viernes, 22 de agosto de 2014

Reseña de Pablo Chacón de "Has de cambiar tu vida" de Peter Sloterdijk (Pre Textos, 2014)



Fuente: Suplemento RADAR-Libros del Página 12 (17/8/14)


UNA TEORÍA DEL ESCAPE, por Pablo E. Chacón.

Para armar una teoría del escape no es necesario que lo real sea insoportable o que la muerte espere al final del camino; la muerte llega puntual, a la hora que corresponde, no pregunta si uno se ha perfeccionado, o si ha intentado traspasar mediante ejercicios espirituales o gimnásticos el sustrato biológico que guarda –esconde– un excedente para el que se supone habría que prepararse porque lo querramos o no, el imperativo categórico que permite hacerle frente al último de los desfiladeros es automático, anónimo: Has de cambiar tu vida, como repite el filósofo alemán Peter Sloterdijk en su último gran libro. O como lo dijo Aristóteles a través de Platón: el hombre es superior a sí mismo.

Sloterdijk es un hombre de ideas fuertes, que juega fuerte, aprovecha perfectamente su dominio de la oratoria y la escritura, está en la televisión, sabe provocar: las discusiones con Jürgen Habermas y con Axel Honneth, dos pensadores, tributarios de la Escuela de Frankfurt, hicieron mucho más que sus libros por forjar un prestigio que nadie discute, entre otras cosas, porque sus ideas parecen salir de la galera de un mago, aunque nadie niega que su tutor es un Friedrich Nietzsche muy al borde del extrañamiento. En Has de cambiar tu vida, también aparecen Rainer Maria Rilke, Franz Kafka, Michel Foucault. Es un libro de casi seiscientas páginas. Es una apuesta alta. Sloterdijk despliega una teoría de la condición humana y una teoría del escape (de la condición humana). ¿Eso es posible? ¿Para ir a qué lugar, si se trata de un lugar? Justamente, no se trata de un lugar sino de romper con las ilusiones, las palabrerías, las falsas visiones, la masa, el individualismo, el psicoanálisis, las drogas, la religión, la pedagogía y las supercherías ideológicas. Y entonces, ver. La serie permite detectar ciertas preferencias del alemán: si las ilusiones, las palabrerías, las falsas visiones, la masa, el individualismo, el psicoanálisis, las drogas, la religión, la pedagogía y las supercherías ideológicas compusieron, a su tiempo, un sistema psicoinmunológico, un excedente simbólico que habilitó una manera de sobrevivir, pues en el mundo actual –podría decirse desde principios del siglo XX, cuando Sigmund Freud puso a punto el descubrimiento del inconsciente y se decretó la muerte de Dios: sistemas, para Sloterdijk, también perimidos– la humanidad ha quedado huérfana, tiranizada por la política de los expertos, por los políticos profesionales, por un medio ambiente cada vez más agresivo, y sin un dispositivo inmunitario de reemplazo. Haciendo esta salvedad: que desde el principio de los tiempos hubo excepciones a la regla. Supone bien: Nietzsche es una de esas excepciones, Sloterdijk otra. Lo que tendrían en común esos casos es que en todos el lenguaje se entiende como un órgano de la hipersensibilidad o de la compensación, el lenguaje y el habla aparecen siempre como síntoma y problema. Apenas se comprenden como portadores de afirmaciones y promesas, salvo para afirmar el carácter inauténtico y deficitario de las modalidades revestidas de una tonalidad festiva y prometedora de futuro, escribe Sloterdijk. Y sigue: quien habla, contrae deudas; quien continúa hablando, habla para saldarlas. El oído se educa a tal efecto para no dar crédito e interpretar su avaricia como conciencia crítica. Es un Nietzsche mutante contra la inercia lacaniana. En la promesa nietzscheana, Sloterdijk lee a uno de los últimos avatares contra el desencantamiento del mundo que el psicoanálisis cerró a cal y canto, heredero de una aristocracia neurasténica que, con todo, tuvo la virtud de alertar contra el ateísmo de barricada (y tiene) la virtud de hacerlo, ahora mismo, contra la vulgaridad consumista y una pulsión de muerte desatada. En la promesa nietzscheana, Sloterdijk lee un artefacto, una cosmología, una visión del mundo. Algo para lo cual has de cambiar tu vida.

Así las cosas, es posible decir que la globalización, por ejemplo, no sólo es consecuencia de una economía criminal sino también un sistema, desde que puede hablarse de mundo, que incluye una visión del mundo y una tecnología específica para operarla. Para Sloterdijk eso nació con los griegos, sus cosmólogos, geómetras, matemáticos, filósofos, navegantes. El mundo contemporáneo, casualidad o no, inspira al pensador alemán una cita de Theodor W. Adorno, que tal vez debería entenderse como un peligro, pero no un peligro susceptible de salvación (si el peligro no está infectado por un deseo de salvación). Dice Adorno que el propio vacío psicológico es sólo el resultado de la falsa absorción social. El tedio del que los hombres huyen simplemente refleja ese proceso de fuga al que desde hace tiempo están sujetos. Sólo así se mantiene vivo, hinchándose cada vez más, el monstruoso aparato de la distracción sin que haya uno solo que la encuentre. Contra esto, según Sloterdijk, sólo es posible una antropología de la obstinación. Si en un primer momento la encontró en el parque humano y sus normas (sus rebaños dirigidos por pastores, sin aclarar nunca quiénes debían ser los pastores y quiénes eran el rebaño), en este libro el hombre ataca tout court a la religión, argumentando que la religión tuvo consistencia temporal, pero que el tan mentado retorno de la religión no es más que una operación de marketing a escala global porque lo que sí existe, aislados, ahora y desde hace 2500 años, es la vida como ejercicio; es decir, ejércitos aislados de gimnastas que trabajan por la apertura de un horizonte ontológico inédito, forjando, bajo la tutela de la piedra que inspiró a Rilke el verso que da título a este libro, una inmunidad nueva, que permita al hombre exponerse a situaciones de riesgo extremo, obligados a disponer de procedimientos simbólicos igual de nuevos, capaces de curar ese extrañamiento de base, esa indigencia que adviene al lenguaje antes de caminar, esa división subjetiva de la que habla Lacan y que Sloterdijk entiende que el atletismo espiritual es capaz de curar. Desde los ascetas de los páramos del Medio Oriente hasta los astronautas, el último Foucault y quienes lo siguen, los ciclistas, los baldados y los insuficientes que se obstinan en barrer el cansancio y la depresión que acechan al Occidente post-apocalíptico, hasta los artistas del hambre, los poetas, los brahmanes y los indignados por la imposibilidad de la autotransformación, en esa suerte de comunidad sin estatuto de masa está el dios en la máquina de este prodigio textual que mal que le pese al psicoanálisis lacaniano, por no tocar lo real que afecta al sujeto del siglo XXI, justamente lo que no tiene cura, es una extraordinaria máquina de parir historias, emociones, ilusiones: de cara a la muerte que no parece un vacío.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Entrevista de Silvina Friera a ARIANA HARWICZ , a propósito de su novela "La débil mental" (Mardulce, 2014)


La vagabunda, una morocha argentina que a veces anda en pijama por el campo donde vive –El estanque de las granjas–, a 180 kilómetros de París, afila la cuchilla del lenguaje hasta trozar en mil pedazos las pupilas extasiadas de los lectores. Sus cortes son como hachazos que desgarran las fibras más íntimas y ocultas de una relación simbiótica y feroz entre dos inadaptadas sociales que son madre e hija. “El mundo es una cueva, un corazón de piedra que aplasta, un vértigo plano. El mundo es una luna cortada a latigazos negros, a flechazos, a escopetazos. Cuánto hay que cavar para dar con el desprecio, para que mis días ardan”, se lee en las primeras líneas de La débil mental (Mardulce), segunda novela de Ariana Harwicz, una bomba nuclear de la literatura argentina reciente de una potencia excepcional por sus personajes febriles, dos mujeres de factura barroca, dos hembras bravas en una suerte de “chiquero” campestre que acaban “enteras y ensangrentadas”.
En 2007, después de haber terminado la carrera de dramaturgia, después de haber hecho algunas “obritas” de teatro y dar clases de guión cinematográfico, Harwicz decidió que era el momento de barajar y dar de nuevo. Se fue a estudiar a Francia historia del arte primero y luego literatura comparada en la Sorbonne. Entonces tenía un conocimiento rudimentario del francés. Poco a poco las palabras de la lengua de Flaubert se multiplicaron como peces en las aguas de las conversaciones cotidianas. Vivió en París cuatro años como estudiante, el estatuto ideal para vivir en esa ciudad. En sus planes estaba la tentativa de escribir, pero nació su hijo. “A los vanos intentos de escribir sin hijo se le acopló los imposibles intentos de escribir con hijo en un espacio físico reducido, con el ahorcamiento de lo financiero en París”, recuerda la escritora en la entrevista con Página/12. “Me parecía una locura vivir en el campo. Yo soy porteña ciento por ciento, viví treinta años entre Villa Crespo y Palermo. Me preguntaba qué iba a hacer yo en el campo. Y me mudé al campo, al cual ya iba de manera esporádica. Mi casa está en la región central de Francia, en un minipueblito de ocho casitas que se llama El estanque de las granjas. Voy a París todas las semanas, así que la tapa de una estación de tren para La débil mental no está tan mal porque biográficamente vivo arriba de un tren, entre las idas y vueltas del campo a la ciudad.”

–¿Cuál fue el principio de la novela? ¿La relación simbiótica y enfermiza entre madre-hija?

–En realidad, no; es un error partir de conceptos como la simbiosis materna o la perversión humana. Así como Matate, amor, mi primera novela, partió de la imagen de un ciervo que me miraba, La débil mental empezó con la imagen de unos vecinos que se llaman “casos sociales”, bastante marginales. Y hay de todo: desde la mujer que se encierra en la casa con los perros y no sale nunca hasta cosas más raras. Hay una chica de unos veintitantos años siempre en calza, con el pelo medio quemado, que estaba arrancando pasto en las cunetas. Obviamente no trabaja; hay mucha gente que no trabaja y eso me gusta del campo, que está un poco corrido de la sociedad; es otro tipo de marginalidad, menos brutal respecto de las ciudades. La cuestión es que esta chica estaba no haciendo nada y tenía un bebito. ¿Qué le pasa a esta chica? Alguien dijo que “será una débil mental”, una desviada, una loca. Después me la crucé en el camarote del tren, ella también iba a París y como somos vecinas me puse a hablar por primera vez. Iba a ver a un hombre casado, no estaba loca para nada y no era en absoluto una débil mental. De ella surgió la escritura de la novela, de la imagen de esta mujer aparentemente débil mental. Después me acordé de frases como “pueblo chico, infierno grande”. Y pensé: ¿qué dirán de mí? Ella es una débil mental, ¿y yo? Yo voy a caminar, salgo en pijama, ¿seré también yo una débil mental? (Risas.)

–¿Cómo fue escribir una novela en la que el lenguaje busca romper constantemente las palabras? Hay mucha violencia en lo que se narra, incluso en aquellas escenas que son aparentemente bucólicas, la palabra está puesta en estado de violencia larvaria.

–Si Matate, amor surgió con un ciervo entre matorrales y ésta con una débil mental arrancando yuyos, en realidad lo que busco al escribir es que me aparezca el lenguaje, como si el lenguaje fuera un ciervo. Que me aparezca el lenguaje como una imagen, como un objeto. Hasta que no se da esa revelación del lenguaje no tengo nada. No tengo antes la historia ni los personajes, ni el conflicto dramático. Lo que tiene que aparecerme es el lenguaje. Es verdad que parece como si el lenguaje estuviera todo el tiempo pinchando, cortando, lastimando...

–El lenguaje está agazapado y a punto de estallar. ¿Esto fue buscado, trabajado?

–No sé teóricamente nada de música, pero trabajo mucho con ciertos pianistas que tocan sonatas de manera muy acelerada. La literatura que me gustaría escribir tiene que reproducir ese ritmo frenético del piano, esas aceleraciones traspasadas a la escritura. La misma pasión desmedida que sienten los personajes es la pasión que tienen que tener los dedos al escribir. Tiene que haber esa amalgama entre el desborde de pasión de los personajes y la escritura. El lenguaje está asimilado a la pasión de los personajes. Cuando hay alguna que otra frase con otro tempo, la elimino. Todo tiene que ser febril; por eso son capítulos breves porque la fiebre no se puede mantener mucho tiempo. Uno necesita el corte, si no te asfixiás. La escritura demanda cortes por el nivel de intensidad. Yo termino exhausta, no puedo más.

–¿Cada capítulo es concebido como una escena?

–Hablo siempre de escenas, no de capítulos. Me obligo a decir capítulo para que no me digan que no es un guión o una obra de teatro. La madre aplaudiendo la primera masturbación de su niña púber en la pileta de plástico es una escena de cine; corte y la chica se cubre y se va corriendo. La escena en la que ella sale a buscar a la madre que desapareció hasta que la encuentra haciendo pis debajo de un puente –ese hilito de pis entre las dos piernitas desnudas– es una escena fílmica. Las escenas donde comen el pollo con las manos, las escenas donde cocinan, quizá sean más teatrales.

–Las situaciones domésticas tienen una carga muy fuerte. Lo más violento es aquello que se intuye que va a explotar y no explota, ¿no?

–Es verdad. Un amigo escritor que leyó la novela me dijo que hay mucha comida, pero no da hambre. Hay pollo, hay ensalada y no dan ganas de comer, no provoca apetito. Es interesante pensar la mesa servida desde la saturación, desde la no hambre, hasta el asco se podría llegar a decir, aunque no está explicitado. En cuanto a la violencia en las escenas cotidianas, quizá ellas sean inadaptadas sociales. No las imagino teniendo cuenta bancaria, trabajo, jubilación ni cierta inserción social.

–Sin embargo, aparece una preocupación por lo económico y lo laboral, de qué van a vivir. ¿Esta preocupación sería como el último eslabón que les queda, lo último que las podría conectar con una trama social más amplia?

–Sí, podría ser... Creo que son dos extranjeras en el sentido del exilio, no político sino espiritual. La extranjería en lo espiritual está unida a mi vida, independientemente de la patria, la sensación de ser extranjera la tengo en París, en el campo y en el barrio de Palermo. Ellas son extranjeras, aunque una intenta trabajar. Quizás en ese sentido el trabajo es el último eslabón que les queda para estar insertas de un hilito. Toda mi vida trabajé dando clases en instituciones, pero ahora ya no trabajo en ninguna institución ni tengo jefe, aunque escribir para mí sea un trabajo. Es una libertad inquietante y al mismo tiempo a veces no sé qué día es. La escritura es un acto de solipsismo, pero en mi caso es un solipsismo por dos porque estoy en el campo. La escritura es un acto de soledad extrema, aunque estés en Santa Fe y Callao. Pero no estoy en Santa Fe y Callao, estoy en la nada, los vecinos no se escuchan, no hay luces. Me interesa esta forma de vivir, pero tiene sus consecuencias. De ahí esa radicalidad que me lleva a escribir así, pero a veces es un poquito peligrosa y por eso me tomo el tren y me voy a París: me tengo que vestir, me tengo que maquillar, me pongo los tacos... A veces no manejo plata ni tengo dinero un montón de días. No veo a nadie, excepto la gente que vive conmigo. Busco esto, me interesa, pero cuando termino de escribir corto con eso y por ejemplo vengo a Buenos Aires y salgo al mundo (risas).

–Madre e hija podrían ser como desprendimientos de personajes beckettianos en el siglo XXI. Hay algo de Beckett dando vueltas, ¿no?

–Sí, pero no desde el punto de vista de lo ambicioso. Estos personajes son espiritualmente beckettianos y socialmente chejovianos. Y debo agregar a Tennessee Williams y El zoo de cristal; mi maestro Mauricio Kartun nos hablaba muchísimo de esta obra. Son personajes beckettianos por muchas razones, por lo fragmentado, por el estar fuera del mundo, por la angustia existencial, por el no Dios... Las referencias son dramatúrgicas. Y también me influyen (August) Strindberg e (Henrik) Ibsen. A esto habría que agregar la película de Gaspar Noé Solo contra todos, una película que me influyó mucho y quince años después me doy cuenta de que sigo pensando en ese monólogo del principio. Entonces como estudiante de cine, pensaba que así quería escribir yo, con ese espíritu, con esa brutalidad de Gaspar Noé y también la de Lars von Trier.

–¿Cómo impacta este tipo de influencias dramáticas y cinematográficas en la escritura?

–No le doy respiro al libro, no me puedo permitir frases o fragmentos anodinos donde la escritura transite por lugares un poco más amables. Si no explota nada, si no sucede nada, lo borro. Tengo la necesidad de que la escritura sea fiebre o nada.

–La maternidad está condensada en una frase, “tener un hijo no es nada más que eso”.

–Los hijos están vistos como espías, como intrusos; alguien que viene a desarmar toda belleza posible. Digo espía porque hasta que tuve un hijo, ¿quién espiaba mi vida? Mis padres no, porque ya era una mujer independiente que hacía lo que quería. Ahora veo a mi hijo como alguien que espía mi vida. En esta novela, la madre perdió a su hombre, a su rubio, cuando se embarazó. Después la hija pierde a su hombre porque hay otro embarazo. Otra vez el hijo viene a estorbar, a interrumpir altas bellezas eróticas. Y a la vez está la pulsión de desear un hijo: si tengo un hijo, sería con él. Aunque ya sea tarde, hay un deseo de maternidad. Se permiten decir que un hijo no es más que un coito. Los hijos vienen a romper lazos, a molestar, a interrumpir. Si tuviera que decir de qué trata la novela –alguien me dijo que se trata sobre la imposible maternidad–, diría que se trata de la imposible infancia, porque es la narración de una infancia atravesada por la mirada sexual de los otros. La madre perversamente aparece acelerando el fin de esa infancia para que su hija se vuelva compinche y vayan juntas a los bares.

–En un momento aparece la frase “callate, barroca”, como si fuera un insulto. ¿La escritura está más conectada con un concepto de lo barroco?

–Sí y no. Me parece que hay cierta interpretación clásica de lo barroco como lo abundante, lo sobrecargado, lo suntuoso... Siento que hay algo de eso, pero que también hay una cosa cruda, sucia, despojada, de surrealismo sucio... No sé qué categoría usar, pero cierta cosa de ruta, de autopista... Y “terminan dándose por el culo en el sofá” me suena más a los autores norteamericanos. Me gusta mucho (John) Cheever, una escritura más marginal desde otro lado. Me gusta esa visión sucia del sexo, pero también hay momentos en que es más lírico, más barroco.

–La desmesura barroca está en los personajes, pero la escritura no sería barroca. Por ritmo, impronta, intensidad, la escritura tiene otro corte que no coincidiría con lo barroco, ¿no?

–Y si coincidiera, para mí sería negativo. No hay fórmulas en la escritura, pero si los personajes son desmesurados y por ende tienen almas barrocas y la escritura es barroca, se empasta todo... A veces soy una vagabunda, ando con dos medias distintas, el pantalón agujereado, pero después enseguida me rescato (risas). Dicen que hay que rendirle tributo a la escritura. Algunos se visten de gala, con el vaso de whisky en la mano. Lo vagabundo es mi tributo a la escritura. Yo no tengo plan B, me voy a dedicar toda mi vida a escribir.

Fuente: diario Página 12 de 19/8/14

martes, 19 de agosto de 2014

Alberto Díaz. "Biotecnología en todos lados" (Siglo Veintiuno-ciencia que ladra, nueva edición 2014)



Cuando este libro apareció por primera vez, en 2005, el encuentro entre la industria y las ciencias biológicas era tan novedoso y tan reciente que el título mismo (“Bio... ¿qué?”) se hacía eco del asombro ante ese acontecimiento. Pero en tan sólo una década, la biotecnología avanzó a pasos de gigante (y de bacteria, y de virus), y transformó los sectores productivos y económicos en todo el mundo generando una nueva revolución industrial.

En esta versión recargada, Alberto Díaz, un pionero en las investigaciones biotecnológicas, nos ayuda a entender qué es eso de introducir información genética en células animales o vegetales para crear nuevos compuestos químicos, alimentos o combustibles, nos explica las limitaciones y los riesgos que presentan sus aplicaciones, las repercusiones éticas y sociales de esta práctica, y nos alerta sobre la importancia de un desarrollo bioindustrial sustentable. Desde los primeros productos fabricados en los años ochenta con las nuevas tecnologías de ADN hasta la actualidad, son innumerables los desarrollos que ingresaron en el mercado y muchas más las promesas en curso. Hoy existe la biología sintética, la bioinformática y hasta la bioeconomía, y pasamos del proyecto genoma humano y la genómica a una biblioteca de “ómicas” (proteómica, metabolómica y siguen los ommm). Esta nueva edición recoge lo clásico y anuncia la avalancha de novedades de un mundo cada vez más bío y más tecno.

sábado, 16 de agosto de 2014

Mariano García-Mariana Dimópulos (comp.) "Escritos sobre la mesa". Literatura y comida (Adriana Hidalgo, 2014)




Poco hay más común en la cultura que la comida, y sin embargo tanto hoy como en épocas pasadas fue objeto de un interés del que no están ausentes la delicadeza, la exquisitez e incluso la extravagancia. Como en cualquier tradición, en la occidental la comida ocupa un lugar central aunque no deja de suscitar reflexiones marginales o extrañas. Este ha sido el propósito de la presente antología, que ofrece al lector un largo itinerario organizado por temas que trascienden las distintas épocas, recogiendo desde las primeras menciones sobre la comida, la bebida y el hambre hasta consideraciones filosóficas o figuraciones acerca de la comida del futuro. La variada lista de autores invitados a este singular banquete, en el que se dan cita Platón y Petronio, Kant y Flaubert, Mansilla y Elena Garro, entre muchos otros, asegura una lectura de duradera intensidad.

jueves, 14 de agosto de 2014

PABLO PEUSNER. Prólogo al libro de SANDRA BERTA, "Escribir el trauma, de Freud a Lacan" (Letra Viva, 2014)




PRÓLOGO, por PABLO PEUSNER

Soy un traumatizado del malentendido...
J. LACAN (1980)


El término “trauma” es la transliteración directa de la palabra que los griegos utilizaban para decir golpe. Y es casi seguro que cualquier lector habrá comprobado el siguiente hecho de la experiencia: un niño, digamos pequeño, corre alocadamente por algún sitio hasta que se golpea. Probablemente se tome la parte del cuerpo magullada y busque con su mirada la de algún adulto cercano –pongamos por caso, la de su madre. Si ella ha visto la escena, es factible que diga algo al respecto, lo compadezca, le pregunte si le duele o amague con acercarse hasta el pequeño. Solo allí, ante las palabras de ese otro que no es cualquiera, comenzará a sollozar, a manifestar su dolor...
En sentido amplio podríamos afirmar que el niño ha sufrido un trauma, que está traumatizado. Sin embargo, entre el golpe y su efecto, que en este ejemplo improvisado es su manifestación del dolor y el llanto, hay un intervalo de tiempo donde el otro ha cumplido una función imprescindible. ¿Qué es lo que duele aquí: el golpe mismo, acontecimiento fáctico, histórico incluso, o las palabras de algún otro escandidas por un lapso temporal? ¿Qué es lo que rompe con la satisfacción de jugar y correr que puede sentir un niño? ¿Acaso esa posición del otro, que aparece algo después del golpe, es menos placentera? ¿Qué es lo que duele: el golpe o las palabras del otro?

Si así de paradójicas se presentan las cosas ante un episodio tan trivial y cotidiano, es de imaginar que el concepto de trauma en psicoanálisis no es menos problemático. Luego de leer cuidadosamente las páginas escritas por Sandra Berta, he acusado el golpe...
El primer efecto de su libro es una idea sencilla: el concepto de trauma no admite una definición puntual ni en la obra de Freud, ni en la enseñanza de Lacan. Exige más bien un recorrido oblicuo –sigo aquí una lógica que he descubierto a través de François Jullien – para lograr un fin estratégico: transmitir los momentos de su elaboración como concepto. Ahora bien, dichos momentos no se superan unos a otros en orden cronológico. Justamente, la misma temporalidad paradójica que Freud propuso para el trauma es la que orienta todo el libro y que el lector verá comentada desde el inicio del mismo. Dichos momentos se superponen y se retoman, en una tarea que consiste más en eliminar obstáculos que en construir un orden teórico progresivo.
Me sorprendió notablemente notar que el concepto de trauma es una especie de condensador de problemas de la teoría psicoanalítica. A cada paso de los que el propio Freud pretendía dar en su tarea, que no era una tarea exclusivamente teórica sino que recibía una notable influencia clínica, le respondía un inconveniente nuevo: a los fines de su intervención como analista, ¿convenía considerar al trauma como un acontecimiento efectivamente padecido o como un producto de la fantasía? No es una pregunta menor –Freud mismo llega a plantearla por escrito en alguna de sus cartas a Fliess–, ya que la misma determina diferentes posiciones (éticas, diríamos hoy nosotros) de sus pacientes respecto del asunto en cuestión. Se trata de un problema que, oblicuamente, lo llevará a revisar su teoría de los sueños y de las neurosis de guerra, pero también a producir curiosos cuadros temporales para establecer la correlación entre el momento de ocurrencia de los sucesos y las enfermedades de sus primeras nosografías... Así, de a poco, aparecerá el factor cuantitativo cobrando cada vez más espacio, a la vez que Freud ensayará un modelo temporal especial, paradójico, favorecido por idioma en el que produjo toda su teoría: Nachträglich. Es el término con el que Lacan podría haber nombrado a su célula elemental del grafo del deseo. La temporalidad diferida, hacia delante o hacia atrás, el arco temporal... Sumando a todo esto la hipótesis de un aparato psíquico que tiende a lograr una estabilidad de energía del nivel más bajo posible, Freud prácticamente contaba con todos los elementos para construir la idea de un trauma estructural, aun sin tener la noción de estructura.
Podrían escribirse muchos libros acerca de los extravíos de la lectura posfreudiana sobre el trauma –en realidad ya están escritos por los propios protagonistas de la historia. Esas lecturas extraviadas, ingenuas, que rechazaron y aplastaron los problemas que su obra nos legó, constituyen el marco del retorno a Freud operado por Jacques Lacan. Pero además del marco son el motivo, la causa –podríamos decir– que movilizó los primeros años de sus seminarios. ¿Nos cuesta mucho –o sea, es nuestra impotencia– o es realmente imposible hoy, para nosotros, pensar un Freud sin Lacan? Esta pregunta, lejos de ser una chicana, es otro efecto de mi lectura del libro de Sandra.
Lacan no consideró al trauma como uno de los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Pero en las páginas que siguen, estimado lector, hallará Usted también una esforzada lectura por los momentos lacanianos de iluminación del término. Filtrado y articulado por los operadores propios de cada momento de elaboración lacaniana: el de los tres registros, el de la palabra y el lenguaje, el de la topología de superficies, el de la relectura del Entwurf, el del objeto a, el de los cuatro discursos, el de lalengua, el nudo y el sínthoma...

Quiero dejar constancia de otro efecto de lectura, personal, más difícil de transmitir. Porque mientras recorría las páginas de este libro, en ocasiones, sentí cierta perplejidad ante lo que no sabía, frente a lo que nunca había pensado... Algunas páginas eran luces que no hacían más que dejar ver mis sombras. Y luego, mientras revisaba el texto a los fines de su publicación, en un intercambio de correspondencia, Sandra me hizo llegar un poema que me dio la clave de mi estado y que, nobleza obliga, citaré a continuación a modo de final de estas breves palabras de apertura:


No hay más penumbra duradera/
Que la perplejidad del rayo... 

En Buenos Aires, el 3 de febrero de 2014

miércoles, 13 de agosto de 2014

Jorge Alemán. "En la frontera. Sujeto y capitalismo". Conversaciones con María V.Gimbel (Gedisa, 2014)



Asumiendo las enseñanzas de Freud y Lacan, nos invita en esta conversación a pensar la lógica interna del capitalismo teniendo encuenta las malas noticias que aporta el psicoanálisis para entender el malestar propio del tiempo presente. A través de sus respuestas presente. A través de sus respuestas presenta, de forma conjetural, cuáles deberían ser las condiciones que podrían posibilitar otro modo de emancipación, que ya no estuviese basado en las producciones de la subjetividad neoliberal sino en el deseo del Sujeto para afrontar la construcción de una nueva hegemonía “popular” en la frontera.

martes, 12 de agosto de 2014

Entrevista a Marcelo Mazzuca por Pablo Chacón (para Télam), a modo de anticipo de su nuevo libro "Voces de las psicosis. Lecciones introductorias" (Letra Viva, de próxima aparición)


En "Voces de las psicosis. Lecciones introductorias", el psicoanalista Marcelo Mazzuca retorna sobre el estatuto de la voz como objeto, escapando de pensar la estructura del sujeto como afectada por un déficit mecánico (que daría lugar a un anonimato) para centrarse en la alucinación auditiva como paradigma del síntoma psicótico.
El libro, que será publicado por la editorial Letra Viva en los próximos días, representa uno de los intereses fundamentales de su autor, quien incluso ha publicado un libro sobre la relación de Charly García a su voz.
Mazzuca también es docente en la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA) y publicó Una voz que se hace letra, La histérica y su síntoma y Ecos del pase, entre otros registros. Esta es la conversación que sostuvo con Télam.

lunes, 11 de agosto de 2014

Alejandro Dujovne. "Una historia del libro judío". la cultura judía argentina a través de sus editores, libreros, traductores, imprentas y bibliotecas (Siglo Veintiuno, 2014)



Quien accediera a la biblioteca de un hogar judío en la Argentina del período de entreguerras habría encontrado obras escritas en ídish y editadas en Vilna, Varsovia, Moscú, Nueva York, Buenos Aires... ¿Qué puede decir esta condición transnacional acerca de la cultura judía del siglo XX? Alejandro Dujovne sigue los rastros de publicaciones y proyectos editoriales para iluminar una comunidad que, forzada a la diáspora y perseguida, hizo de la sensibilidad por la cultura impresa y por los libros su “patria portátil”.

Desde la perspectiva de la sociología de la edición, el autor reconstruye el universo del libro judío de Buenos Aires desde sus primeros ensayos en la década de 1910 hasta mediados de los años setenta, tornando visible una trama compuesta por editores, intelectuales, traductores, mecenas, imprentas, instituciones comunitarias, partidos políticos, etc. Si la ciudad funcionó primero como polo de recepción de obras en ídish publicadas en el extranjero, luego se afirmó como polo de traducción de obras de temática judía al castellano, y las elecciones de cada sello influyeron en la reinvención de “lo judío” en esta lengua. La experiencia de las guerras y del Holocausto, así como el naciente Estado de Israel, tuvieron su eco tanto en los sectores sionistas como en los liberales. Dujovne indaga en la expansión editorial de posguerra y en las disputas en torno al uso de las lenguas “propias” (ídish, hebreo, judeoespañol), y comprueba que la práctica de la edición fue el laboratorio en que se puso a prueba la legitimidad última de cada propuesta identitaria.

sábado, 9 de agosto de 2014

Vilma Cocoz (comp). "La práctica lacaniana en instituciones I". Otra manera de trabajar con niños y jóvenes (Grama, 2014)



Este libro es el resultado de la transferencia de trabajo que nutre los lazos en el Campo Freudiano. Cada encuentro del Ciclo Madrileño de La práctica lacaniana en instituciones fue cuidadosamente preparado de tal modo que la jornada presencial con cada uno de los autores vino a coronar un encuentro previo con sus textos y sus enseñanzas.

Ellos han colaborado en la realización del deseo de Lacan de devolver al psicoanálisis "el lugar que le corresponde en nuestro mundo." Las instituciones y dispositivos originales de palabra en los que intervienen se sustentan en la lógica y los principios éticos del discurso analítico. Constituyen piezas fundamentales del gran mosaico de laAcción lacaniana, destinada a socorrer la subjetividad en peligro tal y como se presenta en los síntomas actuales de los niños y jóvenes.

Daniel Roy, Bernard Seynhaeve, Bruno de Halleux y Philippe Lacadée nos hacen partícipes, con claridad y rigor, de sus últimas elaboraciones clínicas derivadas de la implementación de la última enseñanza de Lacan. Siempre acompañados con ilustraciones vivas de los casos singulares, sus reflexiones y estudios constituyen un material esencial para los analistas y para todas aquellas personas vinculadas a la infancia y la juventud que buscan una orientación en su labor cotidiana.

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ÍNDICE

Prólogo
La práctica lacaniana en Instituciones: otra manera de trabajar con niños y jóvenes,
Vilma Coccoz

La institución, una historia de encuentros, Daniel Roy
Lacan y el niño
¿Cómo finalizar?
La mamá blanca y la mamá negra
Ciclo de Madrid – Conferencia La institución, una historia de encuentros
Conversación con Daniel Roy

Novedades sobre la práctica entre varios, Bruno de Halleux
Presentación del ciclo, Vilma Coccoz
Ciclo de Madrid - Conferencia Novedades sobre la práctica entre varios
Una puerta de entrada
¡Mi hijo es hiperactivo!
¿Qué puntos de referencia?
Conversación con Bruno de Halleux

El padre del cual uno se sirve, Bernard Seynhaeve
El acto y el tiempo de entrada
La adolescencia en el siglo del objeto
Ciclo de Madrid – Conferencia El padre del cual uno se sirve
Conversación con Bernard Seynhaeve

¿Por qué los sufrimientos modernos son 
siempre singulares?, Philippe Lacadée
La ética de la palabra
¿Por qué los sufrimientos modernos son siempre singulares?
Conversación con Philippe Lacadée

Postfacio, Carmen Cuñat