En una nota fechada el 20 de diciembre de 1976, Élisabeth Geblesco escribe: “Al escribir siento una repulsión tan grande que no sé si podré hacerlo. Me obligo porque pienso que sólo el hecho de que todas las entrevistas sean anotadas le da un valor a lo que escribí hasta ahora, que algún día se insertará en la historia del psicoanálisis; no por sí mismo, sino por lo que se podrá leer más tarde sobre Lacan, en intersección con otras opiniones” (pág. 113, las itálicas son de la autora). ¿Se insertarán estas páginas en la historia del psicoanálisis, tal como ella lo esperaba? Dejo ese trabajo a los historiadores. Es mi intención solamente que este libro se conozca y se lea, y en pocas líneas quisiera justificar mis motivos.
Mucho podríamos discutir y citar acerca de la práctica de la supervisión (me cuesta llamarlo “control” ya que no es un término que se use con frecuencia, al menos aquí, en Buenos Aires). El hecho es que todos los que practicamos como psicoanalistas hemos supervisado un caso al menos una vez. Los formatos seguramente permiten una pequeña clasificación caprichosa: supervisión en transferencia, supervisión sin transferencia (con el supervisor “obligado” en una Institución), supervisión individual, grupal y hasta con el propio analista. Los motivos también suelen ser diversos: porque el caso se trabó, porque ocurrió algo que “dividió” al analista, o por las dudas... Nunca es sencillo y más de una vez nos ha traído problemas –y afirmo esto como supervisando, tanto como supervisor–. Pero hay que leer estas páginas para notar que lo que la autora termina denominando “análisis de control” con Lacan, tuvo un peso subjetivo enorme para ella, y que su testimonio –además de pintar el contexto del “último Lacan”– da cuenta de un esfuerzo por llevar el psicoanálisis hasta el final.
Comencé a leer el libro intentando seguir los avatares de los pacientes de Élisabeth Geblesco, sus intrincadas y difíciles circunstancias (obviamente, ella le relataba a Lacan sus casos más complejos). A esos planteos, Lacan apenas respondía: “Exactamente”, “¡Muy bien!”, “¡Es exactamente eso!”, e interrumpía los encuentros luego de dos, cinco u ocho minutos... (Geblesco festeja cuando Lacan le dedicó un cuarto de hora).
Pero luego de las primeras páginas se me hizo notable que el verdadero asunto, o sujeto más bien, del libro, era su vínculo tan intenso con Lacan; vínculo que la llevó a convertirse en un referente del psicoanálisis en su ciudad, a invitar a Lacan a pronunciar una conferencia allí en noviembre de 1974 (“El fenómeno lacaniano”), y a intervenir numerosas veces en el Seminario, generando un diálogo intenso con Lacan a partir de una serie de cuestionamientos tan profundos como los que pueden leerse a lo largo de sus diarios.
A lo largo de las notas que los componen, su autora muestra los esfuerzos realizados por trabajar con Lacan (esfuerzos económicos, de salud e incluso políticos). Y también, hay que decirlo, por acompañar a Lacan hasta el final, cuando muchos otros lo fueron abandonando –es notable ver cómo el consultorio y el seminario tenían cada vez menos asistentes–.
Las últimas notas hablan de un Lacan enfermo, casi abatido, cuyo estribillo, luego de escasos minutos de conversación se presentaba con un “¿cuándo la veo de nuevo, querida?”, que la obligaba a doblar la apuesta por un encuentro más. Todo el libro habla de cierto sufrimiento: el de los pacientes, el de Élisabeth Geblesco, el de Lacan... hasta que la muerte tornó imposible el reencuentro.
En estos días, en los que andaba con mi ejemplar bajo el brazo, algunos colegas me preguntaron si el libro “estaba bueno”. Yo no podría decir que sí, pero en cambio, debo confesar que lo considero un libro de lectura indispensable, para que cada quien tome posición ante una práctica a la que Lacan fue fiel hasta su muerte. Hablar con Lacan, hablarle a Lacan, parece, ha sido una experiencia notable para casi todos sus interlocutores, de la que todos han testimoniado salir profundamente transformados. Este libro es un testimonio de esa transformación y por eso, humildemente sugiero que debe ser leído. Al fin y al cabo es un libro, otro libro; y siempre liber enim, librum aperit...
PP.
