miércoles, 12 de octubre de 2011

Reseña de "El sujeto según Lacan", de Guy Le Gaufey, por Juan Cruz Martínez Methol


El sujeto según Lacan, de Guy Le Gaufey.

El cuenco de plata. Ediciones literales. Buenos Aires. 2010

Reseña, Juan Cruz Martínez Methol

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Hojaldrado

En este nuevo libro, Guy Le Gaufey[1] emprenderá, fiel a su estilo, la tarea de despejar la cuestión del sujeto en Jacques Lacan a través del movimiento de su enseñanza. Tomando como punto de partida que el término “sujeto” se revela inexistente en la obra freudiana (cuando la lengua alemana de Freud lo usa como el francés), es en cambio uno de los pivotes de la apuesta de Lacan desde el comienzo. Sin embargo, serán necesarios algunos seminarios para que en el giro de los años sesenta se lance a elaborar una acepción del término ajena a la órbita filosófica. A partir de mayo de 1959, hacia el final del seminario El deseo y su interpretación, la urgencia de una nueva definición del sujeto y del objeto en juego en la cura analítica se hace sentir y Lacan se lanza a ello a través de múltiples tanteos hasta llegar, más de dos años después, durante las primeras sesiones del seminario La identificación, a una fórmula particularmente ajustada donde sujeto y significante se co-definen: “El significante representa al sujeto para otro significante”. Las modificaciones y los agregados, constantes en los seminarios, no parecen haber impedido que la fórmula se mantuviera hasta el final.

Se trata entonces de una búsqueda textual que penetra el hallazgo en su estructura interna y al mismo tiempo lo sitúa en relación con una serie de constreñimientos formales que se imponen a Lacan, lo que permite captar sus decisiones teóricas en relación con su materia: el inconsciente freudiano y la cura analítica.

Una “tragedia común”

El comienzo de esa búsqueda en los meses de abril y mayo de 1959 se vale de un montaje preciso del sujeto en su relación con la demanda, que ya planteó en una conferencia el 9 de mayo bajo el título de La significación del falo, y concluye un largo comentario de Hamlet y una reevaluación del término “duelo”. Desde 1953 hasta 1959 en cambio, persiste la argumentación del sujeto como instancia de verdad, es decir, con su capacidad de mentir en relación con otro sujeto en el marco de la intersubjetividad.

El autor afirma que un primer viraje se inicia por un estrechamiento de la argumentación que se apoya en el grafo del deseo y en la presentación de una secuencia “dramática” durante la cual se decidirá la ubicación del sujeto en su lazo nativo al significante y al objeto de la pulsión.

Tomado en los desfiladeros de la demanda, el “niño” se embarca con el Otro en una relación significante en la que el Otro solicitado puede responder o no, por lo cual la respuesta a la demanda se desdobla en valor de satisfacción y en prueba de amor. Lo que se agrega es que ese mítico niño buscará encontrar en el Otro el significante que lo representaría como sujeto y vendría así a probar la buena voluntad del Otro con respecto a él, probar que ese sujeto es el destino del amor manifestado por las respuestas a sus demandas. Ahora bien, una “tragedia común” impactará tanto al sujeto como al Otro: éste se encuentra en la imposibilidad de brindar un significante semejante, no dispone de él. ¿Por qué? Porque él mismo es, a su vez, sujeto. Se sitúan aquí las formulaciones más francas, según Le Gaufey, sobre la intersubjetividad en este seminario:

Es en tanto que el Otro es un sujeto como tal, que el sujeto en ese momento se instaura y puede instituirse él mismo como sujeto, que se establece en ese momento esa nueva relación al Otro por la cual tiene que hacerse reconocer, en este Otro, como sujeto. Ya no más como demanda, tampoco como amor, sino como sujeto.[2]

Nos encontramos aquí frente a una situación que se volverá luego impensable: un sujeto viéndoselas directamente con ese gran Otro y a la espera de ser reconocido como sujeto. El Otro-sujeto, desprovisto de lo que le permitiría garantizar el valor de sus actos y sustraerlos al deslizamiento indefinido de la significación. Otro “tesoro de los significantes” que no está en condiciones de producir ese que testificaría del destino de su amor o su buena voluntad y valdría como significante/signo de ese sujeto.

Sujeto-corte

Ese sujeto tropieza así con el punto dramático del orden significante en un choque inédito que liga dos acontecimientos diferentes y conexos: por un lado, en esa súbita sustracción del Otro, el sujeto se desvanece marcado por un fading característico y por otro lado, ante el desfallecimiento simbólico, se ven convocados los medios de lo imaginario en un mecanismo propio de la psicosis que Lacan concibe en su seminario sobre el tema. El 20 de mayo, dará tres ejemplos de ese “objeto-corte”: el objeto pre-genital, el falo y el delirio. La conjunción de esos dos acontecimientos escribirá en la fórmula del fantasma la conjunción/disyunción de ese sujeto marcado por la barra (fading) y de ese objeto petit a, que, aunque imaginario, toma en el hilo de estas sesiones de mayo del ’59, un valor de corte que lo emparienta formalmente con un sujeto también él en vías de ser concebido como corte.

Es decir que la maniobra que instala el fantasma ante el desfallecimiento del Otro entre simbólico e imaginario, entre cadena inconsciente y modelo especular (“la función del narcisismo”), permite concebir “lo que pasa a nivel del estadio del espejo, a saber la inscripción, la situación donde el sujeto puede ubicar su propia tensión, su propia erección en relación con la imagen más allá de sí mismo que tiene en el Otro”.[3]

Después de estas precisiones, puede ser develada una extraña “fatiga” del sujeto en relación con las tesis sobre el esfuerzo de Maine de Biran, que permite, extrañamente, releer la tesis de Lacan sobre el estadio del espejo a la luz del nuevo estatuto del sujeto concebido como corte de la cadena significante.

Al concebir el fantasma, Lacan tiene un elemento del mismo temple que el esfuerzo biraniano: en él, el sujeto se hace objeto, sin cesar por ello de ser sujeto, y eso debido a que ambos pertenecen a un mismo estatuto de “corte”. Debido a esa sustracción del Otro intimado a responder en verdad, ese sujeto (tan narrativizado en la presentación) no tiene otra salida que la de poner por delante ese valor imaginario que Lacan nombra desde hace ya algunos años “objeto petit a”, letra acrónima que da cuenta de su origen especular. Extraño casamiento, indica Le Gaufey, a los ojos de los futuros lacanianos, entre la organización fantasmática que condiciona al sujeto, y el estadio del espejo donde el yo encuentra su raíz. Al conjugarlos así, Lacan logra adelantarse hacia lo que da al sujeto y al objeto la misma factura formal de corte.

Le Gaufey concluirá este punto que llama “la fabricación del sujeto en Lacan” indicando su estilo narrativo pero al mismo tiempo denunciando lo poco de génesis que presenta el asunto, ya que el sujeto new look que según él Lacan intenta sostener no alcanza su nuevo estatuto más que una vez efectuada esa estasis que coagula la estructura del fantasma al insertarse en el sitio y lugar de esa suspensión simbólica que construye pieza por pieza en su comentario de Hamlet. La narración es aquí la vía para cifrar una constante estructural. Desde ese ángulo, el fantasma constituye un rodeo que impide que bloqueemos al sujeto, ya sea en su valor simbólico, ya sea en su valor imaginario, porque uno no es nada sin el otro. Si se puede decir que el fantasma se impone como la formación psíquica más singular para un individuo, a la vez fruto y matriz de su historia, es necesario acordar que esa singularidad es ella misma compuesta.

El autor puntúa que las precisiones de Lacan chocan con la “exasperación” de la forma reflexiva: el sujeto se… hace algo, casi en el mismo momento en que vendría a… eclipsarse. La gramática en cuestión dará lugar a una interrogación del “juego de las voces” en su dimensión lingüística en relación con el posicionamiento del sujeto que de allí se infiere.

La disparidad subjetiva y el nuevo sujeto

El seminario posterior, La ética del psicoanálisis, no trabaja directamente la cuestión del sujeto. Aunque la preocupación es constante, no es explícita, en tanto suponer al sujeto es hacerlo funcionar, darle su régimen normal, señala el autor. La única mención consistente se sitúa el 11 de mayo de 1960, a propósito de la memoria en el texto freudiano:

En cambio, nuestro sujeto tiene, en relación con el funcionamiento de la cadena significante, un lugar totalmente sólido y casi localizable en la historia. Aportamos una fórmula totalmente nueva y susceptible de una delimitación objetiva de la función del sujeto en su aparición, del sujeto original, del sujeto detectable en la cadena de los fenómenos. Originalmente, un sujeto sólo representa lo siguiente: él puede olvidar. Supriman ese él, el sujeto es literalmente en su origen y como tal, la elisión de un significante, el significante que saltó de la cadena.[4]

El sujeto fading conserva entonces derecho de ciudadanía, y Lacan sabe que tiene una “fórmula nueva”, sin embargo, manifiesta una oscilación en la definición del sujeto aún por venir, puesto que este sujeto todavía es activo, es él quien representa, no es todavía representado. Parecería que Lacan se da cuenta y se corrige: “Supriman ese él”. Urge sacarlo de esa postura de agente para hacerlo el resultado de una operación al término de la cual un significante será perdido, faltará al menos uno, la cadena estará agujereada, etc.

El título del seminario siguiente, La transferencia en su disparidad subjetiva, “se subleva (..) contra la idea de que la sola intersubjetividad pueda procurar el marco en el cual se inscribe el fenómeno (de la transferencia)”. Se tratará para Lacan de un giro en lo que hasta allí podía pasar por su definición de un sujeto sólo frente a otro sujeto. El estudio del Banquete privilegia la atopía de Sócrates e introduce la disparidad subjetiva: “La intersubjetividad, ¿no es acaso lo más ajeno al encuentro analítico? Con sólo que asome, la eludimos, seguros de que es preciso evitarla. La experiencia freudiana se paraliza en cuanto aparece. Sólo florece en su ausencia.”[5]

De un plumazo, queda el lugar despejado para dar una nueva base a ese sujeto entrevisto con mayor claridad desde mayo de 1959, pero hay que esperar a las sesiones de abril de 1961 para que la cuestión se retome, en el momento de aportar precisiones sobre el cifrado del falo simbólico, que pondrá a trabajar los lazos entre el sujeto y el significante, en tanto el falo es elevado al lugar de significante faltante.

Se produce un giro por el cual el sujeto que corre bajo la cadena de los signos con los que profiere sus demandas está representado. Lo que él dice (allí donde es el agente) hace signo de él (es aquí paciente). No representado como un objeto, puesto que sólo hace signo de su presencia sin comprometer nada de una representación de él. En tanto que habla, y que su palabra recibe un eco, ese “alguien” destinado a la carrera de sujeto “se vuelve él también ese significante”, ese que falta. Una forma gramatical vacía “yo” (je) acoge esa falta instaurada en la batería cuando se vuelve cadena, esa falta de significante de la metonimia que se llama: sujeto.

La identificación y el sujeto supuesto saber

La operación del sujeto tendrá lugar al inicio del seminario La identificación, durante las sesiones de noviembre y diciembre de 1961. El título del seminario vuelve candente el tema del sujeto, ya que hablar de identificación es hablar… de él. ¿Pues qué es él, finalmente? se pregunta Le Gaufey. El rodeo será un tratamiento del cogito cartesiano a través del miento de los lógicos. Después del “miento” (primer nivel) y del “digo que miento” (segundo nivel), llegaría el momento de decir: “sé que miento”, frase que se pone en relación con la interpretación analítica: “No, tú no sabes que dices la verdad, (…) la dices tan bien en la medida en que crees mentir, y cuando no quieres mentir es para cuidarte mejor de esa verdad”.[6]

En este lugar y por primera vez de modo explícito, Lacan no atribuye más a ese nuevo sujeto el saber si miente o no. Lo excluye de cualquier saber respecto de la verdad de lo que dice, no sabe nada acerca de si la dice o no, siendo desposeído de ese mínimo de reflexividad en que consiste, para alguien, el saber lo que hace. Allí, en esa disyunción del sujeto y del saber, inventa la expresión, hoy exitosa, del “sujeto-supuesto-saber”.

El divorcio entre sujeto y saber, este último localizado en el lugar del Otro en tanto que ese Otro –aquí la otra cara de la novedad- se encuentra desubjetivado. La conjunción de ese sujeto y ese saber produce ese monstruo, el “prejuicio más radical” que el análisis tiene que denunciar: el sujeto supuesto saber. Esa disyunción se vuelve entonces condición para poder articular de manera clara sujeto y significante: ese sujeto corte, escansión, intervalo, fading, evanescente, podrá no ser más que representado por un significante para otro significante, en tanto que se encuentra desupuesto de todo saber, entendido como colección articulada de significantes. De ahora en más, no sabe nada, y eso por definición, no por accidente.

Cuando, luego de haberlo proscrito, Lacan retoma tres años más tarde ese sujeto supuesto saber como eje de la transferencia, no dejará de reiterar la operación sobre la certeza del cogito cartesiano.

Ese sujeto que avanza sin reflexividad, incapaz de saber que sabe, ¿merece llamarse sujeto? Le Gaufey responde apelando al seminario El acto analítico, sosteniendo la idea que ese sujeto presenta una problemática cercana a la temática del sujeto en Aristóteles, esclarecida a través del cuadrángulo de Peirce (el 7 de Febrero de 1968). El sujeto llamado “aristotélico”, sin reflexividad y sin ser, nada más y nada menos que la articulación entre significantes. Sólo la disyunción del sujeto y del saber podía permitir que ese sujeto sea reducido a no ser más que eso que es representado por un significante para otro. El hecho de distinguirlo así no permite hacerlo existir aparte, tanto del significante que lo representa, como del objeto (a) en el que se aplasta cuando se encentra expuesto a un defecto de representación.

El desarrollo termina con una pregunta que puede sorprender: ¿para qué mantener semejante término, si ese sujeto no es más el agente de nada, ni siquiera de su propio pensamiento, si no puede encontrar refugio en ninguna quiddité? ¿Qué es entonces lo que inventó Lacan al negar todo saber al sujeto, pero atándolo, a la vez, al deslizamiento de la lengua y a las parcialidades de las pulsiones “corporales”? Falta franquear una nueva consideración del significante.

El “significante como tal”

Lacan fue tan lejos como podía en la aproximación del término “sujeto”, pero el término “significante” seguía aún opaco. En las sesiones de noviembre y diciembre de 1961, se dedica a una distinción del signo y del significante que pueda tomar en cuenta al sujeto que promueve.

El primer personaje convocado es su perra Justine, a título de “no tomarlo nunca por otro”. Por el contrario, la regla analítica instaura un “sujeto puro hablante” como se habla de un “paté puro de cerdo”. El segundo argumento, éste de peso, radica en la cuestión de la identidad de la letra consigo misma en los cálculos. El cuestionamiento de la equivalencia A=A es crucial en cuanto a la identificación del sujeto que presenta como “la asunción espontánea por el sujeto de la identidad de dos apariciones, sin embargo, bien distintas”. ¿Qué es lo que da forma a cada una de las apariciones que el sujeto está invitado a identificar? Le Gaufey se detiene en el ejemplo que da Lacan de la observación del hueso de reno en el museo Saint-Germain, marcado con una serie de trazos. Lacan, a la búsqueda de la emergencia del significante en la humanidad confiesa que “es una aparición certera de algo de lo cual ustedes ven que se distingue totalmente de lo que puede designarse como la diferencia cualitativa”. La contigüidad de los trazos los constituye en serie, permitiendo diferenciarlos, no a partir del delineado singular de sus trazados, sino de la mismidad de su equivalencia formal. Frente a esas marcas de las que él sabe inmediatamente que no sabe nada en cuanto a sus referentes y que, sin embargo, no puede no tomar como signos, Lacan tiene súbitamente el sentimiento de estar frente a “la diferencia significante”, la “diferencia en estado puro”. En tanto no reenvían más a nada, esas marcas hacen signo sólo de un sujeto (marcador) y suscitan un sujeto (lector), ambos separados por… una veintena de milenios. Captación de aquello que, en el signo así “borrado” de su referente (y por lo tanto de su significado) vale como pura presencia del acto mismo de contar. La mismidad de esos trazos se sostiene en la sola repetición del acto que los inscribió. En la vitrina del museo, cada una de esas muescas, en sí misma, no representa nada para nadie, no significa nada para quienquiera que sea, pero se articula con las otras para hacer serie, y esa serie implica un sujeto. Queda por diferenciar signo y significante.

El final de la sesión del 6 de noviembre lo dice: “¿Cómo modificar la fórmula del signo para comprender de qué se trata en el advenimiento del significante? El significante, al revés del signo, no es lo que representa algo para alguien, es lo que representa precisamente al sujeto para otro significante”. Ése día logra “modificar” la “fórmula del signo” de Peirce con la que cuenta hace años, sólo después de haber depurado ese nuevo sujeto de cualquier dimensión sustancial, retirándole todo saber y empobreciendo al significante hasta no ver en él más que el trazo único que manifiesta todo elemento simbólico, y del cual las marcas en el hueso del reno dan el ejemplo paradigmático.

Dado que hay allí un sujeto nuevo, ¿qué hacer con el otro, con el sujeto mentiroso tomado en las redes de la intersubjetividad? ¿Se armonizan o se excluyen? Le Gaufey responde que tienen que coexistir porque el sujeto mentiroso es el sujeto del signo (engañador en principio, dado que se presenta para designar otra cosa que él) y que no es cuestión de prescindir ni del signo ni del sujeto que le está ligado. El sujeto mentiroso y el sujeto barrado: ¿el mismo o no el mismo? La interrogación implica el despliegue de una batería de términos asociados, sin los cuales el término sujeto no puede sostenerse, salvo en una constante homonimia.

El sujeto clivado averroísta

En lo que sigue, el autor se dedica a explorar en otros campos que el analítico el modo en que se ha pensado un sujeto sin derecho a la identidad ni a la reflexividad.

Se trata en primer lugar del averroísmo latino, cuyas tesis fueron condenadas en 1270 y denunciadas por Tomás de Aquino[7]. Aquí como en otros lugares, es Alain de Libera[8] la guía de Le Gaufey. Una de esas tesis enuncia que existe un solo intelecto para todos los hombres, separado en el ser y unido en la operación, y como corolario: La proposición “el hombre piensa” es falsa e inapropiada. Cuando aparentemente pienso pensamientos en mi alma, el hecho de que piense no dice que esa alma las piense. Para pensar lo que sea, es necesario un principio activo, un agente que lo piense efectivamente. La solución averroísta consiste en sostener que ese “sujeto”, llamado “intelecto posible”, no es propio de cada alma, sino que hay sólo uno para todos. Un solo ser piensa a través de nuestras almas donde se encuentran los pensamientos, y este ser no es Dios. La pareja aristotélica potencia/acto obliga a toda la reflexión a un constante desdoblamiento, que conduce a los averroístas a la idea de que hay efectivamente dos sujetos: uno pasivo, que recibe la percepción, y otro activo que yendo al encuentro, a causa de su potencia intocada, de lo que se depositó en el alma, lo hace acceder a una sensación. La analogía respecto de la sensación[9] se desarrolla para Averroes con los inteligibles, que tendrán también dos sujetos, pero ahora con un desfase en cuanto a los lugares (“intelecto agente” e “intelecto posible”). La cuestión central consiste en saber cómo se articula el pasaje del intelecto agente, que abstrae lo inteligible a partir de las imágenes, al intelecto posible por medio de lo cual se concluye el acto intelectual que encuentra, en este intelecto, su sujeto activo.

La disputa, sigue el autor, se focaliza en situar el polo subjetivamente activo del pensamiento. Los averroístas ubican los pensamientos en el alma en tanto realidades objetivas, pero cuando se trata de saber quién piensa esos pensamientos, ellos niegan esta actividad al alma y postulan que sólo un intelecto separado (del alma) está en condiciones de pensar subjetivamente esos pensamientos uniéndose activamente con ellos. En ese sistema de pensamiento donde el intelecto posible está a la vez separado (fuera del alma) y supuestamente unido a ella en el acto, ya no se puede admitir más que ese hombre piense cuando es la sede de los pensamientos, sino que es pensado por el intelecto posible, único agente del pensamiento en acto, que encuentra en este hombre algo para pensar. No se puede decir siquiera “que eso piensa en el hombre”, sino sólo que este hombre es pensado por el intelecto posible.

La idea central del averroísmo que ataca Tomás resulta ser la de un pensamiento en exclusión interna con su sujeto. Hay cierta locura en esta concepción que ha sobrevivido a los siglos, y es la idea según la cual el polo subjetivo del pensamiento no es ningún hombre en particular. Al distinguir dos intelectos respetando el imperativo aristotélico: “nada puede estar a la vez y bajo la misma relación en potencia y acto”, les fue necesario que el acto de pensar no se confundiera con la potencialidad de los pensamientos en el alma, lo que requería de ese clivaje del sujeto que Tomás rechaza con vigor dialéctico a fin de que el pecador pueda continuar siendo concebido individualmente culpable de sus pensamientos pecaminosos.

Le Gaufey concluye que se alcanza aquí un concepto de sujeto ajeno a la identidad. Al cortar amarras con la identidad y la reflexividad, el sujeto lacaniano se inscribe en una arqueología del sujeto.

La función enunciativa

El paso siguiente será el concepto de enunciado en el Foucault de La arqueología del saber[10], donde se arriesga a pensar un sujeto fuera de las redes de la identidad. Foucault recusa, rechazando silenciosamente a Derrida, toda puesta en juego de un texto latente irreductible en la investigación de las formaciones discursivas, le deniega a los campos de saber su pretensión fundadora e individualizada, planteando el enunciado como un acontecimiento que ni la lengua ni el sentido pueden agotar por completo. Al enunciado se le rechazan tres estatutos reduccionistas, según la estrategia del “ni-ni”: 1º) no se concibe como una proposición lógica; 2º) ni como un speecht act, un acto de palabra, un performativo; 3º) ni como una frase. Se trata de una concepción del enunciado que rompe con la idea clásica de una unidad elemental que poseería una identidad individualizante.

Situando a Foucault en el linaje del lenguaje funcional de Frege, el autor se pregunta por el estatuto del sujeto a través de la función enunciativa. Si el sujeto es un lugar vacío –una función discursiva- y determinado de tal modo que no varía constantemente, se presenta de un modo bizarro y extraño, y si bien parece retomar su lugar clásico de condición de existencia del enunciado, lo hace con un matiz de indeterminación. No tenemos que vernos ya con la pregunta casi policial: “¿Quién habla?”, sino con una partición que viene a desdoblar desde el interior el concepto de sujeto. Bajo el mismo término “sujeto”, nos encontraremos con una duplicidad organizada: el enunciado no será tal más que si es posible despejar, por el hecho de la función enunciativa que lo concierne, un “lugar” de sujeto, que podrá haber sido ocupado según las contingencias históricas por tal o cual ser hablante.

La “función enunciativa” viene a despejar un lugar vacío devuelto al sujeto que requiere todo enunciado, volviendo a tal sujeto “posible” y no de entrada efectivo.

Le Gaufey observa que la distinción enunciado/función enunciativa es opaca en Foucault, por lo que acude a Giorgio Agamben[11] para esclarecerla. El enunciado, dice Agamben, hay que concebirlo a la luz del concepto renacentista de “signatura”. El principio en obra en tal concepto es simple: toda cosa hace visible, de una manera o de otra, lo que en ella permanece invisible, constituyendo su “marca”, un signo que la especifica y vale como “signatura”, poniéndola por este hecho en relación de “simpatía” con otras cosas, a través de otras marcas, de otras signaturas. Todo “habla” en tanto todo ser es portador de signos que dan testimonio de él, y en ese sentido tienen valor de “signatura”. La semejanza opera, “no como algo físico –subraya Agamben-, sino según un módulo analógico e inmaterial”.[12] Una signatura no es no sé qué “verdad” del ser que la porta; sólo es tal al indicar una analogía que ella misma va a reenviar, a través de un recorrido a veces largo, a otras signaturas. La signatura –precisa el autor- no es un signo como los otros, sino que ese signo vuelve inteligibles a los otros signos al ligarse a otras signaturas con las que mantiene un intercambio preferencial.

La difícil relación signo/signatura parece de la misma naturaleza que la relación signo/sentido. La economía semiótica general no se entiende como la suma de las relaciones de signans con su signatum, de las palabras con las cosas, sino como constituida por dos niveles heterogéneos: el de los signos, visibles y atomizados, encapsulados en su manifestación local (frases, proposiciones, actos de palabra), y aquel de las signaturas de las cuales ninguna vale por sí misma, sino como poder de conexión.

La reflexividad del sujeto rechazada en La arqueología…, retorna en las producciones posteriores de Foucault bajo el modo de la reflexividad del “sí”. Hemos pasado, de un sujeto clivado que se lee en la función enunciativa, de una distinción de lugares (sujeto posible indeterminado/sujeto actual determinado) a una tensión íntima, un “sí” en devenir, investigado a través de una “historia del hombre del deseo y el placer”.

La función fálica

Así como Foucault y los averroístas, cada uno a su manera, postulan un sujeto acéfalo y separado de lo humano, también Lacan, dirá el autor, ha inscripto a su sujeto en una función llamada “fálica” para asegurar su lazo con la sexualidad. Le Gaufey ha desarrollado este tema en detalle en su libro anterior: El notodo de Lacan, aquí hará referencias puntuales.

La expresión “Función fálica” aparece en la enseñanza de Lacan desde los primeros seminarios, aunque sólo alcanza su logificación a comienzos de los setenta. De 1953 a 1969, se manifiesta una veintena de veces, situándose en un lazo tenso con el deseo diferenciado de la demanda, y alcanza un sentido original durante el seminario La angustia. Entre 1964 y 1968, la expresión se hace menos frecuente, para volver con fuerza en ocasión de la construcción de las fórmulas de la sexuación.

La función fálica toma la referencia freudiana de la única libido para ambos sexos. Lacan confirma esa apuesta ubicando a todos los seres hablantes en un mismo registro que toca a la vez el lenguaje y el cuerpo, a la dimensión simbólica del lenguaje y a esa pieza fundamental de la sexualidad que es el falo en la economía deseante.

La localización del falo en el intervalo entre significantes como “presencia real” en el seminario La transferencia da lugar a comentarios acerca del misterio de la transustanciación, a propósito de un libro de Iréne Rosier-Catach, La parole efficace[13]. Con la presencia real, estamos en el quiasma por el cual el cuerpo se torna signo y el signo se torna cuerpo, entre magia y religión.

A partir del ’65, señala Le Gaufey, Lacan toma el término “función” de Frege: la idea de una entidad simbólica que presenta un agujero, un vacío, y que sólo toma valor de verdad si ese agujero se llena gracias a un objeto. El concepto de función permite a Lacan pasar del sustantivo “falo” a “la función fálica”, y la vía está abierta para que esta función, provista de una variable (x), recorra el campo de los seres hablantes y se preste a la cuantificación.

La universal afirmativa escribe que “todo hombre es siervo de la función fálica”, y se apoya en la particular que escribe la excepción: “existe al menos uno que dice no a la función fálica”. El autor aclara que se trata de una particular y no de una singular, lo que implica diferencias con el mito freudiano del padre totémico, que sostiene una proposición singular: uno y solo uno goza de todas las mujeres. Por tal confusión el autor deja esa versión de Tótem y Tabú del lado de la vulgata lacaniana. Son las particulares las que efectúan objeciones diferenciadas a la universal afirmativa, ya sea del lado de la excepción como del lado del notodo.

La función fálica se sitúa como una referencia universal para todo ser hablante. Los objetos a que darán consistencia al sujeto a lo largo de sus tropiezos simbólicos, serán tomados de ese vasto campo del falo-que-vale-para-todos-los-seres-hablantes-en-tanto-que-están-destinados-a-perderlo.

Existir

Finalmente, luego de situar, con Foucault y el averroísmo, que el sujeto, no es de entrada nada ni nadie, pura posibilidad o lugar vacío, sin ninguna quiddité, Le Gaufey articulará el estatuto del sujeto lacaniano en relación a la noción de existencia y a la pulsión.

Lacan, al contrario de Saussure, minimiza el lazo significante/significado, al punto de reducir el significado a la monótona capa de “significancia” que sólo el corte significante viene a singularizar. El “entre dos” significantes del que hace el albergue del sujeto a partir de 1959, resuena en esa existencia que Foucault posicionaba en relación con la función enunciativa: “¿cuál es, pues, esa singular existencia, que sale a luz en lo que se dice, y en ninguna otra parte?”[14]

Sorprende el recurso a Leibnitz en este punto, que viene a articular libertad y determinación del sujeto. Leibnitz demuestra que el sujeto pone libremente en obra, según la ley del máximo, las determinaciones que le tocan desde siempre en el programa divino. “Ser sujeto” quiere decir consumar una serie de actos libres, lo que, desde el punto de vista divino, está perfectamente determinado. Importa distinguir verdades necesarias que derivan geométricamente de sus definiciones y las verdades contingentes por las cuales se actualizan los posibles. En las primeras, no hay necesidad de un sujeto para poner en acto propiedades contenidas en la definición de partida; en las segundas, importa destacar un sujeto dotado de una potencia finita capaz de desplegar las determinaciones que desde la eternidad le están enlazadas en la potencia infinita del entendimiento divino. Sea como se entienda ese sujeto “representado por un significante para otro significante”, ese sujeto, sostiene el autor, respira en materia de singularidad. Se trata de la paradoja de una entidad a la vez vacía y singular. El real ligado al sujeto dividido lacaniano está situado en esa falta en ser que hace de él una potencia de puesta en acto. Es necesario entonces adjuntar al sujeto del significante esa cualidad de “existencia”, en adelante entendida no como don divino, sino como puro enganche al campo del Otro.

Sometiendo el concepto freudiano de pulsión a una nueva aproximación, Lacan llegó a diferenciar –en el seminario de Los cuatro conceptos- la reflexividad especular y narcisística del amor y la exterioridad irreductible del objeto presente en el funcionamiento de la pulsión. Lacan intenta mostrar –concluye el autor- que lo que se presenta en el sujeto como alternancia actividad/pasividad, gana al ser concebido como un movimiento que cambia la posición del Otro, a saber, que ese Otro es producido como sujeto. Cuando el sujeto se hace objeto –de la mirada-, el que mira es el Otro. Por intermedio del juego pulsional el sujeto promueve con astucia a la dignidad de sujeto a ese Otro del cual esperaba hasta allí satisfacción, amor y reconocimiento de su calidad de sujeto. La dificultad radica en el estatuto a dar al reflexivo “hacerse”, gracias al cual el sujeto produce al Otro como sujeto sin por eso separarse él mismo de esa cualidad. Lo que lleva el nombre de “sujeto” abandona el entre-dos-significantes sin sustancia y sin espesor, para reencontrar al sujeto mentiroso. Presentándose como objeto de la actividad del Otro, sin perder por eso su potencia de sujeto, dicho sujeto da muestras de una duplicidad que no es intencional y que necesita la reflexividad mínima del “se”: él se hace objeto. Las vueltas del clivaje gramatical del sujeto le confieren al sujeto representado por un significante para otro, un estatuto de agente, sin nada de un libre albedrío que haría de él, un sujeto causa sui.

En su recorrido, Le Gaufey admite que la complejidad y las aparentes contradicciones, testimonian de una dinámica “que puede no ser redhibitoria”. Que el sujeto barrado carezca de reflexividad al tiempo que no cesa de “hacerse hacer” algo. Que el Otro, que no podría ser sujeto desde el destierro de la intersubjetividad, lo advenga cuando la inversión pulsional lo implica. Esa dinámica es solidaria del estatuto de un “sujeto que se borra” en una práctica determinada, que siguiendo a Freud y su regla fundamental, no se interesa, según la fórmula audaz de Lacan, más que en el sujeto “puro hablante”.



[1] Puede leerse también del autor El notodo de Lacan. Consistencia lógica, consecuencias clínicas. El cuenco de plata. Buenos Aires. 2007

[2] Sesión 20 de El deseo y su interpretación, del 13 de mayo de 1959

[3] Sesión del 20 de mayo de 1959, p. 22 de la estenotipia

[4 Lacan Jacques: La ética del psicoanálisis. Bs. As. Paidós. 2003. P. 270

[5] Lacan Jacques: La transferencia. Bs. As. Paidós. 2003. P. 15

[6] Lacan Jacques: La identificación, sesión del 15 de noviembre de 1961

[7] Tomás de Aquino: Contre Averroès. París, Flammarion. 1994. Traducción e introducción de Alain de Libera.

[8] Alain de Libera: Archéologie du sujet. Naissance du sujet. París. Vrin. 2007, y luego Archéologie su sujet. La question de l’identité. París. Vrin. 2008

[9] Aristóteles: De anima, libro III, 425b 12-13

[10] Michel Foucault: La arqueología del saber. Buenos Aires. Siglo XXI. 2002

[11] Giorgio Agamben: Signatura rerum. París. Vrin. 2008

[12] Íbid, p. 40

[13] Iréne Rosier-Catach: La parole efficace. Signe, rituel, sacré. París. Seuil. 2004

[14] Foucault: La arqueología del saber. Siglo XXI. 2002. P. 45