lunes, 30 de agosto de 2010

PABLO PEUSNER. "Otro Schreber más"



No olvidemos, en efecto, que fuera de este texto

Freud nada supo del “caso Schreber”.

Jacques Lacan

“En un año indeterminado durante el reinado de Federico II de Prusia, la admirable estructura del Orden del Mundo sufrió un desgarramiento...”.

Así podría comenzar cualquier novela gótica u ocultista. También, podría tratarse de las primeras líneas de un nuevo libro de Dan Brown. Pero no: se trata de las palabras iniciales de un libro inclasificable del italiano Roberto Calasso, aparecido en 1974, cuyo título reza “El loco impuro”. Tengo ante mí un ejemplar de la primera edición realizada en Buenos Aires, en 1977, por la editorial Marymar (luego vinieron otras, incluida la mexicana por la editorial Sexto Piso). El loco impuro es Daniel Paul Schreber, Senatspräesident de la Corte de Justicia de Dresde, a quien creíamos conocer bien gracias a los análisis de Freud y Lacan antes de descubrir que su historia los excedía con creces.

Calasso inicia su opus proponiéndose narrar la historia secreta del presidente Schreber, revelándonos su linaje: los Schreber ostentaban el título de marqueses de Toscana y Tasmania, y entre ellos, el primero que se destaca es Johannes David Schreber, rector de la escuela de Pforten y autor de Los libros obscenos, aparecido en 1688, quien anunciaba la preocupación de su estirpe por el placer perverso de leer. Su hijo, Daniel Gottfried, polígrafo y economista, fue quien transfirió el placer perverso a “la mala moneda” (dirigiendo fundamentalmente su ataque, a las prácticas de... ¡los judíos!). Su nieto, Johann Christian Daniel, naturalista, estudiará los medios posibles para mejorar los cultivos. De un hermano suyo abogado, nacerá el padre del presidente Schreber: Daniel Gottlob Moritz, el pedagogo, quien sintetiza en su obra las tendencias de la familia, consagrándose a la moralidad total de la naturaleza y fundando las Asociaciones Schreber –las que en 1958 tendrían más de dos millones de miembros–. Este fue el inventor de los célebres instrumentos para enderezar a la humanidad (construidos por el mecánico Johann Reichel en Leipzig), los que no dudó en utilizar con sus propios hijos –el presidente Schreber tenía 19 años cuando su padre falleció–. Pero eso no fue todo, ya que en su afán por evitar las poluciones nocturnas, el padre del presidente aconsejaba realizarles a los jóvenes un enema nocturno con agua poco abundante, a una temperatura entre 10 y 12 grados. Así es que descubrimos que el hermano del presidente Schreber, Gustav, otro juez que también había sido sometido a las prácticas pedagógicas de su padre, se había suicidado en 1877 de un tiro...

No menos llamativo resulta el abolengo de su archi-enemigo, el Dr. Flechsig, cuya familia de rancio abolengo en Franconia y Sajonia, era ya poseedora de un feudo en 1444, y se insinúa a partir de 1571 como fuente de pioneros en las ciencias pedagógicas, jurídicas y teológicas, distinguiéndose en la empresa de la educación de las masas promovida por Emil Flechsig, archidiácono de St. Marien (en la ciudad de Zwickau), y padre del profesor Paul Emil, el “cortador de nervios”, a cargo del tratamiento de Daniel Paul Schreber.

Cito: “Gente ambiciosa los Flechsig, decían las Voces al presidente (...) consagrados a oficios que fomentan un eventual contacto con Dios: pastores protestantes o estudiosos del logos de los nervios, y por último, psiquiatras” (página 13). Sabemos lo que sigue, lo hemos leído en las Memorias..., en el historial freudiano, en el tercero de los seminarios de Lacan y en su célebre escrito sobre la “Cuestión preliminar...” al tratamiento de la psicosis.

¿Y si en su maravilloso delirio Schreber no hubiera muerto? ¿Y si en su incontenible emasculación el presidente tropezara con enjambres de girls dispuestas a guiarlo por los dudosos senderos que unen el music-hall con la escena final del Fausto? ¿Y si Schreber siguiera entre nosotros?

Así Calasso opera una especie de torsión entre una historia documentada y un delirio llevado hasta el final –como si eso fuera posible, como si la temporalidad asintótica del mismo encontrara un punto de detención en el presente–. Calasso encuentra al presidente en Londres, a principio de los años ’60, en un pub de Charing Cross y lo consulta acerca de dicho final: ¿acaso ha ocurrido? Aún no, pero eso ya no lo trastorna tanto: Ormuz, Arimán y él mismo, siendo Dios y mujer, habitan un equilibrio que lo condena a vagar por las bibliotecas (¡otra vez los libros!).

La escena final es memorable: en 1964, Schreber se presenta en una reunión de Esquizofrénicos Anónimos en Canadá. Y quienes allí estaban, lejos de asustarse ante su aparición, tratan de convencerlo de la existencia de ciertos seres que él creía recordar vagamente de su tiempo de internación. Finalmente, llegó la propuesta: “Después de algunos días, los otros socios le recomendaron que ingiriese ciertas sustancias, evidentemente vinculadas con sus discursos. Por lo que parecía, tal era la regla de la asociación. El presidente consintió amablemente, tanto más por cuanto el alimento era en general abundante y sabroso. Lo único que temía era seguir engordando, y fue lo que ocurrió. Luego comprendió que no tenía sentido hablar allí de sus descubrimientos, sino que correspondía escuchar e intercambiar algunas ideas sobre los temas del día. Para él había algo familiar en esa atmósfera, y decidió quedarse un tiempo. No se curó” (página 125).