viernes, 17 de junio de 2011

Juan Cruz Martinez Methol. Reseña de "El amor Lacan", de Jean Allouch (El cuenco de Plata, 2011)

El amor Lacan de Jean Allouch es un libro notable, por varias razones. La novedad del tratamiento de un tema “demasiado serio para ser dejado en las manos entrelazadas de los enamorados” y que exige el dirigirse a Jacques Lacan para interrogarlo al respecto, 30 años después del final de su enseñanza, ligado con la contingencia de su muerte.

El autor despliega, capítulo tras capítulo, un estilo de lectura que se toma el tiempo necesario para dejar oír esa voz baja de Lacan sobre el amor. Se trata de enunciados que dejan la impresión de cierta fragilidad, declaraciones que conciernen a su persona y su predilección por un cierto amor que pone en tensión su práctica como analista y la doctrina del análisis.

Tal estilo se servirá de un método de construcción de enunciados de pasaje que escriben la transformación entre las proposiciones de Lacan tramando eso que está en él pero que solo es de él luego del dibujo de un trayecto que bien puede ser minucioso o “aéreo”, que se detiene tanto en los momentos del seminario en que el amor ocupa la escena y se presenta como un hápax determinado, como en aquellos donde se apoya en variaciones de tono o de perspectiva.

Se trata, al decir del autor, de la composición de una figura inédita del amor, el amor Lacan, que toma forma de puzzle, conjugando de modo coherente cierto número de rasgos que Lacan ha podido atribuir al amor, lo que implica descartar muchas piezas y seleccionar las que convienen, jugar con los bordes, encastrar dos piezas que cambian la configuración y hacen aparecer nuevos contornos, ajustarlas hasta que encuentren un lugar. El puzzle Lacan, advierte Allouch, está trucado, no constituye una totalidad y sus rasgos, esparcidos en el tiempo, no se remiten unos a otros, y eso se debe a que ningún fabricante ha tallado las piezas ni concebido su imagen con anterioridad, por lo cual no puede efectuarse más que produciendo a la vez sus piezas junto a su ensamblado.

El lector encontrará, a través de los 24 capítulos y las conclusiones, la producción de esas piezas y la configuración de ese propósito. Ahora unas líneas sobre la perspectiva de la obra.

Obtener el amor que no se obtiene

El punto de partida será considerar el amor como una experiencia limitada, es decir, la experiencia de su propio límite, su realización en tanto tal, no restringida por ninguna realidad material o coacción ética. Es propio del orden o desorden amoroso configurar un límite y ceñirse a él. Límite que adquiere forma de pregunta: ¿qué sería un amor que no se desentendiera de lo que es el amor?

El ingreso del amor así concebido en la experiencia analítica vía la transferencia implica según Allouch una partida inédita y por el lado del analista un engorro del que Lacan quiso extraer una virtud analítica, alineándose en la experiencia transferencial y amorosa. ¿Qué del dispositivo analítico ha permitido la intrusión del amor? ¿Qué transformaciones ha sufrido para insertarse en él?

En primer lugar, su autolimitación impulsa al autor a llamar por el nombre “amor Lacan” a esa figura del amor donde se manifestó el carácter limitado de la experiencia amorosa, un nuevo amor que no tiene más allá y que sabría jugar el juego de su propio límite. Tal “simplicidad” del amor en el análisis da el tenor de dicho juego: amar es dejar al otro estar solo. Un amor así no unifica, no hace de lo “uno”, tampoco permite el “ser de a dos”. Allí el amado es amado pero no con un amor que atenta contra su no menos preciosa soledad. Amado, podrá sentirse no amado, no amado, podrá sentirse amado. Se ve el límite o torsión por donde se formula el amor Lacan en tanto obtener el amor que no se obtiene, fórmula que Allouch encuentra en Philippe Sollers, y que será el eje de su interrogación: ¿no era la búsqueda de ese amor que no se obtiene lo que hacía de Lacan un psicoanalista? ¿Eso vale sólo para él o para cada psicoanalista? ¿Está allí la “demasiada libertad” que Lacan se habría concedido en el terreno del amor? ¿No reside en eso la soledad del psicoanalista? ¿Esa a la cual se aproximó Winnicot evocando lo que sería una feliz soledad en presencia de alguien en un artículo titulado “La capacidad de estar (être) solo”?

El amor rechaza el pensamiento

Preguntas que justifican que el autor posicione a Lacan entre aquellos que rechazan hacer un “comentario” sobre el amor (Sócrates, Roubaud, Barthes, Le Brun) borrándose de su discurso para dar lugar al poeta, al pintor, al mito. Así, en 1946 cita el Alcestes de Moliére, años antes, en su tesis, hace leer textos poéticos de “Aimée” consultando a los surrealistas al respecto, en ese momento publica un poema suyo: “Hiatus irrationalis”, menciona en 1953 un poema de Tudal –que dará lugar a un fecundo lapsus en el 72-, en 1957, hacen su aparición “El amor es un guijarro que ríe al sol” de Breton y Booz dormido de Hugo. En 1960, toma prestada la voz de un poema de German Nouveau, no falta el grito surrealista “Las palabras hacen el amor” ni “Contra-canto” de Aragon en 1964. El poema “A una razón” de Rimbaud tendrá sus usos, etc. Por el lado del mito, en 1961 forja el de la mano que avanza hacia el fuego sorprendida de ver surgir otra mano del mismo. Retoma los mitos de Platón sobre el amor y se detiene en la historia de Eros y Psiqué relatada en El asno de oro de Apuleyo. En 1964, el mito de “la laminilla” apuntala la analogía entre la relación pictórica y la relación amorosa. Luego, el mito de la cotorra enamorada de Picasso. La pintura por su parte juega su papel: Psiche sorprende Amore de Iacopo Zucchi, da lugar a señalamientos sobre el amor, las manchas sobre los muros por parte de Leonardo sirven para describir al amado como aparición heteróclita, también la pintura japonesa y la caligrafía.

Poesías, mitos y pinturas le permiten a Lacan colocar fórmulas bien acuñadas producidas estratégicamente para evitar una aproximación excesivamente explicativa del amor. En este punto, señala Allouch, hacer una teoría del amor es fallarle, Lacan lo sabe y por eso no suscribe el proyecto freudiano de considerar científicamente al amor.

Si existe históricamente el amor con y sin teoría, Lacan se inclina por la segunda opción, por ejemplo respecto del amor extático, amor sin teoría, o del amor cortés, que separaba del amor divino en el que el goce de la relación con la dama se deslocaliza y es recuperado, sublimado, en la relación del amante con lo divino.

¿A qué se debe tal elección? Allouch responde que Lacan considera que el amor es una pasión que forma ternario con el odio y la ignorancia, y se abstiene de una teoría general de las pasiones al estilo Spinoza. La simplicidad del amor objeta su captura teórica, no hay amor-pasión, el amor es una pasión.

Amor versus Fantasma

Si bien hay una escritura y una lógica del fantasma, no hay en el amor, afirma Allouch, ni concepto, ni escritura, ni lógica. Esta confrontación concierne a la transferencia, y a su distinción respecto de la repetición. Un amor que depende del fantasma se presenta en el Discurso sobre las pasiones del amor de Pascal, que sitúa el amor del lado de la representación, ¿es posible amar a una representación? ¿Se puede responder con amor a una declaración como “eres exactamente mi tipo de hombre, de mujer”? Pregunta nada tonta, que se ilustra en el film Todos dicen te amo de Woody Allen.

Allouch encuentra en el apartamiento de Lacan respecto de Pascal (20 de noviembre de 1973) la prueba del forzamiento que implica unir el régimen del amor al del fantasma, y más allá de su inconveniencia, su imposibilidad. Asimismo, el conmovedor capítulo llamado Donde un deceso revela cómo el amor puede fracasar, demuestra con el particular modo de decir de Lacan en el seminario La transferencia cómo el fantasma hace obstáculo al amor, “coloreando” e impidiendo el acceso al ser verdadero de nuestros allegados, fracaso del amor que la muerte (en este caso la del padre de Lacan) se encarga de recordar.

¿El algoritmo de la transferencia no puede considerarse un matema del amor? La respuesta del autor será negativa. Se trata de un seudomatema destinado a caer, que indica la entrada en análisis por una superposición entre el brillo del agalma y el sujeto supuesto saber, un momento necesario pero que tiene un final, una caída del envoltorio del sujeto supuesto saber que revela su vacío. Se trataría de sostener la diferencia entre el amor y su acogida en el discurso analítico.

Promesas y conquistas

En este recorrido habrá tanto “promesas no cumplidas” como “conquistas ganadas sobre el amor”. Una pregunta será articulada aunque sin respuesta definitiva: ¿cómo puede el amor ser una vía analítica por la cual el sujeto advendría como deseante? Lacan dará indicaciones, nunca La respuesta y en ese desfallecimiento viene a alojarse el amor Lacan manifestando que es imposible dar cuenta exhaustivamente de la práctica analítica. Así como el pase resulta una propuesta allí donde se trata de situar lo inaudito del final de análisis, menos se sabe –dirá Allouch- que también es el caso para el amor.

Así, vale detenerse en algunos momentos en que se declara que el psicoanálisis aporta algo decisivo sobre el amor.

En 1950, dice que la dialéctica freudiana revela la verdad del amor en el regalo excremencial. Amar según Freud es dar aquello que se tiene, amar es satisfacer una demanda y responderle con otra: “te pido que aceptes lo que te ofrezco, porque eso es lo que me pides” –aquí el autor modifica el aforismo lacaniano-. Por lo tanto amar es sacrificarse, separarse de aquello que uno es como objeto. En 1953, en “Simbólico, imaginario y real” insiste con la idea que amar es dar a la vez un objeto precioso de la realidad y un símbolo. Allouch señala que la nada tomará en Lacan el lugar del excremento, el falo asumirá el doble valor objeto-símbolo y el objeto a permitirá precisar lo que el analista tiene en el vientre. Entre el 57 y el 59 hace su aparición el amor como don de lo que no se tiene, versión que ha pasado al público (quizá al servicio de la ética, punto polémico) pero que sólo significa un momento del amor Lacan, y uno de sus rasgos, modificado más tarde.

En 1960 en Bruselas sitúa el narcisismo del amor como “engaño”. Lo que el amante desconoce es que ama un sí-mismo que no es él, el saber del engaño se encuentra entonces en otra parte. ¿Dónde? Lacan declara que “el analista calla el amor”, “pues si el amor es dar lo que no se tiene, es muy cierto que el sujeto puede esperar que se lo dé, puesto que el psicoanalista no tiene otra cosa que darle. Pero incluso esa nada, no se la da y vale más así (…)” (DC, 1958)

Ese mismo día en Bruselas, Lacan sitúa la posición del analista como un leño húmedo que se consume sin inflamarse, ¿ésa es la respuesta al amor de transferencia? ¿Podría ser que el amor que no se obtiene, el amor Lacan, fuera esa figura del amor que dejaría abierta la posibilidad que ese saber de cada uno salga a la luz? Hay en esa posición del analista, por parte de Lacan, tanto un acto de fe como una cólera que empuja a que ese saber que no se sabe se haga saber en cada uno, aún constatando que ahí prevalece un no querer saber nada de eso.

En “El atolondradicho” de 1972, los comentarios sobre el amor vienen después de la definición del heterosexual, indicando que por el discurso de Freud la muerte es el amor. Allouch comenta el “por” diciendo que es una intención o un servicio, la muerte es el amor y de ese modo sirve al discurso analítico.

En la “Introducción a la edición alemana…” (1973) otro grito de conquista: 1) hay diferentes formas del sentimiento amoroso; 2) su forma es nueva como transferencia; 3) si bien es nueva, no es menos ilusoria que otras; 4) su novedad, su originalidad, su singularidad se debe al partenaire que ella se otorga; 5) hay allí una posibilidad, que depende de ese partenaire, de su respuesta.

En 1977, último grito de conquista: “Lo que nuestra práctica nos revela, es que el saber, el saber inconsciente, está relacionado con el amor”. Aquí se evoca la problemática del encuentro de saberes inconscientes, a la que Allouch dedicará un capítulo.

Temor y temblor

Algunos ejes del recorrido propuesto: 1) el amor como don de lo que no se tiene “subvertirá” la verdad del amor en el regalo excremencial, del amor anal, 2) la ubicación diferencial del narcisismo en Freud y en Lacan, 3) la ambivalencia será recusada por la odioamoración, 4) la relación entre el amor como transferencia y el sujeto supuesto saber en el análisis, 5) la relación del amor con el inconsciente.

La predilección de Lacan por cierto amor hará que “barra” con los que no se corresponden con la experiencia analítica, a saber: el amor platónico, el amor como hacer-uno, el amor sexual, el amor-intercambio, el amor cortés, el amor guerrero, el amor eterno, el amor divino, el amor romántico, el amor como “ser de a dos”, el amor ilimitado y, último escobazo, el amor dantesco.

Una doble pregunta abre este libro: ¿qué lo justifica? y ¿cuál es su apuesta? Allouch dirá que para una época en la que el amor parece no tener valor, quizá pueda recibir una regla de juego, tal era el anhelo de Lacan, el de “civilizar” el amor. Además, construir la figura “amor Lacan” quiere decir ir más allá de su gesto discreto, de su “murmullo” respecto del amor y dejar abierta la cuestión de si no sería el amor Lacan una nueva e inédita forma de amor místico.

Juan Cruz Martinez Methol [jcmartinezmethol@yahoo.com.ar]