domingo, 23 de septiembre de 2007

EDITORIAL DEL DOMINGO: "¿Amorrortu o Ballesteros?"Reflexiones en torno a la historia de las traducciones españolas de Freud.

Desde los inicios de mi formación como psicoanalista, sistemáticamente me encontré con la pregunta que sirve de título a este texto. Siempre me llamó la atención que la disyunción que ella presentaba, fuera entre una casa editorial y el segundo apellido del primer traductor de los artículos de Freud al español. Un planteo tal, hacía desaparecer el nombre de José Luis Etcheverry, el argentino que tradujo la obra completa de Freud para la editorial Amorrotu de Buenos Aires. Lo lógico hubiera sido: “¿Amorrortu o Biblioteca Nueva?” –disyunción editorial– o “Etcheverry o López Ballesteros y de Torres?” (tal el apellido completo del traductor español), para la disyunción del traductor. Claro está que no hay necesidad de lógica alguna para presentar una pregunta que, a primera vista, parece sencilla. Porque visto y considerando que en lo concerniente a las versiones españolas de los textos de Freud se puede elegir con cierta precisión –algo que resultaría más difícil, por ejemplo, si habláramos del corpus lacaniano–, la cuestión apunta más bien a que el interrogado declare su evaluación sobre las traducciones, como modo de justificar su elección. Y ya que resulta difícil encontrar psicoanalistas que conozcan la lengua alemana –algo que no ocurre con las lenguas inglesa y francesa–, lo que se evalúa es el estilo de las versiones y no la traducción en sí misma.
Sin embargo, la pregunta esconde mucho más. Porque si el lector acaso se hubiera decidido por la madrileña edición de Biblioteca Nueva y, pongamos por caso que estuviera leyendo El malestar en la cultura, el Proyecto de una psicología para neurólogos, el Esquema de Psicoanálisis, o cualquier otro texto que formara parte del tercer volumen de la edición de 1967-1968, la pregunta debería ser “¿Amorrortu o Ramón Rey Ardid?”.

Una vez recuperados de la sorpresa, conviene aclarar la cuestión. La primera traducción española de Freud fue la de Biblioteca Nueva, impulsada por José Ortega y Gasset, publicada en 17 volúmenes entre 1922 y 1934, casi contemporáneamente con los Gesammelte Schriften alemanes. De hecho, todos conocemos la carta del 7 de mayo de 1923 que Freud le enviara a Don Luis López Ballesteros y de Torres felicitándolo por su sesudo trabajo de traducción. Puesto que la misma es breve, podemos citarla en forma completa: “Siendo yo un joven estudiante, el deseo de leer el inmortal «Don Quijote» en el original cervantino me llevó a aprender, sin maestros, la bella lengua castellana. Gracias a esta afición juvenil puedo ahora –ya en edad avanzada– comprobar el acierto de su versión española de mis obras, cuya lectura me produce siempre un vivo agrado por la correctísima interpretación de mi pensamiento y la elegancia del estilo. Me admira, sobre todo, cómo no siendo usted médico ni psiquiatra de profesión ha podido alcanzar tan absoluto y preciso dominio de una materia harto intrincada y a veces oscura”.
Obviamente, la obra no estaba completa y Freud aún vivía. A partir de 1943, la editorial Americana de Buenos Aires inició un proyecto para completar la versión española encargándole la traducción de los nuevos textos a Ludovico Rosenthal. Aparentemente la idea consistía en reimprimir los 17 volúmenes ya existentes y agregar cinco nuevos. El proyecto quedó trunco y sólo aparecieron dos: el 18 y el 19. En 1948, Biblioteca Nueva de Madrid unificó los contenidos de sus 17 volúmenes anteriores en una edición única de dos tomos. En el segundo de ellos se incluyeron 14 textos traducidos por Luis López Ballesteros que no figuraban en la edición anterior (aunque sí formaron parte del trabajo de Rosenthal, específicamente en el tomo 18). Hasta aquí, puede hablarse sin equívocos de la versión de “Ballesteros”.

En 1952 la editorial argentina Santiago Rueda retomó el proyecto trunco de la editorial Americana. Cuatro años más tarde, en 1956, apareció la versión completa en 22 volúmenes. La traducción de los textos faltantes fue realizada nuevamente por Ludovico Rosenthal. El mérito de esta versión –entre otros– fue que, hasta que se completó la edición alemana de los Gesammelte Werke, la unificación de las obras completas de Freud existieron antes en español que en su lengua original.
Mientras tanto, aparecían diversos textos breves y cartas de Freud en la Revista de Psicoanálisis de la APA. Los traductores de esos artículos fueron, entre otros, el mismo Rosenthal, E. Blum y L. Pfeiffer. También desde otros países de habla hispana llegaban diversos epistolarios freudianos.
Y aquí retomo el punto que dejé pendiente más arriba. Porque en 1967-1968, Biblioteca Nueva volvió a la carga, para agregar un tercer volumen que reunía la mayoría de los trabajos ya dados a conocer por Rosenthal, pero también algunos más. Dicho tercer volumen presenta como prologuista y traductor al neuropsiquiatra zaragozano y célebre ajedrecista Ramón Rey Ardid (1903-1988). Aparentemente, todos los textos de este tercer volumen –entre los que se destacan los que ya señalé más arriba– fueron traducidos por Ramón Rey Ardid. Ahora bien, digo “aparentemente” porque, revisando el opúsculo titulado “Sobre la versión castellana” que acompaña a las Obras Completas de Freud publicadas por la editorial Amorrotu de Buenos Aires, a propósito de este famoso tercer tomo me encontré con un párrafo de José Luis Etcheverry que conviene citar: “Figura como traductor de este material Ramón Rey Ardid, si bien del cotejo con la edición de Santiago Rueda (vols. 18-22), se infiere que, en casi todos los casos, la traducción es idéntica a la de Rosenthal. En las palabras de Harrington, este es un hecho «tan insólito como inexplicable, que se repite en las dos ediciones siguientes». Se refiere a las de Biblioteca Nueva de 1972-79 (9 vols.) y 1973 (3 vols.)”.[1]
Si la conjetura es cierta, el ardid de Ardid no funcionó. Ardid se hizo más famoso por los ardides que le permitieron ganar en 1946 el Trofeo Casa de Alba de ajedrez y retirarse del juego con todos los honores. Pero ningún psicoanalista lo recuerda, si es acaso alguno lo conoce.
Hoy que en nuestro medio “Amorrortu” ganó la partida, quizás sea justo citar a José Luis Etcheverry en la Introducción a su pequeño libro “Sobre la versión castellana”, para saldar una deuda que aún permanece impaga con Ludovico Rosenthal: “Es aquí donde se sitúa nuestra deuda con la versión castellana de Ludovico Rosenthal. Como se sabe, este estudioso argentino tradujo las obras de Freud aparecidas después de la edición española... explica que se ha guiado por un afán de rigor, y que si bien Freud se expresa en el alemán usual, los términos que usa han ido adquiriendo un sentido estricto que impone la necesidad de verterlos al castellano mediante tecnicismos”.[2]
“¿Amorrotu o Ballesteros?” sigue siendo una pregunta vigente. Aquellos que, como yo, leemos siempre ambas traducciones, nos encontramos con casos como el que expondré a continuación. Aquí van los dos primeros párrafos del capítulo séptimo del célebre texto Psicología de las masas y análisis del yo, en el que la divergencia resulta llamativa. Don Luis López Ballesteros y de Torres, en el primer volumen de 1948, página 1137 (que se corresponde con la página 1145 del primer volumen de 1967), traduce:
“La identificación es conocida en el psicoanálisis como la manifestación más temprana de un enlace afectivo a otra persona, y desempeña un importante papel en la prehistoria del complejo de Edipo. El niño manifiesta un especial interés por su padre; quisiera ser como él y reemplazarlo en todo. Podemos, pues, decir que hace de su padre su ideal. Esta conducta no presenta, en absoluto, una actitud pasiva o femenina con respecto al padre (o al hombre, en general), sino que es estrictamente masculina y se concilia muy bien con el complejo de Edipo, a cuya preparación contribuye.
Simultáneamente a esta identificación con el padre o algo más tarde, comienza el niño a tomar a su madre como objeto de sus instintos libidinosos.”

Pero, José Luis Etcheverry, en la página 99 del volúmen XVIII, traduce: “El psicoanálisis conoce la identificación como la más temprana exteriorización de una ligazón afectiva con otra persona. Desempeña un papel en la prehistoria del complejo de Edipo. El varoncito manifiesta un particular interés hacia su padre; querría crecer y ser como él, hacer sus veces en todos los terrenos. Digamos, simplemente: toma al padre como su ideal. Esta conducta nada tiene que ver con una actitud ,pasiva o femenina hacia el padre (y hacia el varón en general ) ; al contrario, es masculina por excelencia. Se concilia muy bien con el complejo de Edipo, al que contribuye a preparar.
Contemporáneamente a esta identificación con el padre, y quizás antes, el varoncito emprende una cabal investidura de objeto de la madre según el tipo del apuntalamiento [anaclítico]”.
La diferencia justificaría un desarrollo, pero no es mi intención solucionar el problema, sino plantearlo para que el psicoanalista lector, juegue su papel.

Nuevamente... “¿Amorrortu o Ballesteros?”.
Usted elige, aunque siempre liber enim, librum aperit...


[1]Etcheverry, José Luis. “Sobre la versión castellana”, en Obras Completas de Sigmund Freud, Amorrotu Editores, Buenos Aires, 1978 (se trata del célebre tomo que nadie compra, excepto que los compre todos juntos).
[2] Ibid. p. 3