miércoles, 22 de agosto de 2012

PABLO PEUSNER. Prefacio a "De la fantasía de infancia a lo infantil de la fantasía" de Ana Laura Prates Pacheco (Letra Viva, 2012)




Prefacio

Pablo Peusner


 “No retroceder ante los niños...” es una consigna lacaniana anterior a la más conocida que invita a no retroceder ante la psicosis. ¿Y por qué los analistas retroceden ante los niños? Esta pregunta, que en modo alguno es ingenua, podría responderse echando mano a diversas causas: que la formación universitaria en el área de la psicopatología y la clínica con niños es pobre y optativa (un mal endémico en casi todas las universidades de nuestro país) suele ser evocada con frecuencia. Pero también, ya en plano subjetivo, muchos analistas declaran tener dificultades personales para encontrarse con los niños en carácter de tales –algo que podría resolverse tal vez con un poco de análisis...–. Además están aquellos que, apelando a ciertos bordes de la teoría, declaran la incapacidad del niño para hacerse cargo de su goce y lo imposible del proceso de responsabilización al que en ocasiones reducen su práctica analítica.
A este primer grupo de respuestas a menudo se agrega el problema de la presencia de los padres y parientes de los analizantes-niños: considerándola un real de la clínica –error por demás grosero– la rehúyen a favor de una política en la que el niño es el sujeto. Esto produce un tironeo que las más de las veces concluye con una situación habitual: los padres enojados retirando al niño del análisis y los analistas quejándose del modo en que las resistencias se han encarnado en aquellos.
Este panorama, algo desolador por cierto, hace serie con cierta política que se vislumbra en la formación de los analistas: la clínica psicoanalítica con niños sigue ocupando hoy en día un pequeño lugar entre las múltiples actividades que se desarrollan en nuestras instituciones. Es curioso, pero es así. Ya en el año 1949, Lacan ponía las cosas en su lugar en ocasión de presentar su proyecto de Reglamento y Doctrina de la Comisión de Enseñanza de la SPP, cuando afirmaba “... desde luego estamos lejos de la época en que la práctica del psicoanálisis de niños parecía exigir tan solo una formación abreviada”[1]. ¿Ya “estaban lejos” en 1949, apenas diez años después de la muerte de Freud? Me permito suponer que o Lacan mentía (al fin y al cabo se trata de un texto político), o hemos retrocedido...
En estos días en que el psicoanálisis recibe golpes desde muchos frentes, quienes se ufanan de transmitirlo olvidan dos cosas. La primera es que el psicoanálisis no puede transmitirse. Hay que reinventarlo. Así lo enunciaba Lacan en su discurso de clausura de las jornadas de la EFP, el 9 de julio de 1978. La segunda es que la clínica con niños es total y absolutamente anti-intuitiva. Ningún concepto del psicoanálisis funciona allí en forma directa, como podría hacernos creer el encuentro entre un psicoanalista algo distraído con un analizante adulto. Digamos a modo de ejemplo que cuando un analizante adulto llega a la consulta del analista en cuestión, su pedido podría confundirse rápidamente con la demanda. Por supuesto que eso no sería correcto, pero sí posible. Sin embargo, no hay posibilidad alguna de que algo así ocurra cuando la consulta es por un niño, inicialmente porque las voces se multiplican y, por lo general, cada una pide algo distinto... Allí los jóvenes analistas que no retroceden ante los niños encuentran un motivo para afinar su escucha, para problematizar sus casos y para supervisar su tarea. Pero la intuición los abandona. Hace falta pensar y reflexionar, cuestionar las frases hechas, las fórmulas y hasta las contraseñas psicoanalíticas, acuñadas y repetidas hasta el cansancio por los maestros de siempre...
Cuando se presentan casos clínicos referidos a analizantes adultos, es frecuente escuchar la expresión “un sujeto de tantos años asiste a la consulta...”. Allí “sujeto” toma valor de “persona”, pero ningún psicoanalista en su sano juicio afirmaría que ambas nociones dan cuenta de lo mismo. Sin embargo, hay que verlos intervenir para verificar cuánto ignoran la diferencia. “¿Quién es el sujeto?” preguntan algunos analistas cuando se trata de niños, sin notar que la pregunta ya es una trampa que inevitablemente recaerá sobre una persona. “¿Cuál es el sujeto?” suena más interesante, justamente, porque no puede responderse “el niño”.

El libro que el lector tiene entre sus manos está dirigido a los psicoanalistas que decidieron no retroceder ante los niños. Su autora, Ana Laura Prates Pacheco, habita lo que Lacan llamaba “la frontera móvil de la conquista psicoanalítica”[2]. Y como esa frontera es móvil, lo es tanto para lograr hacer entrar al psicoanálisis lo que antes quedaba por fuera, como para que los analistas que retrocedieron revisen su posición y entren.
Al mejor estilo de Freud, la obra comienza con un recorte clínico que da cuenta de un traspié. Y Ana Laura parte de su propio obstáculo para construir una idea en torno de la cual escribirá un libro que, si bien tiene un final, resulta infinito. La cito:

Actualmente verifico que la fantasía de infancia que habitaba mi imaginario ofrecía de hecho, una resistencia al deseo del psicoanalista que opera –tal como pretendo sostener– como condición de posibilidad para una dirección de la cura que privilegie, en el análisis, la construcción del lugar de lo infantil en la lógica de la fantasía, cualquiera sea la edad cronológica del sujeto [p. 13].


Su obstáculo tiene nombre: fantasía de infancia. La misma habita el imaginario de los analistas, y si aparece en ese punto preciso en que hay que sostener nuestros conceptos, nuestra apuesta por el sujeto y el deseo, nuestra ética ante el goce –es decir: el deseo del analista–, inevitablemente perderemos de vista a nuestro analizante para ver ante nosotros tan solo a un niño, a un nene, a un pibe, a una criança... ¿Y cómo no querer salvarlo? ¿Cómo no desear para él una familia mejor, un padre que vuelva a ocupar su lugar, una madre amorosa y suficientemente buena? ¿Cómo no esperar que le vaya bien en la escuela? ¿Cómo no creer que es bueno y dice siempre la verdad? ¿Cómo suponer que carga con la falta del Otro, que su asunto (sujeto) ha comenzado mucho antes de que naciera, que no juega solo para divertirse y que sus palabras no comunican? Conozco algunos colegas que para lograrlo recuestan a los niños en el diván y les niegan los juguetes, las hojas de papel y las pinturitas, pero eso es casi... ¡una técnica conductual para los analistas! Lo que ignoran es que el problema no es técnico, sino ético. Por eso abro una pregunta: ¿no será ese el principal motivo de la renuncia de los analistas a trabajar con niños?
La revisión crítica de la fantasía de infancia que Ana Laura emprende en este libro se convierte en la condición de posibilidad para pensar el psicoanálisis con niños. Y es una tarea necesaria puesto que, si bien el psicoanálisis ha penetrado lo suficiente en la cultura como para que el perverso polimorfo freudiano no sea ya una rareza, el problema subsiste a la hora de intervenir –así lo señala nuestra autora con un caso de su propia práctica–.

Ahora bien, el libro todo es presentado como un recorrido que desemboca en la construcción de lo infantil en la lógica de la fantasía, lo que a todas luces permite suponer que ese es el mejor lugar para situar lo infantil a criterio de nuestra autora. Pero aquí, hace falta una aclaración...
El término freudiano Phantasie, traducido al español como ‘fantasía’, fue volcado al francés como phantasme. Los desarrollos de Jacques Lacan sobre el mismo, sumado a las dificultades de acceso a su obra original, reintrodujeron al español mediante una traducción algo vaga el término como ‘fantasma’. En este libro, se le devuelve al término su exacto valor como ‘fantasía’ y es allí donde Ana Laura sitúa el exacto valor para lo infantil. Resulta imposible sintetizar aquí esa tesis, cuando la misma está presentada algunas páginas más adelante con una fineza y claridad admirable...

Lacan decía a principios de los años ’70 que donde está el sujeto barrado es donde se encuentra al enseñante, y justamente esto se verifica en el libro de Ana Laura. Ella, en tanto autora, puso a trabajar esa división –causada por una pincelada de lo real hallada en el encuentro clínico con un niño–, y su enseñanza, lejos de hacerle de barrera al saber, deja pasar algo que enriquece nuestra clínica, que extiende la frontera móvil de la conquista psicoanalítica y que redobla la apuesta por el deseo del psicoanalista en la clínica con niños.




[1] Lacan, Jacques. “Reglamento y doctrina de la Comisión de Enseñanza” (1949), en Miller, Jacques-Alain. Escisión, Excomunión, Disolución. Tres momentos en la vida de Jacques Lacan. Ed. Manantial, Buenos Aires, 1987, p. 22.
[2] Íbidem. En el texto, Lacan afirma genéricamente que todas las actividades que tienden a trabajar y problematizar cuestiones de la clínica con niños constituyen “la frontera móvil de la conquista psicoanalítica”.