, el pollito estaba de nuevo en su estercolero y decía:
- ¡Quiquiriquí! ¡Devuélveme mi bolsa y mis escudos! ¡Quiquiriquí! ¡Devuélveme mi bolsa y mis escudos!

- ¿Pero qué es lo que tenemos que hacer? ¡Maldito pollo! Vamos a ponerlo esta noche con los corderos. ¡Seguro que el carnero lo va a espachurrar!
Y así lo hicieron. Y a mitad de la noche, el carnero empezó a empujarlo.
- ¡Lobo, lobo, sal de mi trasero o estoy perdido!
El lobo salió del trasero del pollito y se comió a todos los corderos.
Al día siguiente, el pollito en su estercolero decía:
-¡Quiquiriquí! ¡Devuélveme mi bolsa y mis escudos! ¡Quiquiriquí! ¡Devuélveme mi bolsa y mis escudos!

- Bueno. Esta noche lo pondremos entre nosotros dos y lo ahogaremos.
Y así lo hicieron. Cuando acostaron al pollito entre ellos dos, empezaron a apretarse para ahogarlo.
- ¡Abejas, abejas, salid de mi trasero o estoy perdido!
Las abejas salieron y empezaron a picar a aquellos pobres viejos que no siguieron mucho rato en la cama.

Al día siguiente, el pollito, otra vez en el estercolero, decía:
-¡Quiquiriquí! ¡Devuélveme mi bolsa y mis escudos! ¡Quiquiriquí! ¡Devuélveme mi bolsa y mis escudos!

- ¡Que el diablo se lleve al infierno a este pollo! - dijo el hombre - Mira, precisamente el horno está caliente para la hornada de pan. Esta noche lo pondremos a dormir allí.
Y así lo hicieron. Cuando se vio allí dentro, Medio Pollo dijo:
- ¡Río, río, sal de mi trasero o estoy perdido!
El río salió, y regó el fuego y lo apagó.

Entonces dijo el pollito en su estercolero:
- ¡Quiquiriquí! ¡Devuélveme mi bolsa y mis escudos! ¡Quiquiriquí! ¡Devuélveme mi bolsa y mis escudos!

Los viejos dijeron entonces:
- ¡Pues ya está bien, dejémosle marchar entonces!
Tiraron la bolsa por la ventana y dejaron marchar a Medio Pollo que se fue y se fue por los campos. Y ya no lo vieron nunca más de los jamases en la casa.

Yo pasé por el molino,
Me bebí un vaso de vino,
Me subí a la cola de un ratón,
Que era muy chillón,
¡Y colorín colorado,
Este cuento se ha acabado!

jueves 30 de octubre de 2008

Carlos D. Pérez. "Boludo, pelotudo, necio y cínico. Una secuencia tipológica" (Página 12, suplemento psicología)

Me he permitido distinguir una secuencia tipológica de categorías que solemos mezclar sin rigor. Cuatro palabras, cuatro perfiles, cuatro riesgos, cuatro desafíos.

Boludo

En un mundo donde, por poner un número, a partir de los tres años de edad no hay inocencia, el boludo es una excepción. Le han crecido, aunque ignora para qué; absorto en su rigurosa idiotez, ve sin mirar las venturas y desventuras que lo circundan.
El apelativo suele emplearse como insulto, pero el boludo nos produce una secreta envidia, porque nos sabemos no inocentes y nos gustaría serlo. Por esta razón a veces le adosamos un especial calificativo, cuando decimos de alguien que es un “boludo alegre”. Y no es cierto, no es alegre, porque en la carrera de los boludos se distrae escarbándose el ombligo y, por boludo, no gana. También hay sabios que lo hacen y abandonan carreras, pero a sabiendas. ¡Freud mío, esto de la boludez, que parecía tan simple, se me está complicando! Lo soluciono de modo lacónico: el boludo no puede ser feliz porque ignora la felicidad; no me pregunten por qué, no podría responder, no trato de hablar de esa esquiva sensación. El goce del idiota me es ajeno como a cualquier no boludo, a menos que... Cuando los boludos tomen la palabra quizá podamos enterarnos de algo más, pero entonces serán tan vulgares como cualquiera de nosotros.
Sucede que asociamos a esa condición la idea de felicidad paradisíaca, formados como estamos por la Biblia, ya que el boludo alegre por antonomasia fue Adán, antes de que Eva apareciera en su horizonte y, con ella, la conciencia dilemática del ser sexuados. Y al perder la inocencia también perdieron el Paraíso. Cuando la vida nos pesa, añoramos esa antelación. Lo supo el político más hábil que tuvo la humanidad: poniendo del revés la secuencia ante la masa de acólitos, colocando el Paraíso como afortunado destino, dicen que dijo en un sermón: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”.


Pelotudo

Reducido a una frase, sería como decirle a alguien: “No te hagas el boludo, ¡pelotudo!”. Roberto Fontanarrosa, en célebre intervención en un Congreso de la Lengua, distinguió en “pelotudo” un énfasis especial; para continuar la línea fontanarroseana, agrego que “boludo” carece de énfasis. El pelotudo no tiene derecho a la ignorancia, estratagema a veces hábil que este personaje esgrime como salvoconducto.
Al decirse aquello de “sólo sé que nada sé y por eso algo sé, que nada sé”, Sócrates instaló el dispositivo de su filosofía, y cuando en un destello de lucidez alguien exclama ¡pero si soy un pelotudo!, instantáneamente se vuelve filósofo, y si no lo hace por sus propios medios debiera agradecer a quien ejerza la mayéutica socrática desenmascarando su pelotudez. Por algo se empieza; aquel griego nos enseñó que es el modo de empezar.


Necio

El necio, en cambio, es un obcecado con su pelotudez. Incapaz de conciencia socrática, convierte la banalidad en creencia y declama pelotudeces como verdades consagradas, a riesgo de cometer estragos. Mientras el pelotudo es inofensivo, el necio ofende, pero si le discutimos corremos el riesgo de colocarnos en posición simétrica, ventilando secretas necedades; en esto encuentro la inteligencia del refrán que contrapone oídos sordos a palabras necias.
Cuando la convicción del necio adquiere mayor relevancia, desemboca en el fanatismo. Fanático es quien, enarbolando como cualidad su propia limitación, apunta a la militancia social. La necedad es personal, el fanatismo ama lo masivo. Hitler, con su creencia fanática en la superioridad de la raza aria, fue un necio que congregó multitudes. Porque el necio libra con unción su guerra individual, pero llegado al fanatismo se embandera con su “causa” e incita con sus argumentos. No sé si el necio, sobre todo el fanático, muere por su bandera, pero es capaz de matar por ella.


Cínico

A diferencia del necio, el cínico es hábil; eso lo convierte en adversario difícil. Sin ignorar las limitaciones de su posición pero diestro en retórica, su meta es convertirnos en necios. Si el necio suele provocar ese efecto de modo involuntario, para el cínico es deliberado; no hay cínico sin un coro de necios, su estrategia los necesita. Muchos de los “comunicadores sociales”, ni qué decir los políticos, son cínicos que cultivan la necedad de sus seguidores. Y cuando los necios creen estar al comando de una creencia, los cínicos celebran.
¿Podríamos aspirar a una sociedad sin este cuarteto tipológico? Sería la sociedad perfecta, pero es impracticable. Somos humanos y por serlo no estamos exentos de lo antedicho, aunque tampoco estamos impedidos de advertir que día a día nos movemos entre una caterva de boludos, pelotudos, necios y cínicos, a menudo como uno más del conjunto; entonces nos despabila un tiempo de despertar y nos preguntamos: “Pero, entonces, ¿qué soy?”. No es poca cosa esa pregunta que los boludos ignoran, los pelotudos resisten, los necios niegan, los cínicos gambetean.

miércoles 29 de octubre de 2008

Gérard Pommier. "Comment les neurosciences démontrent la psychanalyse" (Flammarion, Paris, 2a.edición, 2007)


TEXTO DE CONTRATAPA

Las investigaciones acerca del cerebro han progresado tanto durante los últimos años que nuestra concepción del hombre se ha visto conmocionada: el cuerpo no sería más que una “máquina” de la que alcanzaría con reparar los desperfectos en caso de avería. Los sentimientos como el amor y el deseo, y las creaciones como la poesía, no serían más que una cuestión de hormonas y conexiones nerviosas; en cuanto a la actividad psíquica, los sueños, el inconsciente y los síntomas, los buenos medicamentos los disciplinarían. Eterno debate que los neurocientíficos invitan a los psicoanalistas a volver a poner en primer plano. Entonces... ¿pueden existir dos aproximaciones diferentes, incluso contradictorias, de un mismo fenómeno?
Este libro hace justicia a esta infundada oposición, que debe sobre toda su fuerza a un desconocimiento de los procesos cerebrales y de la vida psíquica. Por lo demás, numerosos descubrimientos neurofisiológicos aportan agua al molino de Freud y muestran cómo el lenguaje modeliza el cuerpo mucho más profundamente de lo que el síntoma histérico dejaba prever. Esta puesta en tensión del cuerpo por el lenguaje es tan importante que muchos resultados de la neurofisiología no pueden ser interpretados sin el psicoanálisis. Numerosas preguntas tan esenciales como aquella de la conciencia, por ejemplo, permanecen insolubles sin el concepto de inconsciente. Midiendo el aporte de las neurociencias en el psicoanálisis, comenzamos a tener una idea más precisa de lo que es un “sujeto”, pero también de ese cuerpo del que somos, tan conflictivamente, los curiosos locatarios...

martes 28 de octubre de 2008

Gianni Vattimo. "Creer que se cree" (Paidós, Buenos Aires, 2008)

La cultura y la mentalidad contemporáneas parecen estar caracterizadas por "el retorno de Dios", pero ¿cuál puede ser hoy el sentido de la experiencia religiosa? La respuesta de Gianni Vattimo es el fruto de su freflexión filosófica en el horizonte posmetafísico, que le lleva a ver la encarnación de Cristo como la secularización del principio divino y la "ontología débil" como la transcripción del mensaje cristiano. Sin embargo, este planteamiento -o más bien este replanteamiento- de la dimensión religiosa está profundamente arraigado en la experiencia personal, porque, como argumenta el propio Vattimo, es imposible producir discursos religiosos sin asumir el riesgo de un compromiso directo. Católico "no militante", Vattimo no es, desde luego, un defensor de la sacralidad e intangibilidad de los valores, sino que se presenta incluso como anarquista no violento e irónico desconstructor de las pretensiones de los órdenes históricos, guiado siempre por el principio de caridad hacia los otros. ¿Pueden ésta, por fin, erigirse en la verdadera dimensión religiosa de nuestro tiempo?

lunes 27 de octubre de 2008

Una amena suma de problemas (adelanto de "El club de la hipotenusa". Ed. Ariel)



Números romanos

Persiste hoy en día, como única herencia de la matemática romana, el uso de los números romanos en relojes, para enumerar reyes (Juan Carlos I), enumerar papas (Juan Pablo II), ordenar volúmenes de libros (Tomo III,...), plasmar siglos (siglo XXI). Si se piensa un instante se aprecia que es una tradición peculiar y rara, pero al estar muy arraigada, persiste y su actualización a numerales usuales resultaría incluso burlesca (Juan Carlos 1, Juan Pablo 2...). Algo curioso es cómo V llegó a ser cinco en Roma. Los lumbreras romanos estuvieron años haciendo palotes y repitiéndolos (el nueve fue IIIIIIIII) hasta que para simplificar se les ocurrió que tachar un palote con una raya inclinada equivalía a diez... y así nació X... y para el cinco nació la mitad de diez, es decir, V. ¡Increíble!, con medio símbolo representar la mitad.


La punta de la pirámide

Es normal que ante las ruinas arqueológicas las personas tiendan a suplir con su imaginación cómo debían ser aquellas partes que hoy ya no existen. Consecuencia de ello es que ante la famosa Gran Pirámide de Egipto, a pesar de que la punta que la culmina no está, todos pensemos en que debía acabar en "punta", es decir, que la pirámide faraónica era una pirámide geométrica... ¡Pues va a ser que no! Estudios recientes del arquitecto y poeta Miquel Pérez han puesto en evidencia que la Gran Pirámide debió acabar en una esfera, representación de Ra (Dios Sol). Los estudios de este arquitecto evidencian también el alto contenido matemático que estuvo presente en el diseño, colocación y construcción de este singular monumento, cuyos secretos siguen acaparando la atención internacional. Las agencias de viajes aplauden este interés.

Esto es sólo un fragmento. Para leer la nota completa en el suplemento de cultura del diario La Nación, hay que hacer click aquí.
Esperemos que pronto aparezca el libro.
PP

sábado 25 de octubre de 2008

Antonio Lastra. "Ecología de la cultura" (Ed. Katz, Bs.As., 2008)

Herederos de un humanismo antiguo y radical, los estudios culturales constituyen, como señala Antonio Lastra en esta obra, "la respuesta contemporánea más exigente a las cuestiones suscitadas por una historia terminable e interminable a la vez, pero, como disciplina y como método de investigación y transformación de la realidad, los estudios culturales se enfrentan a dilemas casi insolubles". En el trayecto para la construcción de esa respuesta, 'Ecología de la cultura' -que comienza con una consideración sobre la naturaleza y concluye con una reflexión sobre la cultura- también puede ser leído como un estudio que va del desmoronamiento del mundo en el poema de Lucrecio a la indagación del dominio de la naturaleza por el hombre. Provisto de procedimientos que proceden de la filosofía y de la poesía, la filología y el psicoanálisis, la religión, el cine o la antropología, Antonio Lastra inscribe su "ecología de la cultura" en una vertiente político-antropológica de los estudios culturales en la que la relación "entre la naturaleza en general y la cultura es determinante para la comprensión de la naturaleza humana en particular".

Antonio Lastra nació en Valencia, España en 1967 . Es doctor en filosofía por la Universidad de Murcia y profesor de filosofía en la enseñanza secundaria española. Es codirector de 'La Torre del Virrey. Revista de Estudios Culturales'. Ensayista y traductor, ha vertido al castellano, entre otras, obras de Leo Strauss, Stanley Cavell, Ralph Waldo Emerson, Henry David Thoreau y Abraham Lincoln. Antonio Lastra es director del Observatorio de Estudios Culturales de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Valencia. Sus investigaciones están centradas en la ética de la literatura, la escritura constitucional norteamericana, los vínculos entre teología y política (el "problema teológico-político") y los estudios sobre cine.

índice
Prefacio
1. Pensando en la naturaleza. Lucrecio, Santayana, Leo Strauss. Apéndice: Robert Lowell y Santayana
2. Creo que Platón estaba enfermo. Cine y filosofía en el final de la vida
3. Obedecer. De Rosenzweig a Lévinas
4. Leer. Emerson, Leo Strauss, Harold Bloom
5. Antes de los estudios culturales. Robert Warshow y la experiencia inmediata
6. Robert Gardner y la ecología de la cultura

viernes 24 de octubre de 2008

Bárbara Low. "Las compensaciones psicológicas del analista" (Referencia del Seminario 10, clase X)

Mucho es lo que se ha escrito acerca de las exigencias y requerimientos im­puestos por su trabajo al analista, los problemas que lo acosan en relación con la trans­fe­ren­cia, y los especiales peligros a los que está expuesto, tales como el in­cre­mento de los sentimientos de omnipotencia, y el descenso de los patrones su­per­yoicos, entre otros.

Es cierto que existe un acuerdo acerca de la necesidad de un análisis tan com­­pleto co­mo fuese posible para el aspirante a analista, pero este re­co­no­ci­mien­to, ¿nos lle­va suficientemente lejos? (o: pero, ¿hasta dónde nos lleva este re­co­no­ci­miento?) Se presume que el analista es alguien que puede reconocer y manejar sa­tis­fac­to­ria­men­te las influencias de su propio inconsciente, alguien capaz de do­mi­nar su pro­pia psique a través de su análisis. En los hechos sabemos que esto es más que nada una imagen ilusoria, una quimera, salvo en los casos de naturalezas excepcionales. Sabemos que la situación analítica puede ser usada por el analista, co­mo lo es para el paciente, para la gratificación de deseos inconscientes, es­pe­cial­mente los re­la­ti­vos a las fases pregenitales y genitales infantiles (desde que es­tas últimas a menudo no son tratadas sino parcialmente en el análisis del propio ana­lista). O puede ser convertido en lo que Edward Glover llama viewing process (proceso que se da a través del ver) que gratifica así el deseo infantil de mirar a los ob­jetos se­xua­les prohibidos. O puede el analista sucumbir a la tentación de con­ver­tirse en el que consuela y salva para mencionar sólo unos pocos de los usos ha­cia los cuales pue­de ser desviado el análisis. Sin embargo, tales gratificaciones de­ben ser negadas si se quiere evitar que el análisis fracase y además la situación se ha­ce más difícil debido al agudo contraste entre los participantes en ella.

Renunciar a perpetuidad a las gratificaciones del niño amado y om­ni­po­ten­te, del re­verenciado padre omnisciente, del exhibicionismo, del sadismo, del ma­so­quis­mo no es algo fácil de lograr; tampoco lo es el entregarse a una in­cer­ti­dum­bre in­te­lectual, el quedar en posición de suspender los juicios, el abandonar el de­seo de aportar soluciones rápidas. Más difícil aún, tal vez, es el abandono de los pa­trones superyoicos en favor de una perspectiva más libre y de un más pleno desarrollo yoico, mientras que el paciente puede decirse que se da el lujo de todos es­tos pri­vi­legios.

Desde que no puede existir nunca la persona “completamente analizada”, des­de que el Ello y su poderosa fuerza nunca puede ser totalmente analizada, des­de que (se­gún Freud nos ha mostrado) el inconsciente no puede tolerar más que un cierto grado de privación sin compensación parece que estamos postulando una situa­ción ficticia a menos que tal compensación se diese en algún futuro.

Tres privaciones, tan inevitables como onerosas pueden servir de ilus­tra­ción, a sa­ber: la inhibición del placer narcisístico, especialmente en el nivel pre­ge­ni­tal (emo­cio­nes-sentimientos de impaciencia, resentimiento, retaliación); la in­hi­bi­ción de la certidumbre dogmática en la esfera intelectual; y la modificación del yo, siendo esta última la que involucra la mayor privación de todas. Para resumir, el analista se halla bajo lo necesidad de traducir e interpretar el material del pa­cien­te sin reac­cionar a él emocionalmente. Pero aquí nos enfrentamos con dos di­fi­cultades: si fracasase en esta tarea entonces anularía el análisis; por otra parte, sólo a través de su propia actividad emocional puede (alcanzar) lograr una co­rrec­ta inter­pre­ta­ción y traducción de tal material. La obra ―práctica y teórica― de los grandes expo­nentes del psicoanálisis sirven para ilustrarnos a este respecto.

Permitir nues­tra propia respuesta emocional a nuestro propio material es algo muy dife­ren­te de la reacción a las emociones del paciente, siendo lo primero tan esencial al tra­bajo analítico como el segundo le es destructivo.

En El Paraíso Perdido Milton hace destilar del espíritu de Dios tres gotas de esen­cia divina en los ojos del proscripto Adán, con lo cual “penetra con sus ojos has­ta el centro y corazón del ver”, lo que sugiere un paralelo con la emoción que puede liberar el poder de la visión interpretativa. Pero, ¿cómo se puede llegar a esto?

El estado de ceguera, de no-visión, corresponde al material incorporado que está “muerto” hasta que la emoción da su hálito de vida a los huesos secos; es después de esto que “vemos”, como vio Adán. El proceso esencial se nos presenta como una forma de introyección y proyección dirigidas hacia el material aportado por el pa­ciente, una situación que puede equipararse a la relación del artista con el mundo exterior sobre el cual trabaja. Este interdío es el camino del artista (junto al cual podemos incluir al verdadero hombre de ciencia), y sin él la “compensación” an­tes mencionada parece inalcanzable, imposible de alcanzar. En un trabajo lla­ma­­do La naturaleza de la acción terapéutica del Psicoanálisis, Vol. XV, p. 127, Stra­chey trata la cuestión de la interpretación y en especial el tipo de interpre­ta­ción que él denomina “interpretación mutativa”, sobre la cual escribe: “La inter­pre­­tación mutativa es el factor operativo esencial en la acción terapéutica del psi­co­­análisis”. Aquí, creo, Strachey trata el problema al que me he referido. Entiendo que tal “interpretación mutativa” es el producto del insight del analista, el cual sur­­ge del libre contacto con sus propias emociones. Esto, según sugiero otorga al analista la posibilidad de visión, y permite al paciente que está en contacto con él, volverse más libre en su propia vida emocional, y por ende cambiar. Sabemos que tal interpretación ―cuándo, cómo, y hasta qué grado será dada― es uno de los pro­­ble­mas vitales para el analista como para el paciente, y pone a prueba las rela­cio­nes del analista con sus propios impulsos inconscientes. Una cosa es cierta: tal in­ter­pretación del analista, si se aproxima al punto apropiado y se dirige con exac­ti­tud a su meta, puede ser de la mayor influencia dinámica sobre el inconsciente del paciente, provocando por un lado un flujo de energía hacia un funcionamiento sano y por otro, una resistencia agresiva autoprotectora.

Precisamente evoca la activa y agresiva energía del Ello, igualmente este puede ser el momento que evoque la energía del Ello del analista dirigida hacia el material (del paciente) que es ahora una parte de sí mismo, y así liberar nuevas y más ricas fan­tasías acompañadas por una placentera sensación de movimiento, acción, ac­ti­vi­dad (movement). Como resultado debe haber una actitud mucho más fa­vorable por parte del analista, con una disminución de su hostilidad in­cons­cien­te.

¿Qué pue­de entonces ocurrir para prevenir la hostilidad inconsciente y la ven­ganza por es­tas privaciones de las que he hablado? ¿Pueden éstas ser con­ver­ti­das en po­si­ti­vos beneficios? El Dr. Sachs se ha referido a un aspecto del trabajo del analista que lo ubica en la posición del artista creativo, a saber, su par­ti­ci­pa­ción en una mul­titud de obras. A pocos de nosotros, ciertamente nos estaría ga­ran­ti­zada esta en­trée (?) fuera del proceso analítico, salvo que pudiéramos obtenerla por medio de alguna forma de la creación artística (música, etc.), es en la di­rec­ción de esta “participación” que debemos buscar nuestra compensación.

Pero tenemos que tener la seguridad de que este “participar” es un ver­da­de­ro pro­ce­so de participación y de creación. Si nuestra participación es la de un es­pectador más o menos pasivo, y siendo que nuestro placer está ampliamente ba­sa­do en la gra­tificación de la curiosidad infantil y de los deseos de identificación el placer así ob­tenido no necesariamente probará una verdadera fuerza dinámica; es más, la gra­tificación puede fácilmente enmascarar hostilidad, más probable de emerger cuando estamos siendo espectadores de seres humanos vivientes. “¡Ah! qué cosa amar­ga es mirar por la ventana la satisfacción de otro ser humano”, co­mo escribió uno de nuestros poetas.

Si ese “siendo espectadores” pudiese devenir “viviendo de” la experiencia de la que somos partícipes, las inhibiciones mencionadas pueden convertirse en po­­­si­ti­vas: el placer de participar de una vida sana (renovada) a cambio de la aban­do­na­da gratificación narcisista; impulsos yoicos menos trabados en lugar de los mo­­di­fi­cados patrones superyoicos, y una legítima curiosidad más osada en lugar de la in­hibición de certidumbre-certeza dogmática. El resultado de tales in­ter­cam­bios per­mitirá el desarrollo del analista en dos direcciones: puede usar mucho más (y más libremente) su mente consciente, y puede traer a la luz un mayor sector de su in­consciente.

Lo que he llamado “vivir de” (en lugar de “ser espectador de”) puede acla­rar­se si pen­samos en la descripción del poeta Wordsworth del esencial proceso de la cre­a­ción poética. El dijo: debe ser “emoción recordada” (esto es re-expe­rien­cia­da) en tranquilidad. Y también, pensemos en el consejo de Hamlet a la troupe de ac­tores: “No sean demasiado mansos (sumisos, dóciles)… en el mismo torrente, tem­pestad y remolino de la pasión deben adquirir y producir templanza, so­brie­dad”. De tal mo­do podemos lograr la situación deseada, esto es, habilidad para tra­ducir el ma­te­rial del paciente, adaptabilidad a sus requerimientos inconscientes pero sin su­mer­girse, hundirse en ellos. Wordsworth y Hamlet demandan emoción y pasión, el trabajo psicoanalítico también, pero sujetas a un “manejo” analítico que es, pienso, el paralelo de su “tranquilidad” y “templanza-sobriedad”. Ejem­plos que ilus­tran esta “emoción en tranquilidad” nos son conocidos a todos, y yo ele­giría la propia técnica de Freud como el principal de entre estos ejemplos. En la mis­ma exposición de esta técnica encontramos en su estilo (esto es, en el vehículo y expre­sión de su psique) profunda emoción y la máxima libertad para usar esa emo­ción: su actitud hacia su material, expresada a través de palabras e ideas, pue­de casi ser llamada “gozosa” y uno es conmovido al leer su obra por la identidad en este respecto con la actitud que transforma una situación negativa (el resultado de un abismo entre el material incorporado y su propio flujo emocional) en otra po­­sitiva, y gratifica una elevadamente sublimada sensación de poder. Con res­pec­to al estilo de Freud, tanto seguidores como enemigos sienten sus extraordinarios efectos iluminadores (y en libertad?) con certeza análogos a aquellos que alcanza to­do gran artista. Un Miguel Ángel, un Shakespeare, un Goethe. Sus escritos pa­re­cen estar en un libre contacto con sus propias fantasías, influidos por la pasión que Hamlet demandaba de sus actores, y sin embargo bajo el control de la “tem­plan­za” y la “tranquilidad”.

En diferente forma y grado encontramos esta misma con­di­ción en otros au­to­res del psicoanálisis (como Ferenczi y Glover, para mencionar a dos que ya no se encuentran entre nosotros). La libertad para la fantasía, pese a lo po­co que con­cor­damos con sus ideas básicas, ciertamente dio riqueza y fuerza a los es­critos de Groddeck y yo agregaría efectividad a su trato con seres humanos.

La evidente complacencia (surgida de la satisfacción emocional) la que los autores men­cionados obtienen de su propia libertad, produce un impacto en todos los que en­tran en contacto con ellos, y eso es lo que quiero significar al hablar de la re­ac­ción sobre el paciente de la real participación del analista en las expe­rien­cias que le son presentadas. Debemos descubrir por lo tanto, qué es lo que en rea­li­dad in­vo­lucra este “participar-en”.

La capacidad por una parte, de tomar un material externo, moldearlo y re­cre­ar­lo, y de tal modo crear nuevas combinaciones (cualidad esencial del artista en cual­quier esfera) y, por otra, el poder de comunicar nuevamente un material que ha pasado por nosotros, y se ha combinado por presión con nuestra propia expe­rien­cia in­di­vi­dual, deben estar basados en la vida impulsiva oral y anal, como se ha señalado en múltiples investigaciones sobre la actividad creativa. La pro­duc­ción y asimi­la­ción de este material halla su equivalente más próximo en el proceso de ingesta y re­combinación de los distintos alimentos, con la correspondiente ac­tividad pla­cen­te­ra que acompaña al proceso.

Por ende, si el analista puede comer su propia comida “lado a lado” con la del pa­cien­te, tiene acceso a un libre placer (en su forma sublimada, y esto es lo que lla­mo “revivir de su propia secuencia interior”). Tal como una comida com­par­tida por dos personas es algo totalmente diferente de dos comidas individuales, así tam­bién una nueva creación se desenvuelve a partir de este vivir compartido, lo que resulta en un mayor desarrollo del paciente. Me acuerdo aquí de un pa­cien­te mío, nove­lis­ta y poeta de cierta excelencia que solía decir cuando era capaz de expresar libre­mente sus fantasías: “me siento como si estuviese comiendo una co­mi­da deliciosa; me siento rico y satisfecho interiormente”.

El aspecto sublimado de estos procesos debe ser un tema importante para noso­tros, pues se refiere a la cuestión las sublimaciones del analista de la que tan­to se ha­bla. Este problema parece estar siempre con nosotros. ¿Hasta dónde te­ne­mos “ver­dadera” sublimación y si es “verdadera” qué alcance puede lograr? Es por es­to que he desarrollado la cuestión de la compensación: parecería que muy a menu­do estamos afirmando un grado de sublimación que no puede alcanzarse, y que po­demos aún estar demandando una “sublimación” que es sólo una mas­ca­ra­da, en cuanto regula el contacto con la libre fantasía.

Cuando Freud relata sus casos, a menudo da señales de “vivir de (con)” el ma­­te­rial presentado. Por ejemplo, al tratar una fase de su caso Elizabeth Von R. y su ce­guera ante el significado de ciertos síntomas muy obvios, relata cómo des­pués él recordó su propia notable ceguera en una determinada situación, revelando una pe­culiar discrepancia entre su conocimiento inconsciente y su observación cons­­cien­te, y continúa explicando y dando una interpretación más detallada de sus pro­­pias condiciones psíquicas en ese tiempo.

Es muy claro que el ampliado contacto de Freud con su material in­cons­cien­te le dio mucha mayor libertad: de hecho, escribe que sintió entonces el sen­ti­mien­to triunfante de estar en posesión del deseado conocimiento para tratar con el in­­cons­cien­te de su paciente, haciendo éste gran avance en la sesión siguiente. Esto (sólo un ejemplo de los innumerables que pueden encontrarse en las exposiciones de ca­sos de Freud) me sirve como ejemplo del revivir del analista de su propia se­cuen­­cia interior junto con el re-vivir de su paciente, un proceso en el que con­cu­rren efec­tos dinámicos sobre ambos. Sabemos que Freud y muchos otros autores han en­fatizado su importancia. Y aquí nos encontramos con lo que es, pro­ba­ble­men­te, una situación humana fundamental ―la necesidad y el efecto dinámico de es­ta pri­mi­tiva relación― que Edward Glover ha descripto como el bebé en el pa­cien­te ha­cien­do rapport con el bebé en el analista con el resultado de que el pa­cien­te-bebé se siente liberado de mucha de su ansiedad, siente que así como el su­pe­rior (el ana­lista) ha estado en la posición peligrosa y dolorosa logrando emerger de ella, él puede hacer lo mismo. Tal rapport debe ser un factor en todo análisis, puesto que sin él no podría haber ninguna sensación de movimiento, y el análisis de­jaría de ser un proceso viviente para convertirse en “castrante” tanto para el ana­lista como pa­ra el paciente.

Una de las ventajas de la terapia “activa” (según la posterior interpretación de Fe­renc­zi de esta frase) puede residir en la producción de una mayor sensación de (mo­vilidad?) movimiento; aunque cuando la energía dinámica no puede operar es probablemente más una cuestión de predisposición inconsciente que de técnica. No obstante, la habilidad de “forzar” la producción de fantasía en el paciente y de to­lerar una gran “actividad” en él ―siempre que no sea una pantalla para evadirse del sadismo más profundo del paciente y de las propios acciones del analista ante es­to― puede ser una expresión de libertad para los impulsos instintivos de este úl­ti­mo, que conduzca a una más positiva síntesis yoica con el paciente.

No es un caso de reaccionar a las fantasías del paciente, sino más bien una for­ma de un fiesta de amor co-operativa, y sabemos que aquellos que comen jun­tos, y de tal modo devienen hermanos de sangre, pueden satisfacer legítimas de­man­das en el nivel oral inconsciente, y en un nivel consciente de sexualidad su­bli­ma­da. To­mar el material introyectado y poner en él ley, orden y unidad, es el mé­to­do por me­dio del cual se satisfacen urgencias inconscientes: proyectarlo a la vez en nue­vas formas gratifica deseos sublimados. Este es el trabajo del artista y del hom­bre de ciencia, y así debe ser el trabajo del analista. Podemos ―como nos de­cía…― no to­mar el rol del profeta, salvador, o del que consuela al paciente, pero no podemos ―no debemos― convertirnos en los enamorados del material pro­yec­­tado por el pa­cien­te y hacerlo nuestro introyectado “objeto bueno”.

Es este amor el que va a permitir el proceso que yo he llamado “participar-en”, si es suficientemente fuerte como para permitir la liberación de las fantasías pla­cen­te­ras del analista. Y aquí podemos conseguir cierta ayuda del análisis de ni­ños. El analista de niños puede mostrarnos el modo en el cual más y más pro­fun­da­mente el analista puede liberar su vida de fantasía, al punto de que termine ha­bien­do una corriente más libre entre él y su paciente. Porque el analista de niños de­be ―por fuer­za― estar profunda e instintivamente en contacto con la vida de la fantasía del niño si es que quiere lograr algún éxito: no puede renegar de la fan­ta­sía tras de la pantalla de las palabras, de la manera en que el analista de adultos puede hacerlo.

No tengo tiempo de extenderme sobre las breves indicaciones que he dado aquí. Tal vez el mejor resumen del peligro del analista que intenta mantener la fic­ción, de su inmunidad frente a la emoción en el proceso analítico, puede en­con­trar­se en las palabras usadas por Freud para referirse a la tragedia de Leonardo: “El artista ha­bía tomado los servicios del investigador para que los asistiese y aho­ra el sir­vien­te era más fuerte y suprimía a su amo... ni amó ni odió… investigó en vez de ha­ber amado”. Es ese contraste de tal situación que el precursor de Freud, en la per­sona de Hamlet, declaraba: “Tu parecerías conocer mis pasos y arrancar (tocar) el corazón (fondo) de mi misterio: me harías vibrar desde mi nota más baja has­ta el máximo de que fuese capaz, y hay un excelente desempeño en este pe­que­ño ór­ga­no: sin embargo no podrías tú hacerlo hablar”.

El exitoso logro del analista (tanto para sí mismo como para el paciente) pue­de ser me­jor descrito si nos dirigimos otra vez hacia Freud y su imagen del ar­tis­ta. El ar­tis­ta, nos dice, (nosotros deberíamos aquí sustituir artista por analista) en contacto con el mundo exterior (que deberíamos sustituir por “paciente”) ob­tie­ne su material, lo moldea e ilumina por fusión con su propio inconsciente, y lo pre­senta otra vez así re-formado, en formas aceptables a las demandas de la rea­li­dad y al inconsciente del mundo (el paciente). A través de tal revelación obtiene un medio de liberación, tanto para sus semejantes como para sí mismo.

jueves 23 de octubre de 2008

Alberto Manguel y los hombres mentirosos

El escritor y ensayista argentino, que llegará a Buenos Aires este fin de semana como jurado del Premio Clarín de Novela, presentó en Madrid su más reciente novela, Todos los hombres son mentirosos, donde reflexiona sobre el horror de las dictaduras.

A través de los ojos de los exiliados latinoamericanos del Madrid de los 70, el escritor argentino Alberto Manguel reflexiona en su nueva novela, Todos los hombres son mentirosos, sobre el horror de las dictaduras, ante las que "no sirve de nada cerrar los ojos"."Una sociedad no puede llamarse cabal a sí misma si no se enfrenta a sus propios horrores", aseguró Manguel en una entrevista con la agencia EFE, en la que calificó de "admirable" que el juez Baltasar Garzón haya abierto una causa contra el franquismo por crímenes contra la humanidad y quiera investigar la desaparición de más de 100.000 personas."Necesitamos entender qué se hizo durante el franquismo, en parte para que no vuelva a ocurrir y en parte para dar simbólicamente la noción de una nación justa", afirmó Manguel, quien cree igualmente que hay que juzgar a los responsables de las muertes que hubo en la dictadura militar argentina.

En la Argentina "se hicieron cosas terribles durante la dictadura, inimaginables antes de que ocurrieran. Y es una deuda que no ha sido saldada porque los torturadores y los asesinos siguen sueltos y disfrutando de libertad la mayor parte".

Las dictaduras latinoamericanas de las que huyeron los protagonistas de Todos los hombres son mentirosos tiñen de sombra la novela que publica en España RBA, pero que nadie espere un relato trágico.El autor impregna de humor y de ironía este libro, repleto de secretos y mentiras y cuyo hilo conductor es la convicción de que "la verdad absoluta es imposible. Lo que podemos conocer de la realidad siempre será fragmentario", afirmó.

En la novela, el periodista francés Jean-Luc Terradillos trata de averiguar lo que sucedió, treinta años antes, con el escritor argentino Alejandro Bevilacqua, cuyo suicidio en ese Madrid "oscuro" de los setenta, cuando "el abatimiento de los años del Caudillo empezaba apenas a disiparse", sigue aún sin esclarecerse.

La historia de Bevilacqua, que de repente alcanza la fama tras la publicación de "El elogio de la mentira", la van contando cuatro personajes que tuvieron relación con él, entre ellos el propio Manguel, que espera "divertir al lector" con el retrato que dibuja de sí mismo.

El Manguel de la novela, "un argentino que se hacía pasar por francés entre los españoles", reconoce que siempre ha sido "algo fofo" y sufre de "desaliño crónico". Para él "nada es cierto a menos que lo vea escrito en un libro"."Es una leve exageración de lo que me pasa en la realidad: el mundo siempre pasó por los libros para mí", dijo este escritor que tiene su obra traducida a más de treinta idiomas y que actualmente reside en Francia, en una granja medieval de Poitou-Charentesen, donde está su impresionante biblioteca de más de 35.000 volúmenes.

Al escritor le costó "mucho" encontrar el tono adecuado de su nueva novela, en la que, con buenas dosis de sorna, critica la facilidad con que el mundillo literario encumbra a algunos escritores.Empezó a escribirla "hace veinte años", pero la abandonó porque no veía cómo contar la historia de Bevilacqua, un personaje que le da pie a meter en la trama a Enrique Vila-Matas y su Bartleby y compañía. "Espero que me perdone", comentó.

La fotografía del joven que figura en la portada de la novela, ataviado con ropa de hace décadas, apareció en la casa de un amigo canadiense de Manguel y "no se sabe de quién es". Su cara le sirvió de inspiración para esta novela.También le inspiró la historia que le contó el escritor Graeme Gibson, marido de Margaret Atwood, acerca de un escritor cubano, que tras haber sido encarcelado por el régimen castrista, "pudo escapar a Miami y allí logró publicar una novela".

Todo fue bien hasta que "la viuda de otro escritor que había muerto en las cárceles castristas" demostró que la novela era de su marido y no del que se la había apropiado, recordó Manguel."'Cuál puede ser el impulso que lleve a alguien a robarle a otra persona su creación? Publicar y la fama que a veces se consigue con un libro no es nada comparado con el placer de escribirlo", aseguró Manguel.

miércoles 22 de octubre de 2008

Pablo Peusner. "La clínica psicoanalítica con niños entre Freud y Lacan" (2003)

Buenas tardes. Para mí es un gusto encontrarlos aquí...
Quisiera comenzar diciéndoles que estoy convencido de que la relación de Sigmund Freud con la clínica de niños no fue más que su propio mensaje recibido en forma invertida desde el lugar del Otro, y no una apuesta ética tendiente a construir un nuevo campo para el desarrollo del psicoanálisis. A causa de ello considero que sin la "reinvención" del psicoanálisis operada por Jacques Lacan, los sujetos humanos hablantes que llamamos "niños" hubieran quedado por fuera del campo de aplicación del psicoanálisis freudiano.
Ahora bien, puesto que sin Freud no hubiera habido psicoanálisis alguno, tal vez sea conveniente que comencemos despejando su posición ante este primer problema: ¿cuál fue la condición de posibilidad para que se pensara un tratamiento psicoanalítico con niños?
Creo que es posible establecer la existencia de dos operaciones realizadas por Freud y que funcionaron como condición de posibilidad para que se pudiera pensar el psicoanálisis con niños. La primera de estas operaciones fue cierta extensión que Freud operó sobre el concepto de sexualidad: incluir a los niños como participando del concepto. Freud reclamó el mérito por haber realizado esta maniobra en el último párrafo de la Conferencia 20, conocida por todos, titulada "La vida sexual de los seres humanos". Revisemos ese párrafo:

"Ahora pueden juzgar por sí mismos si esa extensión es injustificada. Hemos ampliado el concepto de la sexualidad sólo hasta el punto en que pueda abarcar también la vida sexual de los perversos y la de los niños. Es decir, le hemos devuelto su extensión correcta. Lo que fuera del psicoanálisis se llama sexualidad se refiere sólo a una vida sexual restringida, puesta al servicio de la reproducción y llamada normal". [1]

Si bien esta cita pertenece al último párrafo, se puede deducir que Freud fecha esta extensión en los "Tres ensayos..." de 1905. Sabemos que "Las aberraciones sexuales" es el título del primer ensayo, mientras que "La sexualidad infantil" es el título del segundo. Recién allí podemos considerar que aparece la idea de una sexualidad detectable en los niños (hasta entonces, cierta imagen de inocencia, de carácter angelical, que era atribuida usualmente a la infancia, impidió hacer una propuesta de semejante osadía).
Ahora bien, ¿cómo se operó dicha extensión? ¿Cómo Freud probó, qué operatoria realizó, para poder decir he ahí sexualidad infantil? Freud consideró presente a la sexualidad en conductas observables y típicas de los niños; a saber: el chupeteo (como diferente del reflejo de succión), las actividades de lo que luego será el "complejo anal" (como diferente del control esfinteriano) y la investigación y teorización sexual de los niños. Freud atribuyó a esas tres conductas –muy observables, por cierto– el carácter de conductas sexuales.
Entonces, extender la sexualidad a tales conductas produjo como efecto que los niños participaran del concepto. He ahí una de las condiciones de posibilidad como para comenzar a pensar en someter a un niño a la clínica psicoanalítica.
La segunda operación consistió en oponer la sexualidad al sexo biológico e interrumpir la continuidad evolutiva entre ambas. Es decir, la sexualidad infantil no evoluciona hacia la función propia del sexo biológico –que es la reproducción–.
Durante la misma conferencia, Freud afirma:

"Ustedes incurren en el error de confundir sexualidad y reproducción".[2]

Noten que Freud es bastante “lacaniano” en el modo en que se dirige a su auditorio: lo supone confundido y ahí está él, Freud, para aclarar un punto que será central en sus posiciones respecto de la sexualidad: la sexualidad siempre será infantil. Está muy explícitamente dicho en esa frase pero también a lo largo de toda la conferencia.
Si aceptáramos que estas dos operaciones funcionaron como condiciones de posibilidad para que se pensara en la posibilidad de practicar la clínica psicoanalítica con niños, tal como les decía hace un momento, habría que fecharlas en 1905, es decir, al momento de la publicación de la primera edición de los "Tres ensayos...". Lo interesante es que en 1906 Freud comenzó a recibir informes acerca del estado angustioso de un niñito, hijo de un intelectual vienés de la época que compartía con él las reuniones de los miércoles… Estamos hablando de Max Graf, el padre del pequeño Hans.
A mí me gusta pensar esta situación proponiendo que Freud recibió su propio mensaje en forma invertida desde el lugar del Otro; es decir, una vez establecidas las condiciones de posibilidad, una vez producida la noción de sexualidad infantil, el Otro le respondió aunque invirtiendo en parte su planteo. Tengan en cuenta que las ideas sobre la sexualidad estaban dirigidas a explicar el funcionamiento de la sexualidad supuestamente adulta, a explicar por qué algunas personas no alcanzaban la genitalidad, y no a favorecer la clínica con niños.
Sin embargo, este hombre comenzó a remitirle informes acerca de la neurosis infantil de su propio hijo. Aquí tengo que hacer una interrupción para una breve nota a pie de página. Esto no puedo no decirlo hoy: he realizado un pequeño descubrimiento a fines del año pasado y quisiera compartirlo con ustedes. Este pequeño descubrimiento nos permitirá afirmar que Freud no sólo recibió su propio mensaje en forma invertida desde la posición del padre de Hans, sino que también lo recibió del pequeño Hans; y para poder entender este problema hay que revisar la historia del psicoanálisis vienés.
Ustedes saben que Max Graf, antes que su hijo cumpliera tres años, comenzó a enviarle a Freud sus informes acerca de los avatares de Hans. En ellos consignaba su interés teórico y práctico acerca del hace-pipí, pero la fobia aún no se había desencadenado. Lo interesante es que Freud había sido analista de Olga König, una conocida actriz de teatro de la época y madre de Hans. Incluso Freud afirma en el historial que conoció a Max Graf a través de una "dama" que los presentó. Es probable que se tratara de Olga. También es probable que Olga y Max hablaran de Freud ante su hijo, puesto que el vínculo entre Max y Freud comenzó en 1900, luego del final del análisis de Olga. Freud recibió los primeros informes sobre Hans en 1906 (antes de que cumpliera los tres años). La historia nos cuenta que Freud, a causa de su contacto con Max Graf, participaba de los eventos sociales de su familia. Ahora bien, cuando Hans cumplió tres años (tengan en cuenta que a esta altura Hans ya estaba un poco angustiado, aunque aún no había desarrollado su fobia) Freud fue uno de los invitados al cumpleaños y, en carácter de tal, le llevó un regalo. ¿Imaginan ustedes qué le regaló?: un caballo de madera, de esos que sirven para balancearse… Es increíble, ¿verdad? Nueve meses después, el pequeño Hans ligaba todo el problema de su angustia a un caballo.
Encontré este dato leyendo la entrada "Graf, Herbert" en el "Diccionario de psicoanálisis" de Elisabeth Roudinesco y Michel Plon, publicado por Paidós. Eso estuvo siempre ahí y nadie nunca lo resaltó. Hice circular este dato entre mis colegas, pero obtuve poca respuesta. Más tarde Ariel Pernicone me confirmó el dato: en la biografía de Freud escrita por Emilio Rodrigué, también estaba la anécdota (en la página 491). ¡Y pensar que Lacan se rompió la cabeza en el año 58, a lo largo del Seminario 4, tratando de establecer por qué la fobia se ligó al significante "caballo"! Y hasta llegó a proponer que había un caballito dibujado en el fondo de la estampa de un león que Hans tenía en un libro… Aparentemente, la fuente para esta anécdota fue el mismo padre de Hans, quien dejó el dato escrito en un artículo titulado Reminescence of Professor Sigmund Freud, publicado por "Psychoanalytic Quarterly", XI, 1942, pp. 465-476. El texto también fue publicado en francés con el título de Reminiscences sur le professeur Freud (1942), en la revista "Tel Quel" 88, de 1981, pp. 52 - 101. Luego de una pequeña pesquisa pude dar con este artículo en su versión inglesa. Les leo cómo fue presentada la anécdota por el padre del pequeño Hans:

"Freud tenía un papel entusiasta en todos los acontecimientos familiares de mi casa; esto, a pesar de que yo era un hombre joven, Freud era ya de edad avanzada y sus cabellos maravillosamente negros comenzaban a encanecer. En ocasión del tercer cumpleaños de mi hijo [se refiere a Herbert, a quien Freud llamará en su historial "Hans"], Freud le trajo un caballo de balanceo que por sí mismo llevó hasta arriba por los cuatro tramos de escalera que conducían a mi casa." [3]

Parece ser que Freud mostró un temprano interés por la educación del pequeño. El mismo texto narra una discusión entre Max Graf y Freud, a propósito del marco religioso en que el niño debería ser educado. Cito:

"Cuando mi hijo nació, me preguntaba si no debía sustraerlo del odio antisemita reinante, que en ese momento difundía en Viena un hombre muy popular, el Dr. Luger. No estaba seguro de que no fuese preferible que mi hijo fuera educado en la fe cristiana. Freud me aconsejó no hacerlo. Si usted no deja a su hijo ser educado como un judío, dijo, usted lo privará de esas fuentes de energía que no pueden ser reemplazadas por nada. Él tendrá que batirse como judío y usted debería desarrollar en él toda la energía de la que tendrá necesidad en esta lucha. No lo prive de este beneficio." [4]

No cabe duda que el interés de Freud por el jovencito era un interés manifestado tempranamente. Y es justamente por eso que me causa gracia lo que dice Freud, en el historial publicado, en ocasión de la entrevista del 30 de marzo (que es la entrevista que mantiene con Hans y su padre). Es la página 36 del tomo X de la edición de Amorrortu. Primero afirma que:

"Ya conocía yo al gracioso hombrecito".[5]

Y nosotros podríamos agregar: ¡Claro Profesor, si usted ya había realizado una intervención acerca de la educación del pequeño y también estuvo en su último cumpleaños!. Lo ridículo es la frase que sigue a continuación, porque Freud dice:

"No sé si se acordaba de mí".
[6]

¡Pero sí, Profesor! ¡Si usted le regaló el caballo de madera y él armó la fobia alrededor de un asunto con caballos! Yo no tengo ninguna duda: Hans se acordaba perfectamente de él.
Finalmente, Freud concluye afirmando:

"Detalles como los que conocí en ese momento (...) era evidente que no se podían explicar a partir de lo que sabíamos".[7]

No estoy de acuerdo. Tal vez se podrían haber explicado muchas cosas a partir de lo que Freud sabía y prefirió olvidar. ¿Acaso su división subjetiva es efecto del modo en que recibió la inversión de su propio mensaje? ¿Es posible que, un año después, Freud hubiera olvidado por completo su regalo?

Retomemos nuestro argumento central. El 30 de marzo de 1907 se produjo la primera consulta de un niño acompañado por su padre a un psicoanalista. Freud dice que la consulta fue breve (una consulta lacaniana…). A partir de ese momento tengo una lista de seis personas que comenzaron a escribirle a Freud acerca de cuestiones de orden clínico que involucraban a niños; es decir, Freud siguió recibiendo su mensaje invertido por parte del Dr. Fürst, August Aichorn, el pastor Pfister, Ferenczi (y su "pequeño Arpad"), Melanie Klein y, finalmente, hasta su propia hija Anna.
Vayamos, ahora, al siguiente problema: ¿cual era, estrictamente, la posición de Freud acerca de la posibilidad de una clínica psicoanalítica con niños? Los niños ¿quedaban dentro o fuera del campo de aplicación del psicoanálisis, tal como había sido teorizado hasta ese momento?
Para intentar articular alguna respuesta vamos a revisar el prólogo de Freud al libro "Juventud descarriada" de August Aichorn y la Conferencia 34 que se llama "Esclarecimientos, aplicaciones y orientaciones". Me parece que, si bien no con gran profundidad, Freud diagnosticó como "problemática" la relación existente entre la situación analítica y la aptitud de los niños para entrar en ella.
Les leo la breve cita del prólogo al libro de Aichorn, que es de 1925.

"La posibilidad del influjo analítico descansa en premisas muy determinadas que pueden resumirse como "situación analítica". Exige el desarrollo de ciertas estructuras psíquicas y una actitud particular frente al analista. Donde ellas faltan, como en el niño, es preciso hacer otra cosa que un análisis, si bien coincidiendo con éste en un mismo propósito". [8]

Adviertan ustedes que el niño plantea reparos muy sólidos a las condiciones que Freud reclamaba de la situación como para poder llevar adelante una práctica analítica. Y esto por varias cuestiones: primero porque, según Freud, no están desarrolladas ciertas estructuras psíquicas[9]; y segundo, porque supone cierto problema en lo referente a la actitud particular que el niño debe tener frente al analista (por "actitud particular frente al analista" les propongo que leamos "transferencia"). Y ya afirma, en 1925, que hay que tratar de ser lo más flexible que se pueda como para hacer alguna otra cosa que un análisis, si bien coincidiendo con el análisis en un mismo propósito. Esta idea es para mí bastante oscura, no sé qué quiso decir Freud allí.
A partir de la cita que venimos trabajando no podríamos sostener con convicción una clínica psicoanalítica con niños. Asimismo, en esta cita no hay ninguna indicación acerca de qué hacer con los padres de los niños.
En la Conferencia 34 se retoma el tema. El espíritu de la cita es el mismo, pero Freud no podía desconocer que, en 1932, se practicaba y teorizaba acerca del psicoanálisis de niños. Veamos cómo expone su posición:

"Psicológicamente el niño es un objeto diverso del adulto, todavía no posee un superyo, no tolera mucho los métodos de la asociación libre y la transferencia desempeña otro papel puesto que los progenitores reales siguen presentes.
Las resistencias internas que combatimos en el adulto están sustituidas en el niño, la más de las veces, por dificultades externas. Cuando los padres se erigen en portadores de las resistencias a menudo peligra la meta del análisis o este mismo y por eso suele ser necesario aunar al análisis del niño algún influjo analítico sobre sus progenitores".
[10]

Estos dos párrafos sitúan las objeciones de Freud al análisis de niños; si bien en el segundo de ellos utiliza la expresión "análisis del niño", tal vez la use en el sentido de "influjo analítico", sintagma que destacamos en la cita del prólogo a Aichorn. De todos modos, afirma que el niño carece de superyó y no tolera la asociación libre; también que la transferencia funciona de otro modo debido a la presencia real de los padres (supongo que en el consultorio) y que estos encarnan muchas veces las resistencias al tratamiento.
En una coyuntura tal, parece difícil iniciar un análisis. Ahora bien, ¿se trata de obstáculos estructurales o provienen, más bien, de las limitaciones teóricas de Freud?

Antes de seguir me gustaría hacer un paneo histórico por el asunto, puesto que les decía antes que el psicoanálisis de niños se practicaba y se teorizaba a pesar de la posición de Freud. Las primeras palabras de Freud que citamos al respecto fueron publicadas en 1925 en el prólogo del libro "Juventud descarriada" de August Aichorn. En 1926, Anna Freud publicaba "Introducción a la técnica del análisis de niños" y en 1927 aparece un artículo titulado "Simposium sobre análisis infantil" de Melanie Klein. Este último texto fue leído por los psicoanalistas como una especie de polémica entre Melanie Klein y Anna Freud, en la que la primera respondía, casi punto a punto, a los argumentos que la segunda expusiera en su "Introducción a la técnica del análisis de niños" (de hecho, está explícitamente planteado así por la Sra. Klein). A este respecto, quisiera proponerles otra perspectiva. Intentaré demostrar que Melanie Klein discute con Sigmund Freud, y no con su hija Anna. Los puntos en disputa son exactamente aquellos en los que Anna fue más fiel al pensamiento de su padre. Para ello, revisemos algunas líneas del "Simposium...", que está publicado por la editorial Paidós en el primer tomo de las "Obras Completas de Melanie Klein".

"El argumento que a menudo se oye en los círculos analíticos de que los niños no son sujetos adecuados para el análisis no parece válido". [11]

Yo me pregunto: ¿acaso Anna Freud sostenía este argumento? Resulta difícil pensarlo puesto que si publicó un libro sobre la técnica del análisis infantil es porque consideraba, supongo, que dicho análisis era posible. Era Freud quien afirmaba que el niño no permitía que se estableciera la situación analítica. También él sostenía que el niño no toleraba bien la asociación libre y que en tales casos la transferencia cumplía otro papel que el que tiene reservado en la práctica psicoanalítica.
Pero sigamos.
¿Recuerdan esa frase de Freud que decía: "el niño es un objeto diverso del adulto"? Esa idea suponía técnicas de abordaje diferentes para uno y otro, aunque ambas tendieran al mismo fin. He aquí la posición de la Sra. Klein:

"Se dice que la conducta del niño en el análisis es evidentemente distinta a la del adulto, y que por consiguiente es necesario emplear una técnica diferente. Creo que este argumento es incorrecto". [12]

Aquí la disputa es con Freud y su hija, puesto que Klein impugna la necesidad de una técnica diferente –que justificaría escribir un libro sobre dicha técnica–. Tal vez aquí, en el asunto referido a la técnica, debamos hacer ciertas aclaraciones, pero las dejaremos para nuestros próximos encuentros.
Y luego sigue cierta diferencia de posiciones en lo referente a la posibilidad o no de establecer la llamada “situación analítica” con un niño como paciente. Klein despliega este argumento paso a paso en el desarrollo del libro de Anna Freud.

"Anna Freud (...) piensa que los niños son seres muy distintos a los adultos". [13]

Es cierto, pero quien primero realizara tal afirmación fue su padre (hemos ubicado la cita, incluso). Y luego da su estocada final, al afirmar:

"Pero en el inconsciente (...) los niños no son de ninguna manera fundamentalmente distintos de los adultos".
[14]

Yo suscribo esta afirmación. Llegué a ella mediante la lectura de la obra de Jacques Lacan, pero no hace mucho descubrí que anteriormente había sido sostenida por Melanie Klein: ella no quedó cautiva del prejuicio organicista y evolutivo que le impidió a Freud desarrollar un argumento así. Hoy, nosotros resolvemos este problema con la definición del inconsciente estructurado como un lenguaje; definición que impide que sea algo sustancial, tridimensional (como un cerebro, por ejemplo) y que también lo sitúa como un fenómeno plenamente discursivo e intersubjetivo, imposible de ser localizado “adentro” de alguien. Su presentación en la obra de Lacan bajo el modo de una banda de Moebius liquidó finalmente la posibilidad de suponerlo en las profundidades, puesto que la estructura real de tal superficie topológica es bidimensional (la tercera dimensión, o sea la profundidad, de esta manera queda eliminada).
Antes de seguir con la lectura, les advierto que no estoy intentando transmitir el corpus de la teoría kleiniana, a la que, personalmente, no adhiero. Tan sólo es mi intención mostrar cómo ya en 1927, muy tempranamente, comenzaron a alzarse algunas voces en contra de las posiciones teóricas que Freud sostuvo y que conducían directamente a expulsar al niño del campo de aplicación del psicoanálisis. En realidad, la década del 20 fue muy fecunda en artículos sobre clínica psicoanalítica de niños. Pero en 1927, con el "Simposium...", explotó la polémica. Es por eso por lo que les propongo esta puntuación del texto de Klein: una puntuación que tiende a mostrar los puntos en conflicto con Anna Freud, pero que, en realidad, sitúan una discusión con Sigmund Freud. Obviamente, no estoy interesado en cómo Melanie Klein resolvió estas cuestiones; sí, en cambio, más adelante echaremos mano a la teoría de Lacan para zanjarlas. Me parece importante que esto quede claro antes de seguir.

Freud había planteado ciertos reparos del niño a la asociación libre. Klein introdujo la técnica que todos los que hoy practicamos con niños conocemos: el juego, el dibujo, el modelado y todos sus sucedáneos. Obviamente no descartó el lenguaje, pero lo suplementó con otro tipo de actividades en las que ella pudiera leer cierta repetición. Así lo dice en la página 156:

“Suponiendo que un niño exprese el mismo material psíquico en numerosas repeticiones – a menudo por varios medios, por ejemplo, juguetes, agua, recortando, dibujando, etc- (...) entonces interpreto estos fenómenos y los enlazo con el inconsciente y la situación analítica. Las condiciones prácticas y teóricas para la interpretación son precisamente las mismas que en el análisis de adultos”. [15]

Lacan simplificó este problema al plantear que tales conductas también se pueden considerar estructuradas como el lenguaje, es decir reducidas a elementos diferenciales últimos, cuyas relaciones están regidas por las leyes de un orden cerrado, lo que en el juego es evidente y en el dibujo requiere su interpretación al modo de la heráldica (esta segunda idea de Lacan, bastante menos conocida, la desarrollaremos más adelante).
Y para no aburrirlos con este recorrido, vayamos al problema de la transferencia –último que ubicaremos aquí–. Klein plantea:

“Anna Freud (...) dice que los niños no están capacitados como los adultos para comenzar una nueva edición de sus relaciones de amor, porque sus objetos de amor originales, los padres, todavía existen como objetos en la realidad.
Para responder a esta afirmación, que me parece incorrecta”.
[16]

Este punto es central porque aborda el problema de la presencia real de los padres. Pero nosotros ya vimos que este reparo es en realidad de Freud, y que sin duda se deduce de su teoría de la transferencia y del papel que el padre desarrolla en ella. En todo caso nuestro problema clínico se orientará a la presencia real de los padres en el consultorio: al modo en que conviene entrevistarlos, qué preguntarles, cómo tratarlos, cómo incluirlos en el análisis de sus hijos, cómo construir el texto del análisis del niño a partir de tantas posiciones enunciativas.
Sin duda estamos obligados a responder con teoría a las cuestiones planteadas como obstáculos en los textos de Freud. Y es a tal fin que considero imprescindible convocar a Jacques Lacan y al trabajo que, bajo la consigna de "retorno a Freud", consistió más en una "reinvención" del psicoanálisis que en una doctrina tendiente a esclarecer sus orígenes. Lacan casi no dejó piedra sobre piedra del edificio freudiano. Lo que llamo "la reinvención" (título que tomé prestado de una película acerca de la obra de Lacan, de Elisabeth Roudinesco) lo obligó a reemplazar conceptos canónicos en la letra de Freud, por conceptos propios forjados en la indivisible articulación entre teoría y práctica, nudo de su trabajo de tantos años. También debió establecer y despejar el estatuto de otros conceptos manteniendo su designación original, aunque modificando notablemente las relaciones que estos debían mantener con los otros conceptos del campo.

Antes de concluir con esta presentación los invito a viajar en el tiempo un poco más de medio siglo, a la propuesta de "Reglamento y doctrina de la comisión de enseñanza" que Lacan presentara en la Sociedad Psicoanalítica de París en 1949 (antes que se produjera la escisión). Puesto que se trataba de la formación del analista, Lacan incluyó en su propuesta las cuestiones relativas al psicoanálisis de niños. Y ya en aquella época hacía referencia a que esa práctica (la del psicoanálisis de niños) requiere de "flexibilidad técnica" por parte del practicante. Y esto no podría ser sino así, puesto que a quien lleve adelante una cura analítica con un niño:

"(...) se le solicitan sin cesar invenciones técnicas e instrumentales que hacen de los seminarios de control, así como de los grupos de estudio de psicoanálisis infantil, la frontera móvil de la conquista psicoanalítica". [17]

Es notable la sensibilidad de Lacan para con el lugar del analista de niños, siendo que él nunca atendió niños (al menos, eso dicen su biógrafa y quienes lo conocieron de cerca). Él captó algo de la gran movilidad con la que el analista de niños debe hacer frente a su tarea. Y por eso situó en una "frontera móvil" los dispositivos de transmisión en esta área. Y nuestras reuniones de trabajo, sin duda, son un dispositivo como a los que él se refiere.
Un año después, en ocasión de presentar sus "Estatutos propuestos para el Instituto de Psicoanálisis de la SPP" –motivo de la escisión de la Sociedad–, en enero del 53 retoma sus mismas palabras:

"Por último, el psicoanálisis de niños se reveló, en los registros de la conducta de la experiencia y de su valor clínico, como sujeto a incertidumbres, cada vez más ricas en problemas a medida que se les concede un interés más ordenado". [18]

Esta es mi bandera: concederle al psicoanálisis de niños un interés cada vez más ordenado y, de este modo, abordar problemas cada vez más ricos. Noten ustedes cómo Lacan era consciente de que el área de psicoanálisis de niños estaba sujeta a incertidumbres. Y es muy verificable este diagnóstico. Piensen en sus colegas psicoanalistas: nadie duda en aceptar en carácter de paciente a una persona adulta, pero no ocurre lo mismo cuando el candidato al tratamiento es un niño. Ahí comienzan las incertidumbres…
Y de tan consciente que es respecto de este asunto, Lacan termina afirmando:

"Sin duda, esta es la frontera donde se ofrece al análisis lo más desconocido por conquistar". [19]

Entonces somos nosotros los responsables tanto de esa conquista como también de extender las fronteras del psicoanálisis, que, según Lacan, son móviles.
Quizá yo ya me haya acostumbrado a vivir en la frontera, o tal vez sea un "fronterizo". Quizás tenga alma de conquistador…
Pero lo cierto es que estas palabras de Lacan, que ya cumplieron cincuenta años, aún funcionan para mí como un estímulo. Y hoy, en mi afán por transmitirlas, tal vez pueda entusiasmar a alguno de ustedes para que me acompañe en el recorrido. Puesto que la frontera sigue siendo móvil, en cualquier momento podríamos producir una extensión y verificar que el psicoanálisis es cada vez más apto para la práctica clínica con niños (ya sea en el ámbito privado o institucional).

Gracias por vuestra indulgente atención.



NOTAS


[1] Freud, Sigmund. "Conferencias de introducción al psicoanálisis. 20ª Conferencia. La vida sexual de los seres humanos" (1917 [1916-17] ), en "Obras Completas", Volumen XVI, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1992, pág 291.
[2] Ibid. Pág. 284.
[3] Graf, Max. "Reminiscences of Professor Sigmund Freud", en "The Psychoanalytic Quarterly" XI, 1942. Pàg. 474. Traducción personal.
[4] Ibid. pág. 473.
[5] Freud, Sigmund. "Análisis de la fobia de un niño de cinco años" (1909), en "Obras Completas", Volumen X, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1989, pág. 36.
[6] Ibidem.
[7] Ibidem.
[8] Freud, Sigmund. "Prólogo a August Aichorn, Verwahrloste Jugend"(1925) en "Obras Completas", Volumen XIX, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1989, pág. 297.
[9] En lo referente a esta cuestión, es claro que su noción de inconsciente le funciona como obstáculo: está plenamente marcado por un enfoque evolutivo, tal vez porque en su definición, el inconsciente esté –como si fuera un aparato más– adentro de la persona y crezca con ella.
[10] Freud, Sigmund. "Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis. 34ª conferencia. Esclarecimientos, aplicaciones, orientaciones" (1933 [1932]) en "Obras Completas", Volumen XXII, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1989, pág. 137
[11] Klein, Melanie. "Simposium sobre análisis infantil" (1927), en "Obras Completas", Volumen 1. "Amor, culpa y reparación" (1975), Editorial Paidós, Buenos Aires, 1996, Pág. 150.
[12] Ibid. Pág. 151.
[13] Ibid. Pag. 152.
[14] Ibidem.
[15] Ibid. Pág. 156.
[16] Ibid. Pág. 160.
[17] Miller, Jacques-Alain. “Escisión, Excomunión, Disolución - Tres momentos en la vida de Jacques Lacan”. Editorial Manantial, Buenos Aires, 1987, página 22.
[18] Ibid. Pág. 37
[19] Ibidem.

martes 21 de octubre de 2008

Margaret Little. "Contratransferencia y respuesta del paciente" (referencia del Sem.10, clase 10)

I

Comenzaré contando parte de un caso clínico:

Un paciente, cuya madre acaba de morir, debe dar una conferencia en la radio so­bre un tema que sabe que es del interés de su analista. Le ha dado el texto de la con­­ferencia para que lo lea y el psicoanalista tiene la posibilidad de escuchar la emi­­sión. Debido a la reciente muerte de su madre, la verdad es que el paciente se sien­te poco dispuesto en ese momento para pronunciar esa conferencia; sin em­bar­go, no puede anular su colaboración. El día siguiente a la emisión, llega a la se­sión en un estado de angustia y confusión extremos. El analista (que es un analista con experiencia) interpreta este sufrimiento como el temor del paciente de que él, el analista, tenga envidia de su indudable éxito y de las consecuencias del mismo y quiera arrebatárselo. La interpretación es aceptada, el sufrimiento cede rá­pi­da­men­te y el análisis continúa.

Dos años más tarde (el análisis ya había terminado), el paciente acude a una ve­la­da en la que no se divierte nada y se da cuenta de que ese día se sitúa justamente una semana después del día del aniversario de la muerte de su madre. Recuerda en ese momento la angustia que había sentido en el momento de la emisión ra­diofó­ni­ca dándose al final cuenta de algo que era simple y evidente: su tristeza se debía a que su madre ya no estaba ahí para alegrarse de su éxito (ni podía siquiera en­te­rar­se) y la culpabilidad, porque había muerto, había estropeado el placer que hu­bie­ra podido tener por su éxito.

En lugar de procurarse los medios para poder hacer el duelo por su madre (anu­lan­do la emisión), se sintió conducido a negar esta muerte de manera casi “maníaca”.

Vemos, que la interpretación de entonces, que sustancialmente habría podido ser co­rrecta, lo había sido sobre todo en principio para el analista que estaba en efecto en­vidioso de él y su propia culpabilidad inconsciente había suscitado una in­ter­pre­ta­ción inexacta. El paciente la había aceptado porque había reconocido in­cons­cien­temente que era correcta para su analista y debido a su identificación con él. Tam­bién actualmente podía aceptarla como verdadera para él mismo, pero de for­ma totalmente distinta y en un nivel diferente: el de su propia envidia hacia el éxi­to de su padre en la relación con su madre, y la culpabilidad sentida al obtener él mis­mo un éxito cerca de su madre: su padre, en efecto, podría haberse sentido ce­lo­so y desear privarle del éxito. El comportamiento del analista al hacer aquella in­terpretación debe ser imputado a la contratransferencia.


II

Es sorprendente que la contratransferencia haya suscitado tan pocos escritos, apar­te de algunos libros y artículos que tratan principalmente de la técnica y des­ti­na­dos a los candidatos en formación y cuyos autores destacan todos ellos los mis­mos dos puntos: la importancia y el peligro potencial de la contratransferencia y la ne­cesidad de un análisis en profundidad para los analistas.

Los escritos sobre la transferencia, al contrario, abundan, y lo que se encuentra en ellos podría, a menudo, aplicarse también a la contratransferencia. Me pregunto por qué. Y por qué analistas tan distintos unos de otros utilizan este mismo tér­mi­no de contratransferencia, cuando el significado que le dan difiere tanto.

Este término es utilizado esencialmente para significar todo o parte de lo si­guien­te:

a. La actitud inconsciente del analista hacia su paciente.

b. Los elementos reprimidos no analizados del propio analista que coloca so­bre el paciente de forma idéntica a la forma en que el paciente “transfie­re” sobre su analista los afectos sentidos hacia sus padres o los objetos de su infancia: el analista considera a su paciente (momentáneamente y de ma­nera variable) como consideraba a sus propios padres.

c. Cualquier actitud o mecanismo específico mediante el cual el analista lle­ga a conocer la transferencia de su paciente.

d. La totalidad de las actitudes y comportamientos del analista hacia su pa­cien­te, conllevando esto todas las actitudes conscientes e inconscientes.

La cuestión es: ¿Por qué la contratransferencia está tan mal definida? ¿Es in­de­fi­ni­ble? ¿Es imposible aislarla verdaderamente en la medida de que una idea general de la contratransferencia es incómoda y poco manejable?

He encontrado a este respecto cuatro razones:

1) Yo diría que la contratransferencia inconsciente es algo que no se ob­ser­va como tal, sino únicamente en sus efectos.

Esta dificultad es comparable a la que encuentran los físicos cuando in­ten­tan definir u observar una fuerza como la de la gravedad o la onda lu­mi­no­sa que no puede ser observada ni analizada directamente.

2) Pienso que una parte de la dificultad (considerando a la transferencia me­tapsicológicamente) viene del hecho de que la actitud total del analista com­promete todo su psiquismo: compromete a su ello y a fragmentos de su superyó y de su yo (a estos los ecos del paciente también les con­cier­nen), y ninguna frontera claramente delimitada los separa.

3) Todo análisis ―autoanálisis incluído― supone un analizando y un ana­lis­ta; y en cierto modo, son inseparables. Del mismo modo, transferencia y con­­tra­transferencia son inseparables ― de donde se deduce el hecho de que lo que se escribe de una puede muy bien aplicarse a la otra.

4) La más importante de estas reflexiones; pienso que el analista tiene una ac­titud hacia la contratransferencia, es decir, hacia sus propios sen­ti­mien­tos y sus propias ideas, bien paranoide o fóbica, y especialmente cuando sus sentimientos tengan el peligro de ser subjetivos.

En uno de sus escritos técnicos, Freud indica que los progresos del psicoanálisis se han visto entorpecidos durante más de diez años por el temor de interpretar la trans­ferencia. La actitud de los terapeutas de otras escuelas, por otra parte, ha con­sis­tido hasta hoy en considerarla como muy peligrosa y en evitarla. La postura de la mayoría de los psicoanalistas en relación a la contratransferencia es pre­ci­sa­men­te la misma, es decir, la consideran como un fenómeno conocido y reconocido pe­ro piensan que no es necesario interpretarla e incluso que puede ser peligroso. Sea lo que sea, es difícil tener conocimiento (si es que se puede) de lo que es in­cons­ciente; y tratar de observar e interpretar algo inconsciente en sí mismo puede com­pararse con el intento de observar tu propia nuca ―es mucho más cómodo ver la de otro―. El hecho mismo de la transferencia del paciente lleva al analista más fá­cilmente a la evitación por proyección y racionalización, siendo estos dos me­ca­nis­mos característicos de la paranoia. El mito del analista impersonal, casi in­hu­ma­no, no manifestando ningún sentimiento, es compatible con esa actitud. Me pre­­gunto, en tanto que el progreso del psicoanálisis está en juego, si el fracaso pa­ra utilizar correctamente la contratransferencia no ha podido tener precisamente el mis­mo efecto que aquel que resulta de la ignorancia o negligencia de la trans­fe­ren­cia. Si hacemos un uso apropiado de la contratransferencia, ¿no tendremos un uten­silio muy valioso, más bien indispensable?

Mientras redactaba este artículo, me ha sido difícil discernir qué sentido de la con­tra­transferencia utilizaba y he comprobado que me deslizaba de uno a otro, cuan­do en principio quería limitarlo a sentimientos reprimidos, infantiles, subjetivos, irra­cionales, agradables o penosos, que pertenecen a mi segunda definición (la cual lleva generalmente a considerar la contratransferencia como fuente de di­fi­cul­tades y peligros).

Pero los elementos inconscientes pueden ser a la vez normales y patológicos. To­do lo reprimido no es siempre patológico de la misma forma que todo elemento cons­ciente no es siempre “normal”. La relación global paciente-analista incluye a la vez lo “normal” y lo patológico, lo consciente y lo inconsciente, la transferencia y la contratransferencia, en proporciones variables; abarcará siempre algo de es­pe­cí­fico a la vez para el individuo paciente y para el individuo analista. Es decir, ca­da contratransferencia, la que sea, difiere de otra, como es diferente cada trans­fe­ren­cia, cambia de día en día con variaciones que se operan a la vez en el analista, en el paciente y en el mundo exterior.

La contratransferencia reprimida es un fruto de la parte inconsciente del yo del ana­lista, la que le es más próxima, la que le pertenece más íntimamente y la me­nos en contacto con la realidad. A ello se suma el que la compulsión a la re­pe­ti­ción va a insistir en este sentido. Pero además de la represión otras actividades jue­gan un papel importante en la contratransferencia, siendo la más importante la ac­tividad de síntesis y de integración. En mi opinión, la contratransferencia es una de las formas más importantes de compromiso que el yo muestra más habilidad en fa­bricar. Es bajo este aspecto, del mismo orden que un síntoma neurótico, una per­ver­sión o una sublimación.

En ella, la satisfacción libidinal está parcialmente prohibida y parcialmente acep­ta­da; un elemento de agresión es movilizado a la vez por la satisfacción y la pro­hi­bi­ción, y la distribución de la agresión determina la proporción relativa de cada una de ellas. En la medida que la transferencia, como la contratransferencia, se vuel­ca en otra persona, los mecanismos de proyección e introyección son de par­ti­cu­lar importancia.

Si paranoia y contratransferencia están anudadas, entramos en un extenso tema de de­bate, y hablar de la respuesta del paciente ante la contratransferencia, no será más que un sinsentido mientras que no hayamos encontrado una vía de apro­xi­ma­ción más sencilla. La mayor parte de nuestras dificultades, desgraciadamente, me pa­recen provenir de una simplificación excesiva y de una tendencia casi com­pul­si­va a separar lo consciente de lo inconsciente y lo inconsciente reprimido de lo que es inconsciente pero no reprimido, a menudo por ignorancia del aspecto dinámico del que se trata. Una vez más querría decir aquí que si hablé esencialmente de ele­men­tos reprimidos de la contratransferencia no me limito estrictamente a ellos, les de­jo flotar entre otros elementos de la relación global. Y aun a riesgo de parecer con­tradictorio, yo diría que esta “aproximación ingenua” es sobre todo un pretexto pa­ra debatir algunos puntos para a continuación intentar relacionarlos de nuevo con el tema principal.

Hablar de aspectos dinámicos nos lleva a la cuestión:

¿Cuál es la fuerza conductora de un análisis? ¿Qué es lo que empuja al paciente irre­sistiblemente a mejorar? La respuesta es ciertamente que son las necesidades combinadas del paciente y del analista. Necesidades que en el caso del analista han sido modificadas e integradas como resultado de su propio análisis de forma que son más dirigidas (¿controladas?) y más eficaces. La combinación acertada de estas necesidades me parece que depende de un tipo peculiar de identificación del analista con su paciente.

III

Conscientemente ―y en gran parte también inconscientemente― deseamos que nues­tros pacientes vayan a mejorando y podemos identificarnos fácilmente con su de­seo de mejorar, de estar mejor con su yo; pero inconscientemente tendemos tam­bién a identificarnos con el superyó y el ello del paciente haciéndolo también cuando se prohibe ir mejor, y desee quedarse enfermo y dependiente, al hacer es­to, podemos enlentecer el proceso de curación. Inconscientemente, podríamos tam­bién explotar la enfermedad del paciente para nuestros propios fines libi­di­na­les y agresivos: explotación a la que el paciente nos responderá deprisa...

Un paciente que ha sido analizado durante un tiempo considerable, generalmente se convierte en objeto de amor de su psicoanalista. Es a él a quien se dirigen los de­seos reparadores del analista, pero estas tendencias reparadoras, incluso las cons­cientes, pueden, sin embargo, bajo el aspecto de una represión parcial, dejarse do­minar por la compulsión a la repetición, de forma que se haga necesario hacer que el paciente vaya de mejor en mejor, lo que, de hecho, puede significar vol­ver­le más y más enfermo con el fin de poderle curar continuamente. Sin embargo co­rrec­tamente utilizado, este proceso repetitivo puede ser un factor de progreso, y “el ponerse malo” toma la forma necesaria y efectiva de liberar las angustias; que pue­den ser entonces interpretadas y trabajadas; pero esto implica por parte del ana­lista un grado de consentimiento inconsciente de que su paciente vaya bien y por lo tanto que se vuelva independiente y le deje. En general, podemos admitir que todo esto es aceptable para cualquier analista, pero los fallos en el momento de la interpretación como se describía en la Hª clínica, los fallos en la com­pren­sión o cualquier otra traba en el proceso de perlaboración jugarán sobre el miedo que tenga el paciente a ir mejor, porque todo lo que sea “ir mejor” comporta el ries­go de perder a su analista. Y tales fallos no pueden ser corregidos en tanto que el paciente no dé la oportunidad para ello. La compulsión de repetición del pa­cien­te es aliada de la del analista, además, si éste está dispuesto a no repetir su error inicial, intensificará las resistencias de su paciente.

Este rechazo inconsciente del analista a dejar que su paciente se vaya, puede to­mar a veces formas muy sutiles, en las cuales el análisis mismo es utilizado como una racionalización. Pedir a un paciente que no actúe en las situaciones exteriores al análisis puede poner trabas a la formación de relaciones extra analíticas que for­man parte de la curación y muestran la evidencia del progreso y desarrollo de su yo. La transferencia sobre personas externas, no estorba necesariamente el trabajo ana­lítico, si el analista quiere utilizarla. Pero el analista puede actuar contra­ria­men­te, como los padres que “por el bien de su hijo”, ponen trabas a su desarrollo y no lo autorizan a querer a “otros”. Está claro que el paciente tiene necesidad de es­tas transferencias, exactamente igual que un niño tiene necesidad de iden­ti­fi­car­se con otras personas además de sus padres y de su propia familia.

Este tipo de cosas son tan insidiosas que solo las percibimos más que muy len­ta­men­te y con resistencias, haciéndonos aliados del superyó del paciente a través de nuestro propio superyó. Con esto, no hacemos más que demostrar nuestra propia in­capacidad para tolerar que alguna otra cosa opere sobre el paciente, o sobre el pro­ceso terapéutico en sí mismo, así nos podremos decir que somos la única causa de su mejoría.

Es posible que un paciente, cuyo análisis es “interminable”, sea víctima del nar­ci­sis­mo (primario) de su analista así como del suyo propio y que una aparente reac­ción terapeútica negativa puede muy bien proceder de una contrarresistencia del ti­po de la que he comentado en la historia clínica.

Todos sabemos que, de todas las posibles, raras son las interpretaciones impor­tan­tes y dinámicas en el curso de un análisis; pero como en la Hª clínica, la in­ter­pre­ta­ción que para el paciente es la justa, puede ser precisamente aquella que por ra­zo­nes de contratransferencia y contrarresistencia, es la menos válida para el ana­lis­ta en ese momento; y si la interpretación es aquella que es justa para el analista, el paciente puede aceptarla por temor, sumisión, etc., exactamente de la misma ma­nera que hubiera hecho si fuera la correcta con efecto positivo inmediato. So­la­men­te más tarde se apercibirá de que el efecto requerido no es el obtenido, que la re­sistencia del paciente ha sido reforzada y el análisis prolongado.


IV

Se puede decir que es fatal para el analista identificarse con el paciente y que la em­patía ―que es distinta de la simpatía― y el distanciamiento son esenciales pa­ra el pro­ceso de la cura. Pero mientras que el fundamento de la empatía, tanto co­mo el de la simpatía, es la identificación, el distanciamiento constituye la di­fe­ren­cia. El dis­tanciamiento es producido, al menos parcialmente, utilizando la función del yo de probar la realidad introduciendo factores de tiempo y distancia. El ana­lis­ta se identifica necesariamente con el paciente pero hay para él un intervalo de tiem­po entre él mismo y lo que para el paciente tiene una cualidad de inmediatez; el ana­lis­ta sabe que se trata del pasado, mientras que para el paciente aparece co­mo pre­sen­te, y es de hecho, en ese instante, la experiencia propia del paciente y no la su­ya la que tenemos delante; y si lo ha elaborado como algo del presente, el ana­lista va a poner trabas al desarrollo del paciente. Cuando el paciente produce (¿vi­ve?) una experiencia que es suya y no la del analista, un intervalo de distancia se in­tro­du­ce también automáticamente. Una utilización con éxito de la contra­trans­­fe­ren­cia depende de la preservación de estos intervalos de tiempo y distancia. La iden­ti­ficación del analista con las necesidades del paciente debe ser intro­yec­ti­va y no pro­yectiva.

Cuando se introduce tal intervalo de tiempo, el paciente puede volver a apreciar lo que ha probado en su inmediatez y libre de toda traba dejar venir al pasado por él mis­mo, tal cual; de esta forma puede operarse una nueva identificación con el ana­lis­ta. Cuando el intervalo de distancia es introducido, el paciente experimenta que le pertenece como propio y que puede separarse psíquicamente del analista. El pro­greso depende de un ritmo alternado de identificación y separación que se es­ta­ble­ce con lo que el paciente prueba de sentimientos y emociones sabiendo que son pro­pios, y todo esto en un marco (¿encuadre, ambiente?) adecuado.

Volviendo a la Hª clínica del comienzo, he aquí lo que ocurrió: el analista expe­ri­men­tó la envidia inconsciente reprimida de su paciente como su propio sen­ti­mien­to inmediato, y no como pasado, como rememorado. En lo inmediato, el interés del paciente se centraba en la muerte de su madre, y experimentaba la necesidad de realizar esta emisión radiofónica como una interferencia para su proceso de due­lo; el placer que esto le proporcionaba se transformaba entonces en placer ma­nía­co, como si él negara la muerte de su madre. Es solamente más tarde, bastante después de la interpretación, cuando el duelo fue transferido al analista, por consi­guien­te se volvió pasado, él pudo experimentar la situación de celos como inme­dia­ta, y de ahí reconocerlo como algo del pasado y rememorar la reacción contra­trans­ferencial de su analista. Su reacción inmediata a los celos del analista había si­do fóbica; desplazamiento por identificación proyectiva y re-represión.

De tales fallos en la elección del momento, o en el reconocimiento de referencias en la transferencia, surgen los fracasos de la función del yo para reconocer el tiem­po y la distancia. El inconsciente no conoce ni tiempo ni distancia. “Lo que es tu­yo es mío, lo que es mío es mío sólo.” ― “Lo que es tuyo, la mitad es mío, ¡Y la mitad de la mitad es mío porque todo es mío!”, son modos de pensar infantiles que atañen tanto a los sentimientos y experiencias como a las cosas, y así la con­tra­transferencia puede convertirse en un obstáculo para el progreso del paciente cuan­do el analista hace uso de ella.

El analista viene a ser entonces, un ciego que conduce a otro ciego, pues no dis­po­ne del uso de ninguna de las dos dimensiones necesarias para saber donde está en un momento dado. Pero cuando el analista es capaz de mantener estos dos inter­va­los en su identificación con el paciente, se hace posible para este último dar el pa­so siguiente y anularlos de nuevo para continuar con la experiencia siguiente, si no el proceso de establecimiento de estos intervalos deberá ser repetido.

Esta es una de las mayores dificultades del candidato en formación o del analista que continúa su análisis: que puede engancharse con las cosas del análisis de su pa­ciente que tienen para él carácter de presente o de inmediato, en lugar de aque­llas del pasado, que son tan importantes. En estas circunstancias, puede ser im­po­si­ble para él mantener siempre este intervalo de tiempo; y será necesario, enton­ces, aplazar el análisis en profundidad, que podía eventualmente hacer con su pa­cien­te, hasta que a él mismo le lleve más lejos su análisis y entonces esperar a que se produzca una repetición del material.


V

Los recientes debates que ha habido aquí alrededor del trabajo del Dr. Rosen, han he­cho surgir el tema de la contratransferencia, poniéndonos en el desafío de saber y comprender más claramente lo que hacemos. Hemos oído decir cómo en el es­pa­cio de algunos días o algunas semanas, pacientes que durante años habían per­ma­necido inaccesibles, presentaron cambios notables, que al menos en deter­mi­na­dos aspectos, deben ser considerados como mejorías. Sin embargo, lo que no esta­ba previsto en el contrato, es que los pacientes parecen seguir dependiendo del te­ra­peuta en cuestión y pegados a él. La descripción de la manera en que fueron tra­ta­dos estos pacientes y los resultados obtenidos han herido y confundido pro­fun­da­mente a la mayoría de nosotros, y ha suscitado entre nosotros de forma visible, una buena dosis de culpabilidad, pues varios miembros, en su contribución al de­ba­te se han golpeado el pecho para entonar un “mea culpa”.

He intentado comprender de donde venía tal culpabilidad, y me parece que se expli­caba por el rechazo inconsciente a dejar marchar al paciente. Muchos pa­cien­tes seriamente enfermos, en particular los psicóticos, son incapaces, ya sea por ra­zo­nes internas (psicológicas) o por razones externas, financieras o de otra clase, de hacer un análisis completo y llevarlo a lo que consideramos como un final sa­tis­factorio. Es decir lograr un desarrollo del yo suficiente para permitirles tener éxi­to en su vida con una autonomía real respecto del analista. En los casos que nos han sido expuestos, una relación superficial de dependencia se continúa (y de he­cho es correcta) indefinidamente por el camino de sesiones ocasionales de “man­te­nimiento”, siendo el contacto deliberadamente preservado por el analista. Po­de­mos mantener tales pacientes en esta situación, sin sentir culpabilidad y parece que una buena parte del éxito obtenido en su tratamiento depende precisamente de es­ta ausencia de culpabilidad.

Además, puede existir, en el caso de una psicosis, una tendencia del analista a i­den­­tificarse particularmente con el ello del paciente. De hecho, se encontraría, a ve­­ces, difícilmente con el yo con el cual identificarse. Se tratará pues, de una iden­ti­­ficación narcisista a nivel de amor-odio primario, que tiende, sin embargo, por sí mis­ma a transformarse en amor de objeto. El estímulo poderoso de una per­so­na­li­dad excesivamente desintegrada toca dentro del analista en los puntos peligrosos, más profundamente reprimidos y más cuidadosamente defendidos. Y corre­la­ti­va­men­te, sus mecanismos de defensa mas primitivos (y precisamente los menos efi­ca­­ces) son activados. Pero al mismo tiempo, un pequeño fragmento del yo es­cin­di­­do del paciente puede identificarse con el yo del terapeuta; (ahí donde está la comprensión que manifiesta el terapeuta, con respecto a los temores del paciente fil­trados hasta él, y donde él puede introyectar el yo del terapeuta como un objeto bueno); y es por tanto capaz de tomar contacto con la realidad vía el contacto del te­­rapeuta con ella. Un contacto tal es obligado y puede ser fácilmente roto en un pri­­mer tiempo, pero es susceptible de ser reforzado y ampliado por un proceso de in­­troyección progresiva del mundo exterior, seguido de la re-proyección de un in­ves­timiento gradualmente progresivo de la libido que en su origen era del tera­peu­ta.

Este contacto puede que no sea nunca suficiente para hacer que el paciente sea ca­paz de mantenerse por sí mismo. En este caso, el contacto continuado con el te­ra­peu­ta es esencial, y su frecuencia deberá variar según los cambios y condiciones del paciente. Yo compararía la posición de este paciente con la de un hombre que ha conseguido no ahogarse y al que se le agarra para auparle dentro de un barco: él está aún en el agua y su mano está agarrada desde el borde de la nave por su sal­vador hasta que sea capaz de asegurarse él mismo.

A esto se puede añadir ―es una verdad reconocida― que cuanto más desin­te­gra­do es­tá el paciente, mayor será la necesidad para el analista de estar bien inte­gra­do.

En el caso de los psicóticos, que no responden de manera ordinaria a la situación psi­coanalítica habitual pero desarrollan una transferencia que pueda ser inter­pre­ta­da y resuelta, ocurre que la contratransferencia debe hacer todo el trabajo. Con el fin de encontrar en el paciente algún elemento para establecer un contacto, el tera­peu­ta debe entonces permitir a sus ideas y a las satisfacciones libidinosas desa­rro­lla­das en su trabajo, regresar hasta a un nivel extraordinariamente bajo (podemos por ejemplo interrogarnos sobre el placer que experimenta un analista cuando sus pa­cientes se duermen durante la sesión). Se ha dicho que los mejores resultados te­­rapéuticos se obtienen cuando el paciente está tan perturbado que el terapeuta experimenta sentimientos intensos y un profundo malestar y que el mecanismo sub­yacente podía ser una identificación con el ello del paciente.

Pero estos resultados excepcionales nos vienen del trabajo de dos tipos de ana­lis­tas: uno, los debutantes, que no tienen miedo de permitir a sus movimientos in­cons­cientes una libertad considerable, pues por falta de experiencia, como los ni­ños, ignoran, no comprenden o no reconocen los peligros. En la mayor parte de es­tos casos, el análisis funciona porque los sentimientos positivos predominan. En ca­so contrario, los resultados apenas son visibles o apenas revelados ― incluso po­­drí­an ser reprimidos. Cada uno de nosotros tiene su cementerio privado, donde no to­das las tumbas tienen su inscripción.

La segunda categoría se compone de analistas experimentados que han atravesado una fase de extrema prudencia, y que esperan el punto en que ellos pueden fiarse, no sólo directamente de sus movimientos inconscientes como tales (debidos a cam­­bios resultantes de su propio análisis), sino también, de si son capaces de con­du­cir la contratransferencia a la conciencia siempre, tal y como es en ese preciso momento, o al menos, de manera suficiente para ver si están a punto de avanzar o retrasar la curación del paciente.

En otros términos, si son capaces de vencer la resistencia de la contratransfe­ren­cia.

Habrá ocasiones en las que el paciente mismo ayudará, pues transferencia y con­tra­transferencia no son solamente síntesis hechas por el analista y el paciente tra­ta­dos separadamente, sino el trabajo analítico en un todo, resultando un esfuerzo con­junto. Hemos oído hablar a menudo, del espejo que el analista tiende a su pa­cien­te, pero el paciente también tiende el suyo al analista, y toda una serie de re­fle­xiones, repetitivas y sujetas a continuas modificaciones, se operan en cada uno de ellos. El espejo, para cada uno, debería aclararse más y más a medida que pro­gre­sara el análisis, pues paciente y analista se responden uno al otro en una suerte de reverberación, y el esclarecimiento progresivo de uno de los espejos implica ne­cesariamente en el otro el esclarecimiento correspondiente.

La ambivalencia del paciente le conduce a la vez a intentar atacar las contra­rre­sis­ten­cias del analista (lo que le puede parecer terrorífico) y a identificarse y servirse de ellas como suyas. Desde este punto de vista, la cuestión de hacer al paciente una interpretación “correcta” es de una importancia considerable.


VI

Cuando se produce algo como lo que he comentado en mi relato, puede no ser su­fi­ciente neutralizar el efecto de obstrucción de una interpretación inoportuna o ma­la dando una interpretación “correcta” cuando la ocasión se presente. No so­la­men­te el error debe ser admitido (el paciente tiene derecho a expresar su propia có­lera y a recibir expresiones de arrepentimiento del analista, igual que cuando ocu­rre un error en el montante de los honorarios o sobre la hora de la cita), sino que su origen en la contratransferencia deberá ser explicado al paciente, salvo que ha­ya una contraindicación precisa, en cuyo caso la explicación será trasladada al momento conveniente que seguro llegará. Una explicación como ésta puede ser esen­cial para el progreso del análisis y sólo podrá tener resultados beneficiosos, pues reforzará la confianza del paciente en la honradez y buena voluntad del ana­lis­ta, que sabe mostrarse humano admitiendo que comete errores, todo esto mos­tran­do la universalidad del fenómeno de transferencia y como puede surgir en to­da relación. Disimular tal interpretación sólo podría causar daño.

Pero seamos claros: yo no quiero decir con ello que las interpretaciones de con­tra­trans­ferencia deban ser soltadas de forma poco juiciosa o sin consideración sobre el infortunado paciente, o que las interpretaciones de transferencia deban ser he­chas sin reflexionar en el mismo día. Lo que yo quiero decir es que ellas no deben ser voluntariamente evitadas ni limitadas a sentimientos justificados u objetivos, tal como Winnicott explica en su artículo sobre “El odio en la contratrans­feren­cia” (e­vi­dentemente, no puede en ningún caso hacerse sin que algo de la contra­trans­fe­ren­cia sea consciente). Es necesario mostrar al paciente la subjetividad de los sen­timientos, igual que su origen efectivo no tiene obligatoriamente que ser expli­ca­do, (no se trata de “confesiones”); bastará la ocurrencia de hacer notar su propia ne­cesidad de analizarlos. Pero, sobre todo es importante que sean reconocidos a la vez por el paciente y por el analista.

En mi opinión, hay un momento de desarrollo de cada cura en que es esencial para el paciente reconocer en el analista no solamente la existencia de sentimientos ob­je­tivos y fundados sino también de sentimientos subjetivos. Es decir, que el ana­lis­ta debe desarrollar, y de hecho lo hace, una contratransferencia inconsciente que, sin embargo, sea capaz de ordenarse de forma que no interfiera con los inte­re­ses del paciente y particularmente, con el desarrollo de la cura.

El momento en que se produce tal reconocimiento, variará evidentemente según los análisis, pero pertenecerá menos a los primeros períodos del análisis que a los pos­teriores. Los errores técnicos, o los que se puedan producir con relación a las cuen­tas, por ejemplo, exigirán referirse a los procesos mentales inconscientes del ana­lista, (o sea, contratransferencia) antes del momento que se habría escogido, pe­ro esta referencia puede ser suave, justo lo suficiente para aligerar la angustia in­mediata. Demasiada tensión si no podría elevar la angustia a un nivel ver­da­de­ra­men­te peligroso.

Se habla tanto de los fantasmas inconscientes de los pacientes respecto a su ana­lis­ta que parece a menudo que ignoramos que vienen para conocer sobre ellos mis­mos una buena parte de verdad, a la vez efectiva y psíquica. Tal saber no podría ser nunca evitado, incluso si fuera deseable hacerlo, pero los pacientes no saben que lo tienen y una parte de la tarea del analista consiste en llevarlos a la con­cien­cia, a lo que puede que el paciente se resista más. A menudo, los psicoana­listas se com­portan inconscientemente exactamente como padres que levantan una pantalla de humo, infligiendo a sus hijos el suplicio de Tántalo que consiste en ponerlos en la tentación de ver lo que precisamente les prohiben ver; y no referirse a la con­tra­trans­ferencia equivale a negar su existencia, o a prohibir al paciente tener cono­ci­mien­to y hablar de ello.

El análisis en profundidad del analista ―remedio siempre citado al hablar sobre las di­­ficultades de contratransferencia― puede, en el mejor de los casos, ser in­com­­ple­to, pues la tendencia a desarrollar contratransferencias inconscientes infan­ti­les nun­ca falta. El analista no alcanza nunca la totalidad del ello inconsciente; re­cor­de­mos solamente, que la persona más completamente analizada continúa, sin em­bar­go, soñando. La propuesta de Freud, “Donde estaba el ello, ha de estar el yo” es un ideal, y como la mayor parte de los ideales, nunca es plenamente rea­li­za­ble. To­do lo que podemos conseguir es llegar al punto en que el analista no sea pa­­ra­noi­de ante las exigencias del ello, y en consecuencia que se encuentre des­pren­dido del punto de vista de su paciente; y recordar, además, que esto cambia en él de día en día, según las tensiones y las necesidades a las que está sometido.

En mi opinión, esta cuestión de una actitud paranoica o fóbica del analista hacia sus propios sentimientos constituye el peligro y la dificultad mayor de la con­tra­trans­ferencia.

El miedo verdaderamente real de ser invadido por algún sentimiento, ya sea de ra­bia, angustia, amor, etc. respecto de su paciente y de ser pasivo y estar a su mer­ced, viene de una evitación o de una denegación inconsciente. Reconocer hon­ra­da­mente estos sentimientos es esencial en el proceso analítico; el analizando es na­turalmente sensible a la menor falta de sinceridad de su analista, y responderá inevitablemente de manera hostil. Se identificará con el analista (por introyección) con el fin de negar sus propios sentimientos, y explotará la situación de todas las formas posibles en detrimento de su análisis.

He mostrado antes cómo la prolongación del análisis podía ser imputada a la con­tra­transferencia inconsciente (y no interpretada). Esto puede ser la causa también de su fin prematuro, y tengo la impresión de que es en las fases terminales cuando es más importante poner cuidado para evitar que esto se produzca. Los analistas que escriben sobre las fases finales del análisis, no cesan de hablar sobre la forma en que los pacientes llegan a un cierto punto donde, bien se escapan e interrumpen el análisis justo en el momento que es vital continuar para lograr terminarlo con éxito o bien se refugian de nuevo en una de sus interminables repeticiones en lu­gar de analizar las situaciones de angustia. En este punto, la contratransferencia es el factor decisivo y la voluntad del analista de adaptarse a ello podría ser lo más im­portante.

Quiero añadir que estoy segura de que las contratransferencias inconscientes de ca­lidad pueden ser también, a menudo, origen de la terminación de los análisis que en un principio parecían ir a un inevitable fracaso, como pueden producir un trabajo postanalítico en los pacientes cuyo análisis se ha interrumpido prema­tu­ra­men­te.

Por lo tanto, en las fases últimas del análisis, cuando la capacidad del paciente pa­ra ser objetivo ha alcanzado un grado suficiente, es particularmente necesario que el analista esté atento a las manifestaciones de la contratransferencia y a las oca­sio­nes que se presentan de interpretarla directa o indirectamente, así como, y cuan­do, el paciente se las revele. Sin esto, el paciente no reconocerá la mayor parte de los comportamientos parentales irracionales que han sido un factor tan po­deroso en el desarrollo de su neurosis, pues allí donde el analista se comporta ver­daderamente como los padres y disimula el hecho, se encuentra este punto de represión continuada de lo que pudo haberse reconocido como inevitable. Es una gran ayuda para el paciente descubrir que tal comportamiento irracional de sus pa­dres no era destinado personalmente a él, aunque le era legado por ellos, y darse cuen­ta del hecho de que el analista pueda parecerse en algunos momentos a esto, pe­ro de forma más benigna, le lleva a la convicción de que él ha comprendido y lo po­ne en un proceso de volverse más tolerante.

Tendremos, evidentemente en cada análisis, los fantasmas de los sentimientos del ana­lista sobre su paciente ―los conocemos de siempre― y que deben ser inter­pre­ta­dos como un fantasma cualquiera. Además: un paciente puede llegar a co­no­cer los sentimientos reales de su analista antes de que él sea plenamente cons­cien­te. Una ás­pera lucha empieza entonces contra la aceptación de esta idea de que el ana­lista puede experimentar de los sentimientos inconscientes de con­tra­trans­fe­ren­cia, pero una vez que el yo del paciente lo admite, ciertas ideas y ciertos recuerdos que has­ta entonces estaban inaccesibles, salen a la consciencia; si no, hubieran que­dado re­primidos.

He hablado del paciente y el analista revelando su contratransferencia, y de hecho, lo entiendo de manera literal, aunque eso pueda evocar esa peligrosa cacería que con­sistiría en “analizar al analista”. La “regla analítica” tal y como es hoy for­mu­la­da nos es de una gran ayuda, más que en su formulación original. No “exi­gi­mos” ya a nuestros pacientes que nos digan todo lo que pasa por su cabeza. Por el contrario, les damos nuestro permiso, para formar parte integrante de la con­tra­transferencia del analista. ¿Que no lo acepta?... entonces se instalará la re­pre­sión, con la mayor resistencia, conllevando a la prolongación o interrupción del aná­li­sis. Esta formulación diferente de la regla analítica va pareja con una forma di­fe­ren­te de hacer interpretaciones o comentarios; antes, los analistas, como los pa­dres, decían lo que querían cuando querían, porque tenían derecho a ello, y los pa­cien­tes tenían que aguantarse. Hoy, con este permiso para hablar o de rehusar li­bre­mente a hacerlo, pedimos a nuestros pacientes que nos permitan decir cual­quier cosa y a cambio que les permitimos aceptarla o rehusarla. Esto nos da una ma­­yor libertad para elegir el momento de hacer una interpretación y la forma de darla, reduciendo la actitud didáctica y autoritaria.

Incidentalmente, una buena parte de las interpretaciones de transferencia que se ha­cen habitualmente pueden ser ampliadas para demostrar la posibilidad de la con­tratransferencia. Por ejemplo: “Usted tiene la sensación de que estoy colérico, co­mo lo estaba su madre cuando...” puede incluir: “Hasta donde yo sé, no siento có­lera, pero me hará falta saber qué es lo que siento, y si estoy colérico, saber por qué, porque no hay una verdadera razón para que lo esté”. Tales cosas se dicen pe­ro no son consideradas como interpretaciones de contratransferencia. Para mí, sí lo son, y pienso que haría falta desarrollar conscientemente su utilización como mo­do de liberar las contratransferencias y volverlas más directamente utilizables.

En su intervención en el congreso de Zurich (Int. Jour. Psycho-Anal., 31, 1950), la Dra. Heimann ha hecho notar la aparición de un sentimiento de con­tra­trans­fe­ren­cia como una clase de señal comparable al desarrollo de la angustia, en tanto que po­ne en guardia ante la aproximación de una situación traumática. Si lo he com­pren­dido bien, la perturbación de la que habla, es angustia, pero angustia se­cun­da­ria, justificada y objetiva, produciendo en el analista un retraimiento y un co­no­ci­mien­to mayor de lo que está pasando. Ella ha especificado que en su opinión, es pre­ferible evitar las interpretaciones de contratransferencia.

Pero la angustia sirve en primer lugar para otro fin. De entrada es un medio para a­daptarse a un trauma actual, como puede ser la incapacidad para realizar tal adap­tación. Esta angustia secundaria, con el saber y la vigilancia que implica, po­dría enmascarar una angustia más primitiva. A nivel consciente, el analista y el pa­ciente son sensibles a sus propias paranoias recíprocas y a sus mutuos sen­ti­mien­tos de persecución, y de ahí, pueden acabar, por decirlo así sincronizados (o “en fase”), de tal modo, que el análisis mismo será utilizado por ambos como de­fen­sa. En ese momento el analista se arriesga a hacer un giro, pasando de una iden­tificación proyectiva a una identificación introyectiva con su paciente, que se acom­paña de una pérdida de aquellos intervalos de tiempo y distancia que men­cio­naba antes. El paciente, de forma recíproca, se defenderá con una iden­ti­fi­ca­ción introyectiva del analista, incapaz de proyectar en el contrario sus propios ob­je­tos persecutorios.

Tal situación no puede resolverse más que por el reconocimiento consciente de la con­tratransferencia, sea por el analista, sea por el paciente. No reconocerlo con­du­ci­rá a una interrupción prematura o a una prolongación intempestiva; en un caso co­mo en el otro, tendremos una re-represión de lo que si no se habría hecho cons­cien­te y un reforzamiento de las resistencias. La interrupción prematura no es ne­ce­sariamente fatal para el éxito final del análisis, igual que no lo es su pro­lon­ga­ción, pues una comprensión suficiente y una contratransferencia de calidad hacen po­sibles progresos ulteriores e incluso después que el análisis esté terminado por la influencia de otras introyecciones ya hechas.

Es evidente que el analista ideal no existe más que en la imaginación (del paciente o del analista) y no se da como presente y vivo más que en momentos enrarecidos. Pero si el analista puede confiarse a las tendencias modificadas de su ello y a sus pro­pias represiones de valor como en alguna cosa positiva de su paciente (pro­ba­ble­mente alguna cosa que le haya ayudado al comienzo emprender dicho análisis), es­tará en posición de proporcionar al paciente bastante de lo que le ha faltado en su primer entorno y que por consiguiente le es terriblemente necesario: una per­so­na que le permita progresar sin interponerse ni estimularlo excesivamente. Enton­ces se forma en el análisis un espacio, y el paciente puede servirse para desarrollar las figuras rítmicas de fondo y construir los ritmos más complejos que son nece­sa­rios para acomodarse al mundo de las realidades exteriores y a su propio mundo in­terior en perpetuo crecimiento.


VII

He intentado mostrar cómo los pacientes responden a la contratransferencia in­cons­ciente de su analista; y en particular, la importancia de una actitud paranoide del analista respecto a su contratransferencia. La contratransferencia es un me­ca­nis­mo de defensa de tipo sintético que proviene del yo inconsciente del analista, siendo sometida al imperio de la compulsión a la repetición; pero trasferencia y contratransferencia son a pesar de todo síntesis, son producto del trabajo incons­cien­te y conjunto de paciente y analista, dependen de condiciones que son en parte in­ternas y en parte externas a la relación analítica, y varían de semana en semana, de día en día, es decir, de instante en instante con los rápidos cambios intra y extra­psíquicos. Las dos son esenciales en el psicoanálisis, e igual que la trans­fe­ren­cia, la contratransferencia no debe ser temida o evitada; de hecho, no puede ser evi­tada ― sólo puede tenerse en cuenta, controlar su extensión y procurar servirse de ella.

Igual que el análisis es para el analista una verdadera sublimación, y no una per­ver­sión o una manía (como puede ocurrir a veces); también es posible evitar una neu­rosis de contratransferencia. Fragmentos de neurosis de contratransferencia transitorios surgirán de tiempo en tiempo, incluso en el analista más hábil, experto y mejor analizado, y pueden servir positivamente para ayudar a los pacientes a conseguir una mejoría por medio de su propia transferencia. Según la actitud del analista hacia la contratransferencia (actitud que es a fin de cuentas aquella que tie­­ne hacia las exigencias de su propio ello y de sus propios sentimientos), se con­du­cirá por la angustia paranoide, la denegación, la condenación o la aceptación o utilizará la fuerza de su voluntad para permitir a la contratransferencia hacerse cons­ciente, para él y para su paciente; así, el paciente se encontrará envalentonado para responder; bien explotándola de manera repetitiva o bien haciendo uso de ella progresivamente con buen fin.

La interpretación de la contratransferencia según las líneas que he tratado de tra­zar aquí producirá en el paciente demandas hacia el analista que pueden resultar du­ras; pero lo mismo ocurre con la transferencia cuando se ha empezado a utili­zar. Hoy día, la transferencia se toma en consideración, se ha encontrado que tiene sus compensaciones en cuanto a que las mociones libidinales y deseos creadores y reparadores del analista, encuentran una satisfacción efectiva y el poder y el éxito de su trabajo se ven reforzados. Tales resultados, creo, se producirán si utilizamos más la contratransferencia y si descubrimos cómo servirnos de ella.

Insisto, para terminar, en el aspecto experimental de cada una de las ideas expues­tas.

lunes 20 de octubre de 2008

NOVEDAD.Vincent de Gaulejac. "Las fuentes de la vergüenza" (Mármol Izquierdo, Bs.As., 2008)

El libro aún no está distribuido, pero promete.
Será presentado el martes 28 en el auditorio de la FLACSO (Ayacucho 551) a las 18 hs.
Como he publicado en el blog algunos artículos vinculados al tema de la vergüenza, creo que este texto podría aportar a la cuestión.
Todavía no he dado con el libro, así que no puedo dar más información, ni tampoco recomendarlo. Estaremos atentos y en cuanto caiga en nuestras manos haremos una reseña.
Por ahora, es sólo un aviso de aparición.
Saludos
PP

sábado 18 de octubre de 2008

NOVEDAD. Jorge Zanghellini. "Introducción a la clínica del campo lacaniano" (De la campana, 2008)

La clínica psicoanalítica que deviene de Lacan, es la nominación que recorre cada frase, cada capítulo, cada subtítulo ¿Es la introducción lo que acompaña hasta el borde del acto? Si es así, entonces, una introducción debe dejar el suficiente espacio, para dar lugar a la inscripción del sujeto lector. Y bien, no es un manual, un “Lo sé todo” exhaustivo. Más bien supone recorridos, vueltas, autopistas y caminos, algunos senderos vecinales. Y eso es la invitación al lector, a recorrer no como turistas “all inclusive” sino como un viajero dispuesto a poner sus reflexiones en la escena. Por que se trata de un libro de viajes, de itinerarios por la escena de la clínica psicoanalítica en el campo lacaniano.

jueves 16 de octubre de 2008

Cristina Heras. "Miski Pacha"[*]


¿Cómo pudieron los cerros comprender lo que vieron ese día? Ellos que siempre eran admirados por el artista cuando el sol en días diáfanos derramaba luz por sus laderas o cuando las nubes aquel día se despegaron como una bandera sobre el monte más verde que se acuesta en el este. Ellos se divertían ofreciendo las frondosas formas que el artista les quería descubrir, pero sólo se las mostraban a determinadas horas del día. Exigían de él tiempo, y mucha paciencia, no solían regalarse con facilidad. No. Eran exigentes. Ellos querían que el hombre les dedicara tiempo, que se detuviera, que se conmoviera con la observación, que se pusiera en sintonía con ellos. Sólo así, de la perfecta unión entre la mirada sensible y la ductilidad de las formas, lujuriosos colores y texturas comenzaba a gestarse la obra de ese artista dotado de una sensibilidad que a la mayoría de los hombres, y a muy pocas mujeres, le fue negada.

Pero alguien nuevo entró a escena esa tarde: una mujer.
Esa mujer había llegado al pueblo el día anterior buscando el descanso acogedor de la quebrada. El de esa tierra sufrida y silenciosa. Hacía tiempo que la vida venía probándola duramente y deseando volver a sus días de infancia, los más felices que recordaba, buscó el cálido abrazo maternal de esos cerros coloridos. Siete eran los colores que alguien les había descubierto pero ella sólo vio tres desde el tren. Al llegar respiró hondo con el deseo de que cada uno de esos rojos y verdes se le adentraran en el alma que tan grisácea lucía. “ ¡Qué lugar, Dios mío!” pensó “antes de irme descubriré los otros cuatro”. Y el artista, que todo lo observaba, y que de colores mucho sabía, la vio cruzar la plaza rumbo al hostal muy ensimismada, como orando. Y la buscó y se encontraron… y mientras hablaban, el café se transformó en vino y antes de haber siquiera intercambiado sus nombres se enmudecieron los labios en un beso. Raro según ella. Mágico para él.

Al día siguiente él la invitó a acompañarlo en su observación del paisaje ocultándole su verdadera intención: en agradecimiento a esos días de entrega incondicional ahora el hombre, ya no el artista, quería regalar a sus musas, las montañas, algo que las cambiara para siempre, y que no era el arte mediante el cual solía plasmar en madera o hierro su obra. Ese paisaje que le había ofrecido colorados genitales, erguidos o reposados, cuerpos yaciendo como en cascadas después de una hecatombe, o los mismos cuerpos encontrándose en abrazos pétreos, apasionadamente rojos, estáticos, acalorados. El artista los había reconocido a todos y cada uno de ellos y les había dado un nombre pero se reservó como despedida el ritual con el que había soñado cada noche con sus días para honrar a Miski Pacha, la dulce tierra, que tan generosa se había entregado.

Ella llegó caminando, como él la había visto el día anterior, también llegando… Y sin decir nada, aceptó la mano del artista devenido hombre y lo acompañó remontando una garganta roja que se hendía profunda en la ladera. La penetraron lentamente en un silencio tenso que se interrumpía por momentos para dar lugar a alguna frase susurrada como al pasar entre besos apasionados y suaves caricias, hasta que al fin el cerro dio por terminado el juego y con una pared insalvable les indicó el lugar. Allí se encontraron los cuerpos del hombre y la mujer confundiéndose con los carmines del cerro que se desgranaba de puro placer, como babeando de deseo por sentir lo que tanto habían insinuado y ni siquiera sospecharon de que se hubiese tratado de algo así. Jamás nadie había igualado en generosidad de imágenes a aquel hombre y aquella mujer. Ellos, los cerros, habían sido hasta ahora los protagonistas de las historias de quienes se detenían a contemplarlos aunque más no fuera por unos minutos. En ellos depositaba su mirada el artista y era en esa mujer en la que estaba dejando lo más preciado; la recorría palmo a palmo con sus manos avezadas en el arte de crear formas y dar luz haciéndola gemir con un placer del que jamás los cerros habían siquiera soñado ser testigos. Los cuerpos se encontraban sigilosamente, buscando la fusión perfecta que les iba a permitir entrar en sintonía con ese cosmos apacible y sensual. El mediodía se acercaba y ellos fundidos en un abrazo apretado ni sombra proyectaban, ni se movían para no provocar más el deseo desmedido de esos montes que hacían lo insospechable para impedirles el placer ofreciendo sus formas más caprichosas, sus aristas más molestas… pero no hubo caso. En ese silencio partido al medio por un gemido ensordecedor el hombre y la mujer se derrumbaron en un orgasmo infernal, bermellón profundo. Si el placer se midiera por el eco que quedó rebotando en las laderas difícil, si no imposible, sería igualarlo. Y continuaron a la tarde desvirgando el silencio que desde el comienzo de los tiempos había cubierto ese paisaje como un manto pesado y protector.

Así es que hoy los cerros ofrecen formas más maduras, diferentes, ya que en el ritual de despedida el hombre y la mujer insuflaron sentido a lo que ellos habían insinuado durante tanto tiempo sin ser plenamente conscientes del placer que sus poses provocaban en quienes se detenían a contemplarlas.

Dicen los del pueblo que después de ese día curiosamente el Colorado cobró un tinte más profundo…más subido…y que en las tardes diáfanas el viento del oeste trae consigo voces profundas que estallan en gemidos. Como el canto de las sirenas a cuyo hechizo los navegantes no lograban resistirse, esos gemidos atraen a los caminantes a adentrarse en la misma garganta, el altar del ritual. Y a medida que penetran en sus angostas quebradas el rojo se va tornando cada vez más intenso, y una vez inmovilizados por las mismas paredes que señalaron al artista el lugar indicado cuentan haber sido transportados a un estado de gozo intenso una sensación de éxtasis enceguecedor…un placer tan profundo y elevado… tan serenamente conmovedor , tan… Nadie hasta el momento ha podido ponerlo en palabras porque implicaría, una vez más, encajonar el sentimiento.

¿Y ella? Si bien pensaba que en la soledad de ese lugar mágico encontraría algo de serenidad, o a lo sumo descubriría esos cuatro colores que le faltaron al llegar al pueblo, jamás sospechó que ocurriría lo que le ocurrió: al volver del estado de ensoñación en el que quedó sumida hasta el día siguiente notó que el mismo artista en el acto amoroso le había moldeado un hermoso par de alas liberándola de un pesado lastre que ni ella sabía que tan pesadamente la anclaba, además de pincelarle el alma con mucho más de siete colores. Ya esos cerros se le parecían, o mejor dicho, ella se les parecía: sentía que se podía elevar a la profundidad del azul del cielo y su cuerpo destilaba un perfume tan dulce como el de la miski pacha. Además, la pacha mama, la madre, como llaman a la tierra por esos lugares, le había dado el cobijo que había venido a buscar. Esa misma noche volvió a cruzar la plaza rumbo a la estación y no se supo más de ella.

Dicen que el artista sólo una vez regresó al lugar buscando reencontrarse con el eco de esas sensaciones y se internó en la garganta que él mismo, junto con la mujer, habían dotado de voz propia. Pero sin siquiera sospechar lo que los cerros habían aprendido llegó al fondo de la quebrada purpúrea justo al mediodía y en medio de un calor insoportable las paredes comenzaron a desgranarse como derritiéndose y el ahogo lo invadió y se desplomó aturdido en medio de extraños sonidos guturales provenientes del fondo de esa misma tierra que se ofrecía sensualmente húmeda. Entre esas voces comenzó a reconocer los gemidos de ella, la mujer a la que tanto deseaba todavía, y el placer fue derramándose, espeso e invasivo como la misma luz cenital que tiempo atrás había iluminado su ritual. Se entregó sin resistencia y disfrutó agradecido del regalo que los cerros ese día le tenían preparado. No fue el eco del eco lo que encontró sino la misma sensación que le taladraba profundamente las entrañas provocándole temblores incontrolables hasta que en medio de un ciego placer volcánico terminó de entregarse a la placidez de un abrazo cálido y contenedor que el recuerdo le ofrecía. Recién en ese momento el artista comprendió que los cerros no hacían más que reproducir, como recitando de memoria, el poema plagado de imágenes que él y la mujer habían compuesto ese luminoso mediodía, su obra maestra.

NOTAS.
[*] Miski Pacha: Voz quechua que significa 'dulce tierra'.
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Agradezco a Cristina Heras por el generoso aporte de un texto tan pleno en sensaciones.
Porque no sólo de psicoanálisis vive el hombre (bueno, ni la mujer...)
Ojalá les guste tanto como a mí.
PP.

Graciela Brescia. "Una inédita figura del amor" (Página 12, suplemento de Psicología)

Jean Allouch, psicoanalista, sostiene que hay al menos una figura lacaniana del amor, tal vez dos. Dijo en una conferencia en Buenos Aires el 29 de julio de 2003: “¿Este amor sería una figura absolutamente nueva del amor? ¿‘Psicoanalítico’, si quieren? ¿O ‘freudiano’? Creo que tenemos que decir, más justamente: ‘El amor Lacan’. Y como no tiene nada que ver con el cuerpo sino con el alma, se puede llamar: el almor. Fíjense, eso va a cambiar su vida si, a cada uno que usted ama, en vez de decirle ‘te amo’, escoge, decide decirle: ‘Te almo’. Así las cosas estarán cada una en su lugar propio, más justas, más verdaderas: amar y desear son cosas diferentes”.

Leé la nota completa en el diario Página 12, haciendo click aquí.


Jean Allouch ofrecerá una conferencia abierta al público, titulada De una política del amor, el jueves 30 de octubre a las 19 en la sala Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional. El 31 de octubre y 1 y 2 de noviembre llevará a cabo el seminario El amor Lacan en los tiempos de la no-relación sexual, organizado por Ecole Lacanienne de Psychanalyse.

miércoles 15 de octubre de 2008

Conferencia de Omar Tarraubela en el FARP. "El náufrago, el naufragio y el lugar del analista"


Jorge Luis Borges. "Kafka y sus precursores" (Otras inquisiciones, 1937-1952)

Yo premedité alguna vez un examen de los precursores de Kafka. A éste, al principio, lo pensé tan singular como el fénix de las alabanzas retóricas; a poco de frecuentarlo, creí reconocer su voz o sus hábitos, en textos de diversas literaturas y de diversas épocas. Registraré unos pocos aquí, en orden cronológico.
El primero es la paradoja de Zenón contra el movimiento. Un móvil que está en A (declara Aristóteles) no podrá alcanzar el punto B, porque antes deberá recorrer la mitad del camino entre los dos, y antes la mitad de la mitad, y antes, la mitad de la mitad, y así hasta el infinito; la forma de este ilustre problema es, exactamente, la de El Castillo, y el móvil y la flecha y Aquiles son los primeros personajes kafkianos de la literatura. En el segundo texto que el azar de los libros me deparó, la afinidad no está en la forma sino en el tono. Se trata de un apólogo de Han Yu, prosista del siglo IX, y consta en la admirable Anthologie raisonée de la littérature chinoise (1948) e Margoulié. Ese es el párrafo que marqué, misterioso y tranquilo: "Universalmente se admite que el unicornio es un ser sobrenatural y de buen agüero; así lo declaran las odas, los anales, las biografías de varones ilustres y otros textos cuya autoridad es indiscutible. Hasta los párvulos y las mujeres del pueblo saben que el unicornio constituye un presagio favorable. Pero este animal no figura entre los animales domésticos, no siempre es fácil encontrarlo, no se presta a una clasificación. No es como el caballo o el toro, el lobo o el ciervo. En tales condiciones, podríamos estar frente al unicornio y no sabríamos con seguridad que lo es. Sabemos que tal animal con crin es caballo y que tal animal con cuernos es toro. No sabemos como es el unicornio."
El tercer texto procede de una fuente más previsible; los escritos de Kierkegaard. La finalidad mental de ambos escritores es cosa de nadie ignorada; lo que no se ha destacado aún, que yo sepa, es el hecho de que Kierkegaard, como Kafka, abundó en parábolas religiosas de tema contemporáneo y burgués. Lowrie, en su Kierkegaard, transcribe dos. Una es la historia de un falsificador que revisa, vigilado incesantemente, los billetes del Banco de Inglaterra; Dios, de igual modo, desconfiaría de Kierkegaard y le habría encomendado una misión, justamente por haber avezado el mal.
El sujeto de otra son las expedientes al Polo Norte. Los párrocos habrían declarado desde los púlpitos que participar en tales expediciones conviene a la salud eterna del alma. Habrían admitido, sin embargo, que llegar al Polo es difícil y tal vez imposible y que no todos pueden acometer la aventura. Finalmente, anunciarían, que cualquier viaje de Dinamarca a Londres, digamos en el vapor de la carrera-, o un paseo dominical en coche de plaza, son, bien mirados, verdaderas expediciones al Polo Norte, La cuarta de las Prefiguraciones la hallé en el poema Fears and Scruples de Browning, publicado en 1876. Un hombre tiene, o cree tener, un amigo famoso. Nunca lo ha visto y el hecho es que éste no ha podido, hasta el día de hoy, ayudarlo, pero se cuentan rasgos suyos muy nobles, y circulan cartas auténticas. Hay quien pone en duda los rasgos, y los grafólogos afirman la apocrifidad de las cartas. El hombre, en el último verso, pregunta: "¿Y si este amigo fuera Dios?".
Mis notas registran asimismo dos cuentos. Uno pertenece a las Histories désobligeantes de León Bloy y refiere el caso de unas personas que abundan en globos terráqueos, en atlas, en guías de ferrocarril y en baúles, y que mueren sin haber logrado salir de su pueblo natal. El otro se titula Carcassonne y es obra de Lord Dunsany. Un invencible ejército de guerreros parte de un castillo infinito, sojuzga reinos y ve monstruos y fatiga los desiertos y las montañas, pero nunca llegan a Carcasona, aunque alguna vez la divisan. (Este cuento es, como fácilmente se advertirá, el estricto reverso del anterior; en el primero, nunca se sale de una ciudad; en el último, no se llega).
Si no me equivoco, las heterogéneas piezas que he enumerado se parecen a Kafka; si no me equivoco, no todas se parecen entre sí. Este último hecho es el más significativo. En cada uno de esos textos está la idiosincrasia de Kafka, en grado mayor o menor, pero si Kafka no hubiera escrito, no la percibiríamos; vale decir, no existiría. El poema Fears and Scruples de Browning profetiza la obra de Kafka, pero nuestra lectura de Kafka afina y desvía sensiblemente nuestra lectura del poema. Browning no lo leía.
Como ahora nosotros lo leemos. En el vocabulario crítico, la palabra precursor es indispensable, pero habría que tratar de purificarla de toda connotación de polémica o rivalidad. El hecho es que cada escritor crea sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro. En esta correlación nada importa la identidad o la pluralidad de los hombres. El primer Kafka de Betrachtung es menos precursor del Kafka de los mitos sombríos y de las instituciones atroces que Browning o Lord Dunsany.

martes 14 de octubre de 2008

Jacques Lacan. "Reglamento y doctrina de la comisión de enseñanza" (1949)


Este es un texto muy temprano, de los considerados "textos institucionales" de Lacan. Corría el año '49 y se discutía la conformación de una comisión de enseñanza para la SPP. En ese contexto, Lacan hacía su propuesta. Todo salió mal y terminó en la escisión del '53.

En mis últimas intervenciones me he visto obligado a justificar cierta necesidad del estudio del psicoanálisis con niños. Y en tales ocasiones me preguntaba qué lugar le asignaba Lacan dentro de todo el corpus doctrinal. Sorprenden sus afirmaciones de esta época (¡estamos en 1949!). Entonces, más allá del valor histórico del documento, sugiero leer con suma atención el artículo V, punto 3. Allí, el psicoanálisis con niños es calificado como "la frontera móvil de la conquista psicoanalítica".

PP.

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Setiembre de 1949
REGLAMENTO Y DOCTRINA DE LA COMISIÓN DE ENSEÑANZA (propuesta a la SPP)


Artículo I
Sobre la formación del psicoanalista y sobre la regularidad de la transmisión
de esa formación por la Sociedad Psicoanalítica de Paris


1. El conocimiento y el ejercicio del psicoanálisis exigen una experiencia de su materia especifica, que son las resistencias y la transferencia; esa experiencia sólo se adquiere, en primer término, en la posición de psicoanalizado.
Por eso el psicoanálisis llamado didáctico es la puerta de entrada a una enseñanza en la que la formación técnica dirige la inteligencia teórica misma.
2. Experiencia didáctica, análisis bajo control y enseñanza teórica son sus tres grados, cuya responsabilidad y homologación asume la Sociedad Psicoanalítica.
Sin la experiencia que efectivamente la funda, toda puesta en juego de los determinismos psicoanalíticos es incierta y peligrosa y sólo puede garantizar que esta experiencia sea efectiva su trasmisión regular por sujetos expertos.
3. Esto sólo lo puede garantizar, en Francia, la Sociedad Psicoanalítica de Paris, cuyo reclutamiento se identifica con esta formación, tal como la forjó una tradición continua desde los descubrimientos constituyentes del psicoanálisis: es decir que se admite en ella como miembro adherente a quien satisfizo dicha formación, y como miembro titular a quien es capaz de trasmitirla en el psicoanálisis didáctico.
La Sociedad Psicoanalítica de París afirma pues su privilegio de intervenir en toda investidura que pueda interesar al psicoanálisis, sea por su titulo o por sus funciones.

Artículo II
Sobre las funciones delegadas a la Comisión de Enseñanza y sobre su modo de elección

1. La demanda social en Francia a la fecha del presente estatuto exige un plan para la formación de psicoanalistas, cuyo número creciente debe favorecer la calidad misma del trabajo científico.
Por eso el reclutamiento de candidatos no podría librarse a la voluntad de cada uno de los miembros de la Sociedad, requiere un órgano de selección.
2. Esta selección no puede ser decisiva en el momento de la entrada del alumno, y el mismo órgano debe cumplir las funciones de anamnesis y de sanción que necesitan una pluralidad de tutores, desde la experiencia personal del didáctico, pasando por las experiencias operativas de los controles, hasta la experiencia de defensa de tesis por la que se presenta no tanto a su aprobación como a su admisión en la Sociedad.
3. Finalmente, de las directivas que incumbirán naturalmente a este órgano emanará una función de vigilancia critica, puesto que la enseñanza teórica útil para los alumnos se extiende a un sector externo a la Sociedad misma y al Instituto que debe encarnar su doctrina.
4. Tales son las funciones que la Sociedad delega a la Comisión de Enseñanza, según formas que consagra una experiencia de ya más de una década, cuyas formas fija y cuyos principios indica el presente estatuto.
A estos fines la Comisión de Enseñanza se compone de siete miembros, a saber: el Presidente en ejercicio de la Sociedad y otros seis miembros que serán objeto de una elección especial.
5. Esta elección los renueva por tercios cada dos años en la misma sesión en que se procede dicho año a la elección del Comité. La Comisión designa por sí misma sus miembros salientes, por otra parte reelegibles, y puede proponer candidatos, sin que la elección se limite a éstos, para lo cual la Sociedad distingue a aquellos miembros que están habilitados por su experiencia didáctica y su rigor doctrinario.
Esta forma de renovación de la Comisión garantiza que haya en su seno una mayoría de miembros que hayan podido seguir enteramente el cursus de un candidato cualquiera, constituyendo así un organismo capaz de asegurar la continuidad y de corregir un programa acorde con el tiempo de formación de los candidatos, tiempo cuya duración mínima es de cuatro años.

Artículo III
Sobre el procedimiento de las relaciones de los candidatos con la Comisión de Enseñanza en los momentos de su selección previa, de su período de control y de su presentación a la Sociedad Psicoanalítica

1. Ningún psicoanálisis podrá ser reconocido válidamente como didáctico sin la aprobación de la Comisión.
Que esta aprobación debe antecederlo, se deriva de principios planteados en el artículo precedente. Estos imponen a todo miembro de la Sociedad Psicoanalítica no iniciar ningún psicoanálisis con ese fin sin que se haya obtenido esa aprobación, y justifican que la Comisión exhiba un extremo rigor en decisiones de carácter retroactivo.
2. Corresponde al candidato requerir la aprobación previa. Debe presentarse ante cada uno de los miembros de la Comisión, quienes le concederán una o varias entrevistas, en las que lo examinarán de la manera que les parezca adecuada.
Los resultados de este examen se discuten en las reuniones mensuales de la Comisión, ordinariamente en la primera sesión posterior al fin del recorrido del candidato.
La decisión sobre la candidatura se adopta en función de la mayoría de las opiniones formuladas y se comunica al candidato a través de una carta del Presidente de la Sociedad y bajo una forma que debe ser unívoca: en el sentido de que, aunque es posible aclarar al candidato que lo solicite los motivos de un rechazo, nada debe indicarle la distribución de las diferentes opiniones en el debate respectivo.
3. El candidato elegirá a su psicoanalista entre los miembros titulares de la Sociedad, e informará de esa elección al Presidente en forma oficial, después de haber recibido el aviso de que su candidatura fue aprobada. Elevará al mismo tiempo su compromiso firmado de no tomar pacientes psicoanalíticos sin el consentimiento de su psicoanalista y de no autocalificarse con el título de psicoanalista, antes de estar autorizado a ello por su admisión en la Sociedad Psicoanalítica.
La aprobación de la Comisión, además, sólo se acuerda bajo reserva, condicionada por las contraindicaciones que pueda revelar el psicoanálisis mismo: el Presidente se lo advertirá expresamente al candidato durante la entrevista de su presentación. Desde entonces el alumno quedará confiado enteramente a la tutela de su psicoanalista, quien en el momento oportuno le indicará que asista a los cursos teóricos y a los seminarios indicados por la Comisión, y quien sigue siendo el único juez del momento en que, autorizándolo a encargarse de un análisis bajo control, lo vuelve a poner en relación con esta última.
4. Antes de este momento, el psicoanalista sólo tiene que informar a la Comisión en caso de interrumpir el análisis:
- por haber reconocido en la persona de su paciente algo que lo descalifica para el ejercicio del psicoanálisis, veredicto que la Comisión sólo puede ratificar.
- o en otros dos casos que se dejan librados a su discreción: por fuerza mayor que lo aleje de él, y cuando la conveniencia del análisis sea objetable por la forma de la transferencia, caso en el que se consulta a la Comisión sobre la reanudación de la experiencia analítica con otro psicoanalista.
5. Cuando el alumno esté en el momento de iniciar los análisis bajo control, se presentará nuevamente ante los miembros de la Comisión, quienes tienen que confirmar la autorización de su psicoanalista y ratificar su pasaje al rango de practicante.
Controlará sus primeros psicoanálisis con dos psicoanalistas elegidos por él, excluyendo a aquél con el cual normalmente prosigue por un tiempo su psicoanálisis didáctico.
En los psicoanalistas que controlan no se requiere más calificación que la de ser miembros titulares de la Sociedad, pero su vinculación con la Comisión de Enseñanza debe ser permanente.
En efecto, a ellos les corresponde juzgar la validez, tanto de la experiencia didáctica, como de las aptitudes manifestadas por el practicante para el ejercicio profesional.
Deben velar por que complete su instrucción teórica y rendir cuenta regularmente a la Comisión respecto de sus progresos.
Esta estudiará los casos de insuficiencia persistente y puede imponerles una reanudación del análisis didáctico o rehusarle al candidato el titulo de psicoanalista.
6. Cuando los psicoanalistas tutores del practicante declaran que su formación es satisfactoria, la Comisión lo autoriza a plantear su candidatura a la Sociedad de Psicoanálisis, para lo cual debe redactar un trabajo original, que presenta tradicionalmente en una de las reuniones científicas de la Sociedad y que la experiencia aconseja que se refiera a un tema clínico.
La Sociedad votará su admisión como miembro adherente en una sesión administrativa ulterior, después de haber escuchado la opinión favorable de los tres tutores del candidato. No obstante, puede expedirse negativamente sobre su presentación, manifestando el deseo de conocerlo mejor.
La Comisión también tiene el poder de admitir en la etapa de análisis bajo control a un candidato que quiere se le reconozca un psicoanálisis terminado con un miembro de la Sociedad con un fin primitivamente terapéutico, o bien un psicoanálisis didáctico emprendido bajo los auspicios de una Sociedad extranjera, afiliada también a la Asociación Internacional.
7. La Comisión examinará al candidato siguiendo el mismo procedimiento que en la aprobación previa, con la condición de que lo presente expresamente con este fin su psicoanalista o la Sociedad que responde por él, exponiendo las razones que justifican la irregularidad de su caso. El psicoanalista también tendrá que responder entonces por las calificaciones personales del candidato, sin verse obligado a una reserva que en el caso regular apunta a preservar las premisas del análisis.
En todos los casos la Comisión puede exigir un análisis complementario a titulo didáctico y nunca podrá dispensar al candidato de la experiencia de dos psicoanálisis al menos, controlados por ella en condiciones normales.

Artículo IV
Sobre las calificaciones personales, culturales y profesionales que debe reunir el candidato a la formación psicoanalítica y sobre las responsabilidades sociales de la Comisión.


1. No hay responsabilidad más difícil ni que merezca mayor atención que la que asume la Comisión en la selección, en la entrada, de los candidatos.
Competen al examen clínico las deficiencias que descalifican al candidato en su capacidad de memoria o de juicio (afecciones que plantean amenaza de debilitamiento intelectual, psicosis larvada, debilidad mental compensada) o como agente de dirección (problemas psíquicos en forma de crisis o de alternancias: epilepsias, e incluso ciclotimia).
Hay que situar aquí en principio los defectos que dan pie a la degradación del soporte imaginario que la persona del analista da a las identificaciones de transferencia por el homeomorfismo genérico de la imago del cuerpo: deformidades chocantes, mutilaciones visibles o disfunciones manifiestas.
2. Pero, en una técnica que opera sobre el destino mismo del paciente, la selección, incluso antes de atender a la cultura y los conocimientos del candidato a la entrada, debe tener en cuenta su personalidad.
Desde luego, la salvaguardia del público es garantizada por el psicoanálisis didáctico, del que sabemos que a veces revela una estructura inconsciente, redhibitoria para el ejercicio de esta técnica.
Esto sólo subraya aun mejor la necesidad, tanto para el bien del candidato como para la economía de la enseñanza, de una apreciación de la personalidad que debe examinar su mismo movimiento para medir su acuerdo con su oficio futuro.
Una benevolencia profunda y la concepción reverenciada de la verdad deben integrarse en el analista con una reserva natural de la conducta en el mundo y el sentimiento de limites inmanentes en toda acción sobre su semejante.
Estas virtudes de sabiduría tienen raíces en el carácter que no sólo hay que descifrar como un dato bajo los obstáculos neuróticos que pueden enmascararlas: se trata de pronosticarlas, más allá de las condiciones a menudo precarias que determinan el equilibrio del momento biográfico en que el sujeto se presenta.
Pues de este desarrollo moral depende que la ciencia de la que se dotará al practicante y la misma intuición que manifiesta de su objeto no lo alejen de la paciencia, del tacto, de la prudencia e incluso de la honestidad que requiere su ejercicio.
3. En segundo lugar, el examinador debe observar la formación cultural del candidato, tal como se expresa en esa apertura de la inteligencia dirigida a las significaciones y que anima el uso de la palabra.
En tales signos se podrían medir, por un lado, los dones de comunicación simpática y, por el otro, los de imaginación creadora, que son los más preciados para la invención analítica. En tanto lo mejor es darlo por supuesto, se recordará que el lenguaje es el material operatorio del analista y que el candidato debe dominar el sistema particular de la lengua en la cual se llevará a cabo para él lo que merece ser llamado el diálogo psicoanalítico, por más que éste avance a una sola voz.
Aparte de eso se buscará en el candidato no tanto una formación enciclopédica como ese núcleo fértil de saber que el término humanidades designa bien, comprendiendo en él todo ciclo de significaciones humanas, cuya organización se sostiene mediante una enseñanza tradicional, y cuya posesión consciente favorece el acceso del sujeto a una organización extraña, aunque sea inconsciente.
4. Las calificaciones profesionales, por último, valen en tanto testimonian la asimilación del sujeto a la realidad humana. El llamado espíritu clínico es una de sus formas eminentes, y la práctica hospitalaria, más aún la de la residencia, se evalúan como esenciales en este caso.
Se sabe además que el psicoanálisis es esencialmente una técnica médica en la que las neurosis sólo representan el dominio de eclosión, pero que extiende sus alcances cada vez más lejos, al mismo tiempo que el campo psicosomático.
Por eso las calificaciones médicas -títulos y práctica- y entre ellas la especialización psiquiátrica que el movimiento moderno orienta cada vez más en el sentido del análisis, son las más recomendables para la formación psicoanalítica: por esa razón, se debería insistir en que los candidatos se la proveyesen.
Pero el psicoanálisis, pieza clave de toda psicología concreta, interesa ahora a todas las técnicas que buscan formas modernas de asistencia social, desde la racionalización del trabajo hasta los confines de la antropología.
Su formación es necesaria para los no-médicos, y se considerará aquí como la más válida para calificar al candidato toda experiencia adquirida de trabajo de campo, ya se trate de la del descubrimiento etnológico o sociológico, así como la de la praxis institucional jurídica o pedagógica, incluso psicotécnica.
Títulos, diplomas y grandes escuelas* se apreciarán en su escala. No obstante, ninguna presentación, aunque fuese de naturaleza autodidáctica, si se revela preservada de toda estructura psicótica, debería incluso en el momento actual, descartarse por principio.
La formación psicoanalítica es correlativa de la capacidad de intervenir en la práctica y ningún grado de habilitación técnica estará vedado a los psicoanalistas no médicos o, como se dice en el extranjero, a los legos.
La Sociedad Psicoanalítica de Paris sólo puede adecuar la práctica de los legos a las leyes que rigen el ejercicio de la medicina, planteando que ninguno podría emprender la cura de un paciente sin que ésta le haya sido confiada por un médico psicoanalista.
Asimismo, con el título de auxiliares de psicoanálisis sólo ella puede regular su actividad en los organismos profesionales y sociales en los que se insertarán.

Artículo V
Sobre las condiciones ortodoxas de la enseñanza psicoanalítica y sobre las responsabilidades científicas de la Comisión
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1. La enseñanza psicoanalítica está organizada en todos sus aspectos por relaciones psicológicas concretas que constituyen su valor formativo.
a) Relación con el psicoanalista en el didáctico, cuyo movimiento - frecuencia, duración, incluso suspensión de las sesiones-está tan sometido como en el terapéutico a las peripecias del caso.
El uso universal, sin embargo, establece en principio que los fines del psicoanálisis didáctico exigen un ritmo de cuatro a cinco sesiones por semana, con un mínimo de tres y una duración total mínima de dos años.
Esta experiencia, efectivamente, más allá de su valor de iniciación en la materia psicoanalítica y de máxima dilucidación posible de su funcionamiento, tiene como fin una reducción de las formaciones reactivas que, en el futuro practicante, pueden interponer una pantalla en su comprensión terapéutica o desviar su conducta en las curas de acuerdo con sus afinidades pasionales.
b) Relación con los pacientes en el momento de los controles, cuyas necesidades reglarán la intervención del psicoanalista especializado en esta práctica. La costumbre se atiene a sesiones semanales en forma de seminarios.
Esta experiencia no puede asociarse de entrada a la primera, porque se producirían interferencias de resistencia y de transferencia que se registran con demasiada frecuencia cuando el sujeto debe realizar terapéuticas analíticas degradadas (narcoanálisis, psicodrama, etcétera), impuestas por sus funciones psiquiátricas.
Pero, cuando el sujeto es capaz de comenzar los controles, tanto el progreso de los mismos, como el de su propio análisis, se ven igualmente favorecidos por una coexistencia lo más prolongada posible.
c) Relación, por último, con el pensamiento de Freud, que, por mantenerse con un rigor perfecto en el nivel de los hechos que ha descubierto, aún sigue siendo la medida, tanto de los desarrollos legítimos que hicieron sus discípulos, como de los préstamos, bien o mal comprendidos, que se han tomado de él desde todos lados, de manera más o menos vergonzante.
Por eso, si bien no se deben prohibir las lecturas individuales, pese al pretexto que puedan encontrar en ellas ciertas resistencias previas al didáctico, y aunque los cursos teóricos deban frecuentarse en el orden de indicación establecido por la Comisión de Enseñanza, se debe introducir al alumno, previamente a los controles, en el seminario de textos.
Ese seminario se efectúa en forma de mesa redonda en torno de un psicoanalista calificado por sus conocimientos para utilizar los recursos que ofrece el comentario oral a los efectos del mantenimiento de una tradición viviente en la evolución de las ideas.
2. a) Se ve así el sentido que hay que dar al término, tan a menudo incomprendido, de ortodoxia freudiana, que en modo alguno es una teoría coagulada en dogmas, sino más bien su relación con una técnica pura, que respeta todo el registro de la personalidad sin eludir ninguna de sus antinomias.
b) La Comisión de Enseñanza interviene doctrinalmente como custodio de esta técnica.
A ella corresponde ordenar las indicaciones que dispensa a los candidatos sobre las profesiones magistrales de psicología freudiana que se les proponen en determinadas cátedras de la Facultad. c) La Comisión también refiere a ella sus apreciaciones sobre las técnicas derivadas que se multiplican, y que, por justificarse más o menos en la economía de la actividad del médico, sólo podrían ser empleadas sin peligro de desastre por aquellos a quienes la técnica ortodoxa permite comprender correctamente sus incidencias en la economía psíquica del paciente.
3. La técnica también es su guía en los problemas propios del psicoanálisis de niños.
a) Desde luego estamos lejos de la época en que esta práctica parecía exigir tan sólo una formación abreviada. Muy por el contrario, exige la más completa integración de los datos analíticos, tanto por la flexibilidad técnica que requiere, como por los problemas que plantean los modos de comunicación propios del niño.
b) El candidato a la especialización infantil del análisis no sólo debe dominar, para someterlas a su propósito analítico, toda clase de disciplinas psicológicas exógenas; se le solicitan sin cesar invenciones técnicas e instrumentales que hacen de los seminarios de control, así como de los grupos de estudio de psicoanálisis infantil, la frontera móvil de la conquista psicoanalítica.
c) Es deseable que la Comisión de Enseñanza participe en la coordinación de esos estudios.
Recordará allí de modo útil que en el adulto se descubrieron las relaciones significativas que conmovieron nuestra idea del niño, antes de ser verificadas por una nueva observación y por aplicaciones terapéuticas, incluso pedagógicas, de una extensión imprevista.
Para mantener en su justeza la vía fecunda del pensamiento freudiano, basta con modificar muy poco una frase de Aristóteles que dice (De anima 408 b.13) "que no hay que hacer la pregunta de cómo el alma del niño tiene piedad, aprende o piensa", sino formularse ese interrogante respecto del "hombre" con el alma del niño".



* Son las que pertenecen a la enseñanza superior, como por ejemplo la Escuela Normal Superior. [T.]

domingo 12 de octubre de 2008

Omar Acha. "Freud y el problema de la historia" (Prometeo, Bs.As, 2008)

La construcción del psicoanálisis implicó la elaboración de un nuevo concepto de historia. Omar Acha piensa que ese concepto no puede carecer de consecuencias para la disciplina de la Historia. Para abrir el campo de un diálogo entre la historiografía y el psicoanálisis (una conversación fracasada a lo largo del siglo XX), reconstruye en este libro los caminos recorridos por Freud en el cruce entre la clínica psicoanalítica y la imaginación histórica. La tesis interpretativa que guía esta reconstrucción sostiene que Freud osciló entre dos conceptos de historia. El primero lo vinculó al evolucionismo del siglo XIX, cargado de un sentido del desarrollo individual y de la especie. Ese horizonte temático fue labrado en el terreno de lo patológico y lo científico. El drama de ese concepto enfrentaba en el sujeto a la pulsión sexual con las normas sociales. El segundo concepto de historia, orientado primero por el trauma y el retorno de lo reprimido, fue pronto matrizado por la repetición y la pulsión de muerte. Este aspecto entraba en aguda contradicción con el evolucionismo. Del antagonismo entre ambas caras de una cambiante investigación emergió la búsqueda de una explicación del proceso histórico de la cultura. En realidad, ambas indagaciones (la clínica y la histórica) constituyeron dos aspectos dialécticamente relacionados. El autor asevera que una elucidación de la imaginación histórica en Freud es imprescindible para comprender su pensamiento. Pero también afirma que esa idea de la historia debe ser revisitada para entablar nuevamente el diálogo trunco con el conocimiento histórico.

Indice:

Prólogo
Capítulo 1: Razón freudiana y concepto de tiempo
Capítulo 2: Evolucionismo
Capítulo 3: Imaginar la historia
Capítulo 4: La herencia inmaterial
Capítulo 5: El psicoanálisis, la historiografía, la cultura
Bibliografía

Omar Acha es profesor en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires e investigador del CONICET en el Instituto de Historia Argentina y Americana "Dr. Emilio Ravignani". Sobre temas históricos y teóricos ha publicado El sexo de la historia (2000), Cuerpos, géneros e identidades (2000), La trama profunda (2005) y La nación futura (2006). Obtuvo su doctorado en historia en la UBA y en la École des Hautes Etudes en Sciences Sociales, cuya tesis se publicará próximamente con el título de Crónica sentimental de la Argentina peronista. Pertenece al consejo editorial de Nuevo Topo. Revista de historia y pensamiento crítico. -->

Tomás Segovia recibe el premio "García Lorca"

Segovia, de 81 años y nacido en Valencia, fue elegido por mayoría tras una deliberación que se ha prolongado durante cerca de una hora y media en el Palacete de Quinta Alegre de Granada. El alcalde de la ciudad y presidente del jurado, José Torres Hurtado, trasmitió en una rueda de prensa la "satisfacción" del poeta, a quien le comunicaron por teléfono la concesión del galardón. El escritor Francisco Brines, ganador de este certamen el año pasado y miembro del jurado en representación de la Huerta de San Vicente, ha considerado a Segovia como "un poeta erótico verdaderamente bueno", y ha asegurado que, con la concesión de este galardón, la poesía española "lo reconoce oficialmente". Por su parte, la presidenta de la Fundación García Lorca, Laura García Lorca, subrayó la "riqueza" de la obra del galardonado, quien al ser español y latinoamericano representa una poesía "de ida y vuelta que hace ver a España desde el otro lado". Sobre este aspecto también se refirió la representante de la Casa América, Julia Escobar, quien ha apuntado que Segovia "se formó fuera y lo ha devuelto todo a España". Al comienzo de la Guerra Civil, Segovia emigró con nueve años a Francia, desde donde viajó posteriormente a Marruecos y después a México, su país de adopción y en el que ha vivido la mayor parte de su vida. Fue profesor de la Universidad de Princeton, director de numerosas revistas literarias americanas y europeas, y distinguido con premios como el Octavio Paz, uno de los más importantes de Latinoamérica. Hasta este año el premio -el de mayor dotación económica en poesía- había recaído en dos españoles (Ángel González y Francisco Brines) y dos latinoamericanos (José Emilio Pacheco y Blanca Varela).

Tomás Segovia nació en Valencia, en 1927. A los nueve años de edad emigró con su familia a Francia, luego a Marruecos y posteriormente a México, su país de adopción, donde residió la mayor parte de su vida. Estudió filosofía y literatura en la Universidad Autónoma de México y en el año de 1957 ingresó como profesor de la UNAM, donde dirigió la Revista Mexicana de Literatura. Publicó sus primeros poemas en 1950 obteniendo una beca Guggenheim. Fue profesor de la Universidad de Princeton y director de importantes revistas americanas y europeas.Ha escrito una veintena de libros de poesía entre los que se cuentan, «La luz provisional» en 1950, Apariciones en 1957, Cuaderno del nómada en 1978, Cantata a solas en1985, Lapso en 1986, Noticia natural en 1992 y finalmente en 1996 Fiel imagen. Obtuvo los premios Xavier Villaurrutia en 1972, Magda Donato en 1974, Alfonso X de Traducción en 1982, 1983 y 1984 y Octavio Paz en el año 2000.

Y sí, además, es el traductor de los "Escritos" de Jacques Lacan.

sábado 11 de octubre de 2008

ANTICIPO.Roger Chartier. "Escuchar a los muertos con los ojos" (Ed. Katz, 2008)

Al romper el antiguo lazo anudado entre los textos y los objetos, entre los discursos y su materialidad, la revolución digital obliga a una radical revisión de los gestos y las nociones que asociamos con lo escrito. A pesar de la inercia del vocabulario que intenta domesticar la novedad denominándola con palabras familiares, los fragmentos de textos que aparecen en la pantalla no son páginas, sino composiciones singulares y efímeras. Y, contrariamente a sus predecesores, rollos o códices, el libro electrónico no se diferencia de las otras producciones de la escritura por la evidencia de su forma material.

La discontinuidad existe incluso en las aparentes continuidades. La lectura frente a la pantalla es una lectura discontinua, segmentada, atada al fragmento más que a la totalidad. ¿Acaso no resulta, por este hecho, la heredera directa de las prácticas permitidas y suscitadas por el códice? En efecto, este último invita a hojear los textos, apoyándose en sus índices o bien a "saltos y brincos" como decía Montaigne. El códice invita a comparar diferentes pasajes, como lo quería la lectura tipológica de la Biblia, o a extraer y copiar citas y sentencias, así como lo exigía la técnica humanista de los lugares comunes. Sin embargo, la similitud morfológica no debe llevar al engaño. La discontinuidad y la fragmentación de la lectura no tienen el mismo sentido cuando están acompañadas de la percepción de la totalidad textual contenida en el objeto escrito, que cuando la superficie luminosa que muestra los fragmentos de escritos no deja ver inmediatamente los límites y la coherencia del corpus de donde se los extrajo.

Los interrogantes del presente hallan sus razones en estas rupturas decisivas. ¿Cómo mantener el concepto de propiedad literaria, definido desde el siglo XVIII a partir de una identidad perpetuada de las obras, reconocible más allá de cuál fuera la forma de su publicación, en un mundo donde los textos son móviles, maleables, abiertos, y donde cada uno puede -como lo deseaba Michel Foucault en el momento de empezar su lección inaugural aquí- "encadenar, proseguir la frase, alojarse sin ser advertido, en sus intersticios"? ¿Cómo reconocer un orden del discurso, que fue siempre un orden de los libros o, para decirlo mejor, un orden de lo escrito que asocia estrechamente autoridad de saber y forma de publicación, cuando las posibilidades técnicas permiten, sin controles ni plazos, la puesta en circulación universal de opiniones y conocimientos, pero también de errores y falsificaciones? ¿Cómo preservar maneras de leer que construyan la significación a partir de la coexistencia de textos en un mismo objeto (un libro, una revista, un periódico) mientras que el nuevo modo de conservación y transmisión de los escritos impone a la lectura una lógica analítica y enciclopédica donde cada texto no tiene otro contexto más que el proveniente de su pertenencia a una misma temática?

[...]La conversión digital de las colecciones existentes promete la constitución de una biblioteca sin muros, donde se podría acceder a todas las obras que fueron publicadas en algún momento, a todos los escritos que constituyen el patrimonio de la humanidad. La ambición es magnífica, y -como escribe Borges- "cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad". Pero, seguramente, la segunda impresión debe ser un interrogante sobre lo que implica esta violencia ejercida sobre los textos, dados a leer bajo formas que ya no son las que encontraban sus lectores del pasado. Se podría decir que semejante transformación no carece de precedentes. Fue bajo la forma de códices, y no en los rollos de su primera circulación, como los lectores medievales y modernos se apropiaron de las obras antiguas o, al menos, de aquellas que pudieron o quisieron copiar. Seguramente. Pero para comprender las significaciones que los lectores han dado a los textos de los que se apoderaron, es necesario proteger, conservar y comprender los objetos escritos que los han transmitido.

[...] Estas cuestiones ya han sido largamente discutidas por los innumerables discursos que intentan conjurar, por su propia abundancia, la desaparición anunciada del libro, de lo escrito y de la lectura. A la admiración ante las increíbles promesas de navegaciones entre los archipiélagos de los textos digitales se le ha opuesto la nostalgia por un mundo de lo escrito que ya habríamos perdido. ¿Pero en verdad hay que elegir entre el entusiasmo y el lamento? Para situar mejor las grandezas y las miserias de las transformaciones del presente, tal vez sea útil apelar a la única competencia de la que pueden jactarse los historiadores. [...]

Escrito y culturas escritas en la Europa moderna

A partir del siglo XV, y seguramente antes, el recurso a lo escrito ha desempeñado un papel esencial en varias importantes evoluciones de las sociedades occidentales. La primera es la construcción del Estado de justicia y de finanzas, que ha supuesto la creación de burocracias, la constitución de archivos, la comunicación administrativa y diplomática. Es verdad que los poderes desconfiaron de lo escrito y que se esforzaron por censurarlo o controlarlo de diversas maneras. Pero también es verdad que han asentado cada vez más el gobierno de los territorios y de los pueblos en la correspondencia pública, el registro escrito, la ostentación epigráfica y la propaganda impresa. [...]

El lazo anudado entre experiencia religiosa y usos de lo escrito constituye otro fenómeno esencial. Las huellas dejadas por las escrituras inspiradas son numerosas: autobiografías espirituales y exámenes de conciencia, visiones y profecías, viajes místicos y relaciones de peregrinaciones, plegarias y conjuras. En tierra católica, aunque no solamente, estos testimonios de la fe no dejaron de inquietar a las autoridades eclesiásticas que intentaron contenerlos o -cuando creían que excedían los límites de la ortodoxia- prohibirlos y destruirlos.

La imposición de nuevas reglas de comportamiento, exigidas por el ejercicio absolutista del poder, formuladas por los pedagogos o los moralistas, difundidas por las instrucciones nobiliarias o los tratados de urbanidad, también se ha apoyado en lo escrito. Esta transformación profunda de la estructura de la personalidad, designada por Norbert Elias como un largo proceso de civilización, que obliga al control de los afectos y al dominio de las pulsiones, al alejamiento de los cuerpos y la elevación del umbral del pudor, ha mudado los preceptos en conductas, las normas en habitus , los escritos en prácticas.

En fin, en el transcurso del siglo XVIII, las correspondencias, las lecturas y las conversaciones letradas fueron las que fundaron la emergencia de una esfera pública, primero estética, luego política, donde se discutieron y sometieron a examen todas las autoridades; la de los doctos, clérigos o príncipes. En ¿Qué es la ilustración? , a partir de la confrontación de opiniones razonadas y proposiciones reformadoras que posibilita la circulación de lo escrito, Kant erige el proyecto y la promesa ilustrada donde cada uno, sin distinción de estado o condición, podrá ser, a su turno, lector y autor, erudito y crítico.

Trazadas a grandes rasgos, estas evoluciones no son iguales en toda Europa ni implican del mismo modo la corte y la ciudad, los letrados y lo popular o, como se habría dicho en el Siglo de Oro, el "discreto" y el "vulgo". [..] De la proliferación de acepciones de la palabra "cultura", retengo una, aunque provisoria: aquella que articula las producciones simbólicas y las experiencias estéticas sustraídas a la urgencia de lo cotidiano, con los lenguajes, los rituales y las conductas gracias a los cuales una comunidad vive y reflexiona su vínculo con el mundo, con los otros y con ella misma.

¿Qué es un libro?

[...] En 1796, Kant formula la interrogación en la "Doctrina del Derecho" de la Metafísica de las costumbres . Establece una distinción fundamental entre el libro como " opus mechanicum ", como objeto material, que pertenece a su comprador, y el libro como discurso dirigido a un público, que sigue siendo propiedad de su autor y que sólo puede ser puesto en circulación por sus mandatarios. Con el objetivo de denunciar la ilegalidad de las ediciones piratas en la Alemania de su época, la constatación de la doble naturaleza del libro, material y discursiva, ofrece un sólido punto de apoyo para varias investigaciones.

Las unas, genealógicas y retrospectivas, se asociarán a la historia larga de las metáforas del libro, no tanto de aquellas que designan el cuerpo humano, la naturaleza o el destino como un libro -Curtius lo ha dicho casi todo al respecto- sino más bien de aquellas que consideran el libro como una criatura humana, dotada de cuerpo y alma. En la España del Siglo de Oro, la metáfora presenta, para fines muy diversos, dos figuras en espejo: la figura de Dios impresor, que ha puesto su imagen en la prensa para que "saliesse conforme à la que avia de tomar" y que "quiso juntamente alegrarse con tantas, y tan varias copias de su mysterioso Original", como escribe el abogado Melchor de Cabrera en 1675; y la figura del impresor demiurgo, que da la forma corporal que conviene al alma de su criatura.

[...] Otras investigaciones, basadas en la distinción de Kant, desandarán el curso del tiempo a partir de la paradoja fundadora de la propiedad literaria, formulada de diversas maneras a lo largo del siglo XVIII. En efecto, sólo cuando las obras escritas fueron separadas de toda materialidad particular, las composiciones literarias pudieron ser consideradas como bienes inmuebles. De allí, el oxímoron que lleva a caracterizar al texto como una "cosa inmaterial". De allí, la separación fundamental entre la identidad esencial de la obra y la pluralidad indefinida de sus estados o -para emplear el vocabulario de la bibliografía material- entre " substantives " y " accidentals ", entre el texto ideal y trascendente, y las formas múltiples de su publicación. De allí, por último, las vacilaciones históricas, que llegan hasta el presente, en cuanto a las justificaciones intelectuales y a los criterios de definición de la propiedad literaria, puesto que esta última supone que una obra pueda ser reconocida como siempre idéntica a ella misma, cualquiera sea el modo de publicación y transmisión. Este fundamento de la propiedad imprescindible pero transmisible de los escritores sobre sus textos, Blackstone lo situaba en la singularidad del lenguaje y del estilo, Diderot en los sentimientos del corazón y Fichte en la forma siempre única con la que el autor relaciona unas ideas con otras.

¿Qué es un autor?

En todos los casos, se supone una relación originaria e indestructible entre la obra y su autor. Ahora bien, tal vínculo no es ni universal ni inmediato, puesto que si bien todos los textos han sido escritos o pronunciados por alguien, no todos son, sin embargo, asignados a un nombre propio. La constatación estaba en la base de la pregunta formulada por Foucault en 1969 y retomada en El orden del discurso : "¿qué es un autor?". Su respuesta, que considera al autor como uno de los dispositivos dedicados a dominar la inquietante proliferación de los discursos, no agota -me parece- la fuerza heurística de la interrogación. ...sta obliga a renunciar a la tentación que considera implícita e indebidamente como universales categorías cuya formulación o empleo son históricamente muy variables. Dos investigaciones podrán demostrarlo. La primera estará dedicada a la escritura en colaboración (en particular en el caso de las obras teatrales de los siglos XVI y XVII). La frecuencia de dicha práctica se contrastará, por un lado, con la lógica de la publicación impresa, que prefiere el anonimato o el nombre único, y, por otro, con aquella, ya sea literaria o social, que reúne en una única obra los textos de un mismo escritor, a veces acompañados por su biografía; tal como ocurrió con la de Shakespeare en la edición de Rowe en 1709 o la de Cervantes por Mayans y Síscar en la edición londinense aunque en castellano de Don Quijote publicada por Tonson en 1738. Pero no debemos olvidar que a la construcción del autor a partir de la agrupación -se podría decir incluso de la encuadernación- de sus obras (o al menos de algunas de ellas) en un mismo volumen o en un mismo corpus, se opone el proceso inverso, que disemina las obras bajo la forma de cita de extractos.

Muchos ejemplos ilustran esta doble modalidad de la circulación de los textos, comenzando por Shakespeare. Si bien el Folio de 1632 inaugura la canonización del dramaturgo, es a partir de 1600 cuando citas de sus poemas, The Rape of Lucrece y Venus and Adonis , y de cinco de sus piezas aparecen en recopilaciones de lugares comunes, enteramente compuestos a partir de autores que escribieron y escriben en inglés, y no en latín. En el primero, el Bel-vedere , or The Garden of the Muses , se presentan las citas sin atribuirlas a uno de los escritores cuya lista está publicada al comienzo de la obra. En el segundo, intitulado England s Parnassus , los extractos son seguidos del nombre del autor. Este mero ejemplo muestra las contradicciones o vacilaciones de una genealogía de la "función de autor" -para decirlo como Foucault- al tiempo que sugiere ampliar la investigación y reconocer otras formas de fragmentación de los textos en la edad de las obras completas, de los "espíritus" del siglo XVIII, que destilan los textos como perfumes, a los " morceaux choisis " que estructuran las pedagogías escolares.

La segunda investigación se centrará en los conflictos asociados al nombre propio y a la paternidad de los textos en los tiempos anteriores a la propiedad literaria, donde las historias pertenecen a todo el mundo, donde los florilegios de lugares comunes hacen circular ejemplos listos para la reutilización y donde el delito de plagio no está constituido jurídicamente, a diferencia del delito de piratería editorial, definido como la violación de un privilegio de librería o de un " right in copy ". Desde entonces, ¿cómo comprender las polémicas sobre las continuaciones apócrifas (pensemos en la de Don Quijote a cargo del malvado Avellaneda), o las quejas contra las usurpaciones de la identidad de autores famosos a fin de vender obras escritas por otros (Lope de Vega se lamenta de esto cuando ve su nombre utilizado por editores que publican comedias que no son suyas y a las que juzga detestables), o incluso las condenas morales de los ladrones de textos, obras de teatro o sermones, que utilizaban las técnicas de la memoria y, en Inglaterra al menos, uno de los métodos estenográficos en circulación desde fines del siglo XVI?

Responder a tales preguntas supone [...] cruzar los principios que rigen el orden de los discursos de forma diversa según las épocas, con los reglamentos y las convenciones que, también diversamente, gobiernan el orden de los libros o, más en general, el régimen de la publicación de lo escrito. Así podrían trazarse los límites entre lo que era o no aceptable en una situación histórica donde la propiedad de las obras no descansaba prioritariamente en el autor y donde la originalidad no constituía el criterio esencial que gobernaba su composición o su apreciación.

[Traducción: Laura Fólica]

jueves 9 de octubre de 2008

Importante reedición de un clásico de Jean Allouch. "Marguerite, o la Aimée de Lacan" (El cuenco de Plata, Bs.As, 2008)

Click en la imagen para más información.

Nobel de Literatura para Jean-Marie Gustav Le Clézio


El francés Jean-Marie Gustave Le Clézio fue distinguido hoy con el Premio Nobel de Literatura 2008, según difundió en un comunicado la Academia Sueca, responsable de la máxima distinción del mundo literario. "(Nos decidimos) por Le Clézio porque es un "escritor de la ruptura, la aventura poética y el éxtasis sensual. Es un explorador de la humanidad más allá y por debajo de la civilización reinante", explicaron las autoridades del Comité Nobel desde Estocolmo.Con sus novelas críticas con la civilización y en parte autobiográficas en torno a mundos hundidos y alejados, J.M.G. Le Clézio, de 68 años, se convirtió en uno de los escritores más significativos de la actualidad.Entre las obras más destacadas del autor nacido el 13 de abril de 1940 en Niza figuran El africano (2004), Onitsha (1991), y la espléndida novela Urania (2006) Ecuador (1929Hijo de una francesa y un médico inglés, que en parte trabajó para el gobierno británico en Nigeria, estudió literatura y tras terminar sus estudios dio clases en Bristol, Londres y Aix en Provence.
La nota completa en el diario Clarín, haciendo click aquí.

miércoles 8 de octubre de 2008

PABLO PEUSNER. “Esclavo de sus palabras...”.Acerca del plan de publicación oficial del Seminario de Jacques Lacan

En la segunda semana de octubre del año pasado, recibí a través de la lista de la ECF un newsletter que incluía una breve entrevista a Jacques-Alain Miller en el que contaba cómo decidió publicar lo que restaba de los Seminarios de Lacan. Según constaba en el texto, el nuevo formato supondría ciertas novedades: libros que incluirían más de un Seminario, históricos Seminarios que se transformarían en “Anexos” a otros, y una apoyatura en los pequeños libritos de la colección “Paradojas”[i].
En dicho comunicado se presentaba el plan de publicación en francés, por lo que deberíamos nosotros calcular el delay propio que supone llevar a cabo la traducción de dichas versiones. El plan consistía más o menos en lo siguiente:

En noviembre de 2007, vería la luz el Seminario XVIII, “D'un discours qui ne serait pas du semblant”. Junto con él, en la colección Paradoxes aparecería “Le mythe individuel du nevrosé” junto a dos intervenciones inéditas[ii] de las que el texto evitaba decir cuáles eran. Efectivamente, el libro apareció cercanamente a la fecha anunciada, aunque su depósito legal había sido hecho en octubre de 2006 y la revista francesa Lire (una revista especializada en los movimientos del mundo editorial) había ya publicado una reseña de ambos volúmenes con fotos de tapa en noviembre de 2006.
Siempre según el comunicado de JAM, en abril de 2008, aparecería el Seminario XIX, “... ou pire”. Éste incluirá en anexo las últimas cuatro de las siete intervenciones que conformaron el seminario titulado “El saber del analista”. Las tres primeras, serían publicadas en la colección Paradoxes bajo el título “Je parle aux murs” (“Hablo a las paredes”) libro que aparecería conjuntamente a la edición del Seminario. Ciertamente la editorial du Seuil anunció la aparición de ambos libros en su newsletter del mes de abril: aunque sin dar a conocer las imágenes de tapa, podían leerse los textos de contratapa de ambos volúmenes. Las librerías electrónicas[iii] tomaban pedidos por anticipado para dichos libros y anunciaban la aparición para el 10 de abril de 2008[iv]. Unos días después, inexplicablemente, la fecha de aparición se modificó para el 12 de julio. Actualmente los libros figuran como "Définitivement indisponible" (lo más curioso es que en Alapage.com, ambos libros están catalogados bajo el género de “ciencia ficción”).
Entonces, ya con cinco meses de retraso en función de los tan celebrados anuncios, cuesta mucho más creer en lo que sigue:
Sin precisiones de fechas, se anunciaba que seguirían los Seminarios XXI (“Les Non-dupes errent”) y XXII (“RSI”), los que se publicarían en un solo volumen. O sea que, por primera vez, dos seminarios serán publicados en un único libro. JAM lo fundamentaba afirmando que se trata de “un mismo esfuerzo de Lacan, que prosigue con continuidad a lo largo de los dos años: son los mismos nudos, la misma reflexión. Es el gran momento borromeo de Lacan, será mejor comprendido sin duda si todo es leído conjuntamente”. El libro de Paradoxes que supuestamente acompañará a esta edición tan especial se titulará “Aux confins du Séminaire” (“En los confines del Seminario”) e incluirá tres materiales: “Las notas de los oyentes del seminario sobre El Hombre de los Lobos”, el seminario llamado “Disolución” y “El Seminario de Caracas”.
Más tarde aún, seguirá un libro que incluirá a los seminarios XXIV (“L'insu...”) y XXV (“Le moment de conclure”) conformando el cuerpo principal del libro. Como anexo, se adjuntarán los escasos textos que corresponden al seminario “Topologie et temps” (que, de paso, descubrimos que ha dejado de ser numerado como el seminario XXVI) y una conferencia tardía titulada “Objets et représentation”.
Para terminar, el texto afirmaba que estaban ya establecidos, aunque faltaba pulirlos en buena medida, los seminarios IX y VI.

Por supuesto que, como ya he escrito en muchas ocasiones, no hemos esperado que estos libros aparecieran oficialmente para estudiarlos. Sin embargo, en el mundo editorial siempre se agitan las aguas ante la edición de los materiales “establecidos”. Algunos psicoanalistas no dudan en afirmar que aparte de “establecidos” estos textos resultan “empobrecidos” a través del establecimiento. No obstante, y en función del incumplimiento de los plazos anunciados, leer que todo el proyecto estará listo en el año 2010 hace pensar bastante en la ciencia-ficción (digo, para parafrasear el extraño error de la librería electrónica ya nombrada).
Ojalá el plan editorial resulte cierto. Cada uno sabrá si le interesa o no estudiar estas versiones. Pero de lo que no hay duda, es que deben estar al alcance de todos para que quienes así lo queramos podamos evaluarlas e incluirlas en ese circuito tan necesario para leer a Lacan: el circuito que todo el tiempo nos recuerda que liber enim, librum aperit...


NOTAS
[i] La idea central era la aparición conjunta de un seminario y un libro de dicha colección.
[ii] Ya he realizado una reseña de este volumen que ha sido publicada en este mismo espacio en abril de 2008 bajo el título “Tres textos, tres fechas, tres lugares y un solo Lacan” (Imago-Agenda Nº 118).
[iii] Me refiero a las dos que habitualmente utilizo: Alapage y Amazon.
[iv] Mi traducción de los textos de contratapa pueden leerse en http://elpsicoanalistalector.blogspot.com/ en el post del 1º de abril de 2008.

martes 7 de octubre de 2008

Gustavo Santiago. "Intensidades filosóficas" (Paidós, Bs.As.,2008)

Intensidades filosóficas pretende ser, antes que el título de un libro, una expresión que dé cuenta de un modo particular de acercarse a la filosofía.
Siguiendo la propuesta de Deleuze de considerar los libros como “máquinas de intensidades”, lo que aquí se busca es que entre el lector y el libro se produzca la circulación de algo intenso, potente, que promueva una doble introducción: del lector en el mundo de la filosofía, y de la filosofía en el mundo del lector.
Desde esta perspectiva Gustavo Santiago explora algunos componentes vitales de la producción de cinco pensadores centrales de la filosofía occidental: Sócrates, Epicuro, Spinoza, Nietzsche y Deleuze. Su propósito no es realizar exposiciones completas y acabadas de la teoría de cada filósofo, sino señalar algunas “zonas de intensidad” que puedan interesar al lector actual: la construcción de uno mismo, el placer, la ética, el lenguaje, el poder, por mencionar sólo algunas de ellas. Ante estas cuestiones, Santiago presenta hipótesis provocativas, por momento arriesgadas, con las que elude los lugares comunes de los clásicos manuales de filosofía. Se trata, en definitiva, de un texto que –con clara presencia de las voces de los propios filósofos a través de abundantes citas – propicia un ingreso intenso al corazón mismo de la filosofía.
Gustavo Santiago (Buenos Aires, 1967) es Profesor de Filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Desde 1994 coordina talleres de introducción a la filosofía en centros culturales, librerías y cafés de Buenos Aires. Es formador de docentes y asesor de instituciones educativas en enseñanza de la filosofía. Colabora habitualmente en medios periodísticos en temas relacionados con la filosofía y la educación. En dos oportunidades (2002 y 2004) sus libros recibieron Mención de Honor en el Premio Mejor Libro de Educación otorgado por la Fundación El Libro. Ha escrito numerosos artículos para revistas especializadas y de divulgación en América Latina y España

lunes 6 de octubre de 2008

NOVEDAD. Marc Darmon. "Ensayos acerca de la topología lacaniana" (Letra Viva, Bs.As. 2008)



Prefacio a la edición española

¿De qué depende el genio de una lengua, sino de la textura (étoffe) que le es propia?
Su “textura” quiere decir su gramática y el tejido de sus significantes, según las operaciones metafóricas y metonímicas efectuadas por las generaciones que han hablado esa lengua o que han sido habladas por ella.
Pero el término étoffe que aquí hace metáfora de la lengua se revela según mi traductor[1] como sin equivalente satisfactorio en español, ya que el término que fonética y etimológicamente le resulta más cercano, es raro y tiene una connotación muy diferente a la del término francés.
Esta metáfora de la textura es sin embargo esencial a nuestro objeto, ¡es el objeto mismo!
Me explico: la metáfora de la textura es tomada en préstamo por Lacan[2] a Damourette y Pichon quienes oponían la persona densa (étofée), el moi gramatical, a la persona sutil, el je del shifter. Lacan transpone esta metáfora y la aplica con mayor precisión al sujeto: el fantasma es “la textura” de ese je evanescente de la enunciación. Más precisamente, en el fantasma “la textura” del sujeto es el objeto a, el dobladillo sin ser por eso su envés. Algo que permite la topología del cross-cap o de la botella de Klein.
La textura es la materia misma de las superficies topológicas de las que nos ocuparemos. Pero las imágenes de las superficies que se hallarán en esta obra, ¿no son ya, en sí mismas, metáforas? Es lo que Lacan sostiene por un tiempo en L’Étourdit[3]. En este texto, sin el apoyo de figura alguna, presenta su topología como “la textura” misma del discurso psicoanalítico. Pero de esa topología rápidamente lamenta dar una imagen aunque fuera con su discurso, ya que hubiera podido escribirla de una manera puramente algebraica: “ninguna otra textura para darle que ese lenguaje de puro matema”.
En suma, la textura es la metáfora de la superficie topológica cuya imagen presenta y enmascara a la vez al álgebra, el puro matema.
La textura muestra y esconde simultáneamente la relación del significante consigo mismo, y reenvía al falo (cf. la villa de los Misterios). En un texto acerca de la feminidad, Freud no duda en enunciar la idea incidental según la cual el vello púbico de la mujer en tanto que esconde lo que ella no es, ha sido el origen de la invención femenina del tejido y del trenzado[4].
Lo que la textura muestra, nos dice Lacan en R.S.I., es al fin de cuentas la cuerda, el tejido, el texto de la trama, una escritura de nudos y de cadenas.

La traducción de la fórmula il n’y a pas de rapport sexuel, también presenta una interesante dificultad.
Lacan era un inventor, su trabajo sobre la lengua, como el de los escritores y el de los poetas, ha tenido efectos sobre el propio tejido lenguajero. No sólo creaba neologismos sino sobre todo, retorcía los significantes hasta el momento recibidos de una cierta manera para alcanzar los que llama un pas-de-sens (un sin-sentido o un paso-de-sentido).
Es así que cuando resulta lanzada la fórmula il n’y a pas de rapport sexuel, esta choca contra la evidencia misma, puesto que cada quien sabe que hay coitos y que la expresión rapport sexuel es el término médico para designarlos. Sin embargo cuando esta fórmula es retomada por los alumnos de Lacan, se les vuelve posible afirmar sin paradoja que “hay relaciones sexuales, pero no hay proporción sexual”. Así es como la expresión relation sexuelle ha venido a sustituir a la expresión rapport sexuel, y esta separación entre ambos significantes produce una diferencia, un efecto de sentido.
Pero en español sólo existe el término “relación” con sus connotaciones y sus diversas vecindades en la textura de la lengua.
¿Cómo comprender la fórmula il n’y a pas de rapport sexuel?
Una manera de aproximarse a ella consiste en partir de las palabras de Lacan en el seminario Encore: “no hay goce del Otro”. En efecto, no hay goce del Otro en el sentido del genitivo objetivo. No hay goce del cuerpo del Otro, resulta imposible englobarlo totalmente, fagocitarlo, no se lo atrapa –como dice Lacan– sino en pequeños fragmentos.
Pero lo que hace obstáculo al goce del Otro no es solamente una imposibilidad física, ese obstáculo está constituido por el goce fálico mismo. Este goce fálico, es el que el lenguaje organiza. El hecho de que el significante falle en la captura del objeto conlleva una repetición indefinida del golpe significante, por lo que el goce fálico está condenado al infinito[5].
Al inicio del seminario Encore[6], Lacan ilustra la topología del goce fálico mediante la paradoja de Aquiles y la tortuga propuesta por Zenón. El poderoso Aquiles deja a la tortuga una cierta ventaja y se lanza en su persecución, cuando él haya recorrido la distancia correspondiente a dicha ventaja, la tortuga habrá logrado una nueva ventaja, ciertamente pequeña, pero ella no estará en el mismo sitio, y el razonamiento prosigue así hasta el infinito, por lo que Aquiles jamás atrapará a la tortuga. Obviamente se trata de una metáfora de la relación (rapport) sexual, aquí el término “relación (rapport)” brinda a la expresión su dimensión matemática, la de una proporción entre dos números.
En cada etapa la tortuga mantiene una ventaja que está vinculada de cierta manera con la carrera de Aquiles. No hay relación (rapport) en el sentido de que el punto de encuentro es un límite que no resulta alcanzable por una suma finita de proporciones.
Obviamente, se trata de un sofisma absurdo, puesto que sabemos que Aquiles atrapará a la tortuga y que la superará velozmente. Pero Lacan retoma la paradoja de otro modo diciendo que Aquiles no se encuentra con la tortuga ya que no la alcanza, sino que la sobrepasa. Así es como asimila el punto de encuentro con un número real, al modo de la raíz cuadrada de dos.
Este número real solamente puede resultar enmarcado por los números racionales, ya sean más pequeños o más grandes. Pero como tal, ese número real es inaccesible por medio de una relación entre números enteros. Sólo hay relación en la infinitud, en la medida en que ese número real está definido como un límite en una serie infinita.
Hay otro abordaje matemático para la ausencia de la relación sexual en el que se encuentra la inaccesibilidad propia de lo infinito en lo finito, al que Lacan hace alusión en el seminario... Ou pire[7] y también en su texto L’Étourdit: se trata de la inaccesibilidad del dos. El infinito actual, el aleph cero de Cantor es inaccesible porque sumando o multiplicando un número finito de números naturales finitos, jamás se lo alcanzará. Pero apoyándose en Gödel[8], Lacan nos dice que el mismo mecanismo es el que funciona en el dos, el dos es inaccesible si se parte de los números más pequeños que él. En conclusión, la falla entre los números naturales y el infinito ya existe a nivel del dos.
La ausencia de la relación sexual (rapport sexuel), de la relación entre ellos (d’eux) es formalizable por la inaccesibilidad del dos (deux).
Sin embargo, objeta sintomáticamente un filósofo[9]... ¡todos saben que 1+1=2! Así, desupone ese saber elemental en Lacan, sin darse la oportunidad de extender la mano hacia su biblioteca[10] y verificar la referencia gödeliana totalmente explícita.
Es para tratar la hipótesis del continuo que Gödel evoca los números inaccesibles de los que da una definición muy precisa.
Rápidamente, decimos que se trata de obtener un número a partir de números más pequeños mediante operaciones de suma, producto o potenciación. Pero se trata de obtener ese número sin poseerlo anticipadamente, es decir sin poder adicionar o multiplicar un número de términos o de factores igual o superior a aquel.
Así resulta claro que el infinito actual aleph cero, es inaccesible, pero que todos los números naturales a partir del 2 son accesibles, como 3= 2+1, 4 = 22, etc.
Pero es imposible obtener el 2 adicionando o multiplicando menos de dos términos o a partir de dos factores inferiores a 2, ya sea 0 ó 1.
Contrariamente, en el dominio finito, sólo el 0 y el 2 son inaccesibles en sentido fuerte, puesto que si no se plantea 0 este no puede ser obtenido partiendo de números más pequeños.
En cuanto a 1, este resulta accesible en sentido fuerte, en efecto: 00 = 1, cero a la cero es igual a 1. Es decir que 1 es el resultado de una multiplicación extravagante[11], puesto que el número de los factores es inferior a uno, ¡siendo cada factor en sí mismo inferior a uno!
Señalemos una vez más que los números –es decir eso que en lo Simbólico está más cerca de lo Real–, y los cálculos, se transmiten de una lengua a otra sin dificultad de traducción, y que es verdad que esto ocurre al precio de la reducción de toda significación.

Paris, Junio de 2008
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NOTAS
[1] Agradezco a Pablo Peusner por su excelente trabajo y por sus valiosos señalamientos, así como a mi amiga Virginia Hasenbalg quien desplegó gran energía para concretar la realización de esta traducción. Acerca de la dificultad del término rapport sexuel, véase Carlos Herrera, “Lettre à Marc Darmon”, en el sitio www.freud-lacan.com
[2] Jacques Lacan. Écrits, p. 809; p. 816; p. 818, Seuil, Paris, 1966.
[3] Jacques Lacan. L’Étourdit, Scilicet 4, Seuil, 1973.
[4] Sigmund Freud. La féminité, 1932, p. 216. Oeuvres Complètes, PUF, Paris, 1995.
[5] Jacques Lacan. “Subversion du sujet et dialectique du désir... ”, en Écrits, Seuil, Paris, 1966, p. 822.
[6] Jacques Lacan, Encore, 21/11/ 1972.
[7] Jacques Lacan, ... Ou pire, 10/5/1972 y L’Étourdit, op.cit. p. 24, p. 34 y p. 50. “Porque lo que se profiere del decir de Cantor, es que la serie de los números no representa ninguna otra cosa en el transfinito más que la inaccesibilidad que comienza con el dos, por lo cual de ellos se constituye lo enumerable infinitamente” (p.4).
[8] Gödel, R. “What is Cantor’s continuum problem? ”, Collected Works, volume II, Oxford University Press, New York, 1990, p.170, p. 254.
[9] Badiou, Alain. Conditions, Seuil, Paris, 1992, pp. 299-301. Luego de haber citado el pasaje de... Ou pire, Badiou comenta: “lo que fascina en ese texto es el entusiasmo con el cual el error deviene un principio de organización de lo pensable”. Y más adelante: “evidentemente no se trata de mover el peón de Lacan, se trata de tomar la medida del síntoma que constituye la provocación por el error, y de proponer para ella una interpretación”.
[10] Badiou, Alain. Le Nombre et les nombres, Des travaux, Seuil,1990, p. 276. Aquí es que Badiou califica al texto de Gödel “What is Cantor’s continuum problem?”de “particularmente lúcido”.
[11] Bourbaki, N.Théorie des ensembles, Éléments de mathématiques, E. 111, 29, Hermann, 1970.

domingo 5 de octubre de 2008

Bodas de plata (Página 12/Radar libros, 5 de octubre de2008)


Por Gabriel Lerman

De Alfonsín a Cristina, de La historia oficial a Historias extraordinarias, del divorcio a la unión civil, entre tantas otras continuidades y rupturas, han pasado 25 años de la vuelta de la democracia en Argentina. Y ha corrido mucha agua bajo diferentes puentes. Esta diversidad de temas, protagonistas, cultura, arte, políticas y sectores sociales es lo que intenta reflejar la colección 25 años, 25 libros, flamante realización de la Biblioteca Nacional y la Universidad Nacional de General Sarmiento. Escritos por una nueva camada de investigadores y de cara a un público amplio, se repasa aquí el devenir de una esperanza que, a pesar de todo, cumple sus bodas de plata.


Para leer la nota completa, hacé click acá.

sábado 4 de octubre de 2008

Alain Badiou. La filosofía y una vida más fuerte que la vida (adn/Cultura, 4 de octubre 2008)


A propósito de su nuevo libro, Lógicas de los mundos (Manantial), segunda parte de su obra mayor, El ser y el acontecimiento, el filósofo francés habla del platonismo, el nuevo período de la "hipótesis comunista" que abrió Mayo del 68 y la política de Sarkozy que busca instaurar muros de miedo, como los que existen entre México y estados Unidos, y entre Israel y los palestinos. Además se refiere a lo que el hombre trasciende al hombre y comenta su frase "La Historia no existe"


(Por María del Carmen Rodríguez, de la Redacción de LA NACION )


El arte -escribe Alain Badiou en su "Esbozo para un primer manifiesto del afirmacionismo"- "debe estar tan sólidamente ligado como una demostración, ser tan sorprendente como un ataque nocturno y tan elevado como una estrella". El tono contundente de esta afirmación es uno de los tantos con que el máximo exponente de la filosofía francesa contemporánea, orador sin par, suele sumir en el más atento de los mutismos a todos sus oyentes. Lo recuerdan, sin duda, quienes asistieron en 2003 -para atenernos sólo a los eventos locales más recientes- a sus charlas y a su seminario "El cine como experimentación filosófica" (publicado en G. Yoel, comp., Pensar el cine 1 , Manantial, 2004) o a sus conferencias de 2004, entre ellas, las dictadas en Rosario (publicadas en Justicia, filosofía y literatura , Homo Sapiens, 2007). Lo disfrutarán quienes se acerquen a escucharlo en la primera semana de diciembre, cuando Badiou nos visite para hablarnos -entre otros temas- de "Filosofía y matemática" y de "Filosofía y política", y para presentar el segundo tomo de su obra mayor, El ser y el acontecimiento (1988; Manantial, 1999), publicado en Francia en 2006 y cuya traducción, Lógicas de los mundos (Manantial), está disponible en librerías desde hace una semana. Más allá del tono, la afirmación de Badiou con respecto al arte podría trasponerse a su propia obra filosófica, cuya novedad y cuya complejidad exigirán una lectura atenta, lápiz en mano, a los lectores deseosos de un pensamiento fuerte. En cuanto a la variedad de sus tonos y a la versatilidad de su lengua, cabe recordar que este gran filósofo cuya obra, por su sistematicidad y su consistencia, podría compararse con la de Hegel, es a la vez matemático, novelista, dramaturgo, militante de terreno y (¿por qué no decirlo?) hombre de armas tomar. Alain Badiou nació en Rabat (Marruecos) en 1937 y pasó gran parte de su infancia y de su adolescencia en Toulouse. Se instaló en 1956 en París, donde hizo sus estudios de filosofía en la ...cole normale supérieure (allí preside hoy el Centre international d étude de la philosophie française contemporaine) y entró de lleno en las primeras manifestaciones universitarias contra la guerra de Argelia, preludio de otras tantas en las que participaría en su tenaz militancia política, entre ellas -por supuesto- las de Mayo del 68, acontecimiento en cuyas consecuencias sigue trabajando. En la etapa decisiva de su formación filosófica tuvo tres maestros: Sartre, Lacan y Althusser. Publicó dos novelas antes de 1969, año en que apareció su primer libro de filosofía, El concepto de modelo, y otra a fines de los años noventa, década en la que desplegó su obra de dramaturgo. Desde 1969 y hasta 1999 fue profesor en la Universidad de París VIII, donde se cruzó más de una vez en los pasillos con Gilles Deleuze, con quien mantuvo una relación alternativamente hostil, amistosa o evasiva sobre la cual se extiende en el primer capítulo de Deleuze, "El clamor del Ser" (1997; Manantial, 2002). El punto de contacto y de cortocircuito entre ambos filósofos supone puntos en común nada desdeñables: ambos permanecen indiferentes al anuncio del "fin de la filosofía" y no rehúyen los desafíos de la metafísica; ambos construyen -cada uno a su modo- una filosofía potente y afirmativa, lo cual los confrontó abiertamente con un enemigo común: los denominados "nuevos filósofos" (entre ellos, Bernard-Henri Lévy y André Glucksmann), mediáticos y consensuales, cuyo pensamiento Deleuze supo calificar de "nulo". Lo que los separa lleva más lejos y remite -como señala Badiou- a dos grandes tradiciones de la filosofía francesa: Deleuze es el portavoz de la tradición "vitalista", que parte de Bergson y en la que se incluyen, digamos, Foucault y Simondon; Badiou, por su parte, se enlista de buen grado en la tradición del idealismo matematizante de Brunschvicg, en la que se eslabonan también, de maneras disímiles, Althusser y Lacan. Si remontamos más lejos, basta con recordar que el proyecto de Deleuze -en la estela de Nietzsche- es "invertir el platonismo", y que Platón es, para Badiou, un referente mayor. Que los medios galos se refieran a Badiou como "nuestro pensador faro de la izquierda radical" marca otro tono: su radicalismo afirmativo, tanto en la acción como en el pensamiento. En esas arenas lidió con otros grandes filósofos (Derrida y Lyotard, por ejemplo) que poblaron, desde los años setenta, el fecundo campo de las ideas en Francia, y que en Petit panthéon portatif ("Pequeño panteón portátil", 2008) se ven hoy cálidamente homenajeados -junto a quienes fueron sus maestros o amigos-, "elevados como estrellas" en esa constelación mallarmeana que reaparece, intermitentemente, en esta obra en que el suelo y el cielo forman más de una conjunción. Alain Badiou concedió generosamente a adn CULTURA esta entrevista, robándole tiempo a su tiempo para responder a algunas preguntas por correo electrónico, y en el punto de llegada de cada respuesta parecía entreverse su inmensa figura cuando el campo de batalla, o la amistad, llama.

para leer la entrevista completa, hacé click aquí.

viernes 3 de octubre de 2008

NOVEDAD. Iona Heath. "Ayudar a morir" (ed. Katz, Bs.As.,2008)

¿Por qué son tan pocas las personas que tienen lo que se calificaría como una buena muerte? Y, antes aun: ¿qué es una buena muerte? ¿Qué forma de morir queremos para nosotros y para nuestros seres queridos? "Compruebo -escribe la doctora Iona Heath- que para muchos una buena muerte es aquella en la que el moribundo puede controlar el proceso y morir con dignidad y calma, y todos los que lo rodean se sienten privilegiados, en cierta forma enriquecidos por la situación". Sin embargo, esas muertes son poco comunes. Son muchos más losque son objeto de manoseo y falta de respeto, los que quedan sumidos en el sufrimiento.Morir es difícil. También es difícil ser médico: presenciar cada día la agonía y tomar conciencia una y otra vez de los límites de la ciencia. Cuando el paciente terminal conoce a su médico, ambos inician una de las tareas más complejas que deberán afrontar. ¿Cómo dialogar con quien está por dejarnos? ¿Cómo acompañarlo sin reducirlo a objeto de un inútil ensañamiento terapéutico? ¿Cómo hacer más suave y digna la transición? A estas preguntas clave responde la autora de un libro tan inteligente como bello. Sus respuestas combinan la experiencia, la empatía y una gran pasión por la literatura. 'Ayudar a morir' es la descripción de un viaje en cuyo trayecto la palabra de poetas, escritores y pensadores echa luz sobre circunstancias de las vidas y las muertes de hombres y mujeres que siempre, de algún modo, son extraordinarias.

Iona Heath nació en Inglaterra, donde estudió medicina. Desde 1975 fue médico generalista en la región de Camden, uno de los suburbios más pobres de Londres. Entre 1998 y 2004 fue presidente del Comité de Ética Médica del Real Colegio de Médicos Generales, que integraba desde 1989. Actualmente, preside el Comité de Ética del 'British Medical Journal'. Entre 1997 y 1999 fue miembro de la Real Comisión para el Cuidado de la Ancianidad, y desde 2004 forma parte de la Comisión de Genética Humana. Entre 1973 y 2003 dirigió el Grupo sobre Desigualdades en Salud.
índice
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Una historia, por John Berger
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MODOS DE MORIR
Introducción
1. La negación de la muerte
2. El don de la muerte
3. Modos de morir
4. Vivos hasta la muerte
5. ¿Cómo es posible morir?
6. El tiempo y la eternidad
7. Lo que el médico necesita
8. Ciencia y poesía
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Doce tesis sobre la economía de los muertos, por John Berger

jueves 2 de octubre de 2008

Se estrena en Francia un telefilme acerca de la vida de Françoise Doltó

La conocida actriz rusa Josiane Balasko (foto) será quien encarne a Françoise Doltó en un telefilme que será difundido por TF1 el lunes 20 de octubre a las 20.50 hs, y que llevará por título "Françoise Dolto, el deseo de vivir".
En la película, ella encarnará a la famosa psiquiatra infantil, de la que este año se celebran los 100 años de nacimiento y 20 desde su muerte. A través de los casos de dos niños rescatados de los campos de concentración, ella inventará una disciplina: el psicoanálisis de niños.

Sinopsis del filme: finalizada la Segunda Guerra Mundial, Claude (de 10 años), hijo de miembros de la resistencia comunista cuya madre ha muerto en Auschwitz, y Ben (de 14 años), hijo de una prostituta y de un mafioso judío enfrentan los demonios que los acosan junto a Françoise Doltó.
Gracias a ella se conocerán, se harán amigos y vivirán juntos una aventura excepcional, luego se separarán para emprender trayectorias opuestas. Asistiremos a través de esos dos casos tratados, pero también a través de aquellos otros niños en grandes dificultades, al trabajo cotidiano de una médica excepcional, inventora de una disciplina: el psicoanálisis de niños.


(Fuente: Télé 2 Semaines - France)


miércoles 1 de octubre de 2008

Seminario de Silvia Migdalek en el Colegio Clínico del Río de la Plata: "Las variantes clínicas de la iniciación del tratamiento".

Duración : 6 reuniones miércoles a las 21 hs
Fecha de inicio: 1 de octubre
Lugar: Callao 741 Piso 1º, Dpto 5

Adrián Paenza. "Logaritmos" (Página 12, edición del 30/9/08)


¿Qué son los logaritmos? ¿Para qué sirven? ¿En qué se aplican?
Quiero contar una breve historia. No estoy seguro de que haya sido exactamente así, pero es un recuerdo distorsionado de mi pasado.
Para fijar las ideas, digamos que tenía entre 7 y 8 años. Mi padre solía charlar conmigo sobre diferentes situaciones de la vida cotidiana. Trataba de interesarme en lo que sucedía a mi alrededor. Vivió (y mi madre también, claro) intentando que mi hermana y yo entendiéramos la importancia de respetar al otro, de ser generosos, solidarios. No sé si lo consiguió, pero ciertamente lo intentó.
Recuerdo que una vez trajo un librito pequeño, con muchas páginas. Cada página tenía muchos números. Muchos. Cada número figuraba en una pequeña tabla. Si la memoria no me traiciona, creo que en el lomo (del libro) decía: “Tablas de logaritmos de Lalande”.
Aunque parezca raro, mi idea, al ver tantos números, era saber si podía descubrir cómo estaban ordenados y qué patrón podía encontrar. Era fácil advertir que estaban dispuestos de menor a mayor, pero ¿qué separaba a uno del siguiente? ¿Cómo hacer para calcular el próximo sabiendo el anterior?
No me daba cuenta de que, si hubiera habido una manera de hacerlo, ¿para qué alguien habría de escribir y publicar un libro sobre el tema? Es decir, si hubiera habido alguna forma de descubrir el número siguiente, conociendo el anterior, no tendría sentido escribir esas tablas. Sería equivalente a que aparecieran publicadas las tablas de multiplicar.
La pregunta obvia era entonces: ¿para qué sirven? ¿Qué son los logaritmos?
Mi viejo me preguntó: “¿Qué es más fácil: multiplicar o sumar?”. Yo contesté lo mismo que usted está pensando: “sumar”.
Luego –como era esperable– vino otra pregunta de mi padre: “¿Qué es más fácil: calcular potencias de números o multiplicar?”, que obtuvo la respuesta obvia: “multiplicar”.
Y eso, aunque parezca una banalidad, es lo que uno tiene que saber si quiere hacer cálculos en forma más sencilla. Obviamente, en la década de 1950 no había calculadoras ni computadoras. Por lo tanto, si uno tenía que hacer operaciones con números grandes (de muchos dígitos), usar logaritmos era la forma de abordarlos.
En esencia, los logaritmos ayudan a multiplicar números de muchos dígitos. Si bien no voy a hacer acá el desarrollo de la teoría de los logaritmos, lo primero que uno aprende de ellos es que si tuviera que multiplicar dos números “grandes”, lo que hace es calcularles el logaritmo a ambos, luego sumar esos logaritmos y, después, se vuelve para atrás (lo que en la escuela se llama “calcular el antilogaritmo”, o bien uno vuelve para atrás con la función exponencial).
Para simplificar, supongamos que uno tiene que multiplicar dos números escritos como potencias de 10. Digamos 105 x 107 . Dicho de otra forma:
100.000 x 10.000.000 (*), o sea, cien mil por diez millones.
El número 5 –que aparece en 105– cuenta la cantidad de “ceros” que tiene el primer número, y de la misma forma el número 7 –que aparece en 107–cuenta el número de ceros que tiene el segundo.
Entonces, si uno calcula los logaritmos de ambos, obtiene 5 y 7. Los suma y obtiene el número 12. “Volver para atrás”, en este caso, significa poner un uno seguido de doce ceros, y por lo tanto, el resultado de multiplicar 105 x 107 = 1012= 1.000.000.000.000.
La cantidad de dígitos que tiene un número indica cuán grande es. Lo que hace el logaritmo de ese número –entre otras cosas– es detectar cuántos dígitos tiene y, por lo tanto, saber qué tamaño tiene.
De esa forma, uno tiene idea del tamaño que tendrá el producto. Después lo podrá calcular con mayor o menor precisión, pero estimar el número de dígitos permite estimar el tamaño del producto.
Por supuesto, los logaritmos tienen múltiples aplicaciones que sería imposible enumerar acá. Pero, al menos ahora, si alguien viene y le pregunta para qué puede servir conocer el logaritmo de un número, usted le puede contestar que tener ese dato permite saber (entre otras cosas) el tamaño del número. Permite también convertir multiplicaciones en sumas y potencias en productos. Se usan para convertir cuentas complicadas en otras mucho más sencillas.
Pero el logaritmo (y su inversa, la función exponencial) también se usa para medir la intensidad de un terremoto (en la escala de Richter), para evaluar cuánto tiempo llevaría la solución de un problema mediante una computadora (lo que se llama estimar la complejidad de un proceso), para describir el decaimiento radiactivo de una sustancia, para medir cómo se expande una enfermedad o cómo crece o decrece una colonia de bacterias, para calcular cómo crece un determinado capital invertido en un banco a un cierto interés, en múltiples ocasiones en ingeniería y física... y la lista continúa. Hasta para medir semitonos en las partituras de música están presentes.
Para todos aquellos que nacimos antes de la era de las calculadoras-computadoras, usar logaritmos y reglas de cálculo era nuestra única salvación. Los usábamos para resolver operaciones larguísimas y cuentas tediosas que, hoy, abordamos con total naturalidad. Lo que pasa es que hoy nos resultan transparentes. Están, sí, pero no se los ve.

(*) 105 = 100.000 y 107= 10.000.000