miércoles, 20 de junio de 2012

Reseña de "La estructura del iki" de Kuki Shûzô (El cuenco de plata, 2012), por Juan Cruz Martínez



La estructura del iki, de Kuki Shûzô
El cuenco de plata, Buenos Aires, 2012
Reseña de Juan Cruz Martinez


                                   De la pareja, el amor sólo puede realizar lo que llamé,
 usando de  cierta poesía, para que me entendieran,
valentía ante fatal destino”
                                                                                  Jacques Lacan, Encore, 1973
Kuki

   La estructura del iki se publicó en noviembre de 1930, y previamente, aclara el autor, en forma de artículos, en dos series, en la revista Shisô (Pensamiento), en enero-febrero del mismo año. En el prólogo, Camille Loivier afirma que la estadía de Kuki Shûzô en Europa dejó como única huella en la filosofía europea el texto “Diálogo sobre el lenguaje. Entre un japonés y un inquiridor” (1953), de Martin Heidegger. El “japonés” del diálogo es presentado como un traductor de Kleist y de algunas conferencias de Heidegger sobre Hölderlin, presenta a Kuki como su maestro, evoca su tumba ubicada en un jardín del siglo XII en Kioto, en el templo de Hônen-in, y dice que era alguien “cuyo pensamiento estaba centrado en lo que los japoneses llaman iki”. Uno de los pocos pensadores japoneses que se interesó también en la filosofía francesa impregnándose de su “atmósfera estetizante”. Atsuko Hosoi y Jacqueline Pigeot agregan en el postfacio que Kuki entabló relación con Heidegger en Marburgo desde noviembre de 1927 hasta mayo de 1928 y se sintió influenciado por su “ontología fenomenológica”: “Kuki afirma que hay que interrogar la “existentia” del iki, antes de interrogar su “essentia”. Su método impugna “la abstracción formalista” que busca la esencia abstracta. Para que la cuestión del sentido del iki pueda ser expuesta, es necesario que esté presente una comprensión del fenómeno de conciencia iki. Ahora bien, al no estar aún determinado conceptualmente, la comprensión en un principio se hace muy vaga, pero es justamente desde esa “comprensión vaga y común”, como dice Heidegger, que podemos iniciar la investigación”.[1]

Iki
   En la Introducción, el autor demuestra que iki es una palabra japonesa teñida de fuertes tonalidades étnicas, comparándola con equivalentes en inglés y alemán, y como esos términos son galicismos, busca en el francés una palabra que le corresponda. En primer lugar, “chic”, que se traduce en japonés como iki, etimológicamente sería una abreviatura de “chicane” (chicana en castellano: artimaña, enredo), su forma originaria sería schik, adjetivo alemán derivado del verbo schicken, que al igual que el adjetivo geschikt, significa ingenioso o habilidoso. En francés ese adjetivo cambia de sentido aproximándose  a “elegancia” en el ámbito del gusto, y es con ese sentido como fue reintroducida en la lengua alemana. “Chic” abarca actualmente un espectro más amplio que iki, “tiene elementos de iki y de “distinguido” (jôhin), por lo tanto, en oposición a tosco (yabo) y a vulgar (gehin), expresa la excelencia y la inteligencia del gusto”.
   En segundo lugar, la palabra “coquet” (coqueto) que viene “coq” (gallo), y alude al gallo rodeado de gallinas, tiene el sentido de “séducteur” (seductor), también en inglés y en alemán. Dice Shûzô: “La “coquetterie”, palabra muy francesa, es sin lugar a dudas uno de los rasgos distintivos del iki. Sin embargo, la producción del significado de iki exige otras características. Además, de acuerdo a cómo se combinen los rasgos distintivos, “coquetterie” tenderá a la vulgaridad (gehin) o a la “indulgencia” (amaku).”  Respecto del adjetivo “raffiné” (refinado), es también uno de los rasgos del iki, aunque carece de otros específicos; si se combina “distingué” (distinguido) con otros elementos, “puede incluso adquirir el sentido de astringente (shibumi), que en cierto sentido se opone a iki”. No hay por lo tanto un equivalente de iki en las lenguas europeas, lo que indica que iki es una manifestación de la forma de ser de la cultura del lejano oriente, del Japón. Se trata para Kuki de la aprehensión del iki como experiencia semántica concreta “para entender la singularidad de una cultura como forma de ser de un pueblo”.
   Hosoi y Pigeot precisan que el término iki era un préstamo del chino qi, que significa “disposición de ánimo, sentimiento, coraje”, el “corazón” en tanto animus; hoy se lo emparienta con un radical japonés que significa “el soplo”, “la vida”. Refieren que “la palabra iki aparece consignada como parte del vocabulario japonés a partir del siglo XII (Myôgishô, Irocha jiruishô). A fines del siglo XVII, la palabra pasa a formar parte del lenguaje corriente, con el sentido de “arrojo, energía”, fundamentalmente a propósito de las cortesanas y, un siglo más tarde, se emplea con la acepción derivada de “sobriamente elegante, refinado”. El Diccionario de la lengua vulgar, Rigen Shûran, compilado hacia 1800, propone una explicación semántica: un “hombre de corazón” posee una apariencia refinada. Como en esa época el centro del refinamiento se ubicaba en el submundo de los barrios de placer de Edo, se le agregó un matiz de erotismo”.[2]
   Cuestionando la dificultad ontologizante de algunas interpretaciones etimológicas del autor sobre el iki (que atribuyen a la influencia de la filosofía heideggeriana) como la relación entre iki y el verbo ikiru (vivir) o el parentesco con iku (“ir”), y situando el iki en la época de Edo en el barrio de placer Yoshiwara durante el período Bunka-Bunsei (finales del siglo XVIII hasta 1830), destacan algunos usos actuales del término iki: se puede hablar de un personaje iki (alguien que tiene la mente y el aspecto desenvueltos, que entiende con medias-palabras, refinado en el vestir pero sin afectación) como de una cocina iki (liviana, de sabor refinado, bien presentada pero sin ostentación); la palabra se emplea con la acepción única de espíritu o de cierta coquetería.

Eros y algo más
   La tarea inicial del autor será entonces distinguir los elementos que constituyen el contenido semántico y las significaciones del iki, su “estructura intensiva”.
   La primera marca distintiva del iki es el vínculo de “atracción” (bitai) entre los sexos.  La atracción habla de una tensión entre el hombre y la mujer y no hacia uno u otro. La relación con el otro sexo es el existente original, ilustrado por la expresión “asunto iki” (ikigoto), que remite a “asuntos de amor”. Una “historia iki” o “affaire iki” alude a una relación con el otro sexo que se sale del marco de las relaciones habituales.
   La “atracción” bitai es “una actitud dualista que configura toda relación potencial entre personas de distinto sexo, dando por sobreentendido que el yo monista presupone la oposición con el otro sexo”. La dualidad determina la atracción, es decir la “búsqueda de la posibilidad por la posibilidad misma”, que constituye la esencia de Placer. Loivier comenta que la relación de atracción sin finalidad tiende a conservarla de modo tal que no desfallezca nunca. Así, cuando dos personas desarrollan una unión perfecta donde la tensión se disipa, la atracción desaparece ya que parece alcanzar el objetivo de conquista del otro sexo. El principio de atracción reside en acercarse reduciendo la distancia al máximo y manteniendo el mínimo distanciamiento. Es esa atracción como “puro potencial dinámico” llevado al límite de lo posible la que define el atractivo sexual o erotismo, nota dominante del iki.
   El segundo rasgo del iki es “la disposición de ánimo, la valentía” iki, el “coraje”, “ikiji”. Shûzo encuentra aquí los ideales morales de la cultura Edo (1600-1868) como fundamento, el ideal del bushido está vivo en esta práctica (el espíritu samurai), en los barrios de placer era norma entender que a una cortesana no se la compra con dinero sino haciendo gala de coraje (ikiji), coraje que “surge del idealismo y espiritualiza la atracción”.
   La resignación (akirame) es el tercer elemento constitutivo del iki, “la indiferencia del que se ha liberado de todo apego gracias a una comprensión profunda del destino”. ¿Cómo se logra ese desapego? La constancia del desengaño hace que la confianza ingenua en el otro sexo verifique una imposibilidad que asume la forma de resignación (akirame) e impasibilidad ante la evidencia de que el vínculo del amor es “más delgado que un hilo, una nada lo rompe, una nada lo desata”. La literatura de Nakamura lo ilustra: “En nuestro oficio no hay nadie a quien querer. En este vasto mundo, ningún cliente piensa en nosotras”[3]. El iki presupone a su vez la experiencia y el mérito de la edad, la persona iki “es alguien que ha sufrido pero no está destruida”. El akirame puede que sea un estado de ánimo generado por la madurez y la decadencia que acarrea, aunque Kuki se inclina a pensar que se trata “más de una herencia cultural que de una adquisición individual”, arraigada en el idealismo irrealista propio del budismo: “Cuando percibimos detrás de una sonrisa embaucadora leves rastros de lágrimas ardientes y sinceras, estamos en condiciones de captar la verdadera naturaleza del iki”. El “coraje” (ikiji) y la “resignación” (akirame) parecerían incompatibles con la “atracción” (bitai), sin embargo, el coraje tiene su origen en el idealismo y acentúa la tensión y la resistencia de bitai, su potencialidad dual, y la resignación puede ser la forma de la atracción, su “principio original”: “La unión de resignación y atracción significa que el destino exige una completa devoción a la libertad, y, a la inversa, que la presuposición de lo posible esté determinada por la necesidad. (…) En efecto, la atracción (bitai) en tanto forma de ser de iki, está determinada hasta en su concreción por el coraje (ikiji) basado en el idealismo del bushido, y la resignación (akirame) que tiene como contexto el irrealismo del budismo.” Es la atracción por la atracción, ajena al amor-pasión (Stendhal) y al amour-goût, se eleva sobre las coacciones del amor para cumplir su carácter indiferente y libre.

En extensión
   Entre los significados relacionados con iki, Shûzô distingue dos grupos, uno al que pertenecen johin (distinguido) y hade (vistoso), que tienen por antónimos gehin (vulgar) y jimi (discreto), que se refieren al hombre en general, y otro en el que se incluyen iki y yabo (tosco) y shibumi (áspero) y tienen que ver con la especificidad del lazo con el otro sexo.
   La relación entre johin (distinguido) y gehin (vulgar) se funda en un juicio de valor. Johin designa los artículos de calidad superior y gehin los de menor calidad, pero también se utilizan para clasificar a los hombres. La oposición entre “superior” e “inferior” caracteriza la naturaleza del gusto (“distinguido” –superior vs. “vulgar”-inferior). El iki pertenece a la excelencia del gusto en virtud de sus elementos constitutivos, el coraje (ikiji) y la resignación (akirame), y discrepa respecto del vínculo de atracción (lo “distinguido” no la incluye); respecto de gehin (vulgar) iki aparece como un valor positivo que difiere en la actitud hacia el gusto (“ella es iki y no tiene nada de vulgar” y “esta persona es iki, tiene buen carácter y no es para nada vulgar”). Kuki deduce que iki es un término intermedio entre “distinguido” (johin) y “vulgar” (gehin).
   La distinción entre “vistoso” y “discreto” (hade/jimi) es del orden de la actitud hacia el otro. En relación con iki, “vistoso” tiene en común ejercer una atracción positiva sobre el otro, no obstante, la ostentación del carácter “vistoso” es incompatible con la “resignación” (akirame) propia del iki. El carácter “discreto” (jimi) por su parte se inscribe en una relación de negatividad respecto del otro y no puede por tanto detentar la atracción iki, por el contrario la simplicidad de lo discreto puede corresponder con la resignación iki y elevarse al rasgo de “distinguido”.
   La diferencia entre iki y yabo (“tosco”) concierne a la ausencia o presencia de refinamiento en la relación con el otro sexo. Etimológicamente, dice Kuki, yabo proviene de una alteración fonética de la palabra “campesino” (yabu) y designa alguien insensible, poco refinado y que ignora los asuntos mundanos. Es el juicio de gusto lo definitivo: “Así, cuando hablamos de iki o de sui (“chic”), expresamos siempre una valoración positiva, mientras que por el contrario, “tosco” (yabo) tiene como sinónimos no-iki y no-chic, que responden a una valoración negativa. Podemos entonces saber que iki es el término originario y yabo (“tosco”) su derivado en tanto que antónimo; del mismo modo, podemos suponer que en la esfera de las relaciones amorosas a iki le corresponde un valor positivo mientras que yabo es un antivalor.” El conocedor considera al aficionado desprovisto de chic, el amor ingenuo se considera “tosco”, de una muchacha fea que usa maquillaje recargado se dice que es “rústica”, etc.
   La distinción entre shibumi (áspero, amargo, astringente) y amami (dulce, complaciente) manifiesta una actitud hacia el otro, no contiene en sí juicio de valor, y su sentido vendrá del contexto, que aplicado a las relaciones eróticas, admite variantes notables. Lo “aspero” (shibumi) más que lo “discreto”, se enriquece del pasado y del presente, la aspereza es la negación de la dulzura, “pero esta negación es de una especie tal que puede recordar mientras olvida. Esta paradoja constituye la atracción inherente a la aspereza”.  A través de iki, hay un camino hasta la “aspereza”, “la relación establecida entre “dulce”, iki y “áspero” es rectilínea. Iki ocupa la posición intermedia entre la afirmación y la negación”. Cuando iki se desplaza a “dulce”, adquiere la forma de la atracción por la atracción, “de un juego autónomo”, en tanto representa la posibilidad de la afirmación por la negación. En cambio, cuando la negatividad avanza y roza el límite, iki se vuelve “áspero”. Kuki formaliza mediante un hexahedro el conjunto de relaciones de iki como un “sistema de gusto”.

Iki en femenino
   “La expresión natural del iki” se vislumbrará en el cuerpo de la mujer, la reflexión del autor alcanza una descripción de notable alcance (que se sigue de un análisis de la expresión artística iki en las artes liberales: decoración, arquitectura y música).
   En primer lugar, intenta encontrar una dicción de tipo iki, se trata de la voz: “En cuanto a la expresividad del cuerpo, la forma natural del iki aparece fundamentalmente en el oído y se traduce en la manera de hablar, dicho de otro modo, en la elocución”. El iki se caracteriza por cierta forma particular de pronunciar una palabra o de acentuar el final. Dicha pronunciación, al principio monótona, arrastrada y luego precipitada, manifiesta la oposición dual en el ritmo de la palabra y representa la expresión objetiva de la atracción iki. “Una voz de mezzo-soprano, teñida con una pincelada de “sobria pátina” (sabi) es más iki que la voz de soprano en su registro más potente”.
   Pero es la silueta la manifestación  más frecuente, “forma natural activada por el sentido de la vista, la expresión en sentido amplio se refiere al gesto, e incluye postura, porte, así como el cuerpo en cuanto sustrato de la expresividad”. Distender la postura siempre resulta un gesto iki, la presencia de la atracción “desbarata el equilibrio unidimensional de la postura y expresa al mismo tiempo tanto la actividad volcada hacia el otro sexo como la pasividad receptiva. Pero el idealismo irrealista propio del elemento formal del iki, limita y modera esa ruptura del equilibrio monista, evitando a la argumentación positiva la presunción de una dualidad caprichosa.” Se trata de una silueta con una línea de quiebre que sirve de leve insinuación dirigida al otro sexo, por eso cuando se quiebra la simetría de la postura, “es importante que la línea perpendicular del centro –expresión invisible del iki- tome conciencia del idealismo irrealista, desplazándose hacia una bienvenida oblicuidad”.
   El iki se manifiesta cuando un ligero velo cubre la desnudez. Dice Shûzô: “La relación entre el elemento material y el elemento formal del iki, se manifiesta en la apertura de un acceso hacia el otro sexo, en eso que la transparencia de la tela deja traslucir y en la barrera a dicho acceso por lo que el kimono oculta.” Una actitud iki en la salida del baño, usando un simple yukata, salida sin adorno que conserva el recuerdo de la reciente desnudez.
   Apoyándose en Utamaro[4], considera que una silueta esbelta y “una cintura grácil como un sauce”, puede considerarse objetivamente iki (“delgada, bonita e iki”), “el aspecto longilíneo representa debilidad de la carne y fortaleza de espíritu. El Greco, queriendo representar el espíritu, pintó siempre siluetas extremadamente alargadas y finas. El carácter longilíneo también es el signo distintivo de la escultura gótica. Al igual que los fantasmas, que imaginamos con una forma desgarbada. En la medida que el iki se define por la espiritualización de la atracción, la silueta debe ser alargada y fina”.
   Respecto del rostro, se manifestará iki gracias a una combinación de relajación y tensión de los ojos, la boca y las mejillas. Hay diferentes formas de mirar (al sesgo, hacia arriba o abajo, oblicua) que se dirigen al otro sexo. “Pero una mirada animada por la pasión no es todavía iki. Para ser iki, la mirada debe poseer un destello tal que el encanto del pasado parezca a punto de resurgir, al tiempo que la pupila debe traslucir, sigilosamente pero con fuerza, la idea de una dulce resignación y un coraje inflexible”. Asimismo la sonrisa, los labios dejan entrever una “finalidad sin fin”.  Iki se traduce en un maquillaje tenue.
   En cuanto al peinado, sigue Shûzô, lo iki se expresa en un peinado informal. En el período Bunka-Bunsei, el peinado convencional era el rodete (para mujeres casadas) y el moño Shimada. Describe que la dualidad como movimiento de atracción hacia el otro sexo se realiza cuando el equilibrio convencional del peinado se rompe y su forma se deshace. “La manera delicada en que se produce la ruptura expresa cortesía”, los cabellos en desorden” y “unas mechas alocadas pasada la noche” son iki por la misma razón.
   El kimono se usa dejando al descubierto la nuca, y la atracción reside en ver la nuca maquillada, “el equilibrio del kimono se ve ligeramente quebrado, lo que sugiere al otro sexo un discreto pasadizo hacia la carne”. El gesto de recoger el faldón izquierdo simboliza un cuerpo sutil (“la encantadora que ingresa (…) recoge el faldón del kimono y deja entrever su pie blanco”), en una dirección opuesta a la moda occidental que desnuda el cuerpo y sólo cubre los pies, “el movimiento iki se percibe en la delicadeza de las torsiones y las curvaturas sutiles.”
   El iki deja entrever, en la forma de un lazo social estético codificado culturalmente, la presencia de un cuerpo espiritualizado y quebrado, fuera de la norma, feminizado y Otro.
  


[1] La estructura del iki: Postfacio, El cuenco de plata, 2012, p. 109 Este texto es la versión modificada y actualizada de un artículo que apareció con el título “La estructura del iki”, en la revista Critique, nº 308, enero de 1973
[2] Íbid, p. 110-111
[3] Nakamura Yukihito: Colores de primavera en el jardín de Tatsumi y Colores primaverales de las flores del ciruelo
[4] En el postfacio, Hosoi y Pigeot sitúan el contexto de la declinación social que afectó al barrio Yoshiwara en el período Bunka-Bansei, evolución que significó un enriquecimiento para iki: “Éste fue incorporando resonancias melancólicas; la especie de pathos que encontramos en los ukijo-e de Utamaro es una prueba evidente, con sus colores apagados, sus figuras alargadas, a menudo deformadas y casi abstractas”.